Lo que vi al salir mi padre de la ducha lo cambió todo
En mi casa vivíamos mi madre, mi padre y yo, que soy hija única. Los dos trabajaban por turnos en una planta de envasado, y siempre que podían organizaban sus horarios para no coincidir, de modo que uno de ellos estuviera en casa conmigo. Lo hacían cuando era niña y, aunque ya tenía veintiún años, seguían haciéndolo por pura costumbre.
El piso era pequeño: dos dormitorios, una cocina diminuta, un salón y un solo cuarto de baño que los tres compartíamos. Ese baño era el punto crítico de la convivencia. A primera hora de la mañana era normal que dos de nosotros coincidiéramos dentro, uno duchándose y el otro lavándose la cara o peinándose frente al espejo.
Por suerte era amplio. El inodoro quedaba en un recoveco aparte, y entre el lavabo y la ducha había espacio de sobra para secarse sin estorbar al que estuviera afeitándose. Aun así, todos intentábamos ser lo más pudorosos posible y mirarnos lo menos necesario.
Con mi madre nunca tuve problema. Al ser las dos mujeres, no hacíamos nada por evitarnos; estábamos acostumbradas a vernos desnudas y hasta nos ayudábamos a darnos crema en la espalda. Mis padres tampoco se incomodaban entre ellos, lógicamente. El único cruce delicado era cuando coincidíamos mi padre y yo, y eso se había vuelto más tenso desde que dejé de ser una cría.
Por eso, hasta hacía poco, los dos procurábamos no coincidir en el baño salvo cuando era inevitable.
Digo «hasta hacía poco» porque, en los últimos días, hacíamos justo lo contrario. Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo sin hablarlo, no solo dejamos de evitarnos, sino que ambos buscábamos cualquier excusa para coincidir, sobre todo cuando estábamos solos en casa.
Para mí todo cambió una tarde en que entré a dejar unas toallas limpias y lo encontré saliendo de la ducha, completamente desnudo. Fueron apenas unos segundos: solté las toallas, le pedí perdón y salí disparada. Pero en esos segundos no pude evitar clavar la vista en él.
Aunque la tenía en reposo, lo que vi me pareció enorme, suficiente para llamarme la atención. Vi la mata espesa de vello oscuro y, colgando debajo, una polla gorda y pesada, con los huevos abultados por el calor de la ducha. Esa imagen se me clavó en la cabeza y me dejó una mezcla de vergüenza y morbo, y ese morbo fue el que despertó en mí la necesidad de volver a verla, esta vez con calma.
Así que empecé a aprovechar cada vez que entraba a ducharse. En cuanto dejaba de oír el agua, me inventaba un motivo para entrar e intentar pillarlo desnudo. Las primeras veces se tapó por instinto y no llegué a ver gran cosa.
Pero a la tercera debió de atar cabos. Era demasiada casualidad que yo apareciera siempre justo cuando él terminaba. Ese día ya no se tapó: siguió secándose la cara con la toalla, dejándolo todo a la vista. Y la situación también debía de excitarlo, porque su polla no estaba del todo blanda: colgaba hinchada, gruesa, empezando a levantarse. Me puse tan nerviosa que solo le miré la verga un instante antes de huir, pero fue suficiente para comprobar que estaba muy bien dotado y que a mí se me había mojado el coño con solo verlo.
Aquel fue el punto de inflexión. Decidí que la próxima vez no me cortaría: le miraría la polla el tiempo que hiciera falta. Y él, por su parte, debió de pensar algo parecido, porque a la mañana siguiente, cuando entré de la misma forma, me estaba esperando. De pie frente al espejo, completamente empalmado, con la polla dura apuntando hacia arriba, pegada al vientre.
Iba decidida, pero verlo así casi me hace salir corriendo igual. En cuestión de segundos comprendí que, si estaba con esa erección, no era por azar. Eso me retuvo. Me quedé mirando con la boca entreabierta, sorprendida.
Era enorme. La verga gruesa, marcada por una vena que la recorría a lo largo, y el glande descubierto, brillante, hinchado y morado, con una gota de líquido asomando en la punta. Los huevos tirantes, altos, pegados al cuerpo. Por un momento dejé de mirar abajo y le busqué la cara.
Me observaba con una media sonrisa, satisfecho de que yo estuviera haciendo exactamente lo que él había previsto. Ninguno de los dos se movió. No hizo el menor gesto de taparse ni de darse la vuelta. Al final reaccioné, le pedí perdón como siempre y salí del baño con el pulso disparado y las bragas empapadas.
Tenía la cabeza hecha un lío. Lo que acababa de ver me había impactado de verdad. Había estado con tres chicos en mi vida y ninguno tenía una polla que se le pareciera, ni de lejos, o al menos eso me decía mi mente calenturienta en ese momento.
Estoy pensando en mi padre como si me lo quisiera comer.
Y ahí frené en seco. Era mi padre. Me dije que, bajo ninguna circunstancia, podía pasar nada entre nosotros, y que él tampoco querría follar a su hija. Me convencí de que solo había sido curiosidad por ambas partes, una especie de juego un poco fuerte, pero un juego al fin y al cabo.
No tardé en descubrir lo peligroso que es jugar con fuego.
***
Sí, él era mi padre y yo su hija, pero también éramos un hombre y una mujer. Eran las tres de la tarde de un día de verano sofocante, mi madre tenía turno hasta las diez de la noche y estaríamos solos durante horas. Todas esas circunstancias hicieron posible lo que pasó.
El calor justificaba que él se hubiera duchado después de comer. Pero, visto en perspectiva, me tendió una trampa y yo caí. Al principio sin darme cuenta del todo; después, conforme avanzaba la cosa, le seguí el juego ya plenamente consciente de adónde iba.
Estaba sentada a la mesa del salón, trasteando con el portátil, cuando lo vi aparecer con un pantalón corto de andar por casa y una camiseta holgada. No pude evitar mirarle la entrepierna: el bulto de la polla seguía ahí, marcado, colgando pesado bajo la tela fina del pantalón. Se le adivinaba hasta el contorno del glande. Me puse en guardia.
Por eso no me extrañó que se sentara frente a mí, en la mesa, cuando lo normal habría sido que se tumbara en el sofá. Supe que quería hablar.
—A ver, cariño —empezó—. ¿Podemos tener una conversación de adultos?
—Claro, papá. Los dos lo somos, ¿no? Así que será una conversación de adultos.
—Bien. La pregunta es: ¿te ha gustado lo que has visto?
—No sé de qué me hablas —dije, notando el calor subiéndome a la cara.
—Te hablo de lo que llevas días intentando ver y que hoy, por fin, te he dejado mirar con calma.
—Si lo he visto es porque tú querías. Por eso me esperabas así, con la polla dura.
—Pues claro. Sabía que querías verla y te di el gusto.
—Gracias, entonces, por satisfacer mi curiosidad —respondí, intentando sonar irónica.
—De nada. ¿Y es como te la imaginabas?
—No. Es mucho más grande de lo que pensaba.
—¿Y eso te gusta o te desagrada?
—Ni una cosa ni la otra. Me ha sorprendido.
—No te enfades por lo que te voy a preguntar. Sé que has estado con un par de novios, porque esas cosas se las cuentas a tu madre y ella me las cuenta a mí. ¿Alguno la tenía tan grande como la mía?
—Pero qué pregunta, papá, por favor. Soy tu hija. Esas cosas las hablo con mamá, de mujer a mujer.
—¿Y por qué no conmigo? Es simple curiosidad.
—Está bien. Sin haberla visto de cerca, te diré que la tuya parece más grande que la de cualquiera de ellos. ¿Contento?
—Mucho. ¿Te gustaría verla más de cerca? ¿Incluso tocarla?
—¿Pero qué dices? Papá, que soy tu hija. ¿Te has vuelto loco?
—No te enfades. Como me dices que no la viste bien, por mí no hay problema en enseñártela. Estamos en confianza.
—Hay líneas que un padre y una hija no deberían cruzar, por mucha confianza que haya. ¿Sabes qué? Me voy a tumbar un rato a descansar.
—Me parece bien, cariño.
Me levanté y me encerré en mi cuarto. Estaba segura de que él habría notado que tenía la cara ardiendo y que, bajo la falda, tenía el coño chorreando.
***
La conversación me dejó dos cosas claras. La primera: había montado todo aquello para medir mi reacción, porque se planteaba la posibilidad de follarme. La segunda, más inquietante: yo, después de lo visto, también me lo estaba planteando. Ya no podía apartar el deseo de tocarle la polla con mis manos, de metérmela en la boca, de sentirla abriéndome el coño. Y mi cuerpo lo confirmaba: estaba completamente empapada, las bragas pegadas a los labios, el clítoris latiendo por la tensión de aquella charla.
Convencida de que él seguiría con su «juego», entendí que ahora dependía de mí dar el paso que ambos esperábamos. Así que, sin dudarlo, me desnudé del todo, me metí en la cama y me tapé con la sábana. Antes de taparme, me pasé la mano entre las piernas y comprobé lo mojada que estaba: los dedos me salieron brillantes de flujo.
Yo ya había hecho mi parte. Lo demás dependía de si él estaba en la misma sintonía que yo creía. Lo primero era que viniera. Lo segundo, que levantara la sábana y me encontrara desnuda. Eso sería definitivo.
Y ocurrió tal cual.
Entró, se acercó a la cama y de un tirón lento retiró la sábana hasta dejarme al descubierto. Se quedó parado, mirándome de arriba abajo, deteniéndose en mis tetas duras, en los pezones erguidos, en el triángulo de vello entre mis piernas ligeramente abiertas. Sin decir nada, se quitó la camiseta, se bajó el pantalón corto y los calzoncillos de un tirón, y la polla le saltó fuera, ya empalmada, gruesa, apuntándome. Se tumbó a mi lado, pegándose a mi espalda. Yo estaba de costado, y sin decir palabra tomó mi mano y la llevó hasta él. Se la agarré. Estaba dura como una piedra, gorda, caliente, con la piel tirante y palpitando contra mi palma. Apenas podía rodearla con los dedos. Todo mi cuerpo tembló.
Empecé a moverle la mano despacio, subiendo y bajando la piel, notando cómo se le tensaba aún más y cómo el glande se hinchaba y soltaba una gota espesa que me resbaló por los nudillos. Él pegó su erección contra mi culo, buscándome, restregándose entre las nalgas mientras yo seguía masturbándolo.
Acercó la boca a mi oído.
—¿Te gusta esta polla, cariño? —susurró, con la voz ronca.
Tragué saliva.
—Sí, papá.
Una de sus manos me abarcó una teta, apretándomela, buscándome el pezón con los dedos y pellizcándolo hasta que se me escapó un jadeo. La otra bajó por mi vientre y se hundió entre mis piernas. Al notar lo mojada que estaba soltó un gruñido y me metió dos dedos de golpe. Empezó a moverlos dentro mientras con el pulgar me frotaba el clítoris en círculos.
—Estás empapada, hija. Empapada de verdad.
—Sí… sí…
—¿Te gustaría sentirla dentro? ¿Sentir la polla de tu padre metida hasta el fondo?
Con la boca seca, contesté otra vez, con la voz rota:
—Sí. La quiero dentro. Ya.
Ahí tomó el control. Se movió hacia los pies de la cama, me puso boca arriba, me separó las piernas y me las dobló por las rodillas, abriéndome del todo. Vi cómo me miraba el coño abierto antes de bajar la cabeza. Empezó a lamerme despacio, con la lengua plana, de abajo arriba, chupándome los labios uno a uno. Después me abrió con los dedos y hundió la lengua dentro de mí, follándome con ella, mientras la nariz me rozaba el clítoris. Yo levantaba las caderas contra su cara, gimiendo, apretándole la cabeza contra mi coño.
—Papá, sigue, no pares, así, así…
Cerró los labios alrededor de mi clítoris y empezó a chupármelo, tirando de él, mientras dos dedos entraban y salían de mi coño. No tardé nada en correrme en su boca, arqueándome, apretándole la cabeza con los muslos, gritando sin poder contenerme. Él lo recibió todo, chupando y tragando mi corrida sin apartarse, hasta que yo me dejé caer temblando sobre las sábanas.
Se incorporó de rodillas entre mis piernas, con la boca brillando de mi flujo y la polla más dura que nunca, roja, palpitando. Se la agarró con la mano y se la pasó por mis labios, restregándome el glande contra el clítoris, arriba y abajo, hasta empaparlo entero de mí. Me abrió aún más las piernas, encajó la punta en mi entrada y empujó lento, muy lento, hasta el fondo. Solté un grito de puro placer al sentirla entera dentro de mí, abriéndome, llenándome hasta un sitio al que nadie había llegado antes.
—Joder, hija, qué apretada estás… qué coño tienes…
—Fóllame, papá, fóllame ya, por favor…
Empezó a moverse en esa postura, primero despacio, sacándola casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo, para que yo la sintiera bien. Poco a poco fue acelerando, embistiéndome con fuerza, haciendo chocar sus huevos contra mi culo con cada estocada. Me agarró las tetas con las dos manos, apretándolas, pellizcándome los pezones hasta hacerme retorcer. Yo le clavaba las uñas en los antebrazos, cruzando los tobillos por encima de su espalda para tirarlo más hacia mí.
Después se echó adelante, aplastándome contra la cama, y acercó su boca a la mía. Nos besamos hondo, con lengua, jadeando el uno en el otro, mientras seguía metiéndomela con embestidas cortas y profundas. Era, sin discusión, la mejor follada de mi vida, y el hecho de que fuera él, mi padre, lo multiplicaba todo, me volvía loca.
—Dime que te gusta, dime que te gusta que te folle tu padre —me gruñó en el oído.
—Me encanta, papá, me encanta tu polla, méteme más, más fuerte…
Fue demasiado. Estallé en un segundo orgasmo, esta vez sin ningún control, gritando cosas que jamás habría imaginado decirle: que me follara como a una puta, que me llenara, que era su hija y le pertenecía. Al notar mis contracciones apretándole la verga dentro, él aceleró todavía más, embistiéndome a un ritmo brutal, con la cama golpeando la pared.
—Me voy a correr, cariño —dijo entrecortado, sudando encima de mí—. ¿Puedo hacerlo dentro? ¿Puedo correrme dentro de mi hija?
—Sí, papá, córrete dentro, lléname entero, quiero sentirlo…
Antes de que terminara la frase ya sentía los primeros chorros calientes disparándose contra el fondo de mi coño, palpitando dentro de mí. Se quedó hundido hasta las cachas, apretando las caderas, vaciándose por completo con un gruñido largo que se apagó contra mi cuello. Noté cada latido de su polla soltando semen, uno tras otro, hasta que se derramó por los bordes y me resbaló entre las nalgas.
Cuando terminamos, se dejó caer a mi lado, con la polla todavía goteando sobre mi muslo, y entre jadeos me dijo, medio en broma:
—Bueno, pues ya la has visto de cerca. Más todavía: la has tenido entera dentro. Ya podrás comparar tamaños.
Le seguí la guasa, riéndome, con el semen resbalándome del coño.
—Pues sí. Ahora puedo decirte sin ninguna duda que es la polla más grande que he tenido. Y que desde el primer día que te la vi de pasada no paré hasta conseguir que me follaras.
—Lo sabía —respondió—. Por eso hice todo lo que hice. Estaba seguro de que la querías tanto como yo quería metértela.
***
Descansamos un rato, abrazados en silencio, sintiendo cómo el semen se me iba escapando lentamente entre los muslos, hasta que me giré hacia él.
—Oye, una cosa. La he tenido dentro, pero verla bien, lo que se dice verla, todavía no. Si te parece, déjame mirarla de cerca y saborearla un poco.
—Me parece perfecto —dijo, y se recostó contra el cabecero, abriendo las piernas para mí.
Me coloqué entre sus piernas y por fin la observé con calma, a un palmo de mi cara. La tenía ahí, medio blanda pero todavía gruesa, brillando con los restos de nuestra mezcla, apoyada contra sus huevos hinchados. La tomé con las dos manos, una encima de la otra, y aún así me sobraba tramo. Empecé despacio, lamiéndole primero los huevos, uno y otro, chupándomelos enteros y saboreando su piel. Subí por el tronco con la lengua, recorriendo aquella vena gruesa desde la base hasta el glande, y le di un beso húmedo en la punta, chupándole la gota que ya volvía a asomar.
Se me hacía la boca agua. Me la metí despacio, tragando lo que podía, hasta notar el glande contra el fondo de la garganta. Él me apartó el pelo de la cara para mirarme mejor, y esa atención me encendió todavía más. Empecé a subir y bajar la cabeza, con los labios apretados alrededor de su verga, haciendo ruido, ensuciándome la barbilla de saliva.
Sentí cómo volvía a endurecerse dentro de mi boca hasta ponerse otra vez como una piedra. Una de sus manos se cerró con suavidad sobre mi nuca, sin forzar, solo acompañando el ritmo. Con la otra me acariciaba las tetas colgando, jugueteando con los pezones. Yo le mamaba concentrada, mirándolo a los ojos cada vez que subía, sacándomela para lamerle los huevos y volviendo a hundírmela hasta atragantarme un poco.
—Así, hija, así, mámasela… mira qué bien te la tragas…
Aceleré, ayudándome con una mano para masturbarle la base mientras con la boca me ocupaba del glande, chupándolo con fuerza, dando lengüetazos rápidos por debajo, donde sabía que más iba a gustarle. Con la otra mano le acariciaba los huevos, sopesándolos, notándolos cargándose otra vez para mí.
El morbo de estar mamándole la polla a mi padre, con su sabor mezclado con el mío llenándome la boca, me importaba más que cualquier otra cosa; jamás había sentido algo parecido con nadie.
Cuando noté que estaba a punto por cómo se le tensaron los muslos y le empezó a palpitar la verga entre mis labios, no me aparté. Al contrario: me la hundí hasta el fondo y aguanté ahí, apretándole la base con la mano, mientras él se corría con un gruñido largo. Sentí los chorros calientes estrellándose contra mi paladar, uno tras otro, espesos, abundantes. Lo recibí entero, hasta la última gota, tragándomelo todo sin dejar caer nada, chupándole aún después la punta para exprimirle lo que quedara.
Me incorporé despacio, mirándolo a los ojos con una sonrisa, relamiéndome los labios.
—Esto no se lo voy a contar a mamá —dije, todavía con la respiración agitada.
—Más nos vale —respondió, riéndose por lo bajo, atrayéndome para tumbarme de nuevo a su lado.
Nos quedamos así, enredados, con su polla blanda descansando contra mi cadera y una mano suya perdida entre mis piernas, jugando con mi coño empapado de su corrida, mientras el sol de la tarde se filtraba por la persiana y el reloj corría tranquilo. Quedaban horas para que mi madre volviera. Y los dos sabíamos, sin decirlo, que aquella tarde no iba a ser la última, y que antes de que ella entrara por la puerta él iba a follarme por lo menos una vez más.