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Relatos Ardientes

Mi suegro me ordenó mirar lo que hacía mi cuñada

El aviso llegó al móvil unos días después de mi propio encuentro con Rafael. Mi suegro había instalado un sistema de cámaras por toda la casa de Camila —el chalé de mi cuñada, el que su marido le regaló por su aniversario— y, según las reglas que él mismo había impuesto, yo debía conectarme cada vez que recibía la orden.

Esa tarde encendí la pantalla y apareció la cocina. Suelos de mármol, encimera blanca, una ventana que daba al jardín trasero. Reconocí el espacio enseguida: había cenado allí muchas veces.

Camila entró acompañada. El hombre que iba con ella era Rafael, otro de nuestros cuñados, marido de Lorena, del que ya hablé en un relato anterior. Ella llevaba un vestido largo, de lino claro, que no parecía nada provocador a primera vista, salvo por la forma en que se le ajustaba a las caderas y le marcaba el trasero al caminar.

—¿Te apetece un café, cuñado? —preguntó ella desde la encimera.

Y, bajando la voz, añadió:

—¿O prefieres otra cosa?

Rafael la miró sin disimular. Tragó saliva antes de responder.

—Creo que prefiero otra cosa.

Caminó hacia ella sin prisa, como si llevara semanas ensayando ese paso. Cuando la alcanzó, le rodeó la cintura con una mano y le pasó la otra por la espalda baja. Se besaron. No fue un beso de cuñados. Fue de los que dejan marca y cómplices.

—Menudo trasero tienes, cuñada —murmuró él contra su boca.

Camila se rio. Rafael fue subiendo el bajo del vestido lentamente, como si quisiera prolongar el momento. La tela ascendió por encima de las rodillas, después por los muslos, y al final dejó al descubierto unas bragas pequeñas, casi transparentes.

—Decididamente, tienes un culo para comérselo —dijo él, acariciándole la piel desnuda.

—Tú sí que estás para comerte, cuñado —respondió ella sin apartarse.

Y yo, al otro lado de la pantalla, sentí la primera punzada en el bajo vientre.

Él cambió la mano de sitio y le subió la tela hasta dejarle los pechos al aire. Camila no llevaba sujetador. Tenía los pechos pequeños, firmes, con los pezones ya endurecidos. Rafael se inclinó y los rodeó con la lengua, primero uno, después el otro. Ella echó la cabeza hacia atrás.

—Me estás tocando todo y yo aún no te he tocado nada —protestó.

Llevó las manos al pecho de él, le subió la camiseta y le pasó las palmas por el abdomen.

—Cómo te cuidas, cuñadito. Se nota que vas al gimnasio.

Bajó hasta el cinturón, lo desabrochó con dos movimientos y, sin sacarle el pantalón, liberó la polla de Rafael. Lo hizo con la naturalidad de quien ya conoce el camino.

—Menudo pollón tienes —dijo riéndose—. Lorena debe de estar muy satisfecha.

Empezó a acariciársela despacio, mirándolo a los ojos. Él aguantó un par de minutos antes de pedirle lo que llevaba pidiéndole con la mirada.

—Cuñada, tengo ganas de comerte el coño. Quítate las bragas.

Ella obedeció sin dejar de sonreír. Las dejó caer al suelo, sobre las baldosas frías. Rafael se agachó y le abrió las piernas. La encimera quedaba demasiado alta para ese ángulo, así que la tomó por la cintura y la subió. Camila quedó sentada con los muslos abiertos. Él se arrodilló entre ellos.

—Qué bien lo comes, cuñado —jadeó ella en cuanto sintió la lengua—. Qué envidia me da Lorena.

La lengua de Rafael trabajaba con una paciencia que yo conocía bien. Él comía coños como otros recitaban poesía: cada centímetro tenía su pausa. Camila empezó a temblar. Los gemidos subieron de volumen. Cerró las piernas alrededor de la cabeza de su cuñado y le tiró del pelo cuando se corrió. Tardó varios segundos en soltarlo.

***

Bajó de la encimera con las rodillas todavía flojas y se arrodilló delante de él. Le metió la polla en la boca como si llevara horas pensándolo. Rafael apoyó las manos en el borde de la encimera y echó la cabeza hacia atrás.

—Quiero follarte ya —dijo él al cabo de un rato—. Y quiero hacerlo aquí, en la cocina.

Ella se levantó, se quitó el vestido del todo, y se inclinó sobre la encimera. Levantó una pierna y apoyó el pie en un taburete de madera. El coño le quedó abierto, brillante.

—Estoy a tu disposición, cuñado —dijo girando la cabeza por encima del hombro.

Rafael la penetró de una sola embestida, desde atrás. Camila gritó. No fue un grito de dolor. Fue de la sorpresa que produce el placer cuando llega más rápido de lo que esperabas.

—¿Follas así con tu mujer? —preguntó ella entre jadeos.

—Con Lorena la cosa es muy monótona —contestó él sin parar de moverse—. Llevaba meses queriendo follar con una mujer como tú.

Yo, frente a la pantalla, ya había perdido la batalla. Tenía una mano dentro de los pantalones y los ojos clavados en el modo en que la espalda de Camila se arqueaba con cada embestida.

—Cógeme en brazos —pidió ella de pronto.

Rafael no se hizo de rogar. Sin sacar la polla, la levantó por los muslos. Ella le rodeó las caderas con las piernas y los brazos por el cuello. Él la sostenía contra su cuerpo y empujaba hacia arriba. Era una postura agotadora. Después de unos minutos, Camila le pidió que la devolviera a la encimera. Él se sentó al lado, los dos apoyados contra los azulejos. Ella se abrió de piernas y él volvió a entrar en una postura casi acrobática.

—Quiero cabalgarte —dijo después.

Se levantó, se colocó encima y bajó el peso lentamente. Empezó a moverse, primero arriba y abajo, después en círculos. El culo le subía y bajaba con un ritmo que no era el de una principiante.

—Mi amor, hacerlo aquí en la cocina es muy salvaje —jadeó al cabo de un rato—, pero los dos estamos un poco cansados. ¿Y si lo seguimos en el sofá?

Lo cogió de la mano y lo condujo al salón. La cámara siguió la escena: la lente principal estaba en el techo, frente al televisor.

Camila lo sentó en el sofá, se arrodilló entre sus piernas y volvió a meterse la polla en la boca. La lengua le subía y bajaba con una técnica que había aprendido en alguna parte. Rafael recuperó la dureza enseguida.

—Bueno, cuñado —dijo ella sacándosela de la boca con un sonido húmedo—, volvamos a la tarea.

Se subió encima y volvió a cabalgarle. Esta vez se notaba la diferencia: el sofá era más cómodo, ella se movía con más libertad, los gemidos eran más profundos. Tuvo dos orgasmos seguidos, uno detrás de otro. Cuando Rafael avisó de que se venía, ella se bajó, se arrodilló y se la metió en la boca a tiempo. Él le sujetó la cabeza con las dos manos. Se corrió en su garganta sin avisar dos veces. Camila no soltó hasta asegurarse de no perder ni una gota.

—Menudo río me has soltado —dijo limpiándose la comisura con el pulgar—. Tienes una polla divina.

Volvió a metérsela en la boca, esta vez para limpiar los restos con la lengua. Y, una vez limpia, no la soltó. Siguió chupándosela mientras él recuperaba el aliento.

—Cuñadita, eres una folladora excepcional —dijo Rafael—. Tu marido tiene mucha suerte, aunque sea un cornudo. Pero tengo un capricho.

—¿Cuál?

—Quiero metértela por el culo.

Ella se rio fuerte.

—Caramba, cuñado. No te imaginaba de esos gustos. Pero, como soy lo perra que soy, aquí tienes mi culo.

Se puso a cuatro patas sobre el sofá. Rafael se colocó detrás. La penetró despacio, sin prisa. Camila gimió con una intensidad nueva. Tuvo varios orgasmos antes de que él se corriera dentro.

La pantalla se cortó de golpe.

***

El siguiente aviso llegó tres días después. Esta vez la cámara me llevó al jardín. La piscina del chalé de mis suegros, la que rodea el césped recién cortado. Camila estaba tumbada en una hamaca, con un biquini diminuto, tomando el sol. Sus caderas tenían marcas blancas donde la tela había detenido el bronceado.

Llegó un hombre. Tendría cincuenta y muchos, traje de lino, gafas oscuras. Lo reconocí porque mi suegro lo había mencionado dos o tres veces durante una cena: era Andrés, uno de sus contactos comerciales más importantes. Mi suegro lo había llamado «la pieza clave» del último contrato.

—Andrés —dijo Camila sin levantarse—, sabes que eres un socio fundamental para nosotros. Queremos que te sientas muy a gusto.

Bajó la voz un par de tonos.

—Cualquier cosa que te apetezca, solo tienes que pedirla por esa boquita.

Andrés se puso nervioso. Se aflojó el cuello de la camisa. No dijo nada, pero su silencio era más elocuente que cualquier respuesta.

—Creo que sé lo que te apetece —dijo ella—. Y te lo voy a dar.

Se levantó de la hamaca, se acercó a él y, antes de que él pudiera reaccionar, se arrodilló sobre el césped. Le bajó la cremallera, le sacó la polla y se la metió en la boca con la misma facilidad con la que se había arrodillado. Andrés gimió. Le costó unos segundos volver a hablar.

—Qué bien la chupas —dijo apoyando una mano en su nuca—. Ni mi secretaria lo hace tan bien.

Camila se separó un momento, sonrió, y volvió al trabajo. Después de un rato preguntó, sin sacársela del todo:

—¿Tu secretaria te la chupa o te hace algo más?

—Me hace de todo —contestó él.

—Pues yo también.

Se levantó, se desató la parte superior del biquini y la dejó caer en el césped. Después, sin teatro, se quitó la parte de abajo. Volvió a la hamaca, se tumbó y abrió las piernas. La luz del mediodía le pegaba directa en el cuerpo.

—Soy toda tuya —dijo.

Andrés dejó caer el bañador y se acercó. Tenía la polla más dura de lo que su edad sugería. La penetró sin avisar.

—Qué suerte tiene tu secretaria —jadeó Camila—, que disfruta de este pollón y encima la pagan.

Él se rio sin parar de moverse. La hamaca crujía. El sol pegaba contra el respaldo. Los gemidos de mi cuñada flotaban por el jardín como si no le importara que nadie los oyera. Después de un buen rato, ella le pidió cambio de postura. Él se sentó, ella se subió encima. Le ofreció los pechos. Andrés se los chupó y los apretó con las dos manos.

Camila se corrió tres veces seguidas. La cara se le contraía cada vez de un modo distinto. Cuando Andrés avisó, ella se bajó, se arrodilló frente a él y le acarició la polla con las dos manos hasta que un chorro espeso le aterrizó en la mejilla. Lo recibió con los ojos cerrados y la boca abierta.

***

Estuvieron descansando un rato sobre la misma hamaca. Andrés volvió a acariciarle los pechos.

—Me encantan tus tetas.

—Son pequeñitas.

—Pero preciosas.

—¿Tienes ganas de seguir?

Él hizo un gesto con la cabeza. Camila bajó la mano hasta su polla, la masajeó hasta despertarla y se la volvió a meter en la boca. Yo, al otro lado de la pantalla, no había sacado los dedos del coño desde la primera mamada.

Andrés, con la polla ya dura, le metió un dedo entre las piernas mientras ella seguía chupando.

—Sabes cómo dar gusto a una mujer —dijo Camila levantando la cabeza—. Tu secretaria tiene mucha suerte.

—Ya está en forma —respondió él—. Creo que toca otra visita a tu coño.

La tumbó otra vez, la abrió, y volvió a entrar. Esta vez ella gimió más fuerte. Él se inclinó sobre su cuerpo y le susurró al oído:

—No creo que Vicente sepa la clase de nuera tan puta que tiene. Si lo supiera, no la usaría para hacer negocios.

Camila sonrió sin abrir los ojos. Se corrió otra vez. Y otra. Andrés siguió moviéndose hasta que se le ocurrió la última idea.

—Me encantaría metértela por el culo.

—¿Eso también se lo haces a tu secretaria?

—Por supuesto.

—Pues yo no voy a ser menos.

Se dobló sobre la hamaca, levantó las caderas y le ofreció el culo en pompa. Andrés no lo dudó. La penetró por detrás de un solo golpe. Mi cuñada, lejos de retroceder, empujó hacia él. Estaba acostumbrada. Se le notaba en cada movimiento.

Después de un rato ella le pidió que cambiaran. Él se sentó. Camila se subió y bajó el peso despacio hasta que la polla volvió a entrar, esta vez por el agujero trasero. Lo cabalgó con la misma técnica con la que había cabalgado a Rafael en el sofá tres días antes.

—Tienes un culo fantástico para follárselo —dijo Andrés.

—Gracias, mi amor —contestó ella sin parar de moverse—. Será tuyo siempre que te apetezca. Mientras seas fiel a las empresas de mi familia, claro.

Sonrió mientras lo decía. Lo dijo como quien firma un contrato.

Él se vino unos minutos más tarde. La pantalla se apagó al instante. La cámara, supuse, había cumplido con la grabación que mi suegro necesitaba.

Yo me quedé sentada en mi salón, con los dedos pegajosos y una pregunta dándome vueltas: cuándo me iba a tocar a mí esa cámara, y para qué socio.

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Comentarios (5)

Nico_Baires

No me esperaba ese arranque, me dejó con la boca abierta. Tremendo relato.

Lorena_Baires

Necesito la segunda parte urgente!! se cortó justo cuando mas enganchada estaba jaja

SombrasEnRed

La tension desde el principio es bárbara. Muy bien logrado todo.

Playero77

Que situacion tan cargada... y tan bien narrada. Me gusto mucho.

BeatrizP

Muy buen relato, se nota que sabes escribir. La tension familiar es lo que mas me gustó. Seguí!

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