La tormenta que me dejó sola con mi padre
Hay confesiones que se quedan dentro y nunca encuentran la salida. Esta es la mía, la que jamás le conté a las chicas del grupo aunque cada miércoles nos juntáramos a contarnos cosas que nadie debería saber. Conté un beso con un primo. Conté un trío con dos compañeros del taller. Conté hasta lo del profesor de literatura. Pero esto no. Esto es solo mío y de él.
Tenía diecinueve años aquella primavera. Vivíamos en una casa baja a las afueras de Mendoza, con un patio largo y un techo de chapa que retumbaba cuando llovía fuerte. Mi madre acababa de irse a cuidar a la abuela, que se había agarrado una bronquitis fea y no quería dejar su casa por nada del mundo. Le dije a mamá que no se preocupara, que yo me arreglaba con papá. Y ella se fue tranquila.
Mi padre se llamaba Esteban, y era el hombre más serio que conocí. De esos que no levantan la voz y, por lo mismo, imponen el doble. Las chicas en el club siempre me decían que tenía suerte de un padre así, alto, espalda ancha, una sonrisa que aparecía cada tres semanas y se iba enseguida. Yo me reía y cambiaba de tema. Una hija no piensa en su padre de esa manera. No debería.
La primera noche sin mamá empezó a llover a las nueve. A las once era una tormenta. El viento entraba por los marcos viejos y silbaba en los pasillos. Cené sola en la cocina, lavé los dos platos y subí a mi habitación a leer. Pero los truenos me ponían los nervios en la garganta. A las dos de la mañana, todavía despierta, hice lo que hacía de chica cuando se cortaba la luz: agarré la almohada y me fui al cuarto matrimonial.
Mi padre dormía boca arriba, respirando despacio. Me acosté del lado de mamá, le di la espalda y cerré los ojos. Su olor estaba en las sábanas. Me dormí enseguida.
Desperté a las tres. La cama estaba vacía a mi lado. Por la rendija debajo de la puerta del baño se filtraba una luz tibia, y de la habitación venía el murmullo bajo del televisor. Pensé que se había levantado al baño y se quedó viendo algo para no volver a dormir. Me di vuelta hacia la pantalla, todavía medio dormida.
Lo que vi me terminó de despertar.
En el televisor, una chica más o menos de mi edad cabalgaba a un hombre mucho mayor. La cámara se demoraba en los detalles, en la forma en que ella se acomodaba sobre él, en cómo respiraba con la boca abierta. El hombre tenía algo desproporcionado, algo que en cualquier otra circunstancia me habría hecho cambiar de canal por reflejo. Esa noche no cambié nada. Me quedé mirando.
Empecé a sentir un calor que no era del clima. La tormenta seguía afuera, los truenos seguían lejos, pero adentro yo ya no escuchaba nada de eso. Mi mano fue sola hasta el borde del camisón, y debajo, sin pensarlo demasiado, se quedó. Me mordí los labios para no hacer ruido. Sabía que mi padre estaba a metros de mí, detrás de la puerta del baño, y eso, lejos de frenarme, me hacía respirar más rápido.
La chica de la pantalla bajó por el cuerpo del hombre y empezó a chuparlo. Yo escuché un crujido en el pasillo. Saqué la mano, me cubrí con la sábana hasta el cuello y fingí dormir.
Mi padre entró sin hacer ruido. Lo escuché sentarse en el borde de la cama. No se movió por un rato largo. Después escuché su respiración cambiar. No me animé a abrir los ojos. No quería confirmar nada de lo que estaba imaginando.
—¿Estás despierta? —preguntó al fin, casi sin voz.
No respondí. Esperé. Conté hasta diez. Conté hasta veinte. Y entonces giré la cabeza y lo miré.
Estaba de espaldas a la pantalla, con una toalla cruzada en la cintura. La luz azul del televisor le llegaba al perfil. Tenía los ojos cerrados, como si estuviera tratando de no estar ahí. Me senté en la cama. Él no abrió los ojos.
—Papá —dije, y mi voz sonó completamente distinta a la que yo conocía.
No vuelvas atrás. Si abres la boca otra vez, no vas a poder volver.
Pero mi cuerpo ya estaba decidido. Me arrodillé en el colchón, gateé hasta él y le saqué la toalla con dos dedos. Lo que apareció abajo me hizo dudar un segundo, no por la imagen, sino por lo absurdo de la situación. Era mi padre. Era él.
Lo lamí despacio, primero la punta, después con toda la lengua. No podía abarcarlo entero con la boca, así que bajé y le besé los testículos, le mordí suave la piel del muslo. Él respiró fuerte, una sola vez, como si recién se acordara de que tenía pulmones. Y entonces puso una mano en mi nuca. No empujó. Solo la dejó ahí, pesada, marcando un ritmo que no era pedido sino reconocimiento.
Lo recosté. Me subí encima. Me acomodé sobre él con cuidado, dejando que la humedad fuera abriendo el camino. Me dolió un poco al principio. Después dejó de doler. Y empezó a ser otra cosa, algo que nunca había sentido con ninguno de los chicos con los que estuve. Me moví despacio, me moví más rápido, me incliné hacia adelante para sentirlo más adentro. Cuando acabé, fue un temblor que me empezó en las piernas y me subió hasta los hombros. Me caí encima de él. Lloré sin saber por qué.
Él tampoco habló. Me acarició el pelo. Apagó el televisor con el control sin mirar. Estuvimos así, sin movernos, hasta que afuera dejó de llover.
***
Nos duchamos juntos al amanecer. El baño se llenó de vapor y, antes de cerrar la canilla, le agarré la cara con las dos manos y lo besé como si fuera un novio cualquiera. Él me devolvió el beso. No nos dijimos nada. Las palabras habrían arruinado todo.
Ese día fui a la facultad. En el corrillo del mediodía, las chicas me preguntaron por qué andaba tan callada. Inventé un cólico menstrual. Me reí cuando alguien hizo una broma sobre los profesores de derecho. A las tres miré el reloj. A las cuatro empecé a contar las horas que faltaban para volver a casa. A las seis lo llamé. Le pregunté a qué hora terminaba. Mi voz salió como si estuviera coqueteando con un desconocido en un bar.
—A las nueve estoy en casa —dijo él.
—Te espero con la cena —dije yo.
Cociné algo liviano, una ensalada y unas milanesas al horno. Cuando entró por la puerta, me pasó una mano por la cintura sin saludarme primero, como si fuéramos otra cosa de la que éramos. Comimos sin hablar de lo de la noche. Él dijo solo una frase mientras se servía agua:
—Las energías se gastan. Hay que comer.
Me reí más fuerte de lo que la frase merecía. Me sentí ridícula. Me sentí feliz.
Esa noche fue distinta. La primera vez había sido un accidente vestido de tormenta. Esa noche fue una decisión. Nos duchamos juntos, sin urgencia, con jabón y conversación trivial sobre el día. Después nos metimos en la cama, debajo de la sábana, y empezamos a tocarnos como si tuviéramos toda la vida. Lo monté antes de que se durmiera. Me abrazó por debajo de las costillas para que no me cayera. Acabé dos veces, una atrás de la otra, sin descanso. Él aguantó hasta el final, y cuando terminó dijo mi nombre. Lo dijo bajito. Eso fue lo único que me dijo.
***
Pasaron seis días así. Seis días de llegar de la facultad y mirar la hora. Seis cenas frugales, seis duchas largas, seis noches en la cama matrimonial. Le tomé el cuerpo de memoria: el lunar en el omóplato, la cicatriz vieja en el costado, la forma en que se le tensaban los muslos antes de acabar. Nunca en mi vida me había concentrado tanto en otra persona.
Al séptimo día, mamá llamó a las once de la mañana. La abuela estaba mejor. Quería volver. Le dije que pasaba a buscarla yo misma. Cuando colgué, me senté en el piso de la cocina y me llevé las manos a la cara. No lloré. Pero estuve cerca.
Esa última noche no la pasamos en la cama matrimonial. Mi padre la pasó en el sillón del living, con el televisor en mute. Yo, en mi habitación, con la puerta abierta. No nos tocamos. Hablamos en susurros desde una habitación a la otra, como dos chicos que se quedan despiertos hasta tarde en un campamento.
—Va a haber otros momentos —me dijo en la oscuridad.
—¿Cuándo? —pregunté.
—Cuando se pueda.
***
De eso hace cuatro años. Tengo un novio que se llama Mauricio, que es bueno conmigo y que cocina mejor que yo. Lo quiero. Algún día, si me anima la vida, quizá hasta me case con él. No sospecha nada. No tiene por qué.
Pero cada tanto, cuando mamá viaja por trabajo o cuando hay un fin de semana que coincide con que Mauricio sale con sus amigos, paso por la casa de mis padres. Le aviso a papá con una llamada corta. Llego, ceno con él, me ducho. Y lo extraño antes incluso de irme. Lo extraño cuando estoy con él. Lo extraño cuando no.
Las chicas siguen juntándose los miércoles a contarse cosas que nadie debería saber. Yo sigo yendo. Sigo contando lo del primo, lo de los compañeros del taller, lo del profesor de literatura. Me río con ellas. A veces invento alguna nueva para no quedarme atrás.
Pero esto no lo voy a contar nunca. Esto se queda acá, entre quien esté leyendo y yo que me animé, por una vez en la vida, a escribirlo.