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Relatos Ardientes

Mi prima me esperaba sola y todo cambió esa tarde

Esta es la verdad de lo que pasó con mi prima Aurora, hermana menor de Renata, de quien ya conté algunas cosas tiempo atrás. Crecimos casi como hermanos, porque sus padres y los míos vivían a veinte minutos en Querétaro, y mi madre tenía la costumbre de visitarlos cada fin de semana. La casa de mis tíos era una construcción de tres pisos: en la planta baja una ferretería, arriba el hogar y, en la azotea, el patio de servicio, un baño y un cuarto pequeño para la empleada doméstica.

Aurora siempre fue alta para su edad. Delgada, de caderas anchas y un cuerpo que empezó a llamar la atención antes de que cumpliera los diecisiete. Yo le llevaba un año y medio menos, así que cuando ella tenía diecinueve, yo apenas había soplado las velas de los dieciocho. Recuerdo que la espiaba cuando se cambiaba, o cuando salía del baño envuelta en la toalla. Sus pechos firmes, las nalgas redondas como las de Renata, los muslos largos. Esa tarde concreta no tenía idea de que iba a quedarse grabada en mi memoria por el resto de mi vida.

Llegamos pasadas las cuatro. Mi madre se quedó abajo con mi tía en la ferretería, conversando entre clavos y cintas métricas, y mi tía me pidió un favor: cambiar las válvulas de los inodoros, que llevaban semanas funcionando mal. Me dijo que tocara y que Aurora me abriera, porque Renata había salido con unas amigas.

Toqué dos veces. Ella se asomó por el balcón, me reconoció y bajó descalza por la escalera. Llevaba una falda corta de tela ligera que se le pegaba a los muslos al moverse y un top blanco que dejaba a la vista una franja de piel a la altura del ombligo.

—Pasa, Mateo —me dijo, apartándose para dejarme cruzar—. ¿Y mi mamá?

—Abajo, con la mía. Me mandó a cambiar las válvulas de los baños.

—Ah, eso. Llevan goteando una eternidad.

Empecé por el baño que estaba pegado a su cuarto, el que ella compartía con Renata desde niñas. La pieza estaba mal montada, nada del otro mundo. En menos de tres minutos el flotador funcionaba como debía. Pasé al segundo, el principal, y encontré exactamente lo mismo. Quien hubiera hecho el trabajo no tenía idea de cómo alinear la pieza. Mientras yo trabajaba, Aurora me seguía de habitación en habitación con una curiosidad que disimulaba mal.

—¿Te acuerdas cuando jugábamos a las escondidas con Renata? —me preguntó apoyada en el marco de la puerta.

—Cómo no acordarme. Eran los mejores domingos del año.

—Te metías siempre en los lugares más raros.

—Y tú me encontrabas siempre. ¿Te acuerdas de aquella vez que nos escondimos los dos debajo de la cama del cuarto del fondo, mientras Renata contaba?

Se le subió el color a las mejillas en cuestión de segundos. Bajó la vista al suelo y se mordió el labio antes de contestar.

—Cómo olvidarlo.

—Pues mira —dije, sin levantar los ojos del flotador—, cuando me masturbo, a veces pienso en ese momento. En lo cerca que estaba tu cuerpo del mío y en cómo no me atreví a hacer nada.

Sentí cómo la verga empezaba a despertarse contra la tela del pantalón. Aurora no contestó nada, pero tampoco se fue. Se quedó ahí, mirándome desde el umbral, con una sonrisa que no terminaba de cuajar.

Subí al baño de la azotea, el del cuarto de servicio, y arreglé la última válvula. Cuando bajé, le pedí un vaso de agua. Ella propuso que fuéramos a la cocina y, antes de seguirla, le dije que iba a pasar primero por el baño que estaba al lado.

—Está bien. Yo voy por el refresco —contestó.

Entré, dejé la puerta entornada a propósito y me bajé el cierre. Saqué la verga ya medio dura y empecé a orinar. Por el espejo del lavabo vi pasar a Aurora por el pasillo, vi cómo giró la cabeza y se quedó mirando un segundo de más. No fue un descuido. Fue una mirada larga, deliberada, antes de seguir su camino. Cuando terminé, eché agua, me cerré el pantalón y salí como si no hubiera pasado nada.

Ella estaba apoyada contra el refrigerador, sosteniendo un vaso de coca cola. Me lo extendió sin moverse.

—¿Por qué me miras así? —le pregunté.

—Estaba pensando en aquellas tardes. ¿Tú ya estuviste con alguien, Mateo?

—Con tres chicas. ¿Y tú?

El rojo de las mejillas se le extendió al cuello.

—Cómo se te ocurre.

—Aurora, tienes novio desde hace año y medio. No me digas que no han hecho nada.

—Algunos fajes, nada más. No lo he dejado entrar.

—No te creo.

—Te lo juro.

—Hasta no ver, no creer.

Soltó una risa nerviosa y miró hacia la ventana. Yo ya estaba caliente y ella lo notaba, eso era evidente. Me quedé en silencio un par de segundos antes de hablar otra vez.

—¿Me ayudas a tender una ropa que tengo en la lavadora? —dijo al fin, como si el cambio de tema fuera a apagar lo que se estaba encendiendo.

—Subamos.

***

Subí detrás de ella por la escalera de la azotea. La falda se le levantaba apenas con cada peldaño y dejaba ver un calzón rosa de algodón pegado a las nalgas. Yo iba contando los escalones para no tirármele encima. Cuando llegamos al tendedero, ella sacó la ropa mojada de la lavadora y empezó a colgarla. Yo le iba alcanzando las prendas. Las nubes pasaban sobre nosotros. No había viento.

Le pasé una camiseta y, en lugar de retroceder, me quedé pegado a su espalda. Le rodeé las caderas con las manos y le apreté la verga, ya completamente dura, contra las nalgas.

—Mateo, ¿cómo se te ocurre? Suéltame.

No la solté. Volví a empujar, esta vez más despacio, dejando que ella sintiera la dureza a través de la tela.

—De verdad, nos pueden ver desde el edificio de al lado.

Le aparté el pelo del cuello y le pasé los labios por el lóbulo de la oreja. Le mordí la piel con cuidado y le susurré que llevaba años pensando en eso. Ella no se movió. Repetía que nos podían ver, pero no daba un paso para apartarse. La giré despacio, le tomé la cara y la besé. Aurora abrió la boca al primer roce, como si esperara la orden. Le metí la lengua y ella respondió con la suya, despacio al principio, después con una urgencia que la traicionaba.

Le bajé las manos hasta las nalgas y la pegué contra mí. Le subí la falda con la palma derecha hasta sentir la tela del calzón. Por encima del algodón, le presioné los labios de la vulva con dos dedos. Estaba húmeda. Lo suficiente para mancharme la yema.

—Aquí no, primo —me dijo sin aliento—. Vamos al cuarto del fondo, ahí se escucha si alguien abre la puerta.

—Está bien.

Antes de bajar la escalera le metí dos dedos por debajo del calzón, directo entre los labios, y los moví despacio hasta que ella tuvo que apoyarse en mi hombro para no caerse. Jadeó. Me dijo que estaba mareada, que no entendía qué le estaba pasando. Yo seguí moviendo los dedos un rato más antes de sacárselos y llevarlos a mi boca.

***

El cuarto de servicio era pequeño: una cama angosta contra la pared, una silla, una ventana con la persiana medio bajada. La senté en el borde del colchón y me arrodillé entre sus piernas. Le quité el calzón y se lo guardé en el bolsillo trasero del pantalón, sin que ella alcanzara a protestar. Le abrí los muslos con las dos manos.

—Aurora, qué bien te ves —le dije.

Le besé la cara interna del muslo izquierdo, después el derecho, subiendo poco a poco. Cuando llegué entre sus piernas me quedé un momento mirándola. Tenía los labios pequeños, todavía cerrados, lo que confirmaba lo que me había dicho en la cocina. Le pasé la lengua de abajo arriba, despacio, una sola vez, y ella echó la cabeza hacia atrás contra la pared.

—Mateo, ¿qué me estás haciendo?

—Cállate y déjate.

Empecé a comerla en serio. La lengua entraba y salía mientras los dedos seguían el ritmo. Localicé el clítoris, todavía pequeño, escondido bajo el capuchón, y lo trabajé con la punta de la lengua. La sentí crecer bajo mi boca. Aurora me agarró el pelo con las dos manos y empujó mi cabeza hacia ella. Murmuraba que parara, que no podía más, pero al mismo tiempo me apretaba contra su cuerpo.

—Por favor, primo, no me cojas. Hoy no.

—¿Te gusta o no?

—Claro que me gusta. Pero no me cabe. La tienes muy grande, te vi en el espejo del baño.

—Así que andas de mirona.

—Solo un segundo. Lo juro.

Le seguí dando con la lengua, mordiéndole los labios menores, succionando el clítoris. Habrían pasado cinco minutos cuando la sentí temblar. Las piernas se le cerraron alrededor de mi cabeza por reflejo y se le escapó un quejido largo. El primer orgasmo de su vida, o al menos el primero que no se había dado ella sola. Mojó las sábanas. Yo no dejé de chuparla durante todo el temblor, porque sabía que en ese estado iba a sentir aún más.

Cuando paró, la levanté de la cama. Apenas se tenía en pie. La besé en la boca para que se probara. Ella metió la lengua en busca de su propio sabor.

—Quiero estrenarte —le dije al oído.

—Hoy no.

—Hoy.

—Mateo, no.

Le agarré la mano y se la llevé a la verga, todavía guardada bajo la tela. Le hice cerrar los dedos y sentir la dureza completa. Abrió mucho los ojos.

—Bajemos al cuarto del fondo —le susurré—. Ahí escuchamos la puerta.

***

El cuarto del fondo tenía un sillón viejo de tela verde y una cama de plaza y media. La empujé contra el sillón, me bajé el pantalón y saqué la verga, ya completamente erecta. Aurora la miró con una mezcla de miedo y curiosidad.

—Mateo, esto no me va a caber.

—Claro que sí. Pero ahora abre la boca.

Ella obedeció. Le metí la verga hasta donde le entró, que fue casi la mitad. Se le llenaron los ojos de lágrimas y le bajó saliva por las comisuras. La sostuve por la nuca un momento y después la dejé respirar. Le dije que la lamiera por los lados, despacio, y ella obedeció otra vez. Me trabajó como pudo durante un par de minutos. Aurora era una novata, pero eso era exactamente lo que la hacía irresistible.

Después la subí a la cama, de rodillas, con la cara contra la almohada y las nalgas en alto. Le abrí las posaderas con las dos manos y le pasé la lengua desde el ano hasta la entrada de la vulva. Repetí el recorrido. Mientras tanto, con el pulgar derecho, le acariciaba el clítoris. Aurora bufaba, decía que se iba al cielo, que parara y que no parara. Su cuerpo ya respondía solo.

Yo estaba a punto de ponerme detrás de ella, agarrarla por las caderas y enterrarle la verga sin pedir permiso. Lo iba a hacer. Tenía la mano en su cintura cuando sonó el teléfono.

El timbre nos cortó como un cuchillo. Aurora se incorporó de un salto.

—Déjame contestar. Puede ser mi mamá.

Salió corriendo del cuarto, descalza, ajustándose el top. Era mi tía, en efecto. Le pedía que le bajara unas toallas para mostrarle a una clienta. Le preguntó por qué estaba agitada. Aurora respondió que estábamos colgando ropa en la azotea y que había bajado corriendo a contestar.

Cuando colgó, los dos entendimos lo que acababa de pasar. La urgencia se había roto y no íbamos a recuperarla esa tarde. Aurora me pidió el calzón.

—Devuélvemelo.

—No. Este se queda conmigo. Recuerdo del día.

—Mateo.

—Ponte otro. Nadie va a notarlo.

Fue a su cuarto y tardó cinco minutos. Cuando volvió, ya había escuchado la puerta de la calle: Renata estaba subiendo. Me ajusté el pantalón. Aurora se peinó con los dedos y se acomodó la falda.

—Hoy te me escapaste —le dije pegándome a ella otra vez—. La próxima te voy a dar por los tres lados.

—No, Mateo. Por el culo si quieres, pero no me rompas el himen. La tienes muy grande.

—Ya veremos.

Renata abrió la puerta justo cuando terminábamos de arreglarnos. Saludó, contó algo de las tiendas a las que había ido, no se dio cuenta de nada. Yo me quedé un rato más por las apariencias, conversando con las dos como si las manos no me siguieran oliendo a Aurora.

Cuando me despedí, la abracé al final, y aprovechando que Renata se había metido al baño, le di un beso largo en la boca. Le toqué la entrepierna por encima de la falda y le apreté una nalga.

—A partir de hoy eres mi putita —le susurré—. Avísame cuando estén solas otra vez.

Sonrió. Antes de soltarme, me apretó la verga por encima del pantalón. Bajé la escalera con el calzón rosa todavía guardado en el bolsillo y la cabeza dándome vueltas. Esa noche dormí poco. Lo que pasó la siguiente tarde, ya con Renata fuera de la ciudad, lo cuento en el próximo relato.

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Comentarios (6)

Richi_54

Que relato tan bien contado... se siente la tension desde el principio. quede queriendo mas!

Facundo_b

brutaaal!!! sigan publicando cosas asi

DanteRios77

La tension esta descrita de un modo que te mete adentro. Uno de los mejores de esta categoria que lei en mucho tiempo

CarlosVM

esperando la segunda parte por favor... no nos dejes asi jaja

Celeste_cba

me encanto la forma en que esta narrado, se nota el detalle en cada parte. seguí publicando!

Martincho87

increible. me hizo recordar situaciones de mi propia familia donde uno nunca sabe lo que piensa el otro hasta que pasan estas cosas. muy bueno, de verdad

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