Lo que pasó cuando vi a mi hija con su novio
Llevábamos casi diez años veraneando siempre en el mismo balneario uruguayo, pero ese verano teníamos ganas de cambiar. Un amigo me consiguió una casa alquilada en La Barra a mitad de precio, a solo una cuadra del mar. Soy Andrés, tengo cincuenta y un años. Mi mujer Mariana cumplió hace poco cuarenta y siete, y nuestra hija Lucía acaba de soplar las velas de los veinte.
Allá nos despertábamos casi siempre cerca del mediodía, porque las noches se nos hacían largas entre la sobremesa y los paseos por la rambla. A los pocos días Lucía conoció a un chico en la playa, un brasileño llamado Tiago que estaba con unos amigos de Florianópolis. Más que un noviazgo era uno de esos romances de verano que arden rápido y se apagan con el otoño.
Todas las tardes íbamos a la playa cerca de las cuatro, aunque ella se desaparecía con Tiago apenas terminaba el almuerzo. Una de esas tardes los vimos venir caminando por la orilla y se acercaron a saludarnos a la sombrilla. El chico era alto, de piel oscura y con un cuerpo esculpido a fuerza de gimnasio y mar. No pude evitar fijarme en cómo le quedaba la malla ajustada, delatando un bulto imposible de disimular.
Mariana, a mi lado, también se fijó. Lo noté en el modo en que se acomodó las gafas y se mordió por un segundo el labio. Pero lo que de verdad me sacudió esa tarde no fue el cuerpo del brasileño. Fue el bikini de mi hija. Una tela mínima, en hilos, de un amarillo casi fluorescente. La bombacha apenas le cubría nada y dejaba los glúteos prácticamente al aire.
La parte de arriba eran dos triángulos pequeños que se movían cada vez que respiraba. Nunca antes la había mirado así, lo juro, pero esa tarde me costó apartar la vista. Si el corpiño se le movía un centímetro se le iban a ver los pezones.
—Voy a meterme un rato —dije, levantándome con cuidado para que no se notara el efecto que me había provocado.
Lucía me siguió corriendo y se zambulló de cabeza unos metros más adelante. Cuando la alcancé empezamos a charlar flotando, y el agua salada le había vuelto transparente la tela del corpiño. Sus pezones se marcaban con una nitidez que me obligó a apartar los ojos hacia el horizonte.
—¿Y cómo te va con Tiago? —pregunté para distraerme.
—Está bueno, papá. Pero no te emociones, es solo el verano.
Volvimos a las toallas y mi hija se tiró boca abajo, desabrochándose la espalda del corpiño para no marcarse con el sol. En un momento se incorporó a buscar un cigarrillo en su bolso, sin molestarse en taparse, y los pechos le colgaron a la vista durante un segundo eterno. Esto no me puede estar pasando, pensé.
—Voy a la casa a buscar el reproductor —les anuncié a Mariana y a Tiago, que ya conversaban como si se conocieran de años.
Mentí. Lo que necesitaba era estar solo cinco minutos. Entré con la cabeza dando vueltas y me encerré en el baño. Cuando me bajé los pantalones la tenía ya completamente dura, algo que no me pasaba con tanta frecuencia desde hacía bastantes años. Mientras me la sacudía pensaba en el bikini amarillo, en los pezones marcados, en el modo en que Lucía giraba el cuello al reírse.
De vuelta al living vi sobre el respaldo del sillón un montón de ropa de mi hija. Camisetas, un par de bombachas, un corpiño negro. La excitación me ganó la decencia. Tomé una de las bombachitas, una de algodón negro muy pequeña, y volví al baño con ella en la mano. Una sola vez, me dije, nadie se va a enterar. Me corrí en menos de un minuto, conteniéndome para no manchar la tela. Después la doblé con cuidado y la dejé exactamente donde la había encontrado.
***
Cuando regresé a la playa los encontré a los tres charlando y riéndose. Lucía dormía boca abajo y Tiago estaba poniéndole crema solar a Mariana en la espalda. Algo en la escena me erizó la nuca, pero no dije nada y me senté en mi toalla.
—Tiago estudia medicina —me contó Mariana, todavía con los ojos cerrados—. Para ganarse unos pesos da masajes a domicilio. Dice que después se ofrece a hacerme uno en casa.
—Te va a venir bien, te quejás de la espalda hace meses —respondí, sin darle mayor importancia.
Volvimos cerca de las ocho. Tiago aceptó quedarse a cenar y antes de eso se turnaron para ducharse. Mariana entró al cuarto a buscar la ropa, envuelta en su bata, y yo la seguí, todavía caliente por todo lo del día. Le tiré de la bata y se la dejé caer al piso de un tirón. Ella se rió bajito y se dejó hacer.
—Andrés, está la puerta abierta —murmuró sin demasiada convicción.
—Está todo bien —le susurré, aunque no era cierto. La puerta entornada me ponía mucho más caliente que la idea de cerrarla.
La acaricié de pie, hundiéndole los dedos hasta hacerla temblar, y mientras le mordía el cuello vi unas sombras que se movían en el pasillo. Eran Lucía y Tiago, parados ahí, observándonos. Él tenía la mano metida en la pollera de mi hija; ella le acariciaba el bulto del pantalón. Nos están mirando, pensé, y no piensan irse.
Hice como que no me había dado cuenta. Mariana se arrodilló y empezó a chupármela con esa habilidad que siempre tuvo, lamiéndome los testículos y subiendo de a poco hacia la punta. Saber que mi propia hija veía a su madre hacerme eso, mientras su novio la manoseaba al ritmo, fue demasiado. Me corrí enseguida, abundante, sobre el pecho y la cara de mi mujer.
Las sombras del pasillo desaparecieron sin hacer ruido.
***
Me metí en la bañera para fumar un cigarrillo y poner la cabeza en orden, pero el agua tibia y el recuerdo de la escena me volvieron a empalmar. Cuando salí, Tiago ya estaba dándole el masaje a Mariana en el cuarto de Lucía, porque era el único colchón firme de la casa. Mi hija leía una revista junto a la cama, de tanto en tanto comentando algo en voz baja. Preferí dejarles intimidad y me quedé en el living mirando la televisión sin entender lo que pasaba en la pantalla.
Mariana apareció después, más callada que de costumbre. Fue a la cocina a buscar algo de tomar y volvió con dos cervezas. Estaba colorada, los ojos brillosos.
—¿Qué te pasa? —le pregunté.
—Nada, amor. Estoy relajada.
—Mariana, te conozco. No estás relajada, estás caliente.
Mi mujer me miró un segundo, como midiendo. Después agarró mi mano y se la llevó al muslo.
—Necesito que me cojas otra vez. Me puse así con el masaje, ese chico tiene unas manos increíbles.
No me dio tiempo a contestar. Me sacó el pene por el botón del pantalón y empezó a pajearme con una urgencia que me sorprendió. Mientras me hablaba al oído de cómo le había imaginado la verga a Tiago, de la suerte que tenía nuestra hija, de las ganas que sentía de mirarlos. Le conté entonces que Lucía y Tiago nos habían visto antes, y se calentó tanto que se metió dos dedos por encima de la bombacha sin dejar de masturbarme. Me corrí en su mano. Ella me besó la boca, y a los pocos segundos nuestra hija apareció con su novio a anunciar que iban a la rambla a comprar helado.
—Se la salvaron por un pelo —murmuré, cuando ya se habían ido.
—No sé si me hubiese molestado tanto —respondió Mariana sin mirarme.
***
Esa noche cenamos y los cuatro terminamos en un bar a un par de cuadras. Para la una y media los chicos ya estaban bastante alegres, dándose besos en la boca y metiéndose mano sin disimulo. Yo, que tendría que haberme escandalizado como cualquier padre, me limité a pedir otra ronda. Mariana, que normalmente sería la primera en mandar a su hija a dormir, le acariciaba el pelo y le sonreía con ternura. Tiago se quedaba a dormir en casa, en el cuarto de Lucía. Estaba decidido.
A las dos llegamos. Mariana me pidió que no tardara en acostarme y se fue al cuarto. Yo serví un último whisky y, en lugar de seguirla, me acerqué descalzo a la puerta del cuarto de mi hija. La puerta no estaba cerrada del todo. Apoyé la oreja y escuché lo que ya esperaba: gemidos contenidos, una risa ahogada, el crujido del colchón.
No me preguntes por qué empujé la puerta. No tengo una respuesta decente. Solo sé que la empujé un par de centímetros y miré.
Estaban en posición de sesenta y nueve, Tiago de espaldas en el colchón y mi hija arriba, tragándose por completo aquella verga oscura que era todavía más grande de lo que yo había imaginado. Le acariciaba los testículos con una mano y con la otra se sostenía sobre el muslo. Esto no es real, pensé. Mi propia hija parecía una actriz que hubiera nacido para eso.
Yo ya tenía la mano dentro del pantalón cuando él se incorporó, le ató los ojos con una venda y la puso a cuatro patas, mirando hacia la puerta. Le entró por atrás de una sola estocada, sin avisarle, y Lucía se tapó la boca para no gritar. Las tetas le rebotaban en cada empujón. Era la imagen más obscena y la más hermosa que jamás había visto, y era mi hija.
Lo peor, o lo mejor, vino enseguida. Tiago me vio. No reaccionó como yo esperaba. Levantó la vista, sin dejar de cogérsela, y me hizo una seña con dos dedos. Quedate, decía esa seña. Mirá. Después, todavía mirándome, se corrió sobre la espalda y los glúteos de Lucía, esparciéndole el semen con la mano como si me lo estuviera ofreciendo.
Yo me corrí en una servilleta que llevaba arrugada en el bolsillo. No me preguntes por qué la tenía ahí.
***
Cuando Tiago vio que terminaba, me hizo otra seña, esta vez para que entrara al cuarto. Yo dudé, claro que dudé. Pero mis pies se movieron antes que mi cabeza. Él puso música baja en el equipo, ató las muñecas de Lucía a la cabecera con un pañuelo y se acercó a mi oído.
—Sé que te la querés coger —me susurró—. Yo en tu lugar haría lo mismo, Andrés. Tu hija está demasiado buena para no aprovecharlo. Andá, está vendada, no se va a enterar.
Después se acercó a Lucía y, hablándole también al oído, le dijo que le tenía una sorpresa preparada, que había invitado a un amigo, que iba a cumplir la fantasía de la que le había hablado el día anterior. Ella, entre el alcohol, la excitación y la venda, se rió y separó las piernas.
Apoyé mi pene en sus labios y mi hija sacó la lengua para lamerme la punta. Cuando me hundí del todo en su boca creí que iba a desmayarme. Es mi hija, repetía una voz dentro de mí. Es mi hija y se la estoy metiendo en la boca. La voz no me detuvo. Al contrario.
En un momento miré hacia la puerta y vi a Mariana. Estaba parada en el marco, en bombacha, los pechos al aire, con dos dedos metidos entre las piernas. Pensé que se iba a poner a gritar, que se iba a derrumbar todo. Pero me miró a los ojos, negó con la cabeza para que no me detuviera, y me hizo un gesto que entendí perfectamente: seguí.
Le saqué la lengua del coño a Tiago y le dejé el lugar. Me acomodé entre las piernas de Lucía, le acerqué la punta a la entrada y empujé despacio. Estaba tan mojada por lo del brasileño que entré sin esfuerzo. Aceleré las embestidas y ella, vendada, levantó la cadera para recibirme mejor.
—Más fuerte —pidió con la voz rota, sin saber a quién le hablaba—. Más rápido, por favor.
Le di lo que pedía. Me corrí sobre sus pechos a la vez que Tiago se corría en su boca, los dos mirándonos como si nos hubiéramos conocido toda la vida. Mariana, en la puerta, se mordió la mano para no gritar mientras terminaba de masturbarse.
Salí del cuarto sin mirar atrás. En el pasillo me esperaba mi mujer, todavía temblando.
—Llevame a la cama —me pidió—. Pero ya.
Y eso hice. Lo que pasó esa madrugada en nuestra habitación es otra historia que algún día contaré, porque la semana en la playa apenas estaba empezando.