El accidente que me obligó a bañar a mi madre
A los cincuenta y cuatro años quedé viudo. El cáncer se llevó a mi esposa en cuestión de meses, sin darnos tiempo a casi nada. Por suerte, dentro de aquella pérdida enorme para nuestra familia, mi único hijo ya era un hombre hecho y derecho. Hacía tiempo que no vivía conmigo: el trabajo lo había mudado a una ciudad cercana, y aunque la muerte de su madre nos golpeó a los dos, conseguimos salir adelante cada uno por su lado.
Nunca rehíce mi vida. Preferí quedarme solo. Si acaso tenía algún encuentro esporádico por ahí, pero muy de tarde en tarde, sin que significara nada. Pasó el tiempo, perdí el empleo y, al no poder seguir pagando el alquiler de mi piso, con bastante vergüenza, terminé mudándome a casa de mi madre, que también vivía sola.
No tuvo problema en alojarme unos meses, hasta que encontrara otro trabajo. A los pocos meses lo conseguí, pero ya me sentía tan a gusto en su casa que decidí quedarme a vivir con ella.
Mi madre llevaba muchos años sola. Mi padre había fallecido tiempo atrás, así que nos hacíamos compañía mutuamente. Aparte, a sus setenta y tres años ya no estaba para vivir sin nadie cerca, por más jovial e independiente que fuera. A esa edad, una se cuida.
Nos complementábamos bien. Yo aportaba el dinero de la casa y ella se encargaba de cocinar, de planchar, de mantenerlo todo en orden. Teníamos nuestra rutina: salíamos a comer algo de vez en cuando, veíamos las series de la tarde, conversábamos durante horas. Hasta que, de un día para otro, todo cambió.
Fue la llamada de una vecina a mi trabajo. Mi madre se había caído en el baño y, al parecer, se había roto un brazo. Dejé todo y salí corriendo. En el hospital me confirmaron lo que temía: fractura en el brazo derecho. A partir de ahí me tocó hacerme cargo de la casa entera —cocinar, planchar, limpiar—, porque ella no podía con nada. Solo reposo, calmantes y el yeso.
Comenzó una rutina nueva. Yo cargaba con todo, pero con la ayuda de doña Rosa, una vecina amiga suya que la acompañaba mientras yo estaba fuera. Funcionaba bien, hasta que a la semana siguiente la vecina cayó enferma y dejó de poder venir. Ahí se nos presentó el verdadero problema.
Mi madre podía quedarse sola sin mayor riesgo: ir al baño, calentarse algo de comer, moverse por la casa. Lo que no podía era ducharse sin ayuda. No se sostenía bien de pie bajo el agua, y doña Rosa ya no estaba para sujetarla.
Éramos muy cómplices. Buena relación, mucha confianza, risas y bromas todo el día. Pero no teníamos «esa» clase de confianza. Yo jamás había visto a mi madre desnuda. Con suerte, alguna vez en ropa interior, y ella a mí igual. Ahora, por el accidente, iba a tener que bañarla. A su edad era un tema difícil para los dos, pero no quedaba otra alternativa.
Intenté que se sintiera cómoda, hacerle creer que era lo más natural del mundo, aunque a mí también me incomodaba la situación. Era imposible que se bañara sola. Mi madre es una mujer grande, de cuerpo robusto, que ya no camina con firmeza, y después del golpe en la ducha le había quedado un miedo enorme a volver a caer, más todavía con un brazo de menos. No le quedó más remedio que aceptar mi ayuda.
***
La primera vez fue todo un acontecimiento. Le envolví el brazo en una bolsa de plástico para que no se mojara el yeso y la ayudé a desvestirse. Se notaba que le avergonzaba quitarse la ropa delante de mí, pero no había otra forma. Con el agua ya corriendo, desnuda, la sostuve para que entrara con cuidado, los dos pendientes de que el yeso quedara seco a pesar de la bolsa.
Era la primera vez que la veía sin nada encima. Al principio se cubrió el pecho con el brazo sano, pero al meterse a la ducha tuvo que agarrarse de la barra y dejarlo al descubierto. Para no mostrarme nada, se giró de espaldas, y entonces quedaron a la vista sus nalgas amplias, que enjaboné sin problema. Luego tuvo que darse la vuelta para que la limpiara por delante, y ahí estaban sus pechos caídos, mientras en su cara se leía la vergüenza de mostrarse así ante su hijo.
Traté de aliviar el momento conversando de cualquier cosa, como si fuera la cosa más corriente del mundo que su hijo le enjabonara el pecho. Reconozco que, a pesar de todo, lo que veía me excitó.
Su piel blanca, el agua caliente escurriendo por ella, bajando por sus pechos, descansando sobre un vientre también vencido por los años. Noté que quiso taparse el sexo, pero con solo soltar la barra se asustó y no se atrevió. Le dije que no se preocupara, que ya la había visto, que tendríamos que hacerlo así hasta que la vecina mejorara.
Fue muy excitante enjabonarle el pecho. Imposible que no se me pusiera dura al tenerlo entre las manos. Su intimidad, por ser la primera vez, no la toqué. Ya era demasiado para ella. La ayudé a salir, a secarse, le puse el pijama y la dejé acostada en su cuarto.
Me dio pena verla así, envejecida, frágil. Pero la imagen de su cuerpo desnudo había despertado en mí un deseo que llevaba dormido demasiado tiempo.
***
Al día siguiente fue parecido, incómodo todavía, no solo para ella. A pesar de que me gustaba lo que veía, me costaba aceptarlo. Me sentía un poco indecente excitándome con mi propia madre. Pero con el paso de los días, los dos nos fuimos relajando.
Ella dejó de sentirse tan expuesta y yo aparté la culpa y empecé a disfrutar de aquella rutina morbosa. Cada vez me calentaba más su cuerpo, y cada vez me volvía más atrevido.
La ayudaba a desvestirse, la metía despacio bajo el agua y empezaba a recorrerla por todas partes. Siempre comenzaba por la espalda, le enjabonaba los brazos anchos y blandos, después la espalda con sus pliegues, y bajaba poco a poco hasta su trasero, que dejaba bien limpio, una y otra vez, mis dedos deslizándose entre las nalgas con la excusa de no dejar ningún rincón sin lavar.
Luego la giraba. Disimulaba un rato con el cuello, con los brazos, con el vientre, y de ahí me entregaba por completo a sus pechos. Se los enjabonaba largamente, inventando cualquier tema de conversación para tapar mis movimientos, pasando de uno a otro, levantándolos con una mano y enjabonándolos por debajo con la otra. Siempre un poco más de lo necesario.
Me agachaba para llegar a sus piernas, a sus rodillas, dejando la cara muy cerca de su sexo, mirando de cerca el vello ya entrecano. Después subía de nuevo y le limpiaba la entrepierna, mis dedos sobre ella, con el pretexto de dejar esa parte bien aseada.
La misma rutina se repetía a diario. Al volver del trabajo comíamos algo, veíamos la televisión y, por la noche, la bañaba antes de acostarla. Cada vez con más caricias, más insistentes en sus partes íntimas, quizá hasta un poco demasiado evidentes.
Y no fui solo yo el que cambió. Empecé a notar que a ella también le gustaba. Ya no ponía ningún reparo cuando le tocaba esas zonas prohibidas. Incluso separaba un poco las piernas para dejarme más espacio. Hasta que un día, mientras la enjabonaba, me atreví a tocarla con un solo dedo, metiéndolo apenas entre sus labios, y conseguí que su cuerpo se contrajera de golpe.
Al día siguiente lo repetí. No una vez, sino tres o cuatro, charlando con naturalidad para disimular. Cada vez que el dedo la tocaba por dentro, ella interrumpía su frase, como si se concentrara, pero sin decir una palabra de mi atrevimiento.
Me dejaba muy caliente bañar a mi madre. Después de acostarla, volvía a la ducha a masturbarme recordando su cuerpo, pensando dónde habían estado mis manos y mis dedos, imaginando que ella se encendía y me pedía que se la metiera ahí mismo.
***
Cada día la cosa fue a más. Duchas más largas, mi dedo más adentro, más jabón en sus pechos y en su trasero, y mi madre más entregada. Una tarde se me fue la mano, mejor dicho, el dedo. Mientras la «limpiaba», lo metí un poco dentro de ella y lo moví tres o cuatro veces seguidas, deprisa. Sentí su sexo contraerse y apretarme por un segundo, mientras ella cerraba los ojos y se mordía el labio, también solo por un instante.
Algo cambió mucho entre nosotros después de aquello. A veces notaba que quería decirme algo y no se atrevía. Dentro del agua, cuando bajaba la mano para lavarla, abría más las piernas. Y ahora era ella la que hablaba de más, como ayudándome a disimular lo que pasaba, dándome más libertad y más tiempo para hacerlo.
Llegué a meterle el dedo un poco más adentro, moviéndolo cuatro o cinco veces rápidas cada vez, hasta conseguir dos o tres contracciones seguidas de su sexo sobre mi dedo. Una señal clara de que le gustaba, seguida de un suspiro largo, pero siempre sin decir nada.
No todos los días le lavaba el pelo, y cuando lo hacía terminábamos empapando el baño entero. Se me ocurrió entonces meterme con ella a la ducha, en ropa interior, con la cortina cerrada del todo para no derramar agua.
De espaldas a mí, mientras le aplicaba el champú en la cabeza, yo miraba hacia abajo, a sus nalgas enormes casi rozando mi sexo, que empezaba a endurecerse dentro de la tela. No me pude aguantar. Me apegué a ella apenas, lo justo para que la rocé un poco. Un roce mínimo, casi imperceptible, que repetí una y otra vez.
Eso fue la primera vez. La segunda, con ella de espaldas y yo lavándole el cabello, ya con todo erecto, me atreví a sacármela por el costado de la ropa, buscando que su piel y la mía se tocaran directamente, sin nada de por medio.
Fue tan morboso sentir mi piel contra sus nalgas que perdí la cabeza. Rompiendo cualquier escrúpulo, me separé un poco y, mientras le lavaba el pelo con la mano izquierda, con la derecha me masturbé deprisa. Cuando estaba a punto de terminar, apoyé las dos manos sobre su cabeza para disimular y, sin tocarla ni tocarme, empecé a correrme sobre su espalda baja. Vi cómo todo caía sobre sus nalgas y escurría con el agua hacia sus piernas, sin que ella se diera cuenta. Fue un momento glorioso. Me guardé de nuevo y seguí enjuagándole el pelo como si nada.
***
Hasta ahí todo iba bien. Incluso me daba la impresión de que a mi madre le gustaba que la bañara, porque le dijo a la vecina que ya no hacía falta su ayuda. Pero esa semana fue al médico y, para mi desgracia, le quitaron el yeso. Hasta ahí llegaron aquellos encuentros: ya podía ducharse sola.
Volvimos a la rutina de antes, aunque algo había cambiado de forma rotunda entre nosotros. Por mi parte, echaba de menos esos baños. Recordaba su cuerpo, mis manoseos, la miraba incluso vestida y me excitaba. Por la suya, su actitud también era distinta. No sé si eran ideas mías, pero estaba más cariñosa. Me tocaba a cada rato: los hombros, la espalda, las piernas cuando nos sentábamos. Hablaba más y a veces me lanzaba una mirada extraña, como queriendo decirme algo que se callaba.
Hasta que una noche —ya se había acostumbrado a bañarse a esa hora porque, decía, dormía más relajada— estábamos viendo la televisión cuando me anunció que iba a ducharse antes de acostarse. Y me dio aquella mirada rara. Nos quedamos mirándonos unos segundos, sin decir nada. Fue un momento imposible de explicar. Entró al baño y yo me quedé pensando en esa mirada, escuchando desde fuera el agua correr.
Habían pasado dos semanas desde nuestro último baño. Quería verla desnuda una vez más. Entré con la excusa de orinar, avisándole. La cortina estaba corrida y no vi nada, pero me quedé ahí, conversando con ella, con el sexo en la mano por si la apartaba y me veía. No pasó. Cerró el agua.
Era mi oportunidad. Total, ya la había visto desnuda durante semanas; no le importaría. Tomé la toalla y esperé a que abriera la cortina.
Ahí estaba mi madre, otra vez desnuda ante mi mirada, sus pechos mojados se veían exquisitos. Le tomé la mano para ayudarla a salir, con la excusa de que no se cayera. La empecé a secar como antes, solo por sentir su cuerpo a través de la toalla, con algún roce directo sobre su piel, sobre todo en el pecho.
Se dejó secar como si nada, pero de pronto me quitó la toalla y, mirándome a los ojos, me preguntó qué pretendía. Me quedé congelado, sin saber qué responder, cuando me lanzó otra pregunta que tampoco supe contestar.
—¿Te gusta tocarme?
Quedé petrificado. Cómo le respondía algo tan directo a mi madre. Me habían descubierto. Cuando estaba a punto de mentir, no sé cómo, de mi boca salió un «sí». La toalla cayó al suelo. Ella, desnuda, me abrazó, escondió la cara en mi hombro y me dijo, sin mirarme, que a ella también le gustaba que la tocara.
No podía creer lo que escuchaba. Solo atiné a abrazarla. En silencio, con mis manos en su espalda, sentí cómo se apretaba más contra mí, su pecho aplastado contra el mío. Con algo de recelo, bajé las manos hasta sus nalgas y se las acaricié despacio. Ella se pegó todavía más, metió las manos bajo mi ropa, me arañó la espalda con suavidad. Mi sexo se endureció sin remedio y me atreví a atraerla para que sintiera lo que me provocaba. Soltó un suspiro fuerte y empezó a frotarse contra mí, una y otra vez, hasta que el roce de nuestros cuerpos se volvió evidente.
Tiró de mi camiseta y me la sacó por la cabeza. Nuestros pechos desnudos se juntaron. Comencé a besarle el cuello y, sin darnos cuenta, terminamos besándonos en la boca. Ya sin ocultar nada, una de mis manos le agarró un pecho y se lo apreté mientras la besaba, hasta que ella rompió el silencio y me pidió que fuéramos a su cuarto.
***
Se acostó en la cama, completamente desnuda. Me desvestí deprisa y me tendí a su lado. Busqué de nuevo sus pechos y empecé a besarlos con cariño, mientras ella me acariciaba el pelo y me repetía cuánto me quería. Fue un momento muy tierno, de los dos, pero minutos después el aire se fue caldeando. Mis besos suaves se volvieron chupadas fuertes, mis caricias pasaron a ser apretones, y sus primeros gemidos empezaron a salir, tímidos al principio y luego sin contención. Le gustaba sentir cómo su hijo le devoraba el pecho.
Mi mano bajó por sus caderas, por sus piernas, acariciándolas hasta llegar a su sexo. Acaricié el vello y, con un dedo, ahora con su permiso, fui entrando en ella, masturbándola despacio mientras la oía gemir más alto. Sin dejar de besarle el pecho, seguí, hasta que me monté sobre ella, cargando el peso en los brazos, dejando que nuestros sexos apenas se rozaran.
Con los ojos cerrados y la boca entreabierta, igual que las piernas, disfrutaba de aquel roce hasta que ella misma bajó la mano, me colocó en el lugar indicado y, con apenas un poco de presión, ya estaba dentro de ella.
Nuestros cuerpos se unieron despacio. Mi sexo entraba y salía a ritmo pausado y ella, con la cabeza ladeada y los ojos cerrados, se dejaba hacer por su hijo. Sus pechos grandes, caídos hacia los lados, se mecían con cada movimiento. Dejé caer el peso de mi cuerpo, le agarré las nalgas generosas y me hundí hasta el fondo, mientras ella me abrazaba y me repetía al oído que me amaba.
Nos besamos de nuevo. Sentí su lengua entera en mi boca, y solo me solté para volver al pecho, ahora con todas mis ganas, incluso saliéndome de ella, para saciar el deseo que llevaba acumulado tanto tiempo y que por fin tenía a mi entera disposición.
Se los chupaba con avidez, agarrándole uno con las dos manos, mientras ella susurraba.
—Chúpame, chúpame.
Después de un buen rato, nos acomodamos en la cama, yo detrás de su espalda, penetrándola de nuevo desde atrás, acariciándole el trasero, el vientre, los pechos, mientras entraba y salía una y otra vez.
Duró poco, porque lo que yo quería era volver a tenerlos en la boca.
—Súbete encima de mí —le pedí.
Se dio la vuelta y se montó sobre mí, acercándome el pecho a la cara para que volviera a chuparlo. Se los agarraba con las dos manos y me los restregaba, metiéndome la cabeza entre ellos, hasta que empezó a bajar, besándome el pecho, deslizándose hasta que rozó mi sexo. Apoyada en los brazos, lo movía contra mí, hasta que se apoyó del todo y lo dejó aprisionado entre aquellas dos masas de carne. Me moví, gozando, hasta que ella misma se reacomodó y sentí su boca. La animé con sonidos para que notara cuánto me gustaba, y mi madre, ya con mi sexo en la mano, lo lamía y lo chupaba con entrega.
No lo hacía muy bien, pero le ponía empeño. Se mantuvo así unos diez minutos, hasta que de pronto se soltó y volvió a subirse, sentándose sobre mí, hundiéndome dentro de ella. Se dejó caer con todo su peso y, sin levantarse, empezó a moverse adelante y atrás muy deprisa, regalándome el espectáculo de sus pechos chocando entre sí. En apenas dos minutos comenzó a quejarse de placer, con la boca abierta, agarrándose el pecho.
—¡Me corro, mi amor, me corro! ¡Ay, qué rico, qué rico!
Alcanzó un orgasmo arrollador que sacudió la cama entera, y yo, sin moverme, lo más duro posible, la dejé hacer mientras ella, entregada del todo, seguía moviéndose fuerte y gimiendo sin pudor.
—¡Qué rico, mi amor! ¡Eso, dámela, dámela toda!
Cayó rendida sobre mi pecho, jadeando, calmándose poco a poco, mientras yo le apretaba las nalgas con fuerza y empujaba hasta dejarle dentro la última gota.