La amiga de mi hermana entró sin avisar esa tarde
Aquella tarde de mayo no tenía pensado nada concreto. Mis padres estaban fuera todo el fin de semana, mi hermana Daniela había salido temprano a tomar algo con sus amigas de la facultad y yo, con la casa entera para mí, hice lo que cualquier chico de veintiún años haría: me tiré en el sofá del salón con el portátil sobre las piernas y abrí esa carpeta que todos sabemos que existe.
El piso era de techos altos, con suelos de tarima vieja que crujía con cada paso. Las persianas estaban a media altura y entraba esa luz de tarde que vuelve dorado todo lo que toca. Yo solo llevaba puesto un pantalón corto y una camiseta vieja. La calle estaba en silencio. Pensé que tenía tiempo de sobra.
Empecé despacio, como hacemos siempre que sabemos que no nos van a interrumpir. Bajé el pantalón hasta los tobillos, me la cogí con la mano derecha y dejé que la otra fuera escribiendo en el teclado. No tenía prisa. Buscaba un vídeo concreto, uno que llevaba semanas rondándome la cabeza. Cuando lo encontré, subí el volumen lo justo.
Llevaba unos diez minutos así, con los ojos medio cerrados y la respiración ya cambiada, cuando oí la cerradura.
—¿Hola? —dijo una voz desde la entrada.
Pegué un salto. El portátil casi se me cae al suelo. Intenté subirme el pantalón con una mano mientras con la otra cerraba el navegador, pero todo se me enredó. Cuando levanté la vista, ya tenía a Marina en la puerta del salón, con la mochila colgada de un hombro y una expresión a medio camino entre la sorpresa y la diversión.
Marina era amiga de mi hermana desde el primer año de carrera. Veintidós o veintitrés, no recuerdo bien. Morena, con el pelo liso justo por encima del hombro, ojos oscuros y una sonrisa torcida que enseñaba un colmillo más afilado que el otro. No era espectacular en el sentido de revista, pero tenía algo en la forma de moverse que llamaba la atención. Aquella tarde llevaba una falda vaquera corta y una camiseta blanca finita.
—Perdón, perdón, perdón —dijo, sin dejar de mirar—. Daniela me dijo que la puerta estaría abierta y que la esperara dentro.
—No pasa nada —contesté, aunque me ardía la cara. Ya tenía el pantalón a medio subir y la camiseta tapando lo que podía—. No sabía que… bueno, eso.
Esperé que se diera la vuelta y se metiera en la cocina, o que se hiciera la tonta y mirara el móvil. Pero no. Marina dejó la mochila en el suelo, se cruzó de brazos y se apoyó en el marco de la puerta.
—¿Te encuentras bien? —preguntó, con un tono que no era exactamente preocupación.
—Sí, sí, perfectamente.
—Te pones rojísimo cuando mientes, ¿sabes?
No supe qué responder. Me quedé de pie en medio del salón, con el pantalón mal puesto y el bulto todavía visible bajo la tela. Ella se rio, no de mí, sino conmigo, como si compartiéramos una broma privada.
—Tranquilo —dijo, dando un paso adelante—. Es lo más normal del mundo. Pasa hasta en las mejores familias.
—Ya, ya, pero…
—Pero te he cortado el rollo. Lo siento.
Avanzó otro paso. Yo retrocedí uno, hasta chocar con el sofá y caer sentado. El portátil seguía abierto a mi lado, con la pantalla apagada por el ahorro de energía. Marina se sentó junto a mí, no enfrente, y dejó una mano sobre mi rodilla. La piel le ardía.
—¿Cuánto te falta? —preguntó, en voz baja.
—¿Cómo?
—Para terminar lo que estabas haciendo. Porque dejarlo a medias es horrible. Lo sé por experiencia.
Me la quedé mirando, intentando entender si lo decía en serio. Sus ojos no parpadeaban. Tragué saliva.
—Marina, mi hermana…
—Tu hermana está tomando café en el centro y no vuelve hasta dentro de una hora —dijo, mirando el reloj de la pared—. Y yo no pienso contarle nada.
Su mano subió un poco más, hasta el principio del muslo. La mía no se movía. No sabía dónde ponerla. Acabé apoyándola en el respaldo del sofá, lo más lejos de ella que pude.
—Si no quieres, lo dejo aquí y me voy a la cocina —añadió—. Pero si quieres, yo te ayudo. No tienes que hacer nada que no te apetezca.
Negué con la cabeza. Pero el gesto no significaba lo que parecía. Significaba que no me lo creía. Que no podía estar pasando. Marina lo entendió bien.
—¿Sí o no? —insistió.
—Sí —dije, casi sin voz.
***
Lo siguiente fue rápido, como si los dos hubiéramos decidido al mismo tiempo que pensar más era estropearlo. Marina me bajó del todo el pantalón corto. La sentí inclinarse sobre mí. Cerré los ojos.
Su boca era cálida y paciente. No tenía prisa. Subía y bajaba con un ritmo que no buscaba acabar, sino prolongar. De vez en cuando paraba, me besaba el muslo, me miraba desde abajo con esa misma sonrisa torcida y volvía a empezar. Yo apretaba el respaldo del sofá hasta que me crujían los nudillos.
—Para, para —pedí, cuando empecé a notar que se me iba.
—¿Para del todo o…?
—Para un momento.
Se incorporó. Tenía los labios mojados y un mechón de pelo pegado a la mejilla. Se lo apartó con el dorso de la mano.
—Te toca a ti —dijo.
Se puso de pie delante de mí, se desabrochó la falda y la dejó caer al suelo. Debajo no llevaba mucho. Se quitó las bragas con la naturalidad de quien se descalza al llegar a casa. Después se sentó otra vez en el sofá, esta vez con una pierna sobre el respaldo y la otra colgando, y me puso una mano en la nuca para empujarme hacia abajo.
Lo hice como pude. No tenía mucha experiencia y se me notaba. Pero ella me iba guiando con la mano, despacio, indicando con un gemido cuándo iba bien y con un «más arriba» cuándo me perdía. A los pocos minutos, se le tensaron las piernas alrededor de mi cabeza y me clavó las uñas en el cuero cabelludo.
—Ven aquí —jadeó, tirando de mí hacia arriba.
Me senté en el sofá y ella se puso encima, a horcajadas. No hizo falta que me hablara. Se la metió ella misma, despacio al principio, mordiéndose el labio. Luego empezó a moverse de verdad, apoyando las manos en mis hombros, con la melena cayéndole sobre la cara cada vez que subía y bajaba.
Y entonces oímos otra vez la cerradura.
***
Marina se quedó congelada. Yo también. Lo único que se movía en el salón éramos los dos, ella todavía encima de mí, sin separarse. La puerta de la calle se cerró con un golpe seco. Los pasos avanzaron por el pasillo.
—¿Marina? —preguntó la voz de Daniela desde la entrada.
—En el salón —contestó ella, con una calma que no entendí.
Intenté apartarla. Me sujetó por las muñecas y negó con la cabeza. Pasos. La puerta del salón abriéndose. Y mi hermana, parada en el umbral, con dos cafés para llevar en una bandeja de cartón.
No gritó. No se le cayó nada. Se quedó mirándonos durante lo que me parecieron horas, aunque seguramente fueron tres segundos. Después dejó la bandeja con mucho cuidado sobre la mesa del recibidor y entró en el salón.
—Sois increíbles —dijo. No sonaba enfadada. Sonaba… otra cosa.
—Te llamamos —empezó Marina—, pero…
—No me habéis llamado.
—No, no te hemos llamado.
Las dos se miraron. Yo no entendía nada. Daniela siempre había sido la hermana mayor responsable, la que me regañaba por dejar los platos en el fregadero. Verla ahí de pie, mirándonos sin pestañear, era surrealista.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Ahora lo que tú quieras —contestó Marina.
Daniela se quedó pensándolo. Se pasó la lengua por el labio inferior, un gesto que conocía bien porque lo hacía siempre que se debatía entre dos opciones. Después dejó el bolso en el suelo, se acercó al sofá y se inclinó sobre Marina.
Las vi besarse encima de mí. Marina seguía sin moverse, atrapándome dentro. Daniela le metía la lengua sin disimulo, con una familiaridad que no era la primera vez. Eso lo entendí enseguida.
Cuando se separaron, mi hermana me miró por primera vez.
—Si vamos a hacer esto —dijo—, hagamos las cosas bien.
***
Nos pasamos al dormitorio. No al mío, ni al de ella, sino al de mis padres, porque era el único con cama de matrimonio. Daniela puso una toalla sobre la colcha buena, con esa precisión doméstica que no perdía ni en mitad del caos. Marina se reía por lo bajo.
—Estás loca —le dijo.
—Ya lo sé.
Mi hermana se desnudó sin teatro, dejando la ropa doblada sobre la silla. Tenía el cuerpo más lleno que Marina, el pecho más grande y unas caderas anchas que nunca había podido mirar como las miraba ahora. Se quedó un momento de pie, dándome tiempo a procesarlo.
—¿Estás seguro? —me preguntó.
Asentí. No me salía la voz.
—Si en algún momento quieres parar, paramos. Y no se vuelve a hablar de esto nunca más.
—Vale.
—Ven.
Me tumbé en la cama. Marina se acostó a un lado, Daniela al otro. Empezaron por hacerse cosas entre ellas, despacio, dejándome a mí mirando. Era evidente que no era la primera vez. Se conocían los gestos, los puntos, los ritmos. Yo solo existía como espectador hasta que Marina me cogió la mano y me la llevó al pecho de mi hermana.
—Tócala —dijo—. Lleva años queriendo que la toques.
Daniela cerró los ojos. No me dijo que no. No me dijo nada. Fui yo el que tardó en moverse, el que necesitó tres segundos largos para aceptar que esto estaba pasando de verdad.
Cuando por fin la rocé, mi hermana soltó el aire muy despacio, como si lo hubiera estado conteniendo desde hacía mucho. Marina se incorporó sobre un codo y nos miró a los dos con una sonrisa nueva, distinta a la del salón. Más suave.
—Ya está —dijo, en voz muy baja—. Ya está.
Lo que vino después no tiene mucha importancia en los detalles. Importan los hechos: que mi hermana terminó encima de mí mientras Marina la besaba; que en algún momento las dos se arrodillaron a la vez frente a mí y yo no supe en qué boca mirar; que las dos me pidieron que terminara fuera y yo lo hice; que después nos quedamos los tres tumbados en la cama de mis padres, sin hablar, escuchando el coche de un vecino aparcando en la calle.
—Nadie sabe nada de esto —dijo Daniela al rato, mirando el techo.
—Nadie —repetimos Marina y yo a la vez.
—Y no significa que vaya a volver a pasar.
—Vale —contesté.
Marina se rio bajito.
—Eso lo dices ahora.
***
Han pasado tres meses desde aquella tarde. Mis padres siguen sin enterarse de nada. Marina sigue viniendo a casa los fines de semana, cuando saben que está mi hermana. A veces se quedan las dos a dormir en el cuarto de Daniela y, cuando mis padres ya están durmiendo, alguna de las dos baja a buscarme al salón con un dedo sobre los labios.
No siempre. Solo cuando les apetece. Y siempre con la condición que puso mi hermana aquella primera noche: nadie habla de esto fuera de estas paredes.
Yo no tengo intención de hablar. Solo escribo esto porque hay cosas que, cuando las cuentas a nadie, dejan de ser del todo reales. Y esta no quiero que deje de serlo.