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Relatos Ardientes

La hermana de mi mujer entró sin llamar a la puerta

Aquel sábado de julio se torció antes de empezar. Marisol recibió una llamada del hospital a las once de la mañana —una urgencia, alguien de su servicio se había puesto enfermo de madrugada— y los planes que teníamos con su hermana Camila se evaporaron en cinco minutos. Habíamos quedado en llevarla al centro comercial nuevo de las afueras, comer algo, hacerle de guías por la ciudad. Camila llevaba apenas tres días con nosotros. Le quedaban once.

—Se me arruina la quincena —protestó ella desde el sofá, con un puchero fingido.

—Vuelvo a las ocho. Te lo prometo —dijo Marisol, ya con el bolso al hombro.

—Tranquila, sobreviviremos —contesté yo desde la cocina.

La palabra «sobreviviremos» me sonó torpe en cuanto la solté.

Llovía con esa terquedad de las tormentas de verano que parecen haberse equivocado de mes. Yo me había levantado con un dolor de cabeza machacón que me cerraba un ojo. Me tomé dos aspirinas con un café tibio y le dije a Camila que me iba a echar un rato.

—Yo veré una película —contestó ella—. No te molesto.

Cerré la puerta de nuestro dormitorio y me quedé dormido al instante.

Cuando abrí los ojos, el reloj de la mesita marcaba las seis y veinticinco. Llevaba más de dos horas en una de esas siestas que dejan la boca seca y el cuerpo medio anestesiado. La lluvia seguía cayendo contra la ventana. Salí del cuarto descalzo, todavía aturdido, pensando en prepararme otro café para volver al mundo.

El salón estaba vacío. La televisión, apagada. En el reproductor seguía la cinta que Camila había estado viendo. La saqué con curiosidad —tenía la manía de etiquetarlas yo mismo— y leí mi propia letra: «Privado. Marisol y yo. Octubre.»

Era una de las cintas que mi mujer y yo habíamos grabado el año anterior, en un fin de semana en la sierra, después de demasiadas copas de vino. La habíamos guardado en un cajón cerrado del mueble del salón. Camila había encontrado la llave, o había rebuscado, o las dos cosas.

Hostia.

Me quedé un segundo con la cinta en la mano sin saber qué hacer. La devolví al cajón —ya hablaríamos de eso en otro momento— y salí al pasillo con la idea de prepararme aquel café.

Y entonces los oí.

Venían del cuarto de invitados, donde dormía Camila. Eran jadeos, dos voces, un crujido rítmico de somier. Me quedé clavado a tres metros de la puerta, con el pulso golpeándome la sien. Camila no había salido sola en toda la mañana, así que solo cabía una explicación: había llamado a alguien.

Tendría que haber dado media vuelta y haberme metido en el salón con la radio puesta. En lugar de eso, di dos pasos más.

La puerta estaba entornada, no más de un palmo. Por el resquicio se veía el espejo del armario, y en el espejo se veía la cama. Camila estaba sentada encima de un chico que yo no había visto nunca —moreno, delgado, joven—, las manos apoyadas en su pecho, la espalda arqueada, el pelo teñido de rubio cayéndole hacia delante mientras se movía. Tenía las tetas al aire, más pequeñas que las de Marisol pero firmes, con los pezones erguidos y rosados. La luz de la tarde entraba turbia por la persiana medio bajada, y bajo esa luz enferma pude ver cómo la polla del chico entraba y salía de su coño, brillante de flujos, mientras ella se levantaba y bajaba con las rodillas bien abiertas a los lados de sus caderas. Cada vez que se dejaba caer, sus nalgas chocaban contra los muslos del otro con un chasquido húmedo que se oía por encima del somier.

—Así, joder, así —le oí murmurar entre dientes—. Métemela toda.

Llevaba tres años casado con su hermana. En tres años nunca la había mirado así. Camila era la cuñada simpática, la que aparecía en navidades y se reía de mis chistes malos, la que aún no había decidido qué carrera estudiar. Tenía veintiún años. Tenía la cara redonda, casi de niña. Ahora tenía la cabeza echada hacia atrás y la boca entreabierta y sonaba como una mujer que sabía exactamente lo que estaba haciendo. Se agarró un pecho con la mano libre, se pellizcó el pezón, y el chico le contestó embistiendo hacia arriba con las caderas para clavársela más adentro.

Giró la cabeza hacia la puerta. Por una décima de segundo, miró exactamente al hueco por el que yo miraba. Me aparté tan rápido que casi tropecé con la consola del pasillo.

No supe si me había visto.

Me metí en el cuarto que usábamos de despacho, al otro extremo del piso, cerré la puerta y encendí la tele a un volumen ridículo para no oír nada más. Pasaron diez minutos. Quince. Yo seguía empalmado de un modo casi doloroso, con la polla marcándome el pantalón, esa erección que aparece sin pedirla y no se va por mucho que uno mire el techo.

Me bajé el pantalón sin pensarlo demasiado. Me saqué la polla ya mojada en la punta y me la agarré con la mano seca.

***

Empecé despacio. Cerré los ojos. Quería pensar en Marisol —de verdad quería—, en aquel fin de semana en la sierra, en cómo se reía cuando le quitaba la ropa con torpeza después del vino, en cómo abría las piernas encima de la manta a cuadros. Pero la imagen no aguantaba. Se desplazaba. La cara que se me venía por debajo era la de Camila girándose hacia la puerta, la línea de su pezón de perfil, la curva de su espalda recortada en el espejo, el coño de mi cuñada tragándose una polla que no era la mía.

Apreté los dientes y me la meneé más rápido. Esto no, joder. Cambié la postura. Cambié el ritmo. Daba igual. La saliva me subía a la boca sola. Me imaginé lo que se debía sentir estar debajo, con esas caderas cayendo sobre las mías, esos pezones rozándome el pecho, esa boca de niña diciendo guarradas.

No oí cuando se abrió la puerta.

—No me habías dicho que estabas despierto.

Su voz me llegó por encima de la tele. Estaba apoyada en el marco, con una camiseta larga que apenas le tapaba los muslos, descalza, el pelo todavía revuelto. Olía a lo que olía: a sexo recién follado, a semen y a sudor de otro. No se molestó en disimular que sabía lo que yo había estado haciendo en el otro cuarto.

Solté la mano. Me tapé como pude. La sangre se me fue a la cara y a otros sitios al mismo tiempo.

—Camila…

—¿Qué pasa? —dijo, y entró cerrando la puerta detrás de ella—. ¿Es porque me has visto, o porque te he visto a ti?

Se sentó en el brazo del sillón. Me miraba sin sonreír, con una calma que no le pegaba a sus veintiún años. Se mordió el labio una vez y eso fue todo lo que necesité para entender que no se iba a marchar. Bajó los ojos a mi entrepierna, donde la polla seguía dura y asomando por encima de mi mano.

—No la tapes —dijo—. Es tarde para eso.

—Esto no podemos hacerlo —dije.

—Lo sé.

—Tu hermana llega en hora y media.

—Lo sé.

Y entonces se inclinó y me besó.

Fue un beso lento, sin la torpeza que yo esperaba de una chica de su edad. Me cogió la cara con las dos manos. Sabía a chicle de menta y a alguien más. Yo tendría que haberla apartado con un empujón firme y haber dicho «vístete y vete a tu cuarto» con la voz de un hombre adulto. No la aparté. La atraje hacia mí y la senté a horcajadas sobre mis muslos, y noté que debajo de la camiseta no llevaba absolutamente nada. Su coño me quedó apoyado directamente contra la polla desnuda, y estaba caliente y todavía mojado del otro. Camila movió las caderas una vez, muy despacio, restregándose encima sin dejar que la penetrase, y yo sentí cómo su humedad me empapaba el glande.

—¿Cuánto tiempo? —le pregunté contra su boca.

—Mucho —dijo ella—. Demasiado. Desde el verano pasado. Desde que te vi salir de la ducha con la toalla y se te marcaba todo.

Le saqué la camiseta por encima de la cabeza. La luz del flexo le cruzaba el pecho en diagonal. Le besé el cuello, la clavícula, el hueco entre los pechos. Le cogí una teta entera en la boca y le chupé el pezón hasta ponerlo tieso entre mis dientes. Los pezones se le pusieron duros bajo mi lengua como si llevaran horas esperándolo, y me daba cuenta entonces de que probablemente sí. Camila respiraba por la boca, exhalaciones pequeñas que no se molestaba en silenciar, y me tiraba del pelo para que no soltase la teta.

—Muérdelo —susurró—. Más.

Cerré los dientes con cuidado alrededor del pezón y ella soltó un gemido corto, contenido. Se restregó más fuerte contra mi polla. La punta se me metía entre los labios de su coño sin llegar a entrar del todo, resbalando, y cada roce me sacaba una gota de líquido preseminal que se mezclaba con lo suyo.

—Más abajo —pidió.

La tumbé en la moqueta, porque hasta el sillón me parecía un mueble cómplice y no quería usarlo. La moqueta era nueva, elegida por Marisol. Me odié un segundo y se me pasó. Le abrí las piernas con la rodilla. Tenía el coño depilado en una franja estrecha, brillante, ya hinchado de antes —de antes incluso—, con los labios menores asomando entre los mayores, rojos, empapados. Todavía tenía restos de semen del otro chorreándole por dentro de un muslo. Cuando bajé la cara hasta ahí ella levantó las caderas con una urgencia que casi me asustó.

—Despacio —le dije.

—No —contestó ella—. Despacio no. Cómemelo entero. Como si te la estuvieras follando con la lengua.

La obedecí. Le pasé la lengua plana desde el culo hasta el clítoris, de un lametón largo, tragando lo que había, mío no y suyo tampoco del todo. Le hundí la nariz contra el hueso púbico y le chupé los labios menores uno por uno, tirando de ellos con los dientes. Luego le abrí el coño con dos dedos y le enterré la lengua adentro, moviéndola como si la estuviese follando con la boca, notando cómo se contraía a mi alrededor. Le subí al clítoris y le hice círculos con la punta, rápidos, sin descanso, mientras le metía dos dedos y los curvaba buscando el punto de dentro. Camila se retorcía en la moqueta, se agarraba a mi pelo, me apretaba la cara contra ella hasta que yo casi no podía respirar. Se vino contra mi boca a los pocos minutos, agarrándome del pelo, mordiéndose el dorso de la mano para que no la oyeran los vecinos. Sentí las contracciones alrededor de mis dedos, el latido de dentro. Se quedó unos segundos quieta, temblando, los ojos cerrados, con el coño palpitando todavía en mi cara.

Después se incorporó.

—Ahora yo —dijo—. Deja que te la chupe.

Me empujó contra el respaldo del sillón y se arrodilló en la moqueta entre mis piernas. Me cogió la polla con la mano, la miró un segundo como si la estuviera midiendo, y se la metió en la boca con una calma que no encajaba con la urgencia anterior. La tragó hasta la mitad al primer intento, sacó la lengua por debajo y me lamió los cojones sin sacarla, un truco que yo nunca le había visto hacer a Marisol. Lo hacía despacio, mirando hacia arriba, atenta a mi cara. Subía y bajaba la boca por el tronco, apretando los labios, y de vez en cuando se sacaba la polla entera y me daba lametones desde la base hasta la punta, chupándome el glande como si fuese un caramelo. Me escupió encima y usó la saliva para masturbarme mientras me lamía los huevos. No es la primera vez que hace esto, pensé, y me odié otra vez por pensarlo. Se la volvió a meter hasta el fondo, hasta que la punta le tocó la garganta y ella se atragantó un poco, se le saltaron las lágrimas y no la sacó. Tuve que apartarla a los dos minutos, tirándole del pelo, porque iba a correrme en su boca antes de tiempo.

—Ven —le dije, jadeando—. Quiero follarte.

La levanté en volandas. Pesaba menos de lo que parecía. La apoyé contra la pared, junto a la estantería de los libros viejos, y le puse una pierna sobre mi cadera. Me agarré la polla con la mano y le pasé la punta por los labios del coño, arriba y abajo, restregándomela por el clítoris antes de decidirme. Ella empujó las caderas hacia delante impaciente.

—Métemela ya, por favor.

Entré despacio, mirándola. Ella se mordió el labio y me clavó las uñas en el hombro. Era estrecha, más de lo que esperaba, más incluso con lo mojada que estaba. La penetré centímetro a centímetro, notando cómo su coño se abría a mi paso, cómo me apretaba la polla como un guante, hasta que entré del todo y mis huevos le tocaron el culo. Entonces nos quedamos los dos quietos un segundo, frente con frente, respirándonos.

—No pares —dijo—. Fóllame fuerte. Como si no fuese la hermana de nadie.

No paré.

La empujé contra la pared con cada embestida, sacándola casi entera y volviendo a meterla de golpe. Los libros vibraban a nuestro lado. Le agarré una teta con la mano libre y se la apreté mientras la embestía, hundiéndole la polla hasta el fondo cada vez. Camila me clavaba los talones en la espalda, me mordía el cuello con cuidado de no dejar marca, me susurraba al oído cosas que no debería estar diciéndome.

—Más fuerte, joder, más fuerte, así… así me gusta.

Le susurré algo que no recuerdo y ella me contestó con un quejido largo. Se le empezaron a temblar las piernas. La aparté de la pared antes de que se cayera, la llevé al sofá-cama del despacho a medio abrir, la tumbé boca abajo con el culo levantado y le separé las nalgas con las dos manos. El coño le brillaba entero, hinchado, abierto. Le escupí encima y me la volví a meter desde atrás de un solo empujón. Camila soltó un grito ahogado contra el cojín.

—Así, sí, así, sigue.

Le pasé un brazo por debajo del vientre para sostenerla y aceleré el ritmo. Con la otra mano le agarré el pelo cerca de la nuca y tiré un poco, no mucho. Su nuca olía a champú y a sudor. El sonido de mis caderas chocando contra su culo llenaba el cuarto, un chapoteo húmedo y rítmico que se mezclaba con la tele que yo había dejado puesta. Le colé la mano libre entre las piernas y le busqué el clítoris con el dedo del corazón mientras la embestía. Ella tembló entera y empezó a apretar el coño alrededor de mi polla en oleadas.

—Me voy otra vez, me voy otra vez… —jadeó, y hundió la cara en el cojín para gritar.

Sentí cómo se corría por segunda vez, apretándome, chorreándome por dentro, y aquello fue lo que acabó conmigo.

—No dentro —jadeó ella en algún momento—. Por favor, no dentro.

La saqué a tiempo. Me la meneé dos veces con la mano llena de sus jugos y me corrí en su espalda baja, en el hueco de sus riñones, apretándole la cadera con una mano y el hombro con la otra. Salió mucho, en chorros gruesos que le cayeron desde la cintura hasta el nacimiento del culo. Tardé un siglo en parar de temblar. Me quedé encima de ella, sin pesar, con la frente apoyada entre sus omóplatos, la polla todavía babeando encima de su piel.

—Tendría que haberte echado al pasillo —dije.

—Sí —contestó ella, con la voz enterrada en el cojín—. Tendrías.

***

A las ocho menos cuarto Marisol llamó desde el coche para avisar que estaba a diez minutos. Camila ya se había duchado. Yo había cambiado la sábana del sofá-cama, había pasado un trapo por la moqueta y había tirado el papel a la basura del cuarto de baño de fuera, no al nuestro. Eran gestos pequeños, de los que se hacen sin pensar y luego se recuerdan con vergüenza años después.

—No puede saberlo nunca —le dije en la cocina, mientras le servía un vaso de agua que ella no había pedido.

—Nunca —repitió.

Marisol llegó cansada. Cenamos pizza encargada por teléfono. Camila se rió de mis chistes malos como cualquier otro día. Le contó a su hermana que la película que había visto era un truño y que se había aburrido. Yo me reí en los momentos correctos.

Esa noche no podía dormir. Marisol respiraba a mi lado con esa cadencia que conocía de memoria, y yo miraba el techo pensando en una franja de luz cruzando un pecho que no debí mirar, en un coño que no debí probar.

No volvió a pasar. Camila terminó su quincena, me dio dos besos en la puerta del coche el día de la marcha y nos miramos exactamente medio segundo de más. Después, durante meses, la evité. Buscaba excusas para no quedarme solo con ella en las navidades, en los cumpleaños, en los almuerzos de domingo. Ella hizo lo mismo. Marisol no notó nada, o eso quiero creer.

La semana pasada Camila vino a casa con su novio y con una noticia. Está embarazada de doce semanas. El novio sonreía como sonríen los hombres jóvenes cuando creen que han ganado algo.

Cuando me crucé con ella en el pasillo, camino de la cocina, me cogió del brazo un segundo. Me dijo que las cuentas de las semanas no le cuadraban con el novio. Que llevaba un mes dándole vueltas. Que no iba a hacer nada con esa información, que el niño iba a ser de él porque ella así lo había decidido, pero que necesitaba que yo lo supiera.

—Para que cargues con tu parte —dijo.

Me apretó el brazo y volvió al salón, donde mi mujer le preguntaba si quería más zumo. Yo me quedé en el pasillo un minuto entero, mirando la pared, pensando en una tarde de julio en la que no debí empujar una puerta.

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Comentarios(8)

SebaSol77

excelente!!! me enganchó desde la primera línea, no lo pude soltar

Lautaro_noche

tremendo... espero que haya segunda parte porque quedé con ganas de saber como siguió todo

NachoCasla

me recordó a una situacion similar que viví, aunque en mi caso cerré la puerta jajaja. muy bien escrito

ClaraMdq

Que tension!! me tenía al borde del asiento. buenisimo

Fermín_lector

el detalle del café como disparador le da mucho realismo, parece una historia real

MarinaSol86

Se nota que tenés talento para escribir. Seguí así, espero que subas mas relatos pronto

MatiasRos

dios mio que situación tan tensa... la descripcion con la puerta entornada me puso la piel de gallina. muy buen relato

Pedrito_Mza

no me lo esperaba asi. 10/10

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