Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El regreso del marido amenazaba su deseo prohibido

Todo paraíso, hasta el más perfumado, tiene fecha de caducidad. Los seis meses volaron como un suspiro, y la figura de Gerardo, el marido de Marta, regresó del olvido igual que un fantasma molesto que acababa de pagar el alquiler. Tanto ella como Iván lo habían archivado en una trama que ya no le pertenecía, un personaje secundario al que nadie echaba de menos. Una semana antes del regreso, el teléfono sonó con un timbre estridente que cortó el aire denso de su mundo secreto.

—¿Hola? —dijo ella, la voz temblándole apenas.

Al otro lado, la voz de Gerardo sonaba tan lejana que parecía venir de otro continente.

—Marta, soy yo. Solo aviso que el sábado por la tarde llego. No se molesten en venir a buscarme, tomaré un taxi.

La llamada fue corta, seca, tan funcional como un parte meteorológico. Colgó y ella se quedó con el auricular en la mano, sintiendo el peso del mundo real caerle sobre los hombros.

Iván, desnudo en el sofá, la polla todavía a media asta después de la última follada de la mañana, miraba un documental sobre tiburones. Levantó la vista.

—Era él, ¿verdad?

Ella asintió sin palabras. Y algo cambió. La noticia fue un balde de agua fría, pero también un catalizador. Durante la semana que quedaba se lanzaron a un frenesí de orden y de caos. Ordenaban la casa con una ferocidad obsesiva, y sobre todo limpiaban la habitación de Marta, ese santuario que Iván había profanado durante medio año. Borraban cada rastro como si fueran estigmas que debían desaparecer antes de la llegada del dueño.

Pero también aprovecharon para entregarse con más hambre que nunca. No fue solo la intensidad, sino la variedad: un repaso frenético de los últimos seis meses, como si quisieran vivir una vida entera en siete días. Lo hicieron por toda la casa, un peregrinaje por sus altares privados.

En la encimera de la cocina la sentó de un empujón, le abrió las piernas y le arrancó las bragas de un tirón que sonó a tela desgarrada. Le enterró la cara en el coño hasta que la lengua le quedó dormida, chupándole el clítoris con una lentitud pornográfica, metiéndole dos dedos hasta el nudillo mientras ella se agarraba al borde de mármol y jadeaba tapándose la boca con la palma. Cuando Marta se corrió por primera vez, él ya tenía la verga fuera, dura y goteando, y la penetró de un solo empellón que la levantó unos centímetros sobre la piedra fría. Le clavó las manos en las tetas por encima del sujetador, se lo bajó a mordiscos y la folló hasta que los platos del escurridor tintinearon.

En el sofá del salón lo montó a horcajadas y le cabalgó la polla despacio, con los ojos clavados en los de él, dejándose caer hasta el fondo con cada bajada, sintiendo cómo la punta le golpeaba algo secreto en el vientre. Le lamió el sudor del cuello mientras él le apretaba el culo con las dos manos y le marcaba el ritmo. Se corrió gritando en su boca, mordiéndole el labio, y él la volteó boca abajo sobre los cojines y la volvió a follar por detrás, esta vez sin piedad, hasta descargarle una corrida espesa entre las nalgas que le chorreó por la espalda baja.

En la alfombra del pasillo la puso en cuatro y le hizo mamársela primero, sujetándole el pelo como riendas, empujándole la boca hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas y le baboseó los huevos. Después la penetró desde atrás, agarrándole las caderas, y a cada estocada le daba una palmada seca en un cachete que le dejaba la piel roja. Marta se corría una y otra vez, un orgasmo montado sobre otro, mordiendo la alfombra para no gritar.

En la ducha, con el agua caliente cayéndoles por la cara, ella se arrodilló entre el vapor y le chupó la verga entera, mirándolo desde abajo con la boca abierta y la lengua fuera para que él viera cómo lo tragaba. Él la levantó, la aplastó contra los azulejos y la folló de pie, con una pierna de ella colgándole del brazo, embistiéndola con un chapoteo de agua y semen entre las ingles hasta descargarle dentro con un gruñido que rebotó por todo el baño.

Y, por supuesto, en la cama conyugal, ese territorio que pronto sería devuelto, follaron con una saña que era también venganza. Marta sentía que para Iván aquello no era solo desear. Parecía querer dejarle una marca en el cuerpo, un reclamo de propiedad. La poseía con una furia casi triste, como quien sabe que está por perder su reino.

Una noche, en el lecho conyugal, él se detuvo en mitad del acto, con la polla enterrada hasta la raíz dentro de ella, su cara a centímetros de la de ella, la respiración entrecortada.

—Júrame —susurró con voz ronca, moviendo apenas las caderas, restregándole el hueso púbico contra el clítoris— que este coño es solo mío. Que no volverás a abrirle las piernas a ese hombre. Que no le dejarás meterte ni un dedo.

—Lo juro —respondió ella, las lágrimas brotándole y mezclándose con el sudor, mientras se aferraba a su espalda con las uñas—. Soy tuya. Mi coño es tuyo. Todo es tuyo. Solo tuya.

Él sonrió, una mueca de triunfo y de dolor, y se hundió de nuevo en ella con embestidas largas y hondas que le hacían chirriar la cama, pellizcándole los pezones, mordiéndole el cuello, follándola como si quisiera dejarle el molde de su polla grabado por dentro. Le puso las piernas sobre los hombros y la abrió hasta el fondo, y cada estocada arrancaba un gemido nuevo. Cuando notó que ella se cerraba en espasmos alrededor de la verga, aceleró y se corrió con ella, una descarga larga y espesa que sintieron los dos como una explosión hasta que los dos estallaron.

Cuando terminaron, ella lo abrazó, sintiendo el martilleo de su corazón y el semen goteándole entre los muslos.

—Ahora júramelo tú a mí —dijo, ya con la voz más firme—. Prométeme que no harás nada mientras tu padre esté en casa.

Iván se apartó un poco y la miró con una extraña mezcla de frustración y desprecio.

—¿De qué sirve que jure? Nada de eso tiene sentido. Esto es real. Lo nuestro es real.

—Es solo por un tiempo. Tenemos que tener cuidado.

—¿Cuidado? Lo nuestro es un terremoto, y me pides que lo controle para no despertar a un vecino que no es más que una estatua de sal.

—No digas eso. Es tu padre.

El único padre que necesito soy yo. Eso pensó él, y casi lo dijo, pero se levantó de la cama sin terminar la frase, la polla todavía brillante del semen y el flujo de ella. Fue el primer desacuerdo real entre ellos. Hasta ese día todo había sido una sinfonía de carne y consentimiento, y de pronto aparecía la primera grieta en el muro de su paraíso. Marta se sintió mal, terriblemente mal. Era la primera ilusión verdadera de su vida, la primera vez que se sentía completa, y todo amenazaba con derrumbarse.

***

El sábado por la tarde la casa estaba impecable. Olía a limpio y a normalidad, un aroma extraño y amenazante. Marta se había puesto un vestido sencillo, un disfraz de mujer decente. Iván llevaba unos vaqueros y una camiseta, un chico cualquiera esperando a su padre.

Cuando sonó el timbre, fue como una sentencia. Iván abrió la puerta y ella se quedó en el salón con el corazón en un puño.

—Hola, hijo. ¿Qué tal todo? —la voz de Gerardo, amable y distante.

—Bien, padre. Te esperábamos.

—Vengo cansado del viaje y con un dolor de espalda que ni te imaginas.

Los días siguientes fueron una comedia negra, una farsa doméstica en la que nadie se reía. El aire de la casa se volvió espeso. Sencillamente no podían tocarse. Gerardo estaba todo el día en casa, un fantasma con gorro de baño y pantuflas que deambulaba por los pasillos hablando de su viaje con una autoimportancia paralizante. Contaba anécdotas de cenas con hombres de nombres imposibles, de inversiones que cambiarían el mundo.

—Y entonces le dije a Lindqvist: «¿te parece que esto es una obra de caridad?». No, amigo, esto es capitalismo puro y duro. Y el tipo me confesó que nunca había conocido a nadie con tanto temple.

Marta sonreía con una mueca que parecía una contractura. Iván, en el sofá, miraba el móvil con una intensidad capaz de agujerear la pantalla. Gerardo se había olvidado por completo del pacto que en otro tiempo había sellado con su hijo, aquel acuerdo en el que cedió a su propia esposa como si fuera un clavo oxidado. Para Marta eso era lo más denigrante: que la hubiera entregado ya era el colmo, pero que ni siquiera lo recordara la convertía en un objeto de desecho, en una promesa rota por pura negligencia.

La frustración de Iván era un animal enjaulado. Por las mañanas, cuando el sol se filtraba por la persiana, intentaba meterle la mano a Marta en la cocina, los dedos ansiosos colándose por debajo de la falda, buscando el calor húmedo de su coño por encima de las bragas.

—No, por favor —susurraba ella, apartándolo con un miedo que le helaba la sangre, aunque el pulso ya se le disparaba entre las piernas—. Tu padre…

—¿Tu padre? —corregía él con un sarcasmo dolorido, apretándole la teta por encima de la camiseta antes de retirarse—. Vamos a darle algo de qué hablar.

Por las tardes, cuando ella se cambiaba en el dormitorio, él aparecía en el umbral, una estatua de deseo contenido, el bulto de la polla dura marcándosele en el pantalón.

—Necesito sentirte. Aunque sea un minuto. Déjame metértela un poco y me voy.

—Y yo necesito que no nos descubran. Ve a lo tuyo.

Gerardo, por si fuera poco, no salía de casa para nada. Ni los fines de semana; se escudaba en el dolor de espalda. Parecía decidido a cumplir su condena domiciliaria de una sola vez, convirtiendo el hogar en una prisión para tres.

Un sábado, mientras él veía las noticias financieras en el salón, la bestia se escapó de la jaula. Marta hacía la cama en su habitación, estirando las sábanas con un gesto automático, cuando entró Iván. Llevaban diez días sin un solo contacto, una eternidad para dos adictos.

—Quítate eso —dijo él, la voz un gruñido bajo, cerrando la puerta a su espalda sin echar el pestillo.

—Para ya. Hablo en serio —respondió ella, con una firmeza que sonaba a pánico—. Puede entrar en cualquier momento.

—Que entre. Que vea cómo se folla a una mujer de verdad. Que vea cómo se corre su esposa cuando alguien la toca bien.

Ella trató de detenerlo, las manos en su pecho, pero él la apartó con una brusquedad que la asustó de veras. Esta vez no era un juego. Le subió el vestido de un tirón hasta la cintura, le bajó las bragas de un manotazo y la dobló sobre la cama a medio hacer, la cara hundida en la almohada que olía a lavanda, el culo levantado y expuesto. Se abrió la bragueta, se sacó la verga hinchada y le pasó el glande por la raja empapada.

—Estás chorreando, zorra —jadeó él, restregándole la punta contra el clítoris—. Me dices que no y tienes el coño así. ¿Lo has olvidado? Eres mía.

Se la empezó a meter, la cabeza gruesa abriéndose paso, cuando la voz del salón cortó el aire.

—¡Marta, ven un momento! —gritó Gerardo desde el salón, una voz alegre y ajena—. ¡Mira esto! ¡Hablan de la empresa en la que invertí! ¡Dicen que es la apuesta del año!

La frase los golpeó como una marea fría. La rabia de Iván se desinfló, reemplazada por un veneno silencioso. Se retiró de golpe, dejándola vacía, con el glande brillante colgándole entre las piernas. Marta se incorporó de un salto, subiéndose las bragas mojadas con manos temblorosas, arreglándose el vestido.

—¡Voy, voy! —gritó con una voz que no era la suya, y salió casi corriendo, sin mirar atrás, dejándolo solo con su rabia, la polla al aire y una cama deshecha que olía a frustración y a coño mojado.

***

Pasó otra semana. Iván tuvo que conformarse con buscarse alivio a solas, de noche, con la puerta cerrada, la mano subiendo y bajando por la polla con una furia rabiosa, imaginando que sus dedos eran los labios de Marta, corriéndose en un pañuelo con un gemido ahogado que le sabía a nada. Marta no lograba dormir; se despertaba sobresaltada en mitad de la madrugada, el corazón acelerado y el coño palpitando, escuchando los susurros de la casa. Llegó a inventar una excursión para escaparse con Iván a un hotel, pero Gerardo, en un arranque de paternidad oportunista, se apuntó al plan con una sonrisa que lo arruinó todo.

Una tarde, mientras se duchaba, Marta se acarició a sí misma buscando un eco de lo que había sido. Se apoyó de espaldas contra los azulejos, abrió las piernas y se pasó dos dedos entre los labios del coño, girando el pulgar sobre el clítoris hinchado. Se metió tres dedos hasta el fondo y los movió con rabia, tratando de imitar el grosor de la verga de Iván, pero eran demasiado finos, demasiado suyos. Recordó la fuerza de los brazos de él, el peso de su cuerpo aplastándola, el calor de su aliento en el cuello, la manera en que la partía en dos con cada embestida. El orgasmo llegó tarde y flojo, un espasmo triste que le contrajo el vientre sin darle alivio, una liberación pobre y solitaria, un fantasma de los que solían compartir.

Esa misma noche, durante una cena en la que apenas habló, Gerardo se quedó rígido en la silla con un gesto de dolor.

—Ay, la espalda. Se me ha bloqueado. No puedo moverme.

—Quédate tranquilo —dijo ella, con una pizca de pánico y otra de alivio—. Te traigo algo para el dolor.

Fue al botiquín, las manos moviéndose con una precisión casi criminal. Encontró lo que buscaba. No era un simple analgésico, sino un relajante muscular potente, una pequeña bomba de sueño. Volvió con un vaso de agua.

—Toma esto, amor. Te ayudará a relajarte.

Él se lo tragó sin sospechar. Media hora después dormía profundamente, roncando suave. Ella lo miró: un extraño acostado en su cama, un intruso en su propio hogar. Se tendió de espaldas a él, abrazada a la almohada, y lloró en silencio, no de pena, sino por el alivio sucio y amargo de haberlo conseguido.

Cuando las lágrimas se secaron y el miedo se volvió fría determinación, se levantó. Cada crujido del suelo sonaba como un disparo. No era una mujer que iba por un vaso de agua: era una espía cruzando líneas enemigas.

Entró en la habitación de Iván sin llamar. Él estaba despierto, leyendo a la luz de la mesita, y la sorpresa lo dejó mudo al verla en el umbral, una silueta fantasmal. Sin una palabra, ella dejó caer el camisón al suelo como una piel vieja. Desnuda, pálida y hermosa bajo la luz tenue, con los pezones ya erguidos por el frío y por lo que venía, se deslizó bajo las sábanas, junto a él.

—Mi amor —susurró, la voz temblando de emoción y de miedo, mientras le buscaba la polla debajo de la sábana y se la encontraba ya durísima—. Le di una pastilla. Está dormido. Fóllame. Hazme tuya, ahora.

Iván no se lo hizo repetir. En un segundo estaba sobre ella, urgente, empujándole las rodillas contra el pecho, encajándose entre sus muslos. No hubo preliminares ni juegos: fue pura necesidad, una descarga después de diez días de sequía. Se guio la verga con la mano, encontró el coño empapado y la hundió de un solo golpe hasta los huevos. Ella tuvo que arquearse y morderle el hombro para contener el gemido. Él le tapó la boca con la palma y empezó a follarla con estocadas largas y desesperadas que hacían crujir el somier.

—Calla, mi amor, calla —jadeaba él contra su oreja mientras la penetraba—. Ábrete más. Así. Así se folla a mi mujer.

Ella le pasó las piernas alrededor de la cintura, clavándole los talones en las nalgas, tirándolo hacia dentro, más adentro. Sentía la verga golpeándole en el fondo, un dolor dulce que la iba a partir. En apenas unos minutos los dos llegaron al mismo tiempo, una explosión silenciosa: ella se cerró en espasmos brutales alrededor de la polla, mordiéndole la mano para no gritar, y él se descargó dentro con una serie de sacudidas calientes que le llenaron el coño hasta rebosar, el semen chorreando por las nalgas y manchando la sábana.

Se quedaron abrazados, la polla todavía dentro de ella, escuchándose el corazón.

—Te he extrañado tanto —dijo él, con la voz rota—. Pensaba que iba a volverme loco. Me la he pelado pensando en ti todas las noches.

—Yo también. Me tocaba y no era lo mismo. No quiero que nada nos separe.

Hicieron el amor el resto de la noche como dos animales que escapan de la jaula, recuperando en parte los días perdidos. Lo hicieron lento, ella encima, cabalgándolo con las manos apoyadas en su pecho, subiendo y bajando la cadera a un ritmo que los mataba de placer, dejándole ver cómo la polla entraba y salía brillante de sus jugos. Lo hicieron con ella boca abajo y él encima, aplastándola contra el colchón, folllándola con embestidas cortas y profundas mientras le mordía la nuca. Lo hicieron de lado, con él pegado a su espalda, una mano en la teta y la otra en el clítoris, follándola despacio mientras le susurraba obscenidades al oído.

—Dime que eres mi puta —murmuraba él, dándole pellizcos en el pezón—. Dilo.

—Soy tu puta —gemía ella, girando la cabeza para que él la besara—. Solo tuya. Fóllame más, no pares.

Ella le chupó la polla arrodillada entre sus piernas, mirándolo desde abajo mientras el semen todavía tibio le corría por la barbilla; se la sacó de la boca solo para lamerle los huevos y volver a tragarla entera. Él le hundió la cara en el coño y la comió con un hambre desesperada, chupándole el clítoris hasta que ella se corrió por tercera vez esa noche, apretándole la cabeza con los muslos. Era como si quisieran grabar en sus cuerpos un mapa de la resistencia, una topografía del deseo imposible de borrar. Cuando el alba tiñó el cielo de gris, ella volvió a su cuarto con el coño dolorido, el semen escurriéndole por los muslos y el alma satisfecha. Gerardo seguía roncando, ajeno a la batalla librada a pocos metros de él.

***

Para Marta fue un alivio que la espalda de Gerardo le hubiera robado todo el deseo. Se quejaba, se movía con dificultad, pero ya no la miraba con apetito, solo con fastidio. Y en esa tregua forzosa, ella e Iván encontraron un nuevo lenguaje: un robo de miradas en el desayuno, un roce de manos en el pasillo, un susurro al oído cuando él estaba en el baño.

Finalmente, un domingo durante la cena, Gerardo lo anunció como quien da el pronóstico del tiempo.

—Mañana vuelvo a la oficina. Lo de la espalda ya está controlado y no puedo delegar más. Lindqvist debe creer que me he jubilado.

Marta e Iván se miraron por encima de la mesa, una descarga eléctrica silenciosa. A ella el estómago se le retorció, no de nervios, sino de pura y salvaje anticipación; el coño se le humedeció ahí mismo, bajo el vestido. Mientras Gerardo monopolizaba la conversación con sus peroratas sobre el mercado de futuros, Marta cogió con calma una patata frita del plato. Y entonces ocurrió: se la llevó a la boca despacio, los labios entreabiertos en una imitación obscena, dejándola entrar y salir mientras clavaba los ojos en los de Iván. Le sacó la lengua para lamerla por debajo, chupándola de la punta a la base como si fuera una polla en miniatura. Él tuvo que toser y beber agua para no atragantarse con su propia saliva.

El lunes por la mañana el ambiente era distinto, una excitación contenida flotando en el aire. Gerardo se alistaba, zumbando como un mosquito.

—Bueno, me voy. No sé a qué hora vuelvo, hoy tenemos una reunión importante.

—Iván hoy se queda —dijo Marta, la voz tranquila y firme—. No se siente bien.

Gerardo, ya con el abrigo y el maletín, apenas la miró.

—De acuerdo. Que se cuide. Ya hablaremos.

Cerró la puerta con un chasquido que sonó como el pistoletazo de salida. La casa quedó en silencio exactamente tres segundos. Después, Marta fue a la habitación de Iván, entró sin llamar y se desnudó al instante, como quien se quita una armadura que ya no necesita. Se sacó el vestido por la cabeza, se soltó el sujetador y dejó caer las bragas, quedándose de pie desnuda al borde de la cama, los pezones tiesos, el vello del pubis brillante de humedad. Él la esperaba en la cama, la polla ya erguida bajo la sábana, una invitación evidente.

—Hoy es nuestro día —dijo ella, deslizándose a su lado, arrancándole la sábana de un tirón—. Hoy recuperamos todo lo que nos quitaron.

Y se devoraron. Fue un maratón carnal que duró horas, una celebración del cuerpo. Empezaron con ella a horcajadas sobre su cara, sentándole el coño en la boca, follándole la lengua mientras él la agarraba de los muslos y la comía como un hambriento; Marta se meneaba encima, restregándose contra su barbilla, corriéndose sobre sus labios con un gemido largo. Luego se giró y le engulló la verga sin dejar de tener el coño encima de su boca, un sesenta y nueve furioso en el que los dos se corrieron a la vez: ella se tragó una descarga espesa que le llenó la garganta mientras él se ahogaba con los jugos de ella.

Apenas descansaron. Iván la puso boca arriba, le abrió las piernas hasta el límite y la penetró de nuevo, esta vez despacio, mirándola a los ojos, viendo cómo la polla desaparecía dentro de ella centímetro a centímetro. La folló así, en misionero clásico, hasta que ella le pidió más. La puso en cuatro al borde de la cama, se colocó de pie detrás y la ensartó agarrándola de las caderas, embistiéndola con estocadas secas que le hacían chocar los huevos contra el clítoris. Le dio palmadas en el culo hasta que las nalgas se le pusieron rojas, le tiró del pelo hacia atrás y la folló hablándole sucio.

—Mira cómo te la meto, mi amor. Mira cómo entra entera. Este culo es mío, este coño es mío, todo mío.

—Sí, tuyo, tuyo, no pares, córrete dentro, córrete dentro de mí —jadeaba ella, empujando el culo contra él.

Lo hicieron en la alfombra, sobre la silla del escritorio con ella montada dándole la espalda, contra la pared con las piernas alrededor de su cintura, con ella tumbada de lado y él penetrándola por detrás mientras le chupaba los dedos. Fue tan intenso, tan largo, con tantas corridas de él por dentro y por fuera del coño, con tantos orgasmos de ella que perdieron la cuenta, que por la tarde, por primera vez, fue él quien pidió tregua.

—Para un poco, en serio. Me arde. Creo que vas a dejarme seco.

Marta soltó una carcajada libre y genuina, lo besó en el cuello y le dio un lametón burlón a la verga blanda y enrojecida.

—Entonces descansa, campeón. Pero no creas que has terminado.

En los intervalos, cuando sus cuerpos sudorosos y pegajosos de semen se separaban para tomar aliento, hablaban. Hablaban de lo que harían para estar juntos, porque ya no había viajes de Gerardo en el horizonte y su presencia parecía indefinida.

—Podríamos alquilar un piso —dijo Iván, acariciándole el vientre y bajando los dedos hasta perderlos en el vello húmedo—. Un nido solo para nosotros.

—¿Y cómo lo explico? «Cariño, necesito un segundo piso para mis aficiones». Me mataría.

—Dile que es para mí, para la universidad.

Ella lo miró con una mezcla de amor e incredulidad.

—Tú y tus locuras. Pero es una idea. Una idea terrible y maravillosa.

Cada plan era más descabellado que el anterior, pero todos nacían del mismo sitio: una necesidad desesperada de construir un mundo sin un Gerardo en el sofá contando anécdotas aburridas.

***

El tiempo, ese juez implacable, siguió su curso. Gerardo, sumido en un torbellino de trabajo, se volvió un fantasma aún más ausente que antes. Su regreso, que parecía una sentencia, se transformó en una simple molestia. Ahora lo tenían ocupado los negocios y, sobre todo, su secretaria, una tal Brenda de la que hablaba con una frecuencia sospechosa.

—Brenda es brillante, organizada… un pilar —repetía, sin notar que estaba cincelando su propia lápida.

Para Marta e Iván, aquella obsesión laboral fue un respiro monumental. El deseo entre ellos floreció con la ferocidad de una mala hierba en un jardín abandonado. Los fines de semana, antes un infierno de abstinencia, empezaron a abrirse: Gerardo iba a la oficina «a terminar informes» o salía «a almorzar con clientes». Eran ventanas de oportunidad, brechas en el muro de la normalidad.

Un viernes por la tarde, con Gerardo atrapado en una conferencia, Iván encontró a Marta en la cocina, picando cebollas con una furia contenida. Se acercó por detrás, abrazándola, su cuerpo presionando la espalda de ella, la polla dura marcándose contra sus nalgas por encima de la falda.

—Hueles a hogar —dijo, hundiendo la nariz en su pelo. Luego su tono se agrió—. ¿También hueles a él? ¿Se sienta en esta misma silla cada mañana, pidiendo café? ¿Te toca? ¿Te mete la polla?

—Ya hemos hablado de esto. No hemos hecho nada, te lo juro. No me ha follado desde que volvió. Ni una vez.

—¿Y por qué no? —replicó él, los ojos oscuros de celos, mordiéndole el lóbulo de la oreja.

—Es complicado. Está estresado. Y no es fácil, Iván. No es fácil tener al amor de tu vida al lado y compartir la cama con un extraño. Me duele más de lo que imaginas. Solo quiero ser tuya, que tu olor sea el único que salga de mi piel por la mañana, que solo tu semen me chorree entre las piernas.

—Entonces, divórciate —dijo él, la voz cortante como un cristal roto—. Dile que te vas. Que nos vamos.

Ella negó con la cabeza, conteniendo las lágrimas.

—No es tan simple. ¿Adónde iríamos? ¿Con qué dinero? Dependemos de él. Lo nuestro es un lujo que nos permite su ausencia. No podemos morder la mano que nos da de comer, por envenenada que esté.

Iván la miró con una frialdad nueva, y susurró un secreto que guardaba como un arma.

—Tal vez no tengamos que depender de él para siempre. Antes del viaje revisé sus papeles. No son limpios. Estoy seguro de que, si busco bien, encuentro algo. Algo que nos dé poder.

Marta se quedó helada.

—Olvida esa idea. Una cosa es encontrar facturas raras y otra es extorsionar. Ese es un juego para gente como él, no para nosotros. Nos destrozaría.

—¿O nos liberaría? —dijo él, acercándose, la voz un veneno dulce en su oído—. Imagina esta casa solo para nosotros. Imagina follar en cada rincón sin miedo. Imagina despertar cada mañana sin tener que esconder nada.

La idea era tentadora, una manzana brillante y envenenada. Pero ella volvió a sacudir la cabeza, esta vez con más fuerza.

—Es demasiado peligroso.

***

Así, con el paso de los días y una habilidad para el engaño que habría impresionado a cualquier espía, Marta e Iván establecieron una frecuencia tan regular como un reloj suizo. Se volvió su ritual sagrado. Cada vez que él volvía de la universidad, la encontraba esperándolo. La puerta de la habitación se cerraba, el mundo exterior desaparecía.

—Cerré con llave —decía Iván, soltando la mochila con un golpe sordo, ya bajándose los pantalones.

—Yo ya me duché —respondía Marta desde la cama, la bata abierta como una promesa, las tetas al aire, una mano entre las piernas jugando con el clítoris para llegar lubricada—. Sabía que vendrías con hambre.

Y se devoraban. No había tiempo para ternuras, solo para la urgencia. Él le abría las piernas con un movimiento decidido, se guiaba la verga a la entrada del coño ya empapado y la poseía como si quisiera reclamar un territorio, cada embestida una declaración. Se la metía hasta el fondo con el primer empujón y arrancaba con un ritmo salvaje, la cama chocando contra la pared.

—Así, mi amor, más fuerte, rómpeme —gemía ella, las uñas clavadas en su espalda, las piernas cruzadas en su cintura.

—Este coño es mío —gruñía él entre dientes, acelerando el ritmo, agarrándole las tetas y estrujándoselas—. Todo mío. Dime a quién le perteneces.

—A ti, solo a ti, fóllame, córrete dentro.

Cuando él se vaciaba, lo hacía con un rugido ahogado, descargándole el semen en oleadas calientes que a ella la dejaban completa, como un vaso que finalmente se desborda. A veces la sacaba justo antes y le pintaba las tetas y el cuello con chorros espesos que ella recogía con los dedos y se llevaba a la boca sin dejar de mirarlo. Se quedaban pegados un momento, sudorosos, escuchando sus corazones desbocados, antes de volver cada uno a su papel en la farsa de la casa.

Pero nunca lo hacían con Gerardo presente. A menos que Marta interviniera. Había perfeccionado su método: compró el relajante más fuerte que encontró y lo guardó en la misma caja del decontracturante suave que él tomaba con la confianza de un bebé con su biberón. Así, la noche se volvía un mar en calma donde su pequeño barco podía navegar sin miedo a las tormentas.

Y raro era el fin de semana en que Gerardo se quedaba. Salía «a reunirse con amigos», pero olía a perfume barato en las camisas y a excusas todavía más baratas en la boca. Iba con Brenda, y volvía a casa extremadamente estresado, como si la culpa pesara más que el placer. Sus noches de insomnio eran las noches de libertad de ellos.

Tenían tiempo hasta de ducharse juntos. El vapor del baño se convertía en su niebla particular, su mundo privado. Bajo el agua caliente, todo era más lento, más juguetón. Ella lo enjabonaba entero, deteniéndose en la polla, masturbándosela con la mano llena de espuma hasta ponerla dura como una piedra. Después se arrodillaba y lo miraba desde abajo mientras el agua le caía por la cara, la boca abierta esperando la punta.

—Me gusta cómo me miras —decía él, ronco, agarrándole el pelo mojado—. Como si quisieras devorarme vivo.

—Y si pudiera, lo haría —respondía ella, experta en llevarlo al borde y luego retroceder, dejándole la verga colgando dura mientras se levantaba, se apoyaba en los azulejos y le mostraba el culo, moviéndolo despacio.

Él la penetraba desde atrás bajo el chorro, una mano en la cadera y la otra en la nuca, follándosela con el vapor envolviéndolos, hasta descargar de nuevo dentro del coño y ver cómo el agua se llevaba el semen entre las piernas de ella. Ya no vivían con la libertad de antes, cuando la casa entera era suya, pero con el poco tiempo que tenían lo exprimían al máximo. Cada acto era una rebelión, una forma de decirle a Gerardo y al mundo entero que su amor, por prohibido que fuese, era más real y más vital que todo lo que existía al otro lado de esa puerta cerrada.

Ver todos los relatos de Incesto y Amor Filial

Valora este relato

Comentarios(9)

Rusito_87

increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo. La tension que construye desde el principio es brutal

SorprendidaRR

me quede sin palabras!! Por favor que haya segunda parte, necesito saber que pasa cuando el padre llega

DiegoMza_88

jajaja el timing del llamado justo en ese momento... clasico. Muy buena historia

NocheDeVerano22

muy bien narrado, la angustia de los personajes se siente autentica. Saludos

Lucia_Conf

esto me recordo a una situacion que vivi hace años, con mucho menos intensidad claro jaja. Buen relato

FerCba92

parece real, tiene un nivel de detalle que te hace creer que si pasó. Seguí escribiendo porfavor

ClaritaRos

Buenisimo!! la escritura es fluida y el suspenso esta muy bien logrado

SebasH_Cba

me enganche desde el primer parrafo. Espero la continuacion ansioso

ValentinaMza

que relato tan intenso... uno siente el panico de los personajes. Excelente

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.