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Relatos Ardientes

Esa noche en el motel descubrí los labios de mi madre

Damián entró sin hacer ruido. Eran casi las dos de la mañana y la casa estaba a oscuras. Su cuarto se había trasladado a la planta baja durante la última remodelación, así que podía moverse como una sombra cuando le hacía falta. Pensaba que sus padres ya estarían dormidos y se dirigió a la cocina por algo de comer. Pero al pasar por el salón se detuvo en seco. Lorena, su madre, dormía otra vez en el sillón largo. Iba la cuarta o quinta vez ese mes. Las peleas con su marido se estaban poniendo cada vez peores.

La manta había resbalado al suelo y ella temblaba de frío. Damián se acercó a recogerla y entonces la vio bien. Solía dormir con un pijama de seda, pero esa noche llevaba una camiseta vieja, sin sostén, con el cuello tan dado de sí que apenas le cubría los pechos. Tenía la piel muy blanca y las areolas color café claro; los pezones, duros por el frío, se levantaban como dos botones bajo la tela gastada. Se quedó un par de segundos mirando, sintiendo un calor que no debía sentir, hasta que ella se movió. Salió casi corriendo a buscar una manta más gruesa. Volvió, la tapó hasta el cuello y se fue a su cuarto. Aquella imagen se le quedó grabada durante meses.

Esteban, su padre, era un hombre violento. Autoritario, frío, cruel sin pensarlo dos veces. Las peleas en casa ya no eran discusiones: eran golpes, empujones, insultos que dejaban a Lorena marcada por dentro y por fuera. Damián se había metido varias veces a separarlos. Algunas se llevó un golpe propio. Otras consiguió que su padre se encerrara en el cuarto a beber. Después abrazaba a su madre en el sofá hasta que dejaba de llorar. Esa ternura que su padre nunca le había dado fue lo que, sin que ninguno de los dos lo notara, lo empezó a cambiar todo.

A los cuarenta y dos años Lorena seguía siendo una mujer atractiva, aunque ella jamás lo habría reconocido. Tenía la autoestima por el suelo. Era de estatura media, piel clara, cabello rojizo a la altura de los hombros y unos pechos generosos que el uniforme blanco de enfermera marcaba sin disimulo. Las caderas amplias, las nalgas no demasiado grandes pero firmes. Cuando volvía del hospital, Damián procuraba no mirarla mucho. Le incomodaba hacerlo. Era su madre.

—Déjala en paz, hijo de puta —le gritó a su padre una noche, cuando lo encontró tirándole del pelo en la cocina.

Se llevó un puñetazo en la boca, pero Esteban soltó a Lorena y se fue a dormir. Ella lo miraba con los ojos llenos de lágrimas. Y con algo más, algo que entonces ninguno de los dos supo nombrar.

Damián se convirtió en su refugio. La acompañaba al hospital cuando le tocaba turno nocturno y volvía a buscarla al amanecer. Iba con ella al supermercado los sábados. La esperaba con un café cuando salía de la peluquería. Después de cada pelea aparecía, con un abrazo o con una manta o con un té caliente. Aquellos abrazos la calmaban, pero también le provocaban a ella una sensación rara que prefería no mirar de frente. Su hijo ya era un hombre. Más alto que su marido, más fornido por el rugby de la universidad. Iba a verlo jugar siempre que podía. Decía que era cosa de madre orgullosa, pero notaba también cómo las compañeras del equipo le sonreían a Damián cuando se acercaban a saludar. Y notaba cómo eso le molestaba a ella misma.

Una noche él llegó tarde del entrenamiento y la casa estaba en un silencio raro. Encontró a Lorena en el comedor, sentada, con la cara entre las manos. Apenas lo vio, se levantó y lo abrazó sin decir nada. Estuvieron así un buen rato. Cuando dejó de llorar, su respiración seguía rápida contra el pecho de él. Solo entonces se dio cuenta de que ella llevaba puesto un top deportivo ajustado, sin sujetador debajo. Sus pechos se veían enormes bajo la tela fina. Damián tuvo una erección inmediata, dolorosa, y no pudo esconderla. Ella estaba demasiado pegada a él.

Lorena se separó un poco pero mantuvo la frente apoyada en la suya. Le contó, entre suspiros, lo de aquella tarde. Estaba agotada, decía. Quería irse. No podía. Damián le tomó la cara con las dos manos.

—Aquí estoy yo, mamá. No estás sola.

Ella no se apartó. Sentía la erección de su hijo presionada contra el vientre y no se apartó. Y entonces él, sin pensarlo, sin saber por qué, la besó en la boca. Un beso pequeño, casi de prueba. Lorena se quedó quieta unos segundos, con los labios firmes. Después cerró los ojos. Sus labios se movieron despacio sobre los de él, y el beso pequeño se volvió otra cosa. Lo abrazó con fuerza. Cuando se separó, le dio dos golpecitos suaves en la mejilla y se fue a su cuarto sin decir una palabra.

Damián se quedó en el comedor sin saber qué pensar. ¿Le había gustado? ¿Estaba enojada? La sensación de los labios de su madre seguía sobre los suyos.

***

A la mañana siguiente Esteban se había ido temprano a una visita de obra. Lorena estaba en la cocina, distinta, más liviana, tarareando algo entre dientes. Le preparó café a su hijo como si nada hubiera pasado. Antes de que él saliera hacia la universidad lo detuvo en la puerta y le dio un beso corto en los labios, húmedo, deliberado. Le sonrió. Damián tropezó al cerrar la puerta.

Esa costumbre se les instaló sin hablarla. Cada mañana, un beso al salir. Cada tarde, un beso al volver. Si Esteban estaba cerca, un pico en la mejilla o muy cerca de la boca; luego, a solas, ella le cobraba el que «le debía». Los besos se hicieron más largos. Más despacio. Más con la boca abierta. Ambos sabían perfectamente que aquello no era de madre e hijo. No hablaban del tema. Pero los dos esperaban que pasara algo más, y los dos tenían miedo de ser el primero en moverse.

Una tarde, con el padre fuera de la ciudad por trabajo, pusieron una película. Damián venía molido del entrenamiento. A los veinte minutos los dos se habían dormido en el sillón. Lorena despertó con una explosión en la pantalla y miró a su hijo. Le besó la mejilla con suavidad. Damián giró la cara y se besaron como si llevaran toda la vida haciéndolo. Cuando sus lenguas se rozaron por primera vez, ella dejó escapar un gemido bajo y se apretó contra él. Damián la acostó en el sillón, le pasó la mano por la cintura y empezó a desabotonarle la blusa. Iba por el segundo botón cuando se oyó la puerta de la calle.

Esteban había vuelto antes. Lorena lo empujó, se cubrió con la manta y Damián escondió la erección con un cojín justo a tiempo. Su padre entró, gritó algo sobre las bolsas del supermercado y se metió en la cocina. Lorena lo miró con la mano en la boca, blanca como el papel. Damián le sonrió entre dientes y salió a ayudar.

Esa noche ella se encerró temprano en su cuarto con la excusa de un dolor de cabeza. Se sentó en su cama, corrió la cortina y se tocó los labios con los dedos. Estaba ardiendo, y era por culpa de su propio hijo.

***

Estuvieron varios días así. Tensos, en silencio, esperando un detonante. Llegó una noche, y fue brutal.

Esteban volvió borracho a las once. Sin decir media palabra agarró a Lorena del pelo y la lanzó contra la pared del pasillo.

—Puta inútil. Todo lo arruinas —rugió, y le clavó un puñetazo en el estómago.

Ella se dobló en el suelo. Damián acababa de entrar y lo vio todo. No se lo pensó. Le soltó un derechazo en la mandíbula a su padre que lo mandó contra el mueble del televisor. Cayó como un saco. Damián no se quedó a mirar si respiraba.

—Nos vamos —le dijo a su madre, jadeando, con los nudillos rotos—. Ahora.

Condujeron sin hablar hasta el primer motel de carretera. Uno de esos baratos, discretos, donde el recepcionista ni levanta la vista del periódico. Damián pidió una habitación con una sola cama. Ni siquiera lo pensó. Subieron. La sentó en el borde del colchón, fue al baño y volvió con un paño mojado. Le limpió el corte del labio inferior, que aún sangraba un poco, y el moretón que se le estaba poniendo morado en el pómulo. Le besó cada marca despacio, como si los labios sirvieran para algo más que para hablar. Lorena lo miraba con los ojos brillantes, sin pestañear.

Después la abrazó contra su pecho. Sintió cómo el cuerpo de su madre se aflojaba poco a poco. Estuvieron así un rato largo, sentados al borde de la cama, hasta que ella levantó la cara y susurró:

—Mi amor, estoy muy cansada. Vamos a acostarnos, por favor.

Damián fue al baño a lavarse la sangre de las manos. Cuando volvió, la habitación estaba a oscuras, solo con la luz amarillenta del pasillo filtrándose por la cortina. Lorena estaba de espaldas, recogiéndose el pelo rojizo en un moño improvisado. Habían salido sin maleta, sin nada. Solo llevaba puesta la ropa interior que tenía debajo del vestido: un conjunto sencillo de encaje negro que apenas le contenía los pechos. Las piernas largas y suaves se extendían hacia las nalgas redondas y firmes. El olor de su champú le llegó como un golpe.

Se acercó despacio. No se atrevió a tocarla. Se quedó quieto, mirándola, sintiendo cómo todo lo que había aguantado durante meses se le amontonaba en el pecho. Ella apagó la luz del pasillo. La habitación quedó casi a oscuras, con solo esa claridad débil filtrándose por la tela de la cortina.

Lorena se giró hacia él. Le puso las dos manos sobre el pecho y lo besó, esta vez sin prisa, sin culpa, sin medir el tiempo. Era el beso que llevaban meses esperando. Damián le pasó los dedos por el vientre desnudo hasta llegar a los pechos, todavía cubiertos. A ella se le erizó la piel. Eran más suaves y más pesados de lo que él había imaginado. Los acarició en círculos lentos sin dejar de besarla. Lorena sentía la erección de su hijo contra la entrepierna y empezó a frotarse despacio. Lo ayudó a sacarse la camiseta. Cayeron en la cama sin separar las bocas, ella debajo, él encima. Le arañaba la espalda mientras Damián le besaba el cuello.

Bajó hasta sus pechos. Los mordió por encima del sujetador. Lorena gemía bajito cada vez que los dientes le aprisionaban los pezones, duros como piedras. Él le abrió el broche delantero del sujetador con una mano y se lo apartó. Siguió bajando por el vientre, trazando círculos con la lengua, hasta el borde de las bragas. Se detuvo un momento a respirar el aroma. Le besó la cara interna de los muslos. Le sacó las bragas despacio. Su sexo apareció con un vello rojizo y corto, no del todo afeitado, exactamente como él había imaginado mil veces.

Le pasó la lengua entera de abajo arriba. Lorena dio un respingo. Después le cubrió todo el sexo con la boca y empezó a hacer círculos firmes sobre el clítoris. Ella lo agarró del pelo.

—Sí, mi amor. Justo así.

Cuando le metió un dedo, gimió tan fuerte que seguramente se oyó en el pasillo del motel. No le importó. Damián movía la lengua arriba y abajo, la penetraba con los dedos cada vez más rápido. Estaba empapada.

—Ah, me voy a venir —dijo ella entre jadeos.

Aceleró. Le lamió el clítoris con más fuerza. Lorena convulsionó y cerró las piernas alrededor de su cabeza. Damián le dio pequeños besos en el interior de los muslos mientras ella se calmaba.

Subió hasta su boca. Lo besó con el sabor de ella misma todavía en los labios de él, y eso pareció encenderla otra vez. Lo empujó hasta dejarlo bocarriba y se sentó encima. Se sacó lo poco que le quedaba puesto. Le tomó las manos a Damián y se las puso sobre los pechos desnudos. Cerró los ojos. Empezó un vaivén lento sobre el bulto del pantalón, hasta que la erección se le escapó del elástico y quedó pegada a lo largo del sexo húmedo de ella. Se frotaron así un rato. Después Lorena no aguantó más. Se tomó el glande con la mano, lo encajó en su entrada y bajó. De un solo movimiento. No hubo dolor. Solo un suspiro largo, como si hubiera estado conteniendo el aire toda la noche.

Se quedó quieta un momento, sintiéndolo adentro. Después empezó a moverse. Damián le sujetaba la cintura, le acariciaba los pechos, le mordía los pezones cuando ella se inclinaba sobre él. El moño se le deshizo y el pelo rojizo le cayó por la cara.

—Muérdemelos despacio, mi cielo —pidió.

Aprisionó un pezón con los dientes y el otro con los dedos. Lorena perdió el ritmo. Empezó a darle sentadas profundas, fuertes, levantando demasiado las caderas. A veces se le salía. La metía con la mano y seguía. El colchón rechinaba. Sus gemidos cada vez más altos. Le dio un par de palmadas en las nalgas y eso pareció encenderla más. Cuando le rozó el ano con un dedo, sintió cómo se contraía con una fuerza nueva. Estaba muy cerca. Él también.

—No pares, mi amor. Me falta poco —suplicó ella, casi sin voz.

Damián empujó desde abajo, con las dos manos en sus caderas. Sintió las contracciones de Lorena primero. Ella se dejó caer sobre el pecho de él, lo besó como si quisiera quedarse a vivir ahí, y Damián no aguantó más. Soltó el primer chorro adentro. Lorena gimió contra su boca y estalló en un segundo orgasmo largo, más largo que el primero. Su sexo se contraía despacio, ordeñándolo hasta la última gota. Siguieron besándose hasta que la erección de él se bajó del todo.

Lorena se desplomó a su lado. Le temblaban todavía las piernas. Los dos respiraban rápido, los dos tenían la cara enrojecida, los dos sabían perfectamente lo que acababan de hacer. Ninguno dijo una palabra. Damián la abrazó fuerte y, sin darse cuenta, se quedaron profundamente dormidos.

Afuera del motel el mundo podía seguir su curso. Esteban podía despertar en el suelo del comedor, podía llamar a la policía, podía amenazarlos por teléfono. Adentro de esa habitación solo estaban ella y él. Y esta vez nadie los iba a separar.

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Comentarios (1)

noche_larga88

Tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

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