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Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi madre en aquel vuelo interminable

Cada verano, desde que tengo memoria, mi familia y yo nos escapábamos juntos unos días. Era nuestra manera de desconectar de las obligaciones, de olvidarnos de las lavadoras, de las comidas y de los horarios, y de pasar tiempo de verdad los unos con los otros. Este año, sin embargo, decidimos que el viaje sería distinto.

Me llamo Bruno y tengo veintiún años. Nunca me he quejado de cómo me ha tratado la vida. Soy moreno, de ojos claros, y mido casi un metro ochenta. El gimnasio y el fútbol me han dado un cuerpo del que no me avergüenzo, y en lo que respecta a las mujeres, digamos que tampoco me ha ido mal. Pero nada de eso viene al caso todavía.

De mi familia, empiezo por mi padre. El típico empresario ocupado que vive pegado al teléfono y que pocas veces mantiene una conversación larga con nosotros. No le va mal, eso hay que reconocerlo, y gracias a él y a mi madre nunca nos ha faltado nada. Mi madre me ha contado alguna vez cómo era él de joven, pero parece que de aquel hombre ya queda muy poco.

Mi hermana Natalia tiene veinticuatro años y estudia un máster de empresariales, igual que hizo mi madre en su momento. No se corta un pelo al hablar y se ha ganado cada cosa a base de labia y de descaro. Está feo decirlo siendo su hermano, pero Natalia es de las que paran el tráfico. Tiene una figura que no pasa desapercibida, y lo sabe, porque viste para que se note.

Y por último está mi madre, Marina. Empresaria de éxito, no famosa, pero sí muy respetada en su sector. Dirige una agencia de comunicación, y si lo de Natalia tenía mérito, lo de mi madre es de otro nivel. Siempre la están llamando, siempre tiene algo entre manos, y no me extraña. Es inteligente, decidida y, lo diré sin rodeos, una mujer muy atractiva. El paso del tiempo no le ha quitado nada; al contrario, le ha dado una seguridad que se nota en cómo entra en una habitación y en cómo todos giran la cabeza cuando lo hace.

Este año decidimos gastar un poco más de la cuenta y reservar un resort de lujo en el sur de Tailandia. Ni yo sabía bien dónde quedaba aquello, pero por lo que contaban era algo fuera de serie. De la organización se encargaron sobre todo mi madre y mi hermana, ilusionadas por estrenar conjuntos y disfrutar de una semana sin agenda. Mi padre se mostraba indiferente, aunque yo sabía que en el fondo le apetecía cambiar de aires.

El viaje duraría casi todo agosto, y la semana anterior la pasamos haciendo las maletas. Yo no pensaba llevar gran cosa: lo justo para sobrevivir y mi bolsa de aseo. Mi padre hizo más o menos lo mismo, sumándole su portátil para seguir atendiendo asuntos de trabajo durante las vacaciones, como si no supiera pensar en otra cosa. Las chicas, en cambio, llenaron una maleta cada una de ropa, zapatos y mil cosas más, hasta el punto de que las cremalleras parecían a punto de reventar.

El día del vuelo íbamos todos bien preparados. Yo vestido fresco, con ropa de verano y mis cascos colgando del cuello para el viaje. Agradecí al cielo que el destino fuera caluroso, porque eso significaba que durante un mes entero podría ver a las dos mujeres más espectaculares que conocía paseándose en bañador. Mi hermana iba algo más deportiva, con unos pantalones cortos que se le pegaban como una segunda piel. Mi madre llevaba un conjunto blanco veraniego, ligero, con un escote que dejaba poco a la imaginación.

Justo antes de embarcar nos repartieron los asientos. Para mi sorpresa, mi padre y mi hermana habían quedado cada uno en un extremo del avión, mientras que a mi madre y a mí nos habían sentado juntos.

Diecisiete horas a su lado.

No supe si era buena o mala suerte.

***

El vuelo era de los largos, casi diecisiete horas sin escala. Ella se sentó junto a la ventanilla, yo en el medio, y a mi derecha quedó una chica desconocida que se durmió antes de despegar. Desde mi asiento se veían bien las vistas, pero cada vez que giraba la cabeza hacia la ventana mi mirada terminaba en el escote de mi madre, que subía y bajaba con su respiración y temblaba ligeramente con cada turbulencia.

Durante las primeras dos horas aprovechamos para comer algo mientras charlábamos. Fue, además, la primera vez que probé el alcohol en un avión: como era un vuelo de larga distancia, ofrecían copas de vino, y pedimos una cada uno.

—Me gusta poder empezar a verte como a un adulto —me dijo, sonriendo por encima del borde de la copa.

—Ya era hora —respondí—. Llevo siéndolo un tiempo.

Ella se rio, y el sonido me resultó más íntimo de lo habitual, quizá por la penumbra de la cabina o por el zumbido constante de los motores que parecía aislarnos del resto del mundo.

Hablamos de muchas cosas, y en algún momento me atreví a preguntarle cómo le iban las cosas con papá. Su gesto cambió. Bajó la vista hacia la copa y tardó en contestar.

—No tan bien como me gustaría —dijo al fin—. En los últimos años algo se ha ido apagando entre nosotros. Nos hemos convertido en dos personas que comparten casa y poco más.

—¿Y eso desde cuándo? —pregunté, sin saber muy bien si tenía derecho a meterme.

—Desde hace demasiado. —Suspiró—. A veces me siento muy sola, Bruno. Él siempre está ocupado, vosotros hacéis vuestra vida, que es lo normal, y yo... bueno, yo me quedo en medio de todo sin nadie con quien hablar de verdad.

Por un instante creí que iba a echarse a llorar. Sin pensarlo demasiado, le pasé el brazo por encima del hombro y la atraje hacia mí en un abrazo, intentando reconfortarla.

—Tú tranquila, mamá —le dije con la mano sobre la suya—. Yo voy a estar todo el viaje para ti. Me tienes para lo que necesites.

—Muchas gracias, cariño —murmuró, y me devolvió el abrazo.

Fue un abrazo que se alargó un poco más de lo que un abrazo entre madre e hijo suele durar. Sentí su pelo contra mi mejilla, el perfume cálido de su cuello, la curva de su cuerpo apoyada contra el mío. Cuando por fin nos separamos, los dos sonreímos como si no hubiera pasado nada, pero a mí el corazón me latía un poco más fuerte de lo que me habría gustado admitir.

***

Al cabo de un rato mi madre se levantó para saludar a mi padre y a mi hermana, que estaban en la otra punta, y de paso pasar por el baño. Los asientos no eran precisamente espaciosos, y para salir tuvo que pasar por delante de mí. Al hacerlo, su cuerpo rozó el mío de arriba abajo, y noté cómo sus caderas se deslizaban a la altura de mi entrepierna. Fue un segundo, nada más, pero un segundo que me dejó tenso en el asiento, agradeciendo de pronto haberme sentado en el centro.

Intenté distraerme mirando por la ventanilla, pero no podía dejar de pensar en aquel roce. Me dije que era una tontería, que el avión era estrecho y que no significaba nada. Y aun así no conseguía borrar la sensación de su cuerpo contra el mío.

Cuando volvió, la escena se repitió. Solo que esta vez, justo en el momento en que pasaba por delante de mí, una turbulencia sacudió el avión. Mi madre perdió el equilibrio y cayó de golpe, sentándose sobre mis piernas, con todo su peso restregándose contra mí antes de poder incorporarse.

Sentí cómo sus dos nalgas se apretaban contra mí, firmes y cálidas a través de la fina tela de su pantalón. Fue inevitable: noté cómo mi cuerpo reaccionaba al instante, traicionándome sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Ella debió de notarlo también, porque cuando consiguió ponerse en pie y volver a su asiento tenía las mejillas encendidas y evitaba mirarme a los ojos.

—Perdona —dijo en voz baja, colocándose el pelo detrás de la oreja—. Estos aviones...

—No pasa nada —contesté, con la garganta seca.

Los dos hicimos como si nada. Ella se abrochó el cinturón, yo fingí concentrarme en la pantalla del asiento de delante. Pero el aire entre nosotros había cambiado. Lo sentía como se siente la electricidad antes de una tormenta, esa tensión que eriza la piel sin que sepas muy bien de dónde viene.

De reojo me fijé en ella. Llevaba el escote ligeramente más abierto que antes, como si tuviera calor, y se abanicaba despacio con la tarjeta de seguridad. Bajé la mirada un instante, lo justo para confirmar lo que ya intuía: bajo la tela blanca, sus pezones se marcaban duros, inconfundibles.

Tienen que ser imaginaciones mías.

Me puse los cascos y subí el volumen, buscando algo de distancia, intentando convencerme de que todo aquello no era más que producto del cansancio, del vino y de las horas encerrados en aquella cabina. Cerré los ojos, pero no logré dormir. La imagen de mi madre cayendo sobre mí, el peso de sus caderas, su rubor al levantarse, todo se repetía una y otra vez detrás de mis párpados.

***

Durante las horas siguientes apenas hablamos. No por enfado, sino por una especie de prudencia compartida, como si los dos supiéramos que cualquier palabra podía empujarnos hacia un terreno del que no había vuelta. De vez en cuando notaba su mirada sobre mí; al girarme, ella desviaba la vista hacia la ventana demasiado rápido para que pareciera casual.

En algún momento, ya con las luces de la cabina apagadas y la mayoría de los pasajeros dormidos, sentí que se movía a mi lado. Me había quedado medio adormilado, con un brazo apoyado en el reposabrazos compartido. Su mano se posó sobre la mía, ligera, casi como si fuera un descuido. No la apartó. Yo tampoco.

—¿Estás despierto? —susurró.

—Sí —respondí en voz igual de baja.

Se quedó callada unos segundos. Bajo la manta que se había echado por encima, sus dedos se entrelazaron despacio con los míos.

—Gracias por lo de antes —dijo—. Por escucharme. Hace mucho que nadie me hace sentir... acompañada.

—Ya te lo he dicho. Estoy aquí.

No sé cuánto tiempo permanecimos así, con las manos unidas bajo la manta y la oscuridad de la cabina envolviéndonos. Sentía su pulso en la palma, o quizá era el mío. Cada pequeño movimiento de sus dedos me recorría entero, y supe, con una claridad que me asustó, que aquello había dejado de ser un abrazo de consuelo mucho antes de subir al avión.

Ella apoyó la cabeza en mi hombro y cerró los ojos. Yo me quedé mirando el techo, con el corazón desbocado y una pregunta dándome vueltas que no me atrevía ni a formular.

¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar el resto del viaje?

Faltaban todavía muchas horas para aterrizar, y por delante teníamos un mes entero en aquel resort, lejos de todo, lejos de todos. Algo me decía que aquella noche, a diez mil metros de altura, habíamos cruzado una línea que ya no íbamos a poder fingir que no existía.

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Comentarios (5)

CarlosNocturno

Tremendo. No esperaba que me enganchara tanto desde el primer parrafo pero aca estoy, leyendolo dos veces.

lectorcasual33

Por favor que haya segunda parte!! Se corto justo cuando mas tension habia, eso no se hace jaja

Maturin77

Lo que mas me gusto es como describe esa incomodidad inicial, esa tension que va creciendo sin que ninguno diga nada. Se siente muy real.

PatriRB

increible!! leido de una sentada

CafeYLluvia

Hace rato que no leia algo que me atrapara asi. El avion como escenario le da un morbo especial, esa sensacion de no poder escapar ni ignorar lo que pasa. Muy bien construido, espero que continues la historia.

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