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Relatos Ardientes

La noche que mi hijo volvió antes de tiempo

Os quiero contar lo que pasó hace unas semanas, un sábado por la noche que se me quedó grabado a fuego. Esa noche cenamos solos mi marido y yo; nuestros dos hijos, los dos ya veinteañeros, habían salido cada uno por su lado y no esperábamos a ninguno antes del amanecer. Después de cenar nos sentamos en el salón y pusimos una película cualquiera, de esas que se ven a medias mientras se cae el sueño.

Sobre la una y media, Rodrigo bostezó, me dio un beso en la frente y se fue a la cama. Yo no tenía ni pizca de sueño. Me quedé con el mando en la mano, pasando títulos sin decidirme, hasta que apareció una de esas películas francesas de dos mujeres que se desean en silencio durante media hora antes de tocarse.

La puse sin pensarlo demasiado. Y a medida que esas dos mujeres se iban encendiendo en la pantalla, yo me encendía con ellas.

Empecé casi sin darme cuenta. Una mano sobre el pecho, por encima del pijama, apretando despacio. La escena en la que la más rubia metía la mano entre las piernas de la otra, sentada en un taburete al lado de la barra de un bar, me dejó la respiración entrecortada. Mis dedos buscaron los pezones por debajo de la tela y los pellizcaron hasta dejarlos duros como puntas.

Me llevé el dedo corazón a la boca cuando la película subió de temperatura, cuando una arrastraba a la otra hasta su casa y la tumbaba sobre una mesa para devorarla sin prisa. No pude más. Saqué el dedo ya bien mojado y lo bajé por debajo del pantalón, directo, mientras con el pulgar dibujaba círculos lentos sobre el clítoris.

Poco a poco fueron cayendo las prendas. Primero la parte de arriba, después el pantalón, hasta quedarme desnuda frente al televisor, con la única luz del extractor de la cocina entrando de refilón por la puerta. Se oían los chasquidos húmedos entre mis dedos. Mi cuerpo trazaba círculos sobre el sofá, y yo tragaba los gemidos para no despertar a nadie.

Cerraba los ojos y me imaginaba que era yo la que estaba sobre esa mesa, abierta de piernas, entregada. El punto más alto llegó cuando una de ellas, ya en la bañera, se ponía un arnés y se la follaba bajo el agua. Madre mía. Me faltaban manos para todo lo que el cuerpo me pedía.

Una mano seguía entre las piernas, la otra apretaba el pecho, y el orgasmo me alcanzó de golpe. Sentí cómo la espalda se arqueaba sola y una corriente me recorría de arriba abajo durante varios segundos larguísimos. Cuando terminó, me dejé caer sobre el respaldo. El cuerpo todavía me latía, los pezones me dolían y tenía la piel pegajosa de sudor.

***

Pausé la película y fui al baño. Me limpié un poco, me sequé el sudor y de paso pasé por la cocina a por un vaso de agua. Volví al salón, me puse otra vez el pijama y me acomodé para terminar de ver la película con calma. Y entonces escuché la cerradura.

Era Marcos, mi hijo. Pensé que venía a contarme cómo le había ido la noche, como tantas otras veces. Pero se acercó al sofá y, sin mediar palabra, sin previo aviso, me besó.

Tendría que haberlo apartado. En cambio, la adrenalina de sentir sus labios sobre los míos me invadió entera. Lo agarré por la nuca y lo acerqué más a mí. Los besos se volvieron urgentes; empecé a morderle el labio, a buscar su lengua con la mía. Sentí el impulso de echármele encima, lo empujé y lo senté a mi lado.

Estaba tan caliente que, aun sabiendo que su padre dormía arriba, no me importó. El morbo y el deseo eran más fuertes que cualquier idea sensata. Me senté a horcajadas sobre él, y mi mano, como si tuviera vida propia, fue directa a su entrepierna.

Cerré los ojos. Los besos subían de intensidad mientras esa mano poseída soltaba el botón de su pantalón. Él me ayudó a liberarlo, y cuando lo tuve entre los dedos lo miré a los ojos y empecé a acariciárselo despacio, apretando. Gimió contra mi boca. Le ayudé a quitarse el pantalón mientras él se sacaba la camiseta por la cabeza.

Me quité la parte de arriba del pijama. No llevaba sujetador, y sus manos y su boca fueron directas a mis pechos. El contacto fue tan directo que se me escapó un gemido más alto de la cuenta.

—Con cuidado —le susurré—. Tu padre duerme justo arriba.

Al decirlo, algo dentro de mí reaccionó. Por un instante pensé en lo que estaba haciendo, en todo lo que podía salir mal. Me bajé de él, subí las escaleras de puntillas y entreabrí la puerta del dormitorio. Rodrigo dormía profundamente, de espaldas. Bajé de nuevo.

Me planté frente a Marcos y me quité también el pantalón del pijama, hasta quedar completamente desnuda. Sin decir nada, me arrodillé entre sus piernas y me recogí el pelo en una coleta rápida para no tenerlo encima. Acerqué la boca, y antes de llegar sentí cómo sus manos me agarraban la cabeza y la empujaban.

Empecé a jugar con él, despacio, recreándome en la punta, repasándola con la lengua, bajando hasta el fondo y volviendo a subir. Él me sujetaba la cabeza con firmeza y se quedaba quieto, hundido, y eso me ponía todavía más. Con el pulgar me masturbaba el clítoris en círculos pequeños.

Se puso de pie, me cogió la cabeza con las dos manos y marcó él el ritmo, embistiendo, mientras yo le sostenía la mirada. Después de un rato se detuvo, se inclinó y me acarició los pechos sin sacarse de mi boca. Yo le subí una mano para acariciarle, moviendo la cabeza al mismo tiempo, chupando la punta mientras lo movía con los dedos.

De pronto se echó hacia atrás y se apartó de mí. Lo miré desde abajo mientras él se acariciaba con la mano. Un instante después, un chorro caliente me impactó en la cara y llegó hasta el pelo. Cerré los ojos por instinto; sin tiempo a reaccionar, otro me cayó en la frente y resbaló por la nariz hasta la barbilla.

—Vamos —dijo entre dientes—, ya sabes lo que tienes que hacer.

Abrí los ojos. Lo tenía a un palmo de la cara, apuntándome. Abrí la boca y me lo tragué, y todavía sentí un par de descargas más caer sobre mi lengua. Lo miré jadeando y empecé a chuparlo y limpiarlo despacio, sin dejar ni rastro.

Me miró desde arriba, todavía sin aliento.

—Esto es lo que te gusta, ¿verdad? —murmuró.

Me dio una palmada en la mejilla, ni suave ni demasiado fuerte, lo justo para encenderme más. Después me cogió de los brazos, me levantó y me tiró sobre el sofá. Sin más preámbulos se lanzó entre mis piernas y empezó a comerme con ansia. Su lengua rodeaba el clítoris una y otra vez, y yo notaba cómo la excitación volvía a treparme por todo el cuerpo.

Sentí sus dedos buscar más abajo, hábiles, tanteando. Esta vez no hubo juegos largos: un dedo se coló despacio donde no esperaba, y tuve que llevarme un cojín a la boca para ahogar el grito. Empezó a moverlo mientras seguía devorándome, y yo me abrí de piernas todo lo que pude para que pudiera hacerlo a su gusto.

Noté cómo eran ya más dedos los que insistían, abriéndose paso despacio, entrando y saliendo, preparándome. Cuando creyó que estaba lista, me levantó y me colocó a cuatro patas sobre el sofá. Sentí la punta apoyarse contra mí. Agarré el cojín y enterré la cara en él. Sé que me va a doler, pensé, y en un movimiento lento pero firme se fue hundiendo entero, mientras me tiraba de los hombros hacia atrás para que no quedara nada fuera.

Se quedó unos segundos parado, apretándome contra él con fuerza. Yo casi no respiraba; necesitaba acostumbrarme a él. Me cogió del pelo, tiró hacia atrás, y con la otra mano me tapó la boca y empezó a moverse. Y justo entonces escuchamos un susurro afilado desde la puerta:

—¿Pero qué hostias…?

***

Era Lucía, mi hija. Con la calentura y el morbo nos habíamos olvidado por completo de que también podía volver. Ahí estaba, parada bajo el marco del salón, mirando a su madre a cuatro patas, con la cara todavía brillante, mientras su hermano se movía detrás de mí.

Quise levantarme para hablar con ella, decirle cualquier cosa, pero Marcos me retuvo por las caderas. Estaba demasiado excitado para parar. El muy descarado empezó a embestir con más fuerza, con golpes rápidos y secos, tirándome de los brazos hacia atrás, casi como si quisiera enseñarle a su hermana lo que estaba viendo. Lucía no se movía; seguía mirando, sin decir nada, con una expresión que no supe descifrar.

Él terminó dentro con un gruñido ronco y me obligó a quedarme quieta unos segundos más, pegada a su cuerpo. Cuando por fin se apartó, me ordenó en voz baja que volviera a limpiarlo, esta vez con su hermana mirando desde la puerta. Lo hice, con la cara ardiendo de vergüenza y de algo más que prefiero no nombrar. Cuando acabó, él se fue al baño sin mirar atrás y Lucía desapareció hacia su cuarto.

Me limpié la cara con el pijama y me quedé sentada en el sofá, temblando. La cabeza se me había convertido en un torbellino de preguntas sin respuesta. Me duché despacio, me lavé el pelo, me froté la piel como si quisiera borrar la noche entera, aunque sabía que no podría.

Subí hasta la puerta del cuarto de mi hija con la intención de hablar, de explicarle, de pedirle que aquello quedara entre nosotras. Levanté la mano para llamar y la dejé caer. No esa noche. Mejor al día siguiente, más tranquila, cuando supiera siquiera por dónde empezar.

Volví al salón y lo recogí todo: los cojines, la ropa, el vaso de agua a medio beber, la película todavía pausada en la misma escena. Apagué el televisor y me quedé a oscuras un buen rato. Esa noche no pegué ojo. La cabeza me iba a estallar, y por debajo de la culpa y del miedo había algo más, algo que me daba pánico reconocer: las ganas de que volviera a pasar.

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Comentarios (6)

Seba_GBA

Tremendo relato!!! me dejo sin palabras

Isadora_C

Por favor una segunda parte, quede enganchada con ganas de saber como termino esa noche

DiegoPlata

Me puse en la piel del personaje desde la primera linea. Se nota que tiene algo de real, esa tension del momento inesperado esta muy bien lograda.

Sole77

Lo lei dos veces porque la primera no me alcanzo. Hay algo en como describis ese instante del umbral que te agarra el estomago. Muy bien escrito, sin vueltas ni relleno.

NocturnoMdz

jaja esa situacion en el sofa... tremendo el timing del destino. Un clasico

Vale_777

Me quedo curiosa de como siguio todo, es relato cerrado o va a tener continuacion?

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