El precio que mi madre cobró por volver a quererme
Habían pasado dos años desde la última vez que Damián había visto a su madre. Dos años de silencio, de cumpleaños sin llamada, de Navidades sin postal. Cuando subió los seis pisos del edificio del centro, llevaba en una mano una caja de bombones con forma de corazón y en la otra un discurso ensayado mil veces frente al espejo de su cuarto.
El timbre sonó dos veces antes de que ella abriera. Marisol lo miró sin sonreír, apoyada en el marco de la puerta como si él fuera un vendedor cualquiera. Tenía cuarenta y dos años y los llevaba como una amenaza. El pelo castaño le caía sobre los hombros, los brazos firmes asomaban por la camiseta corta y los tatuajes que se hizo cuando él aún era niño le subían por las costillas hasta perderse bajo la tela.
—Damián —dijo, sin más.
—Hola, mamá.
Hubo un silencio que duró demasiado. Después se hizo a un lado y lo dejó pasar, sin tocarlo, sin abrazarlo.
El departamento olía distinto, a vainilla y a algo metálico. Damián se sentó en el sofá donde antes veían las películas de los domingos. Ella se quedó de pie, con los brazos cruzados.
—¿A qué viniste?
—Quería verte.
—Pudiste venir hace dos años. O hace uno. O hace tres meses.
—Lo sé. —Tragó saliva y le tendió la caja—. Te traje esto.
Marisol miró los bombones como si fueran un insulto, pero no los tomó. Volvió la mirada a la cara del muchacho, a los ojos color avellana que había heredado del padre, a la mandíbula todavía suave, al pelo oscuro recién cortado. Damián tenía diecinueve años, era delgado y un palmo más bajo que ella. Cuando se mudó con su padre, era casi un niño.
—Vine a pedirte algo —dijo él, con la voz tomada—. Quiero que vuelvas a ser mi madre.
Marisol soltó una carcajada seca, sin gracia. Después se sentó frente a él, en la mesita baja, con las rodillas a un palmo de las suyas.
—Eso debiste pensarlo cuando elegiste irte con tu padre. Cuando dejaste de contestar mis mensajes. Cuando borraste mi número.
—Lo sé. Y lo lamento. Estoy dispuesto a hacer lo que sea para que me perdones.
Ella entrecerró los ojos. Algo le cambió en la cara, una mueca lenta, casi divertida. Se humedeció los labios despacio y se acercó un poco más.
—¿Lo que sea?
—Lo que sea —repitió Damián, sin saber que estaba firmando.
Marisol se levantó, agarró la caja de bombones de la mesa y la arrojó contra la pared del comedor. La cinta roja se desató en el aire. Damián dio un respingo.
—Si quieres mi perdón, vas a tener que ganártelo con algo más que dulces —dijo ella, con la voz baja—. Tienes suerte de ser tan bonito, porque si no te echaba ahora mismo. Pero ya sé qué quiero.
—Pídelo.
—Quiero tu cuerpo. Toda esta tarde y toda esta noche. Vas a dejar que haga contigo lo que se me antoje.
Damián abrió la boca y la cerró otra vez. El corazón le latía contra la garganta.
—Pero soy tu hijo.
—Lo sé. Y me importa una mierda. —Marisol se sentó al lado de él, le puso una mano sobre el muslo y apretó—. Me gustan los chicos guapos, Damián, y mi hijo se ha vuelto un chico guapo. Si quieres recuperarme, no me sirven los bombones. Vas a darme lo que ningún otro hombre me dio nunca.
—¿Y qué es?
—Vas a hacer que me corra como nunca me corrí. Si lo logras, vuelvo a tu vida. Si te corres tú primero, o si me dejas a medias, te vas por esa puerta y te olvidas de que tienes madre. ¿Está claro?
Damián miró la mano que le subía por el muslo, la curva del brazo de ella, el cuello tatuado con una flor que él nunca había visto. La idea le revolvió el estómago, le quemó la nuca, le humedeció las palmas. Y a la vez algo en el centro del cuerpo le decía que sí.
—Está claro —dijo en voz baja.
—Buen chico.
***
El dormitorio de Marisol estaba al final del pasillo, con la cortina echada y una vela apagada sobre la mesilla. Ella se sentó en el borde de la cama y le indicó con la barbilla el centro de la habitación.
—Desnúdate. Despacio. Quiero ver todo.
Damián obedeció. Se quitó la chaqueta primero, después la camiseta. Tenía el torso liso, sin vello, todavía de adolescente. Los hombros se le pusieron rojos cuando notó la mirada de su madre fija en él. Cuando llevó la mano al cinturón, las manos le temblaban tanto que no podía con la hebilla.
Marisol se levantó y caminó hasta él. Le apartó las manos sin prisa y le desabrochó el pantalón ella misma. Le bajó la tela hasta los tobillos y, antes de que él pudiera reaccionar, le pegó una palmada seca en la nalga. Sonó en toda la habitación.
—¡Mamá!
—Lo siento, no pude aguantarme —le susurró al oído—. Tienes un culo precioso. ¿De dónde lo sacaste, eh? No es mío, no es de tu padre. Te lo ganaste tú solo.
—Por favor, no hables así.
—Esta es mi casa, esta es mi cama y aquí hablo como me da la gana. —Le pasó la lengua por la oreja, despacio—. Querías a tu madre de vuelta. Pues esta es la madre que te tocó. Vas a tener que acostumbrarte. Pareces un cervatillo a punto de ser comido por una loba. Tranquilo, no muerdo… mucho.
Ella se sacó la camiseta de un tirón. Debajo no llevaba nada. Damián tragó saliva al ver los pechos grandes, redondos, con un piercing pequeño en el pezón izquierdo. Después Marisol se quitó los pantalones cortos y se quedó en una tanga negra que le marcaba todo. La curva del trasero era enorme, firme, atravesada por una línea de tatuaje que le bajaba por el muslo.
Dios mío, qué acabo de aceptar.
Marisol lo besó antes de que pudiera pensar nada más. No fue un beso de madre. Fue un beso de mujer hambrienta, con la lengua dentro, con los dientes en el labio inferior, con las uñas clavadas en la nuca. Damián sintió que se le doblaban las rodillas.
Cuando ella se separó, tenía la boca enrojecida y los ojos brillantes. Le agarró la verga con la mano y la sostuvo un momento, calculando. Después escupió encima y empezó a moverla de arriba abajo, despacio, con la mirada fija en la cara del chico para ver cada gesto.
—Vaya, vaya. Esto sí que es un regalo de verdad. Esto sí que vale más que una caja de chocolates.
Damián cerró los ojos y apretó los puños.
—Mírame —ordenó ella—. Mírame mientras te toco. Te quiero ver la cara cuando entiendas que esto va en serio.
Él abrió los ojos. Ella sonrió y se arrodilló.
***
La boca de Marisol se cerró alrededor de él sin avisar. No fue suave. Fue avariciosa, profunda, con la lengua trabajando en la base y la mano izquierda apretándole los testículos. Damián apoyó las dos manos en la pared para no caerse. Cada vez que ella se retiraba, escupía sobre la verga y volvía a tragársela hasta el fondo.
No me corro. No me corro. Si me corro, lo pierdo todo.
Pensó en la lista del supermercado. En el examen de matemáticas del último curso. En el funeral de su abuelo. Cualquier cosa con tal de no terminar antes de tiempo.
Marisol notó la tensión y levantó la cara. Tenía los labios brillantes y una sonrisa torcida.
—Ay, qué disciplinado. Vamos a probar otra cosa.
Lo giró contra la pared y se arrodilló de nuevo, esta vez de espaldas a él. Con una fuerza que él no esperaba, le sostuvo los muslos y le pidió que se inclinara hacia adelante. Damián entendió a medias. Ella misma le acercó la cara a su entrepierna mientras seguía haciéndole la felación. Un sesenta y nueve invertido, de pie, con su madre sosteniéndolo como si no pesara nada.
Damián, al principio, no supo qué hacer. Después, casi sin pensarlo, sacó la lengua y la pasó por el sexo de ella. Marisol soltó un gemido grueso, distinto a todos los anteriores. Sabía a algo cálido y salado, y a una vainilla mentirosa. Él intentó imitar lo que había visto en algún video, lamiendo de abajo hacia arriba, deteniéndose en la zona donde ella jadeaba más fuerte.
—Eso es. Aprendes rápido. Ya te estás portando como un buen hijo.
***
Pasaron así un rato largo, hasta que Marisol decidió que era suficiente. Lo soltó, caminó hasta la cama y se tendió boca arriba con las rodillas levantadas.
—Ven aquí.
Damián caminó hasta el colchón con las piernas flojas. Se subió con cuidado, sin saber muy bien qué hacer. Ella le agarró la cara con las dos manos y le miró a los ojos.
—Es la primera vez, ¿verdad?
—Sí.
—¿Te decepciona?
—¿Decepcionarte a ti?
—No, decepcionarte a ti. Que tu primera vez sea con tu madre.
Damián tragó saliva. La verdad era que en ese momento no podía decepcionarse de nada. La verdad era que llevaba años pensando en ese cuerpo sin querer admitirlo, desde aquellas tardes de verano en que ella se tumbaba en el sofá con la falda corta y él fingía leer.
—No.
—Bien. Para mí tampoco.
Y de un solo movimiento ella misma se lo metió dentro. Damián gimió contra la almohada. Marisol cerró los ojos un segundo, le pasó la mano por la espalda y le susurró que no se moviera todavía, que se acostumbrara, que respirara despacio.
—Dame tres minutos sin moverte. Si en tres minutos sigues entero, te dejo seguir.
Tres minutos eternos. Damián los pasó contando los azulejos del techo, mordiéndose el labio, agarrado al hombro de su madre como si fuera un salvavidas. Cuando ella le dijo «ahora», empezó a moverse despacio, después más rápido. Marisol le clavó las uñas en los hombros y le aplastó la cara contra los pechos.
—¿Querías amor materno? Pues toma todo el amor que tengo, niño desagradecido. A ver si de verdad has venido a arrepentirte o solo a contentarme un rato.
***
Damián estaba a punto de no aguantar cuando ella, intuyendo la cercanía, lo apartó. Se irguió en la cama, se giró boca abajo y le ofreció la espalda, las nalgas levantadas, la cara apoyada en los brazos cruzados.
—Ven aquí. Quiero una cosa.
—¿Qué?
—Bésame. Aquí.
Damián se inclinó. Al principio dudó. Después la curiosidad pudo más. Bajó con la lengua por la espalda, llegó al final, abrió las nalgas con las manos y la besó donde ella le había pedido. Marisol soltó un gemido distinto a todos los anteriores. Más profundo. Más vulnerable.
—Ay, sí, ay, mi hijo, eso, no pares.
Aquí está. Este es el punto débil.
Damián entendió que se le había dado una llave. Empezó a usarla como si la vida le fuera en ello, alternando lengua, labios y la yema de un pulgar humedecido. Marisol agarraba la sábana con las dos manos y no le miraba la cara. Decía cosas que él no le había oído nunca, cosas que ninguna madre debería decirle a su hijo, y eso lo encendía más.
Después de mucho rato, ella se incorporó.
—Acuéstate.
Damián obedeció. Marisol se subió encima de él con la espalda hacia su cara, le agarró la verga con una mano, escupió en la otra, se humedeció a sí misma y se la metió por el otro lado.
—No me aprietes la cintura —ordenó—. No me toques. Solo aguanta.
Empezó a moverse de arriba abajo con todo su peso. La cama crujía. Damián, debajo, no podía respirar. Era más estrecho, más caliente, más todo. Le clavó los dedos en las sábanas para no agarrarla.
—Una vez le dije a tu padre que no hay noche que valga la pena sin esto al final. Tu padre no me hacía caso. A ver si tú aprendes mejor.
Marisol siguió empalándose con una violencia controlada, el pelo cayéndole sobre la espalda, los hombros brillantes de sudor. Damián sintió un calambre subiéndole por las piernas y supo que el final estaba muy cerca. Apretó los dientes y mordió la sábana.
Justo en ese momento, ella soltó un grito largo y se dejó caer hacia adelante, temblando. La oyó decir su nombre, la oyó decir cosas que después él iba a olvidar a propósito. Solo entendió que ella había acabado primero.
***
Marisol se incorporó casi de inmediato, lo sacó de su interior y se giró. Le agarró la verga con las dos manos, se la metió en la boca y aceptó todo lo que él tenía guardado. Damián se arqueó contra el colchón con un grito ahogado y se quedó quieto, con los ojos cerrados, sintiendo el peso del aire sobre el pecho.
—Esto sí que está más rico que los bombones —murmuró ella, con la voz ronca, pasándose el pulgar por la comisura.
Después se acostó a su lado. Ninguno habló durante un rato largo. El ventilador del techo daba vueltas sin prisa. La cortina se movía con una corriente de aire que entraba por la rendija de la puerta.
—Estuviste mejor de lo que esperaba —dijo Marisol al fin.
—¿Eso quiere decir…?
—Que vuelvo a ser tu madre. Sí. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Esta no fue la última vez. Si quieres seguir teniendo madre, vas a tener que demostrármelo así, cuando yo te lo pida.
Damián la miró. Tenía el pelo revuelto, el maquillaje corrido, la marca de sus propios dientes en el labio inferior. No parecía una madre. Tampoco parecía exactamente otra cosa. Parecía Marisol, simplemente, y por primera vez en dos años él tenía la sensación de haber vuelto a casa.
—Acepto.
—Buen chico. —Ella se giró boca abajo y se estiró en la cama como un gato grande—. Y ahora, demuéstrame que aprendiste algo. Vuelve a darme un beso de los de antes.
Damián, con el cuerpo deshecho y el corazón lleno de una felicidad que no entendía del todo, se inclinó sobre la espalda de su madre y obedeció.