Mi padre no resistió cuarenta días sin tenerme
Hola otra vez, lectores. Después de aquel descanso largo que terminó a inicios de junio, regresé a mis dos vidas con energía renovada y un cansancio dulce todavía colgándome de las piernas. Ya saben cómo son las cosas conmigo: por la mañana asesoro empresas y por la tarde recibo a mis caballeros de siempre. Dos profesiones, una sola yo.
Apenas pisé la ciudad, mi agenda se llenó. Mis clientes habituales habían reservado horas como si yo fuera médica de turno, y entre cita y cita apenas me quedaba aire para almorzar. Pero hay compromisos que no pasan por la agenda formal, y de esos vengo a contarles hoy.
Primero, una novedad. Estoy intentando seducir a Lucía, mi amiga de la facultad, la más liberal de las dos con las que viajé a Piriápolis aquel fin de semana de chicas. La vi salir de la ducha sin querer, una mañana, y algo se me prendió por dentro que no he podido apagar. Recordé lo que viví con Renata el año pasado y me dije que no quería quedarme con las ganas otra vez.
—Vení a tomar un té un día de estos, conocé la oficina nueva —le dije apenas regresamos.
Bruno, mi marido, lo sabe. Lo conversamos una noche y soltó una risa cómplice antes de decirme que, si la cosa avanzaba, él podía sumarse o desaparecer, lo que yo prefiriera. Y si la pareja entera quiere intercambio, tampoco me niego, me dijo guiñándome un ojo.
Vamos despacio. Un beso un poco más cerca de la comisura, una mano que se queda dos segundos de más sobre la suya, una conversación que se vuelve confidencia. Lucía no se incomoda. Lucía se ríe, baja la voz y me sigue el hilo. Les aviso si avanzo, aunque seguro avanzo.
***
La segunda novedad nació en un almuerzo con Bruno, el último sábado de mis vacaciones. Estábamos en una mesa de la rambla de Pocitos, con el río delante y las copas medio vacías, repasando este último año y medio desde que asumí la otra vida.
—¿Qué te falta? —me preguntó—. ¿Qué fantasía no me has contado todavía?
Lo pensé un segundo. Después me solté.
—Quiero que me entregues. No al azar, no por dinero. Quiero que elijas a alguien, lo invites a casa o a la oficina, le digas con todas las letras que vas a entregármelo y me prepares para él. Quiero que mires todo sin meterte. Como una ceremonia.
—¿Como cuando manejaste tú lo de Federico? —preguntó él, refiriéndose al primer cliente que conseguí sola, antes de que entendiéramos del todo cómo iba a funcionar este arreglo.
—Igual, pero al revés. Esta vez yo no decido nada.
Bruno se pasó la mano por el mentón. La servilleta se le había caído al regazo.
—No te imaginás cómo me la pones cuando hablás así. Si me paro ahora, te muestro al salón entero.
—¿Es un sí?
—Es un sí. ¿Algún tipo de hombre en mente?
—Mayor, serio, discreto. Como cualquiera de mis clientes, pero sin tarifa de por medio. Que parezca casualidad, que él no sepa lo otro. Y, si fueran dos, tampoco me ofendo.
—A mí tampoco —dijo, y levantó la copa.
Brindamos por encontrarlo. Llevamos varias semanas en la búsqueda, y aunque ha sido más complicado de lo que imaginaba, ya tengo dos candidatos perfilados. Pero esa historia se las debo para más adelante.
***
Lo que sí quiero contarles ahora es el reencuentro con papá. El pobre llevaba alrededor de cuarenta días sin tocarme. Cuarenta. Me había visto, claro: pasaba a saludarlo con mamá, ellos venían a casa los domingos, hacíamos asados. Pero yo había decidido que las vacaciones eran vacaciones. Él me lo pedía de mil formas, con la mirada, con frases entredichas, con un abrazo que duraba un segundo más de la cuenta. Yo me reía y le acariciaba la mejilla.
—Después, papi. Después.
El «después» llegó un martes de junio. Le inventó a mamá una mentira de las que ya tenemos repertorio: pasaba la mañana en mi casa por unas reparaciones del aire acondicionado. Mamá ni siquiera preguntó. Confía en él como una mujer que lleva treinta y cinco años de casada confía en el marido que cree conocer.
Yo también lo extrañaba. No me voy a hacer la digna. Lo que pasa con papá no se parece a nada de lo que vivo con mis clientes. Es otra clase de calor, una mezcla de complicidad, de prohibición y de un cariño viejo que no se puede explicar. Que te coja tu padre es algo muy, muy especial. Lo digo sin culpa.
Me vestí pensando en él. Stilettos negros, medias negras hasta el muslo con liguero alto, una minifalda plisada negra tan corta que cualquiera podía verme las cintas del liguero al sentarme; y un crop top rojo que dejaba todo el ombligo al aire. Sin nada debajo, salvo el liguero. Al cuello, un collar largo de perlas de fantasía, dos vueltas, que me caía hasta la mitad del busto. Hacía un frío criminal y a mí no me importaba.
Salí al jardín a abrir el portón cuando lo escuché tocar bocina. Bajó del auto, cerró la puerta, me miró de arriba abajo y se rio.
—Estás loca.
—Estoy bien.
Lo besé en la entrada, colgada de su cuello, sin importarme si pasaba alguien por la vereda. Si alguien pasó, vio una hija besando a su padre en los labios, durante varios segundos, en plena calle. No me preocupó. Hace tiempo dejó de preocuparme.
Adentro le serví un café corto. Eran las ocho y media de la mañana. Conversamos un rato, sentados a la mesada de la cocina. Me contó que una amiga de mamá me había visto el mes pasado almorzando con Damián y dos de sus gerentes, y que se le ocurrió comentárselo a mamá con sospecha. Algo del beso de despedida en la mejilla le había parecido a esa señora más íntimo de la cuenta.
—¿Y mamá?
—Le expliqué. Le dije que eran clientes importantes de la consultoría, que el beso latino es habitual, que no había nada raro.
—¿Te creyó?
—Le pareció bien.
—Menos mal. ¿Cómo va a besarme un cliente en los labios delante de medio restaurante? —solté, y los dos nos reímos con una risa que sabía mucho de mentiras.
Cuando terminó el café, papá fue al baño a enjuagarse la boca. Aproveché para sacarme el top y tirarme boca abajo en la cama, con la minifalda todavía puesta, las medias enmarcando todo lo demás. Quería que entrara al cuarto y se le doblaran las rodillas.
Entró en boxers. Funcionó.
Se sentó en el borde de la cama, me besó la nuca, la espalda, las piernas. Adoro que me besen con las medias puestas. La saliva queda en la tela, se enfría, y eso me eriza la piel como pocas cosas. Subió los labios despacio, mordió mis nalgas, deslizó la falda hasta la cintura y me encontró sin nada más.
—Te extrañé, hija.
—Yo también, papi.
Sentí su lengua donde no esperaba que la sintiera tan rápido, y me arqueé. La saliva corrió hacia delante. Mis piernas no temblaban todavía, pero pronto iban a temblar. Me di vuelta, me puse de pie frente a él, me bajé la falda al piso y dejé que me mirara entera, con stilettos, medias y collar. Él se quitó el boxer.
La tenía durísima. La piel del prepucio le cubría la mitad del glande, una gota brillante asomaba por la punta. Cuarenta días. Era evidente que, si me la metía así, terminaba en treinta segundos.
—Esperá —le dije—. Sentate.
Se sentó. Yo me arrodillé entre sus piernas. Le tomé la cintura con las dos manos, le apoyé la boca en la cabeza sin correrle la piel, le di un beso suave.
—Cami —murmuró. Es como me dice cuando no le salen otras palabras.
Lo miré a los ojos. Le lamí los testículos lento, volví a la cabeza, dos lengüetazos para correr el prepucio, y entonces lo dejé entrar en mi boca. La lengua trabajó el glande hasta dejarlo descubierto, brillante. Sin soltarle la mirada, retiré la boca y le pasé la lengua por el perineo. Un dedo, una saliva. No estoy segura de cuánto duró esa parte. Sé que él gimió como un adolescente y sé que tuve que parar antes de que estallara.
Me alejé. Me incorporé. Giré frente a él para que me viera de costado, las medias arriba, los pezones marcando.
—¿Te sigo gustando, papá?
—Me desesperás. Lo sabés.
—Yo también te deseo. No sé cómo terminamos así, pero me encanta que me cojas.
Le ofrecí los pechos a la boca y él se los chupó como un niño hambriento. Lo empujé contra el colchón y me subí encima. El collar se balanceaba sobre su cara y le tapaba un ojo cada vez que me inclinaba.
—Te la voy a clavar. Acabá tranquilo, hay tiempo de más.
—No aguanto. Vení.
Bajé despacio sobre él. Estaba tan mojada que entró sin esfuerzo, hasta que mi pelvis tocó su pubis y me senté entera. Me moví arriba y abajo, a veces parando para ofrecerle un pezón o para jugar con el collar sobre su barbilla. Él me acariciaba las nalgas, me buscaba el clítoris con el pulgar, intentaba hacerme acabar antes que él. No le dio el tiempo. A los pocos minutos sentí los chorros calientes y abundantes llenándome por dentro, y vi cómo se le contraía la cara y después se le aflojaba en una sonrisa cansada.
—Gracias, hija.
—Qué gusto, papi.
Tenía una idea. Me apoyé en las rodillas, levanté la pelvis, lo dejé salir, y puse la mano en cuenco bajo mi sexo. La leche se escurrió tibia hasta mi palma, espesa de tantos días sin descarga. Lo miré a los ojos sin decir nada. Me llevé la mano a la boca y tragué.
—Mi putita —dijo él, ronco—. Sos mi putita para siempre.
No le contesté. Recogí lo que todavía me caía por el muslo, me lo froté en los pezones y se los di a chupar. Lo hizo con devoción.
***
Quedamos recostados, mirándonos de frente. Le acaricié el pecho velludo, las pequeñas islas de canas, las arrugas que le marcan las comisuras. Su verga descansaba blanda sobre el muslo, gruesa todavía aunque corta, el prepucio de nuevo cubriendo el glande. Restos de semen brillando en la punta. Un padre en reposo después de acabar dentro de su hija. La imagen me sigue pareciendo la cosa más bella y más torcida que conozco.
Se la acaricié hasta que volvió a moverse. Me bajé y se la chupé otra vez, ahora a fondo. Nos pusimos en sesenta y nueve. Su lengua y la mía trabajando en paralelo, las medias deslizándose, el collar enredándose en su pelo. Cuando estuve lista, se trepó sobre mí y me cogió de frente, sin urgencia esta vez. Acabé yo primero, temblando, gimiendo más alto de lo que debería en una casa con vecinos. Él siguió un rato y descargó otros cuatro chorros adentro.
Quedamos pegados, su peso entero sobre mí, la respiración rota.
—¿Sabés qué? —le dije al rato, mientras le chupaba la verga limpia y él jugaba con mi collar entre los pechos—. Con Bruno estamos buscando a alguien para esto que te conté. Una entrega. Que me corteje un poco, que Bruno hable con él, que termine acá y que Bruno mire sin meterse. Es difícil dar con alguien de confianza. ¿Se te ocurre dónde buscar?
Lo pensó un instante.
—Algún señor que cene solo en un buen restaurante. Los que van a esos cócteles que organizan los bancos para colegas tuyos. Tipos con plata, sin parejas a la vista, acostumbrados a la discreción.
—Deportistas no.
—No. Demasiado ruido.
—¿Gimnasio?
—A primera hora o muy tarde. Hay ejecutivos que entrenan a las seis y siete. Si vas vestida como sabés vestirte, no hace falta más que dejarte ver.
—Me gusta la idea. La académica también. Voy a preparar una lista.
Le miré la verga otra vez. Estaba volviendo a despertarse. Le di un beso negro, largo, profundo, y se le puso dura. Era mi turno de ofrecer.
Se acomodó detrás de mí. Yo en cuatro. Una mano mía guiando su pija a mi sexo, todo tan lubricado que no hubo un solo segundo de incomodidad. Empezó a empujar y el pubis le chocaba contra mis nalgas con un ruido de cachetada que me enloquece. Plaf, plaf, plaf. Estuvo así un buen rato. Cuando un pulgar le entró por mi otro agujero y la saliva empezó a caer ahí, supe lo que venía.
—Papá, primero en cuatro, después el culo. ¿Sí?
—Lo que quieras, amor.
Amor. Me derrite. Se la sacó, me escupió el ano otra vez, posicionó la cabeza con la mano y empujó. No hubo resistencia. Solo placer.
—Qué divino, hija. Cómo entró.
En dos minutos el ritmo era frenético. Él la sacaba, escupía y volvía a meterla, una y otra vez. Yo gritaba, perdía el aire, le pedía más. Cuando sintió que ya no aguantaba, se acordó de mi regla —no me acaba en el culo nunca— y se retiró. Me di vuelta, me tendí de espaldas con las medias todavía puestas, y él descargó sobre mi cara los últimos chorros, ya menos abundantes pero igual de calientes. Recuperé con el dedo lo que pude y me lo tragué.
***
Era casi mediodía. Tenía dos clientes a la tarde y el cuerpo me zumbaba todavía. Nos duchamos juntos, nos jabonamos despacio, conversamos de cosas tontas como si recién nos hubiéramos conocido. Antes de que se vistiera, le pedí que me prometiera avisarme si pensaba en alguien para «la sorpresa».
—Te aviso, hija. Pensaré con calma.
Lo acompañé al portón en tanga y nada más. Las tetas al aire, los stilettos enterrándose en el pasto, muerta de frío. Sé que verme así lo deja con la cabeza encendida hasta la noche. Él abrió y cerró el portón del muro, me dio un último beso en la boca, y se fue manejando despacio.
Quedaba, todavía, mi suegro. Con él tampoco había estado desde antes de las vacaciones, y yo seguía empeñada en completar la colección de manchas de semen de los hombres de la familia en mi vestido de novia. Pero esa cita iba a tener que esperar unos días más. Otra prioridad apareció en el medio, una que ni Bruno ni yo vimos venir.
De eso les cuento la próxima.