La noche que dormí abrazado a la mujer de mi padre
Cuatro días. Cuatro días para encontrar las palabras y reunir el coraje suficiente para decirle a mi padre que su esposa y yo nos habíamos acostado, que no había sido un accidente y que íbamos a contárselo apenas pisara el aeropuerto. Adriana sostenía la copa de vino entre las manos sin beber, mirándome desde el otro extremo del comedor. Se le había soltado un botón más de la blusa desde que nos habíamos sentado, y yo veía por debajo del borde de encaje del sujetador el nacimiento de esas tetas que hacía dos noches había tenido en la boca hasta dejarle los pezones enrojecidos y duros como piedras entre mis dientes. Me costaba concentrarme en su cara cuando el recuerdo de su coño empapado alrededor de mi polla seguía tan reciente que aún lo tenía en la yema de los dedos.
—¿Qué es lo que más le importa en el mundo, aparte de ti? —preguntó al fin, mordiéndose el labio inferior con esa costumbre suya cuando pensaba algo serio.
Tardé apenas un segundo en responder. A mi padre lo conocía mejor que nadie.
—El dinero. El poder. Es lo único que lo mueve, Adriana. Os casáis y, en lugar de irse de luna de miel contigo, se larga seis semanas a cerrar una operación al otro lado del océano. Ese es mi padre. Siempre ha sido ambicioso por encima de cualquier cosa.
Bajó la vista a la copa y la giró con dos dedos. La luz tibia de la lámpara hacía que el rubí del líquido le brillara en la palma. Llevaba todavía la blusa de seda con la que había llegado del trabajo, los dos primeros botones abiertos, el pelo recogido en un moño flojo que se le había ido descomponiendo a lo largo de la tarde. Yo pensaba en cómo esa misma seda se le pegaba a los pezones cuando se los mojaba de saliva.
—Hay algo que no dejo de pensar, Damián —dijo—. Si tu padre decide cortarte la universidad, si el mío decide echarme del consejo, ¿qué vamos a hacer? Tengo ahorros, pero solo mantener esta casa cuesta lo que cuesta. Y tus estudios…
—No podemos dejar que el miedo decida por nosotros —contesté, y al oírme me pareció que la voz me salía más firme de lo que esperaba—. Tú tienes una empresa entera detrás. Yo puedo trabajar. Si hace falta, vendemos esta casa y empezamos de cero. Lo que no podemos es seguir mintiendo a todo el mundo.
Me miró durante un instante largo. Después estiró la mano sobre la mesa y entrelazó sus dedos con los míos. La piel le ardía un poco, como si hubiera estado bebiendo más de lo que admitía.
—El consejo de accionistas se reúne en tres semanas —dijo en voz baja—. Mi padre tiene votos, pero no tiene mayoría absoluta. Algunos de los más jóvenes me deben favores. Yo abrí los mercados del norte. Yo planeé este último viaje. No todos están ciegos.
—Llámalos —le dije—. Mañana mismo. Reúnete con ellos de uno en uno. No los presiones. Ponte preocupada por la salud de tu madre, di que ha habido un episodio personal en casa y que temes represalias.
Adriana sonrió. Era una sonrisa cansada y a la vez nueva, distinta a cualquier otra que le hubiera visto antes. Estábamos planeando juntos, por primera vez, como una pareja de verdad.
—Tengo ganas de pelearlo contigo —dijo, apretándome los dedos—. Aunque me dé miedo. Aunque sepa que va a doler.
—Lo de hoy ha sido la primera batalla —contesté—. No es el fin de las hostilidades.
Ella se quedó callada, mirándome, y yo pensé en pedirle algo que llevaba dándome vueltas en la cabeza desde el almuerzo. Pero no era el momento. Hoy ya habían sido demasiadas emociones. Solo le pregunté una cosa.
—Mañana por la tarde, ¿podrías acompañarme a un sitio?
—¿Qué sitio?
—Te lo cuento allí. Necesito enseñártelo antes de que mi padre vuelva. No te puedo decir más.
Adriana inclinó la cabeza, intrigada, pero no insistió. Aprendía rápido a confiar en mí. Era una de las cosas que más me sorprendían de esos días: cómo había dejado de tratarme como al hijo de su marido para empezar a tratarme como a alguien con quien construir. Y como a alguien a quien follaba con la boca abierta y los ojos cerrados, susurrándome guarradas al oído.
—Claro que sí —dijo, simplemente—. Iré contigo a donde quieras.
***
Subimos las escaleras tomados de la mano, despacio, sin encender las luces del pasillo. Las niñas dormían desde hacía rato. Antes de empujar la puerta de su habitación —de la habitación de ellos, la de mi padre y ella, aunque hasta esa noche yo había evitado pensar en eso— Adriana se giró y me miró con un brillo travieso.
—Pero primero… ¿un abrazo bien fuerte? —dijo, abriendo mucho los brazos y poniendo cara de niña pequeña.
—No puedo creerlo —contesté, acercándome—. ¿Pretendes quitarme el puesto de payaso oficial de la familia?
La agarré por la cintura y le hice cosquillas en los costados. Ella chilló, intentó escapar, y terminamos los dos contra el marco de la puerta, riéndonos en voz baja para no despertar a las niñas. Cuando paró de reír, levantó la cara y me besó. Fue un beso lento al principio, sin urgencia, distinto a los de la primera vez. Pero enseguida se le entreabrió la boca contra la mía y su lengua se hundió despacio hasta enredarse con la mía, y yo sentí cómo se apretaba contra mi cuerpo, cómo su cadera buscaba mi polla que ya se me empezaba a poner dura contra la tela del pantalón. Le apoyé la mano en la base de la espalda, la bajé hasta abarcarle una nalga por encima de la falda y la apreté con toda la palma. Ella soltó un gemidito ahogado contra mis labios y separó apenas los muslos, dejando que mi rodilla se le metiera entre las piernas, dejando que sintiera el calor que traía debajo de las bragas.
—Damián —susurró contra mi boca, jadeando bajito—, si seguimos así vamos a despertar a media casa.
—Cállate y bésame —le dije, y le agarré la nuca para meterle la lengua otra vez, hondo, hasta que se le escapó un ronroneo en la garganta.
Fue un beso de quien ya no necesita disculparse por nada.
Nos lavamos los dientes frente al mismo espejo del baño. Yo en pijama, ella con un camisón de algodón blanco que le quedaba dos tallas grande, herencia de algún cumpleaños mal regalado. Nos mirábamos por el reflejo y nos reíamos con la boca llena de espuma. Era el momento más doméstico, más banal y más íntimo que había compartido con nadie. Y al mismo tiempo, en cada gesto suyo había una conciencia distinta, una manera de moverse que parecía decirme: lo sé, sé que me estás mirando, no apartes la vista. Cuando se inclinaba a escupir sobre el lavabo, el camisón se le abría por delante y las tetas le colgaban libres bajo la tela, los pezones marcándose duros contra el algodón. Yo tenía la polla medio dura otra vez y ella lo sabía perfectamente. Al pasar por detrás de mí para colgar la toalla, me rozó la entrepierna con la mano abierta y me apretó por encima del pantalón, una sola vez, larga, y siguió andando como si no hubiera pasado nada.
Cuando entramos en la cama, ella apagó la lámpara y se tumbó de costado. Yo me coloqué detrás, le pasé el brazo por la cintura y noté que se acomodaba contra mí con un suspiro largo. El camisón se le había subido a la altura de las caderas. Bajo la palma sentí la curva tibia del muslo, el algodón de las bragas tensándose sobre la carne mullida del culo, la respiración que se acompasaba poco a poco con la mía. Sin darme cuenta empecé a acariciarle el muslo desnudo, arriba y abajo, subiendo un poco más cada vez, hasta que las yemas de los dedos me rozaron el borde elástico de las bragas y sentí cómo debajo de la tela empezaba a haber un calor mojado.
—Mañana nos espera un día importante —murmuré contra su cuello.
—Lo sé —contestó, sin moverse—. Pero ahora mismo no quiero pensar en eso.
Le aparté el pelo del hombro y la besé en la nuca. Le pasé la lengua por detrás de la oreja, despacio, y sentí cómo se le erizaba el vello y cómo el culo se apretaba contra mi entrepierna en un movimiento involuntario. Mi polla creció del todo contra la tela del pijama, marcándole la raya del culo por encima del algodón, y ella lo notó porque separó los labios y dejó escapar un jadeo breve. Le subí la mano y le apreté una teta por encima del camisón, la palma entera abarcándole el pecho, el pezón endureciéndose duro contra la línea de vida de mi mano. Adriana giró la cara buscando mi boca y yo se la di, mordiéndole el labio inferior, chupándoselo hacia dentro. Ella se contoneó contra mi verga, apenas un movimiento, pero suficiente para que me estremeciera entero.
Le pasé los dedos por el brazo, despacio, y la sentí girarse entre mis brazos hasta quedar de cara a mí, a un palmo, con los ojos brillando en la penumbra. Se me acopló contra la pelvis con la naturalidad de quien ya conoce el encaje. Mi polla dura le presionaba la barriga por debajo del camisón, y ella se meció una vez, dos, buscando el ángulo, hasta que se le escapó un suspiro más largo y me hundió la cara en el cuello.
—Hoy no, Damián —susurró, y al instante me besó con una intensidad que contradecía sus palabras—. Hoy no quiero el deseo de la otra noche. Quiero esto. Quiero saber cómo es dormirme contigo sin esconderme.
Me costó respirar.
El deseo de la otra noche. Se me clavó la imagen entera detrás de los párpados, tan nítida que el estómago se me contrajo y la polla me palpitó contra su cadera. Adriana boca arriba en esta misma cama, las piernas abiertas de par en par sobre las sábanas revueltas, las bragas colgándole de un tobillo. Yo entre sus muslos, la boca pegada a su coño depilado, chupándole el clítoris hinchado mientras dos dedos se me hundían en ella hasta los nudillos. Ella retorciéndose, mordiéndose el dorso de la mano para no despertar a las niñas, susurrándome «más adentro, joder, dame la lengua entera» con una voz ronca y sucia que no le había oído nunca en la mesa del desayuno. Cuando por fin se corrió contra mi boca, me apretó la cabeza contra el sexo con las dos manos, sus muslos me cerraron las orejas y yo sentí toda su corrida caliente derramándose por mi barbilla y la garganta. Después me arrastró hacia arriba, me agarró la polla con la mano y se la metió ella misma entre las piernas, sin pedir permiso, guiándome hasta que la punta le encajó en la entrada empapada y yo me hundí de un golpe hasta el fondo. Follamos así, ella boca arriba y yo encima, la carne de sus tetas botándole con cada embestida contra mi pecho. Después la puse a cuatro patas al borde del colchón y le agarré el moño para tirarle de la cabeza hacia atrás mientras le daba con las caderas contra el culo, y ella gimió tapándose la boca con el codo, «así, dámelo así, no pares, hijo de puta, no pares», y cuando cambiamos otra vez y ella se subió a horcajadas sobre mí, se cabalgó mi polla con las tetas botando delante de mi cara y yo se las mordí una por una hasta que se corrió por segunda vez chorreando encima de mí, apretándome tan fuerte por dentro que casi la reviento allí mismo. Terminé corriéndome en su boca cuando ella se dejó caer entre mis piernas al amanecer y me lo tragó todo mirándome desde abajo con los ojos húmedos.
Toda esa noche entera se me metió detrás de los ojos en un segundo, y por poco no le hago caso. Por poco no le arranco las bragas y le meto la lengua sin pedir permiso. Pero cuando abrí los ojos, ella me estaba mirando con una ternura desnuda que me detuvo en seco.
Le sostuve la cara con la mano y la besé sin prisa. Mi pulgar le rozaba el pómulo, sus dedos se me enredaban en el pelo. Nos quedamos así un tiempo que no sé medir, besándonos despacio, sintiéndonos respirar. Debajo del camisón mi polla seguía durísima contra su vientre, y ella la notaba, y de vez en cuando bajaba la mano y me la acariciaba por encima del pantalón del pijama, con una ternura pausada, sin sacarla, palpándome de arriba abajo hasta arrancarme jadeos ahogados en su boca.
—Ya la tendrás mañana —susurró contra mis labios, apretándome la polla una última vez—. Toda para ti, todo el día si quieres. Ahora déjame dormir contigo, cariño.
Después ella apoyó la frente contra la mía y cerró los ojos.
—Soñemos con días más fáciles, cariño —dijo—. Mañana ya veremos.
Tardé en dormirme. La oía respirar contra mi pecho y pensaba en las cuatro noches que nos separaban del regreso de mi padre. Pensaba en lo que íbamos a perder y en lo que ya habíamos ganado. La casa estaba en silencio. El reloj del pasillo daba la hora cada vez más despacio. Cuando por fin se me cerraron los ojos, sentí su mano subir hasta la mía y entrelazar los dedos, ya dormida. Su otra mano seguía apoyada contra mi bulto, olvidada allí, quieta, como si ni dormida quisiera soltarme.
***
Me desperté primero. Adriana respiraba con la boca apenas abierta, el pelo desordenado sobre la almohada. Por la rendija de la persiana entraba una luz gris, todavía sin sol. El camisón se le había subido durante la noche hasta la cintura y una de sus tetas se le había salido por el escote. Se le veía el pezón oscuro, arrugado por el frío, apuntando hacia el techo. Se me tensó la polla al verla así, ofrecida sin saberlo. La miré durante un minuto largo y después le aparté un mechón. Ella abrió los ojos despacio, sin sobresaltarse, como si esperara verme ahí.
—¿Qué tal has dormido, cariño? —me preguntó con voz ronca.
—«Cariño» —repetí, besándola—. Suena bien por la mañana.
—Sienta bien, sí. ¿No crees?
—Es que eres maravillosa.
Bajé la boca al pezón que tenía a la vista y se lo chupé despacio, con la lengua girando alrededor de la punta, sin prisa. Ella suspiró y me hundió los dedos en el pelo, un segundo largo, arqueando la espalda. Después me tiró suavemente hacia arriba, sonriendo con los ojos entrecerrados.
—Si me sigues así, hoy no salgo de esta cama y las niñas llegan tarde al colegio.
—Esta noche te cobro los intereses —le dije al oído, y le mordí el lóbulo.
—Con intereses, sí —susurró—. Y bien altos.
Era lunes, no teníamos tiempo. Nos pusimos en marcha como una pareja cualquiera. Desayuno rápido, mochilas, la mayor protestando porque no encontraba el zapato izquierdo, la pequeña pidiendo cereales de los que no había. Adriana movía la cocina con una eficacia que yo recordaba de antes y que ahora veía con otros ojos. Cuando se inclinaba sobre la encimera, el traje de falda se le ajustaba a las caderas, se le marcaba la línea de las bragas por debajo de la tela y yo tenía que esforzarme para no quedarme mirando y ponerme duro delante de las crías.
—Damián —dijo, pasándome el café—, ¿llevas tú a las niñas?
—Las llevo yo. Y a ti también.
Dejamos a las niñas en la guardería. Después dejé a Adriana en la puerta de su oficina, un edificio de cristal con puertas giratorias en el que su padre mandaba más de lo que debería. Antes de bajarse del coche, me miró.
—¿De verdad no me vas a decir adónde me llevas esta tarde?
—A las cinco te recojo —contesté—. Confía en mí.
—Eso ya lo hago.
Se inclinó, dudó un segundo y me dio un beso casto en la mejilla. Antes de apartarse del todo, me susurró «te quiero» tan cerca del oído que noté el calor de su aliento. Y a continuación, con la misma voz, más baja aún: «y esta noche me follas como me follaste el sábado, ni una embestida menos». Después salió del coche, se ajustó el maletín contra la cadera y caminó hacia la puerta giratoria con esos tacones bajos que le marcaban el paso y me dejaban la polla como una piedra dentro del vaquero. Antes de entrar, se giró y me sonrió desde lejos. Le devolví la sonrisa y arranqué.
***
En el campus la eché de menos casi desde el primer minuto. Tenía clases hasta la una y después me quedaba un rato en los jardines de la facultad, comiendo el sándwich que me había preparado por la mañana. Pensaba en ella. Pensaba en el sabor a sal que se le quedaba en la piel del cuello después de correrse, en cómo se le abrían las piernas cuando dormía, en cómo me apretaba el coño con esos músculos que tenía entrenados de un yoga que yo antes miraba con desdén. Pensaba en mi padre, en cómo le iba a mirar a la cara cuando bajara del avión. Pensaba en las niñas y en si me seguirían llamando «hermano» o si terminarían inventando otra palabra para mí. Me sorprendía a mí mismo planeando una vida que hasta hacía dos semanas me habría parecido imposible.
La universidad ya no me parecía el mundo real. Mis compañeros pasaban por el césped hablando de exámenes y de fiestas, y yo los veía moverse dentro de una burbuja en la que ya no encajaba. Yo estaba en otra parte. Yo estaba pensando en una mujer mayor que en ese mismo instante, en su despacho, llamaba uno a uno a los accionistas que podían salvarla, escogiendo las palabras con la misma precisión con la que la noche anterior había escogido mi nombre nuevo en la cocina, con la misma precisión con la que hacía dos noches me había susurrado «córrete dentro, no salgas, quiero notarlo» mientras se venía por tercera vez ensartada en mi polla.
Hice una bolita con la servilleta del sándwich y me sorprendí pensando en el sitio al que quería llevarla esa tarde. Era un lugar que mi madre había querido enseñarme antes de morir y que yo nunca había llegado a visitar con ella. No se lo había contado a nadie. A Adriana se lo iba a contar primero, antes que a mi padre. Eso, en mi cabeza, lo cambiaba todo.
***
A las cinco y cinco, Adriana estaba parada bajo el toldo del edificio, con el maletín contra la pierna y el abrigo doblado en el brazo. Me vio aparecer y caminó hacia el coche con una rapidez que la delataba. Antes de subirse miró hacia los pisos altos, por instinto, comprobando que nadie la observara.
—¿Cómo ha ido? —le pregunté en cuanto cerró la puerta.
—Mejor de lo que esperaba. Tengo tres a favor. Dos que se lo van a pensar. Uno que me ha dicho que sí pero del que no me fío.
—Eso es la mitad del consejo.
—Es la mitad del consejo —repitió, con una sonrisa contenida.
Le tomé la mano por encima de la palanca de cambios. La suya estaba fría del aire acondicionado de la oficina. La mía estaba caliente del volante. Nos quedamos así medio minuto, en silencio, en doble fila, mientras los empleados que salían a esa hora cruzaban la acera sin mirarnos. Ella me miró de reojo, se mordió el labio y bajó la mano un instante hasta mi muslo, apretándome por dentro de la pierna, muy cerca de la bragueta.
—He estado todo el día con las bragas mojadas pensando en anoche —susurró, muy bajito, sin mirarme—. Y en lo de esta noche.
—Compórtate —le dije, riendo entre dientes—. O no llegamos.
—¿Y ese lugar misterioso? —preguntó al fin, con la voz baja, como si temiera que la respuesta cambiara el día.
Arranqué el coche y la miré de reojo. No le contesté todavía. Quería que lo viera por sí misma.
—Es algo que necesito enseñarte antes de que mi padre vuelva —le dije—. Solo eso. Después lo vas a entender.
Adriana se reclinó en el asiento, dejó caer el maletín al suelo y entrelazó sus dedos con los míos sobre la palanca de cambios. No volvió a preguntar nada en todo el trayecto. Cuatro días, pensé mientras conducía. Cuatro días para preparar la conversación más difícil de mi vida. Cuatro noches para aprender a dormirme abrazado a la mujer de mi padre sin que el miedo me venciera. Cuatro noches, también, para follármela como si cada una fuera la última.