El escarmiento de mi padrastro no terminó como creí
El vagón iba tan lleno esa tarde que apenas podía mover los brazos. Yo viajaba de pie, sujeta a una barra pegajosa, encarando a una chica rubia de ojos verdes y cara de no haber roto un plato nunca. Fue entonces cuando sentí un bulto duro frotándose contra mis nalgas, insistente, con un ritmo que no tenía nada de accidental.
Giré la cabeza. Detrás de mí había un viejo flaco, de gesto amargo, que fingía mirar el techo.
—Sepárese de mí —le dije bajito—, no le conviene.
La rubia se molestó.
—No le hables así a mi abuelo.
—Su abuelo me está restregando todo lo que tiene entre las nalgas.
—No lo culpo. Estás demasiado rica.
La descaró me dejó sin palabras un segundo. Acercó su boca a mi oreja, tan cerca que su aliento me erizó la nuca, y susurró algo que no debería haberme calentado, pero lo hizo. El metro frenaba y arrancaba, y con cada sacudida el viejo se pegaba más y ella me besaba el cuello como si nadie alrededor existiera. La gente miraba a otro lado, esa cortesía cómplice de las ciudades grandes.
Cuando faltaba una estación para mi parada, la rubia me metió una mano bajo el vestido, por encima de la ropa interior, y apretó.
—No nos vamos a volver a ver —dijo—. Déjame llevarme un recuerdo.
No la aparté. Estaba demasiado encendida para apartarla, y me odié un poco por eso. Sus dedos se movieron despacio, justo donde debían, hasta que mi respiración se quebró contra su mejilla. Cuando el tren se detuvo, salí al andén con las piernas temblando y la cara ardiendo, sin mirar atrás.
***
Me llamo Renata. Tengo diecinueve años, padre español y madre mexicana, el pelo negro hasta media espalda y los ojos oscuros. Esa misma tarde, comprando una revista en un puesto, vi a un hombre del brazo de una mujer más alta y más joven que él. Tardé dos segundos en reconocerlo: era Andrés, el segundo marido de mi madre, un español al que yo toleraba solo porque ella lo quería. No me vio. Pasó a un metro de mí, riéndose de algo que le decía la otra.
No monté ningún escándalo en la calle. Preferí esperar a tenerlo solo.
A la mañana siguiente, mi madre ya se había ido al hospital. Me puse una bata y fui a buscarlo. Lo encontré en el sillón, frente a la televisión.
—Sabía que eras un sinvergüenza —le dije—, pero no creí que tanto.
No apartó la vista de la pantalla.
—Mal empezamos el día. ¿Qué pasa ahora, Renata?
—Pasa la mujer con la que engañas a mi madre. O la dejas, o te largas de esta casa.
Andrés tenía treinta y dos años, catorce menos que ella. Era moreno, no muy alto, fuerte, con esa seguridad que detestaba y envidiaba al mismo tiempo. Me miró de lado y mintió con total calma.
—No sé quién te contó esa historia, pero te engañaron.
—Nadie me contó nada. Te vi yo. Deja a esa o te vas.
En lugar de defenderse, se puso chulo.
—¿Y quién te crees tú para amenazarme en mi propia casa?
—Una hija que cuida a su madre, imbécil.
Se levantó del sillón con una lentitud que me puso en alerta. Antes de que pudiera retroceder, me agarró del brazo, me sentó sobre sus rodillas y me sujetó la nuca contra su pierna. Con la otra mano me subió la bata.
—A mí nadie me llama imbécil.
La palma cayó sobre mi trasero, seca, una y otra vez. Yo pataleaba y lo insultaba, y él respondía con más fuerza. Lo que no le confesé es que, en algún momento entre un golpe y otro, el ardor dejó de ser solo ardor. La humillación se mezcló con otra cosa, una corriente caliente que me bajó por el vientre y me dejó húmeda contra su muslo.
—A ver si tienes con qué volver a hablarme así —dijo, jadeando.
—Desgraciado —murmuré, pero sin fuerza.
Se dio cuenta. Claro que se dio cuenta. Me giró sobre la alfombra, se arrodilló entre mis piernas y me arrancó la ropa interior de un tirón.
—Estás empapada —dijo.
No lo negué. No podía. Cuando me penetró de un solo empuje lento, contuve el aliento para no gemir, y fracasé. Tenía las piernas cerradas y él entraba apretado, profundo, sosteniéndome las muñecas contra el suelo. Cada embestida me arrancaba un sonido que yo intentaba tragarme y que solo me delataba más.
—Eres un enfermo —le dije.
—Y a ti te encanta —respondió.
Tenía razón, y eso era lo peor. Me vine antes de querer hacerlo, con un temblor que me recorrió de la cadera a la garganta, mordiéndome el labio mientras él seguía moviéndose dentro de mí. Después bajó por mi cuerpo a besos, me separó los muslos y usó la lengua con una paciencia que ningún chico de mi edad había tenido nunca. Perdí la cuenta de las veces que me hizo terminar contra su boca antes de hundirse otra vez en mí, levantándome las caderas con las dos manos.
—Córrete conmigo —ordenó al final, con la voz rota.
Y lo hice. Sentí su calor derramándose adentro mientras yo me deshacía por última vez, agotada, furiosa, satisfecha.
Me vestí en silencio.
—Esto no queda así —le advertí.
—Hagamos un trato —dijo él, todavía en el suelo—. Olvidas lo de hoy y yo dejo a Daniela.
—¿Así se llama?
—Sí. ¿Trato o no?
Acepté por mi madre. Me lo repetí mil veces mientras caminaba a mi cuarto: lo hacía por ella. Casi me lo creí.
***
Tres días después se lo conté a Lucía, mi mejor amiga, mientras tomábamos café en su sala. Le dije que no podía volver a hacerle eso a mi madre, que me había quedado un sabor amargo en la boca.
—Cuando pruebas algo bueno, dan ganas de repetir —dijo ella, removiendo su taza—. A mí me pasó con quien menos lo esperaba.
—¿Con quién?
Lucía bajó la voz.
—Con la amante de mi madre. Se llama Brenda. Le da clases de inglés aquí, en casa.
Antes de que pudiera asombrarme, Lucía se inclinó y me dio un beso suave, casi de prueba. Me sobresalté y derramé el café sobre mi vestido.
—Me puse perdida —protesté, mirando la mancha.
—Te presto uno mío. Ven, cámbiate.
Debí irme. En lugar de eso me quité el vestido manchado y esperé en ropa interior mientras ella buscaba en el armario. Cuando volvió, no traía solo el vestido: detrás de ella entró Brenda, una rubia alta de labios carnosos que me recorrió con la mirada y sonrió como quien encuentra la mesa servida.
—¿Puedo? —le preguntó a Lucía.
—Adelante.
Intenté escabullirme detrás del sillón, pero eran rápidas. Una me sujetó por las muñecas, la otra me bajó la ropa interior, y entre risas y forcejeos terminé tendida sobre los cojines con cada una entre mis piernas por turnos. Las insulté, las llamé de todo, y ellas se reían contra mi piel sin dejar de comerme. Brenda separó mis labios con los pulgares y trabajó mi clítoris con una destreza de experta mientras Lucía, desde atrás, me apretaba los pezones hasta el límite entre el dolor y el placer.
Aguanté lo que pude. Mordí el labio para no darles el gusto de oírme. Pero cuando Brenda hundió los dedos y curvó la lengua al mismo tiempo, exploté con un grito que me salió del fondo de la garganta y que no logré tragarme.
Cuando me soltaron, me vestí temblando y agarré mis cosas.
—¿Seguimos siendo amigas? —preguntó Lucía.
—No —dije, y me fui dando un portazo.
***
A la mañana siguiente salí del baño envuelta en una toalla, descalza, con el pelo mojado. Me crucé con Andrés en el pasillo. Llevaba puesta la bata de casa.
—Sin maquillaje eres la mujer más bella que he visto —dijo.
—Me diste tu palabra de no molestarme.
—No molesto. Constato.
Quise pasar. Él me arrimó contra la pared y me besó el cuello. La toalla resbaló hasta el suelo. No la recogí.
—¿Por qué tiemblas? —preguntó.
—Tengo frío —mentí.
—Será la primera y la última vez —le advertí cuando su boca encontró la mía—. La última.
Me llevó las manos a las nalgas y nos comimos la boca ahí mismo, de pie. Después se arrodilló y me devolvió, con la lengua, todo lo que me había hecho la noche del castigo, hasta que me corrí apoyada en la pared con una pierna sobre su hombro. Luego me tocó a mí: me puse en cuclillas y lo torturé despacio, deteniéndome cada vez que estaba a punto, hasta que me suplicó.
Había algo que nunca había probado. Cuando me giró hacia la pared para penetrarme, le agarré la mano, eché las caderas atrás y se la guié al otro lugar.
—Estréname —le pedí.
Entró despacio, sosteniéndome el vientre con una mano. Me ardía y me gustaba al mismo tiempo. Yo misma bajé los dedos al clítoris mientras él se movía con un cuidado que no le conocía, susurrándome al oído lo especial que era. La presión, el calor, mis propios dedos: todo se juntó en una ola que me dobló las rodillas. Me vine con una fuerza que me dejó sin aire, y él un poco después, vaciándose dentro con un gruñido ahogado.
—Ha sido el mejor de mi vida —dijo.
—Para mí, uno más —mentí, recogiendo la toalla.
No era uno más. Los dos lo sabíamos.
***
El día de mi cumpleaños caía en plena fiesta de muertos. Desde la calle llegaba el rumor del desfile, los tambores, las risas. Yo estaba sola en casa con un chocolate caliente cuando sonó el teléfono desde un número desconocido.
—Felicidades, bonita —dijo Lucía—. ¿Ya me perdonaste?
—No guardo rencor eterno. Pero no me fío de ti.
—Tengo un regalo para ti.
Le colgué antes de que terminara la frase. Cinco minutos después tocaron a la puerta. Abrí pensando que sería ella, y en cambio se metieron cuatro Catrinas: cuatro mujeres altas con la cara pintada de calavera, faldas de colores y flores en el pelo. Corrí a mi cuarto, pero no alcancé a cerrar.
—¿Quiénes son? —pregunté contra la pared.
—Somos muertas —dijo la más alta—. Y venimos a llevarte. Pero estás tan rica que primero vamos a disfrutarte.
Las muertas no hablan ni hacen lo que ellas me hicieron. Una me sujetó las muñecas y, al mirarla a los ojos, reconocí el marrón de Lucía. Otra me quitó la ropa entre risas; sus ojos eran el azul de Brenda. Me tendieron en la cama y se repartieron mi cuerpo: dos en los pechos, una entre las piernas, una en la boca.
Cerré los ojos para no ver las calaveras, y entonces solo quedó el placer. Lenguas en los pezones, una boca trabajando entre mis muslos, otra besándome con una urgencia que reconocí. Me corrí en la boca de la primera sin poder evitarlo, y enseguida en la de otra, una detrás de otra, hasta perder la cuenta y la vergüenza.
La Catrina que estaba entre mis piernas se incorporó y se tendió sobre mí. Sentí su pecho contra el mío y, después, algo distinto: una verga firme abriéndose paso dentro de mí. La sorpresa me cortó el aire un instante, pero mi cuerpo, ya entregado, recibió aquello como un regalo más. Me besó la boca y embistió hasta que sentí su calor derramarse en mi interior. El placer me recorrió entero y, por un segundo, todo se volvió blanco.
Cuando volví en mí, me habían pintado la cara de calavera y me habían puesto un vestido de fiesta. La más alta me dijo al oído:
—Ya eres una de nosotras.
***
Esa madrugada volví a casa con la pintura corrida y el cuerpo molido. Me metí en la cama de Andrés y me tapé hasta la cabeza. Él se despertó, encendió la luz, vio una calavera bajo sus sábanas y saltó de la cama soltando una maldición.
—Soy yo —dije, destapándome—. Puedo explicarlo.
Le conté todo: el regalo de Lucía, las cuatro Catrinas, lo que pasó.
—Esas no tenían nada de muertas —dijo él, todavía pálido—. Era tu regalo de cumpleaños. Macabro, pero original. ¿Le diste copia de la llave a alguien?
—Perdí una el día que Lucía y Brenda me forzaron.
—Con esa entraron.
Lo miré en la penumbra. Estaba casi desnudo, despeinado, todavía asustado, y pensé: si me lo llevo entero esta noche, igual mañana se lo devuelvo intacto a mi madre.
—¿Sabes una cosa, Andrés? Estoy en tu cama y tú casi desnudo.
—Nunca pensé que serías tú quien me buscara.
—Pues aquí me tienes.
Bajé entre sus piernas y lo desperté con la boca, despacio, hasta sentirlo crecer contra mi lengua. Después lo monté, las manos en su pecho, subiendo y bajando a un ritmo que lo hizo gemir y pedirme que parara para no terminar antes de tiempo. Me detuve, pero mi cuerpo no: lo apreté por dentro hasta dejarlo al borde, y solo entonces seguí, más lento, mirándolo a los ojos.
—Me estoy viniendo —le dije con la voz tomada.
—Lo sé.
Terminé contra su cuello, sacudiéndome, sintiendo su calor llenarme una vez más. Esa noche no hicimos nada más. Pero, sin querer queriendo, ya no había vuelta atrás: me había convertido en lo que más temía, y lo peor era cuánto me gustaba.