La tía de mi madrastra bajó a tomar café conmigo
Hijo de divorciados, viví desde los ocho años yendo y viniendo entre dos casas, dos rutinas, dos versiones de mí mismo. Cuando cumplí dieciocho, por fin me dejaron decidir, y elegí volver al departamento donde había crecido, con mi padre. Las razones del cambio no importan acá; lo que importa es que aquel regreso cambió todo.
Mi padre vivía con su nueva pareja, una mujer que merecería un relato aparte. Pero la verdadera protagonista de esta historia es Mariela, la hermana de ella. La tía Mariela. Mari, para los de la familia.
Mariela vivía en el mismo edificio, dos pisos más arriba que nosotros. Cuarenta y pico, divorciada hacía poco más de un año, con una hija ya casada. La primera vez que la vi, en una cena familiar, sentí algo que no debía sentir. Era de esas mujeres que envejecen como vino guardado: caderas firmes, cintura marcada, mirada que sabía demasiado. Recuerdo que pensé, mientras la saludaba con un beso protocolar, una frase que se me clavó como un mantra: vas a ser mía.
A los dieciocho uno está hecho de hambre y testarudez. Empecé a buscarla. No de manera evidente al principio, pero con el correr de las semanas dejé de disimular. La cruzaba en el ascensor y la miraba sin pudor. Le decía cosas en el portal, cumplidos un poco subidos de tono, comentarios sobre cómo le quedaba un vestido o sobre el perfume que dejaba flotando al pasar. Prefería ganarme una bofetada antes que quedarme con las ganas. Pecar por intentarlo y no lamentarse por callar.
Cada mujer tiene su momento, pero hay que estar parado en el andén cuando el tren se detiene. Si pasa de largo, no vuelve. Esa era mi premisa.
Me dediqué a estudiarla como quien prepara un examen importante. Mariela escuchaba boleros, leía novelas eróticas, tomaba vino tinto y se derretía por los bombones de licor. Una romántica con fuego adentro. El portero del edificio, después de una propina y una sonrisa cómplice, me confirmó lo que sospechaba: estaba sola desde hacía meses. Nadie subía al departamento 12B desde hacía rato.
Aprendí sus horarios. A qué hora salía, a qué hora volvía, qué días iba al gimnasio. Empecé a coincidir con ella en el ascensor con una frecuencia que ya no era casualidad, y ella lo sabía. Lo notaba en cómo me miraba al saludarme, con una mezcla de divertida resignación y curiosidad mal disimulada.
Una tarde de jueves, por fin, me jugué la ficha entera.
***
El ascensor se cerró con los dos adentro. Yo llevaba una rosa roja escondida detrás de la espalda y un nudo apretado en la garganta. Cuando el tablero marcó el piso doce, Mariela hizo el gesto de salir. La detuve apoyando la mano en su antebrazo, suave pero firme, y le tendí la flor.
—Para vos —dije.
Se quedó quieta. Tomó la rosa por el tallo sin terminar de soltarla, mirándome como quien intenta resolver una adivinanza.
—Estás loco —murmuró, pero sonriendo.
—Bajá al nueve. Te invito un café.
—¿Al nueve? —fingió no haber registrado nunca el dato.
—Nueve C. C de chico que insiste demasiado.
Se rió. Una risa baja, ronca, que me erizó la nuca.
—No tengo tiempo de salir.
—No te invito a salir. Te invito a bajar dos pisos.
Pasaron dos segundos eternos. La puerta del ascensor empezó a cerrarse y mi mano la frenó. Mariela suspiró, miró la rosa, me miró a mí.
—Sos muy persistente, ¿sabés?
—Lo sé. ¿Eso es un sí?
—Dame quince minutos. Me pongo cómoda y bajo.
—Te espero con el café.
—Con crema —agregó sin mirarme, ya pisando el palier de su piso.
—Como a vos te gusta.
Las puertas se cerraron y bajé hasta el nueve apretando los puños. Cuando entré al departamento, lo recorrí en línea recta poniendo todo en su lugar: bajé las luces, encendí el equipo con una selección de boleros que había preparado tres días antes, calenté el agua, dispuse los bombones de licor en un platito de cerámica. Mi padre y su pareja estaban fuera de la ciudad ese fin de semana. Lo había calculado con precisión de cirujano.
***
El timbre sonó dieciocho minutos después.
Mariela había bajado con un vestido negro ajustado en las caderas, tacos altos y un toque de perfume fresco. Se había retocado los labios. Había bajado vestida para que algo pasara, y los dos lo sabíamos.
—Pasá —dije—. Te estamos esperando.
—¿Quiénes?
—El café y yo.
Se rió otra vez. Esa risa.
La hice pasar primero a la cocina americana, donde el espacio reducido obligaba a estar cerca, muy cerca. Le serví el café con crema en la taza más bonita que tenía. Cuando se la entregué, mis dedos rozaron los suyos un segundo más de lo necesario.
—¿Está a tu gusto? —pregunté.
Probó un sorbo. Cerró los ojos un instante.
—Perfecto. Como me gusta saborearlo.
La invité al living. Le ofrecí los bombones sin decir una palabra, simplemente dejando el platito sobre la mesa baja, y cuando ella tomó el primero supe que la fortaleza estaba cediendo. Comió un segundo, un tercero. Se quitó los zapatos, recogió las piernas debajo del cuerpo y se acomodó en el sofá con un gesto de gata cansada.
Hablamos de cualquier cosa. Después, casi sin transición, hablamos de nosotros. Le conté que había dejado a una chica en la otra ciudad y que desde que vivía en este edificio no había mirado a ninguna otra mujer. Que ella, desde la primera cena, me había desordenado por dentro.
Mariela me escuchó sin interrumpir. Después tomó aire.
—Yo estoy sola hace más de un año —dijo—. Sola en todos los sentidos. Si entendés lo que digo.
Entendía perfectamente.
Me bajé del sofá y me arrodillé frente a ella. Le tomé las manos, le di vuelta las palmas, las besé. Apoyé la frente contra su rodilla. No dijimos nada por un rato largo. Ella empezó a acariciarme el pelo con una ternura que no esperaba, y cuando mis manos subieron despacio por sus muslos, por encima del vestido, sentí que se estremecía entera.
***
La levanté en brazos sin preguntar y la llevé al dormitorio. Sobre la cama nos miramos por primera vez de verdad, sin máscaras. Lo que leí en sus ojos era exactamente lo que ella estaba leyendo en los míos.
Se levantó y se desnudó para mí. Se quitó el vestido por la cabeza con un movimiento lento, las medias deslizadas con paciencia, las prendas cayendo una a una hasta quedar solo en corpiño y bombacha negros, de encaje. Había venido preparada. El conjunto cayó al piso después y se quedó ahí, parada, dejándome mirarla. La luz de la lámpara le marcaba el contorno de los pechos, el vientre apenas trabajado, las caderas rotundas.
Después fue mi turno. Me desnudó ella, sin prisa, mordiéndose el labio. La camisa primero. El pantalón después. Cuando me bajó el bóxer y se arrodilló, no necesité instrucciones para entender lo que iba a pasar. Me tomó con las dos manos, me miró desde abajo, y luego se metió todo lo que pudo en la boca. Lo hizo con hambre, con técnica, con una entrega que me obligó a apoyar una mano en la pared para no perder el equilibrio.
La detuve antes de que fuera demasiado tarde. La acosté boca arriba en la cama y me tomé mi tiempo. Empecé por el cuello, dejé un rastro de besos hasta los pezones, me quedé ahí más de lo que ella esperaba. Bajé por el vientre, le besé las caderas, los muslos por la cara interna, me salté la entrepierna a propósito y le besé las rodillas. Cuando volví hacia arriba, ella ya tenía las manos en mi cabeza, empujándome hacia donde quería que estuviera.
Le abrí las piernas y me quedé un segundo mirando, antes de hundir la cara entre ellas. La sentí arquearse en cuanto mi lengua tocó el centro. Tenía un sabor a sal y a algo dulce, y un olor que se me quedó pegado a la barba durante toda la noche. Mariela acabó así, con dos dedos míos adentro y la lengua jugándole arriba, una primera vez que le sacudió el cuerpo entero.
Subí a buscarle la boca. Nos besamos compartiendo su propio sabor, lenguas enredadas, sus uñas marcándome la espalda. Cuando me acomodé entre sus piernas y la sentí abrirse para recibirme, me dijo al oído algo que no esperaba.
—Hacé conmigo lo que quieras. Esta noche soy tuya. Cogeme como quieras cogerme.
Sellé la frase con un beso largo y entré de un solo empujón, hasta el fondo. Ella ahogó un grito en mi boca. Estaba apretada por el desuso pero empapada, y el cuerpo entero me recibió como si llevara un año entero esperándome.
Cogimos así durante un rato, abrazados, ella moviendo las caderas para encontrarme, las dos pieles pegadas por el sudor. Después cambié el ritmo. La empujé contra el colchón, le tomé las muñecas con una mano por encima de la cabeza, y empecé a embestirla más fuerte. A ella se le encendió algo. Me clavó los talones en los riñones.
—Más —pidió—. Más fuerte. No te detengas.
Le levanté las piernas, le tomé los tobillos, los apoyé en mis hombros. La penetración se hizo más profunda y ella empezó a gritar sin frenos. Se vino una segunda vez, escandalosamente, retorciéndose entera. Y todavía pidió más.
***
Quedamos abrazados un rato, los dos rendidos, pegajosos, riéndonos en voz baja como dos cómplices recientes. Pero ninguno de los dos quiso desacoplarse. Me quedé adentro, sintiéndola palpitar, y al rato volvió la urgencia.
Se dio vuelta sin que se lo pidiera. Quedó boca abajo, los brazos extendidos, las nalgas un poco levantadas. Yo me quedé un rato así, mirándola, recorriéndola con la mano. Cuando le pasé un dedo entre las nalgas, ella aspiró fuerte pero no dijo nada. Tomé un poco de crema de la mesa de luz, se la apliqué con paciencia, le presenté el dedo despacio. Mariela apretó la cara contra la almohada.
—Solo una vez me lo hicieron —dijo—. Y dolió. Pero quiero que vos sí.
—Si te duele paro.
—No pares. Hacelo de una vez, antes de que me arrepienta.
Entré despacio, milímetro a milímetro, esperando cada vez que la sentía tensarse. Le pasé la mano por la espalda, por la nuca, le fui leyendo el cuerpo. Cuando finalmente quedé adentro hasta el fondo, ella largó un quejido largo que terminó en risa nerviosa.
—No te muevas un segundo —pidió.
—No me muevo.
Pasaron treinta segundos. Después empezó ella a buscarme con las caderas, a marcar el ritmo desde abajo. Yo la dejé, fui acompañando. Le pasé la mano libre por debajo y la encontré ahí, mojada, hinchada, lista. Empezó a gemir distinto. Más bajito, más ahogado, como si la voz le saliera desde otro lado.
—Me lo estás haciendo enorme —murmuró—. No sé cómo me entra.
—Aguantás todo —le dije al oído.
—Aguanto todo si sos vos.
Acabé adentro, abundante, y ella se vino casi al mismo tiempo, mordiendo la almohada para no hacer ruido. Quedamos los dos derrumbados, transpirados, sin fuerzas para hablar.
***
Nos duchamos juntos un rato después, riéndonos de cosas tontas. Comimos algo en la cocina, ella envuelta en una de mis remeras y nada más. Volvimos a la cama y dormimos un par de horas. Después hicimos el amor de nuevo, esta vez despacio, con paciencia, como si nos conociéramos desde siempre. Por la mañana me despertó con la boca y le respondí entrando en ella mientras todavía no terminaba de abrir los ojos.
Mariela se fue de mi departamento con el sol ya alto. Volvió a su piso, a su rutina, a esa soledad de aquellos días que de pronto era un poco menos sola.
Pero lo nuestro no terminó esa noche. Cuando vuelvo a la casa de mi padre, siempre paso por su puerta. A veces me abre con cara de sorpresa fingida; otras me espera con el café preparado y los boleros sonando bajito. Hay relatos que uno guarda como trofeos y hay otros que se siguen escribiendo en presente. El de Mariela y yo todavía se conjuga en presente, aunque hayan pasado los años.
Y cada vez que la veo abrir la puerta, en bata, descalza, con esa sonrisa que sigue siendo la misma, me acuerdo del chico de dieciocho que la vio por primera vez en una cena de familia y pensó: vas a ser mía.
Tenía razón.