El regreso del marido amenazaba su deseo prohibido
Todo paraíso, hasta el más perfumado, tiene fecha de caducidad. Los seis meses volaron como un suspiro, y la figura de Gerardo, el marido de Marta, regresó del olvido igual que un fantasma molesto que acababa de pagar el alquiler. Tanto ella como Iván lo habían archivado en una trama que ya no le pertenecía, un personaje secundario al que nadie echaba de menos. Una semana antes del regreso, el teléfono sonó con un timbre estridente que cortó el aire denso de su mundo secreto.
—¿Hola? —dijo ella, la voz temblándole apenas.
Al otro lado, la voz de Gerardo sonaba tan lejana que parecía venir de otro continente.
—Marta, soy yo. Solo aviso que el sábado por la tarde llego. No se molesten en venir a buscarme, tomaré un taxi.
La llamada fue corta, seca, tan funcional como un parte meteorológico. Colgó y ella se quedó con el auricular en la mano, sintiendo el peso del mundo real caerle sobre los hombros.
Iván, desnudo en el sofá, miraba un documental sobre tiburones. Levantó la vista.
—Era él, ¿verdad?
Ella asintió sin palabras. Y algo cambió. La noticia fue un balde de agua fría, pero también un catalizador. Durante la semana que quedaba se lanzaron a un frenesí de orden y de caos. Ordenaban la casa con una ferocidad obsesiva, y sobre todo limpiaban la habitación de Marta, ese santuario que Iván había profanado durante medio año. Borraban cada rastro como si fueran estigmas que debían desaparecer antes de la llegada del dueño.
Pero también aprovecharon para entregarse con más hambre que nunca. No fue solo la intensidad, sino la variedad: un repaso frenético de los últimos seis meses, como si quisieran vivir una vida entera en siete días. Lo hicieron por toda la casa, un peregrinaje por sus altares privados: la encimera de la cocina, el sofá del salón, la alfombra del pasillo, la ducha y, por supuesto, la cama conyugal, ese territorio que pronto sería devuelto.
Marta sentía que para Iván aquello no era solo desear. Parecía querer dejarle una marca en el cuerpo, un reclamo de propiedad. La poseía con una furia casi triste, como quien sabe que está por perder su reino.
Una noche, en el lecho conyugal, él se detuvo en mitad del acto, su cara a centímetros de la de ella, la respiración entrecortada.
—Júrame —susurró con voz ronca— que este cuerpo es solo mío. Que no volverás a tocar a ese hombre.
—Lo juro —respondió ella, las lágrimas brotándole y mezclándose con el sudor—. Soy tuya. Solo tuya.
Él sonrió, una mueca de triunfo y de dolor, y se hundió de nuevo en ella con una embestida final que parecía querer fundirlos para siempre, hasta que los dos estallaron.
Cuando terminaron, ella lo abrazó, sintiendo el martilleo de su corazón.
—Ahora júramelo tú a mí —dijo, ya con la voz más firme—. Prométeme que no harás nada mientras tu padre esté en casa.
Iván se apartó un poco y la miró con una extraña mezcla de frustración y desprecio.
—¿De qué sirve que jure? Nada de eso tiene sentido. Esto es real. Lo nuestro es real.
—Es solo por un tiempo. Tenemos que tener cuidado.
—¿Cuidado? Lo nuestro es un terremoto, y me pides que lo controle para no despertar a un vecino que no es más que una estatua de sal.
—No digas eso. Es tu padre.
El único padre que necesito soy yo. Eso pensó él, y casi lo dijo, pero se levantó de la cama sin terminar la frase. Fue el primer desacuerdo real entre ellos. Hasta ese día todo había sido una sinfonía de carne y consentimiento, y de pronto aparecía la primera grieta en el muro de su paraíso. Marta se sintió mal, terriblemente mal. Era la primera ilusión verdadera de su vida, la primera vez que se sentía completa, y todo amenazaba con derrumbarse.
***
El sábado por la tarde la casa estaba impecable. Olía a limpio y a normalidad, un aroma extraño y amenazante. Marta se había puesto un vestido sencillo, un disfraz de mujer decente. Iván llevaba unos vaqueros y una camiseta, un chico cualquiera esperando a su padre.
Cuando sonó el timbre, fue como una sentencia. Iván abrió la puerta y ella se quedó en el salón con el corazón en un puño.
—Hola, hijo. ¿Qué tal todo? —la voz de Gerardo, amable y distante.
—Bien, padre. Te esperábamos.
—Vengo cansado del viaje y con un dolor de espalda que ni te imaginas.
Los días siguientes fueron una comedia negra, una farsa doméstica en la que nadie se reía. El aire de la casa se volvió espeso. Sencillamente no podían tocarse. Gerardo estaba todo el día en casa, un fantasma con gorro de baño y pantuflas que deambulaba por los pasillos hablando de su viaje con una autoimportancia paralizante. Contaba anécdotas de cenas con hombres de nombres imposibles, de inversiones que cambiarían el mundo.
—Y entonces le dije a Lindqvist: «¿te parece que esto es una obra de caridad?». No, amigo, esto es capitalismo puro y duro. Y el tipo me confesó que nunca había conocido a nadie con tanto temple.
Marta sonreía con una mueca que parecía una contractura. Iván, en el sofá, miraba el móvil con una intensidad capaz de agujerear la pantalla. Gerardo se había olvidado por completo del pacto que en otro tiempo había sellado con su hijo, aquel acuerdo en el que cedió a su propia esposa como si fuera un clavo oxidado. Para Marta eso era lo más denigrante: que la hubiera entregado ya era el colmo, pero que ni siquiera lo recordara la convertía en un objeto de desecho, en una promesa rota por pura negligencia.
La frustración de Iván era un animal enjaulado. Por las mañanas, cuando el sol se filtraba por la persiana, intentaba meterle la mano a Marta en la cocina, los dedos ansiosos buscando su calor.
—No, por favor —susurraba ella, apartándolo con un miedo que le helaba la sangre—. Tu padre…
—¿Tu padre? —corregía él con un sarcasmo dolorido—. Vamos a darle algo de qué hablar.
Por las tardes, cuando ella se cambiaba en el dormitorio, él aparecía en el umbral, una estatua de deseo contenido.
—Necesito sentirte.
—Y yo necesito que no nos descubran. Ve a lo tuyo.
Gerardo, por si fuera poco, no salía de casa para nada. Ni los fines de semana; se escudaba en el dolor de espalda. Parecía decidido a cumplir su condena domiciliaria de una sola vez, convirtiendo el hogar en una prisión para tres.
Un sábado, mientras él veía las noticias financieras en el salón, la bestia se escapó de la jaula. Marta hacía la cama en su habitación, estirando las sábanas con un gesto automático, cuando entró Iván. Llevaban diez días sin un solo contacto, una eternidad para dos adictos.
—Quítate eso —dijo él, la voz un gruñido bajo.
—Para ya. Hablo en serio —respondió ella, con una firmeza que sonaba a pánico—. Puede entrar en cualquier momento.
—Que entre. Que vea cómo se le hace a un hombre de verdad.
Ella trató de detenerlo, las manos en su pecho, pero él la apartó con una brusquedad que la asustó de veras. Esta vez no era un juego. Le subió el vestido de un tirón y la dobló sobre la cama a medio hacer, la cara hundida en la almohada que olía a lavanda.
—Eres mía —jadeó él, abriéndose la bragueta—. ¿Lo has olvidado?
—¡Marta, ven un momento! —gritó Gerardo desde el salón, una voz alegre y ajena—. ¡Mira esto! ¡Hablan de la empresa en la que invertí! ¡Dicen que es la apuesta del año!
La frase los golpeó como una marea fría. La rabia de Iván se desinfló, reemplazada por un veneno silencioso. Marta se incorporó de un salto, arreglándose el vestido con manos temblorosas.
—¡Voy, voy! —gritó con una voz que no era la suya, y salió casi corriendo, sin mirar atrás, dejándolo solo con su rabia y una cama deshecha que olía a frustración.
***
Pasó otra semana. Iván tuvo que conformarse con buscarse alivio a solas, de noche, con la puerta cerrada, imaginando que sus manos eran las de ella. Marta no lograba dormir; se despertaba sobresaltada en mitad de la madrugada, el corazón acelerado, escuchando los susurros de la casa. Llegó a inventar una excursión para escaparse con Iván a un hotel, pero Gerardo, en un arranque de paternidad oportunista, se apuntó al plan con una sonrisa que lo arruinó todo.
Una tarde, mientras se duchaba, Marta se acarició a sí misma buscando un eco de lo que había sido. Recordó la fuerza de los brazos de Iván, el calor de su aliento en el cuello. El orgasmo fue una liberación pobre y solitaria, un fantasma de los que solían compartir.
Esa misma noche, durante una cena en la que apenas habló, Gerardo se quedó rígido en la silla con un gesto de dolor.
—Ay, la espalda. Se me ha bloqueado. No puedo moverme.
—Quédate tranquilo —dijo ella, con una pizca de pánico y otra de alivio—. Te traigo algo para el dolor.
Fue al botiquín, las manos moviéndose con una precisión casi criminal. Encontró lo que buscaba. No era un simple analgésico, sino un relajante muscular potente, una pequeña bomba de sueño. Volvió con un vaso de agua.
—Toma esto, amor. Te ayudará a relajarte.
Él se lo tragó sin sospechar. Media hora después dormía profundamente, roncando suave. Ella lo miró: un extraño acostado en su cama, un intruso en su propio hogar. Se tendió de espaldas a él, abrazada a la almohada, y lloró en silencio, no de pena, sino por el alivio sucio y amargo de haberlo conseguido.
Cuando las lágrimas se secaron y el miedo se volvió fría determinación, se levantó. Cada crujido del suelo sonaba como un disparo. No era una mujer que iba por un vaso de agua: era una espía cruzando líneas enemigas.
Entró en la habitación de Iván sin llamar. Él estaba despierto, leyendo a la luz de la mesita, y la sorpresa lo dejó mudo al verla en el umbral, una silueta fantasmal. Sin una palabra, ella dejó caer el camisón al suelo como una piel vieja. Desnuda, pálida y hermosa bajo la luz tenue, se deslizó bajo las sábanas, junto a él.
—Mi amor —susurró, la voz temblando de emoción y de miedo—. Le di una pastilla. Está dormido. Hazme tuya.
Iván no se lo hizo repetir. En un segundo estaba sobre ella, urgente, encontrándola. No hubo preliminares ni juegos: fue pura necesidad, una descarga después de diez días de sequía. Entró de un solo golpe y ella tuvo que arquearse para contener el gemido. En apenas unos minutos los dos llegaron al mismo tiempo, una explosión silenciosa que los dejó temblando.
Se quedaron abrazados, escuchándose el corazón.
—Te he extrañado tanto —dijo él, con la voz rota—. Pensaba que iba a volverme loco.
—Yo también. No quiero que nada nos separe.
Hicieron el amor el resto de la noche como dos animales que escapan de la jaula, recuperando en parte los días perdidos. Lo hicieron lento, saboreándose, memorizando cada centímetro de piel; y lo hicieron rápido, con la furia de quien le roba tiempo al destino. Era como si quisieran grabar en sus cuerpos un mapa de la resistencia, una topografía del deseo imposible de borrar. Cuando el alba tiñó el cielo de gris, ella volvió a su cuarto con el cuerpo dolorido y el alma satisfecha. Gerardo seguía roncando, ajeno a la batalla librada a pocos metros de él.
***
Para Marta fue un alivio que la espalda de Gerardo le hubiera robado todo el deseo. Se quejaba, se movía con dificultad, pero ya no la miraba con apetito, solo con fastidio. Y en esa tregua forzosa, ella e Iván encontraron un nuevo lenguaje: un robo de miradas en el desayuno, un roce de manos en el pasillo, un susurro al oído cuando él estaba en el baño.
Finalmente, un domingo durante la cena, Gerardo lo anunció como quien da el pronóstico del tiempo.
—Mañana vuelvo a la oficina. Lo de la espalda ya está controlado y no puedo delegar más. Lindqvist debe creer que me he jubilado.
Marta e Iván se miraron por encima de la mesa, una descarga eléctrica silenciosa. A ella el estómago se le retorció, no de nervios, sino de pura y salvaje anticipación. Mientras Gerardo monopolizaba la conversación con sus peroratas sobre el mercado de futuros, Marta cogió con calma una patata frita del plato. Y entonces ocurrió: se la llevó a la boca despacio, los labios entreabiertos en una imitación obscena, dejándola entrar y salir mientras clavaba los ojos en los de Iván. Él tuvo que toser y beber agua para no atragantarse con su propia saliva.
El lunes por la mañana el ambiente era distinto, una excitación contenida flotando en el aire. Gerardo se alistaba, zumbando como un mosquito.
—Bueno, me voy. No sé a qué hora vuelvo, hoy tenemos una reunión importante.
—Iván hoy se queda —dijo Marta, la voz tranquila y firme—. No se siente bien.
Gerardo, ya con el abrigo y el maletín, apenas la miró.
—De acuerdo. Que se cuide. Ya hablaremos.
Cerró la puerta con un chasquido que sonó como el pistoletazo de salida. La casa quedó en silencio exactamente tres segundos. Después, Marta fue a la habitación de Iván, entró sin llamar y se desnudó al instante, como quien se quita una armadura que ya no necesita. Él la esperaba en la cama, una invitación evidente.
—Hoy es nuestro día —dijo ella, deslizándose a su lado—. Hoy recuperamos todo lo que nos quitaron.
Y se devoraron. Fue un maratón carnal que duró horas, una celebración del cuerpo. Lo hicieron con una ferocidad que rozaba la violencia y una ternura que daba miedo, explorando cada rincón de la habitación, cada postura que su anatomía permitía. Fue tan intenso, tan largo, que por la tarde, por primera vez, fue él quien pidió tregua.
—Para un poco, en serio. Me arde. Creo que vas a dejarme seco.
Marta soltó una carcajada libre y genuina, lo besó en el cuello.
—Entonces descansa, campeón. Pero no creas que has terminado.
En los intervalos, cuando sus cuerpos sudorosos se separaban para tomar aliento, hablaban. Hablaban de lo que harían para estar juntos, porque ya no había viajes de Gerardo en el horizonte y su presencia parecía indefinida.
—Podríamos alquilar un piso —dijo Iván, acariciándole el vientre—. Un nido solo para nosotros.
—¿Y cómo lo explico? «Cariño, necesito un segundo piso para mis aficiones». Me mataría.
—Dile que es para mí, para la universidad.
Ella lo miró con una mezcla de amor e incredulidad.
—Tú y tus locuras. Pero es una idea. Una idea terrible y maravillosa.
Cada plan era más descabellado que el anterior, pero todos nacían del mismo sitio: una necesidad desesperada de construir un mundo sin un Gerardo en el sofá contando anécdotas aburridas.
***
El tiempo, ese juez implacable, siguió su curso. Gerardo, sumido en un torbellino de trabajo, se volvió un fantasma aún más ausente que antes. Su regreso, que parecía una sentencia, se transformó en una simple molestia. Ahora lo tenían ocupado los negocios y, sobre todo, su secretaria, una tal Brenda de la que hablaba con una frecuencia sospechosa.
—Brenda es brillante, organizada… un pilar —repetía, sin notar que estaba cincelando su propia lápida.
Para Marta e Iván, aquella obsesión laboral fue un respiro monumental. El deseo entre ellos floreció con la ferocidad de una mala hierba en un jardín abandonado. Los fines de semana, antes un infierno de abstinencia, empezaron a abrirse: Gerardo iba a la oficina «a terminar informes» o salía «a almorzar con clientes». Eran ventanas de oportunidad, brechas en el muro de la normalidad.
Un viernes por la tarde, con Gerardo atrapado en una conferencia, Iván encontró a Marta en la cocina, picando cebollas con una furia contenida. Se acercó por detrás, abrazándola, su cuerpo presionando la espalda de ella.
—Hueles a hogar —dijo, hundiendo la nariz en su pelo. Luego su tono se agrió—. ¿También hueles a él? ¿Se sienta en esta misma silla cada mañana, pidiendo café?
—Ya hemos hablado de esto. No hemos hecho nada, te lo juro.
—¿Y por qué no? —replicó él, los ojos oscuros de celos.
—Es complicado. Está estresado. Y no es fácil, Iván. No es fácil tener al amor de tu vida al lado y compartir la cama con un extraño. Me duele más de lo que imaginas. Solo quiero ser tuya, que tu olor sea el único que salga de mi piel por la mañana.
—Entonces, divórciate —dijo él, la voz cortante como un cristal roto—. Dile que te vas. Que nos vamos.
Ella negó con la cabeza, conteniendo las lágrimas.
—No es tan simple. ¿Adónde iríamos? ¿Con qué dinero? Dependemos de él. Lo nuestro es un lujo que nos permite su ausencia. No podemos morder la mano que nos da de comer, por envenenada que esté.
Iván la miró con una frialdad nueva, y susurró un secreto que guardaba como un arma.
—Tal vez no tengamos que depender de él para siempre. Antes del viaje revisé sus papeles. No son limpios. Estoy seguro de que, si busco bien, encuentro algo. Algo que nos dé poder.
Marta se quedó helada.
—Olvida esa idea. Una cosa es encontrar facturas raras y otra es extorsionar. Ese es un juego para gente como él, no para nosotros. Nos destrozaría.
—¿O nos liberaría? —dijo él, acercándose, la voz un veneno dulce en su oído—. Imagina esta casa solo para nosotros. Imagina despertar cada mañana sin tener que esconder nada.
La idea era tentadora, una manzana brillante y envenenada. Pero ella volvió a sacudir la cabeza, esta vez con más fuerza.
—Es demasiado peligroso.
***
Así, con el paso de los días y una habilidad para el engaño que habría impresionado a cualquier espía, Marta e Iván establecieron una frecuencia tan regular como un reloj suizo. Se volvió su ritual sagrado. Cada vez que él volvía de la universidad, la encontraba esperándolo. La puerta de la habitación se cerraba, el mundo exterior desaparecía.
—Cerré con llave —decía Iván, soltando la mochila con un golpe sordo.
—Yo ya me duché —respondía Marta desde la cama, la bata abierta como una promesa—. Sabía que vendrías con hambre.
Y se devoraban. No había tiempo para ternuras, solo para la urgencia. Él le abría las piernas con un movimiento decidido y la poseía como si quisiera reclamar un territorio, cada embestida una declaración.
—Así, mi amor, más fuerte —gemía ella, las uñas clavadas en su espalda.
—Esto es mío —gruñía él entre dientes, acelerando el ritmo—. Todo tuyo.
Cuando él se vaciaba, lo hacía con un rugido ahogado que a ella la dejaba completa, como un vaso que finalmente se desborda. Se quedaban pegados un momento, sudorosos, escuchando sus corazones desbocados, antes de volver cada uno a su papel en la farsa de la casa.
Pero nunca lo hacían con Gerardo presente. A menos que Marta interviniera. Había perfeccionado su método: compró el relajante más fuerte que encontró y lo guardó en la misma caja del decontracturante suave que él tomaba con la confianza de un bebé con su biberón. Así, la noche se volvía un mar en calma donde su pequeño barco podía navegar sin miedo a las tormentas.
Y raro era el fin de semana en que Gerardo se quedaba. Salía «a reunirse con amigos», pero olía a perfume barato en las camisas y a excusas todavía más baratas en la boca. Iba con Brenda, y volvía a casa extremadamente estresado, como si la culpa pesara más que el placer. Sus noches de insomnio eran las noches de libertad de ellos.
Tenían tiempo hasta de ducharse juntos. El vapor del baño se convertía en su niebla particular, su mundo privado. Bajo el agua caliente, todo era más lento, más juguetón. Ella se arrodillaba y lo miraba desde abajo mientras el agua le caía por la cara.
—Me gusta cómo me miras —decía él, ronco—. Como si quisieras devorarme vivo.
—Y si pudiera, lo haría —respondía ella, experta en llevarlo al borde y luego retroceder.
Ya no vivían con la libertad de antes, cuando la casa entera era suya, pero con el poco tiempo que tenían lo exprimían al máximo. Cada acto era una rebelión, una forma de decirle a Gerardo y al mundo entero que su amor, por prohibido que fuese, era más real y más vital que todo lo que existía al otro lado de esa puerta cerrada.