El premio que mi hijo recibiría si era el número uno
A Tobías le agarró fijación por hacerme suya bajo el agua. Se convirtió en nuestro rito de cada semana, algo tan fijo en el calendario que yo ya contaba con duchas larguísimas, un ritual de vapor que duraba más que cualquier película. Allí dentro, en ese cubículo donde el eco devolvía cada respiración, a veces me tomaba dos veces seguidas. La primera era rápida, casi rabiosa, como si quisiera apagar un incendio. La segunda era lenta, hondísima, como si lo encendiera otra vez a propósito.
Me gustaba sentirlo dentro de mí en ese ambiente caliente, la forma en que su cuerpo se deslizaba contra el mío, resbaladizo por el jabón. Me gustaba cómo rugía al terminar, un grito ronco que se perdía en el estruendo del chorro, un sonido de pura posesión. Y yo me sentía poseída del todo, entregada sin reservas.
—¿Qué te pasa, mamá? —me preguntó una vez, con las manos clavadas en mis caderas y el ritmo cada vez más insistente—. Aquí te ponés más… salvaje.
—Es el agua —mentí, aunque no del todo—. Me hace sentir limpia. Y vos me ensuciás de nuevo. Me gusta ese vaivén.
Él sonrió, entendiendo más de lo que yo decía. Me levantó una pierna y me penetró desde un ángulo nuevo, más profundo, que me arrancó un grito. Era mi maestro y mi perdición a la vez. Y en ese vapor todo se sentía verdadero.
Eso sí, los días de mi regla no pasaba nada. Nada de penetración, al menos. La primera vez que me llegó el periodo se lo dije con la misma naturalidad con que se anuncia un día de lluvia.
—Hoy no podemos, cariño.
Tobías frunció el ceño como un nene al que le quitan el juguete favorito.
—¿Pero, mamá? —protestó, con una voz que era casi un berrinche—. ¿Así nomás vamos a dejar de hacerlo?
—Mirá, mi amor —le expliqué, acariciándole la mejilla—, esos días me parece sucio. No me gusta hacerlo así.
No era un malcriado exigiendo su capricho. Era que la rutina le importaba, que la certeza de nuestro placer se había vuelto un ancla en su vida. Así que, viendo su carita de cachorro al que le niegan el hueso, se me ocurrió una salida. Diplomática. Una solución de madre.
—Pero te puedo dar otra cosa —le susurré, mis dedos trazando un camino desde su pecho hasta el borde del pantalón—. Te puedo chupar hasta que se te crucen los ojos.
A él se le encendió la mirada como las farolas de una ciudad que despierta.
—¿En serio, mamá?
—En serio. Ahora sacate ese pantalón y dejame trabajar.
Y así empezó mi nueva especialidad. Con él me volví una experta. Aprendí cada centímetro de él como si fuera mi propio mapa del tesoro. Descubrí que le gustaba la punta de mi lengua justo debajo de la cabeza, y que si apretaba los labios con firmeza al subir y los aflojaba al bajar, gemía de una manera distinta, un sonido grave que era mi sinfonía privada. Aprendí a jugar con el resto, a sostenerlo con la presión exacta, ni tan fuerte que doliera, ni tan suave que se volviera una caricia sosa.
—Ahí, mamá, justo ahí —me guiaba con la voz tensa, mientras mi cabeza se movía en un ritmo hipnótico—. No pares, por favor.
Yo no paraba. Sentía cómo se tensaba, cómo todo su cuerpo se preparaba. Y cuando llegaba el momento me retiraba apenas, para verlo, para recibir mi premio en la boca. Y lo tragaba sin dudar, como si fuera la cosa más natural del mundo.
***
Pero todo lo bueno, como el yogur, tiene fecha de vencimiento. Y nuestro idilio tibio estaba a punto de chocar contra el termómetro de la realidad. Tobías había salvado el año y flotaba entre los primeros de su clase, pero la universidad que quería tenía más filtros que una cafetera suiza. Para que siquiera lo invitaran a rendir el ingreso necesitaba ser el número uno, el rey de la colina. La otra opción, que su padre le ofrecía con sonrisa de zorro, era mandarlo al extranjero a una facultad más fácil. Fácil para él. Para mí, era la antesala del abismo.
Una noche, después de hacer el amor y mientras él se secaba contra mis muslos como una firma invisible, saqué el tema.
—Mi amor, ¿pensaste más en lo que sugirió tu papá?
Él suspiró, su aliento caliente en mi cuello, y me apretó contra su pecho como si quisiera fundir nuestros cuerpos.
—No me quiero ir, mamá. Ni en pedo. Prefiero quedarme acá con vos. Esa universidad es mi única chance, pero es difícil… durísima.
Sentí el peso de su frustración, la misma tensión que le veía en los hombros. Dicen que a los problemas difíciles hay que darles soluciones difíciles. Así que, unos días después, antes de que volviera a la casa de su padre, le tiré el anzuelo. No era cualquier cebo. Era el filete más exclusivo de la carta.
—Tengo una propuesta, Tobías. Un premio. Pero escuchame primero y no me interrumpas.
Él me clavó los ojos como quien espera el número ganador de la lotería.
—Sé que te gusta mi culo —empecé, con la delicadeza de un cirujano—. Siempre jugás con él, lo acariciás, lo tratás como la última reliquia de una civilización perdida. Bueno: si salís primero del año, de toda la clase… vas a tener mi culo para lo que quieras.
A Tobías se le abrió la boca como a un pez recién sacado del agua. Es de esas cosas que todos los hombres desean y muy pocos se animan a pedir. Y él estaba por recibirlo en bandeja de plata.
—¿Para… para todo lo que quiera? —preguntó, con un hilo de voz, entre la incredulidad y el deseo puro.
—Para todo lo que quieras. Para entrar, para gozar, para marcarlo como tuyo. Pero escuchame bien, porque no hay vuelta atrás: solo si salís primero. Si no, no hay nada. Ni conversación, ni un tal vez.
Se incorporó sobre los codos y el colchón se hundió bajo su peso.
—Mamá… —dijo, con la voz quebrada—. Lo que más quiero es quedarme con vos. No puedo vivir sin vos. Ya ni sé quién era antes de esto.
Sus palabras eran bálsamo y veneno. Me confirmaban mi poder sobre él y, al mismo tiempo, me asustaban por la responsabilidad de semejante sentimiento.
—Entonces peleá por lo que más querés —le dije, con una firmeza que me sorprendió a mí misma—. Si ganás, te lo doy. Pero solo el día de tu graduación. Ni un minuto antes. Así lo vas a festejar y lo vas a recordar para siempre. —Le puse un dedo sobre los labios para callar la protesta que ya se le formaba en los ojos—. Y quiero que sepas otra cosa: nunca lo hice así. Ahí soy virgen. Eso no se le da a cualquiera. Vos vas a ser el primero, si triunfás.
Tragó saliva, el sonido audible en el silencio del cuarto. Ahora el premio no era un trofeo: era una consagración, la llave de un templo del que solo él tendría copia.
—Por ahora —seguí, recuperando mi papel de estratega— podés jugar con él como siempre. Pero no me lo pidas para nada más hasta que termines y ganes.
—Lo voy a hacer —dijo, y sonó a juramento—. Por vos. Por nosotros.
—Veremos, mi amor —respondí, con media sonrisa que era mitad desafío, mitad caricia—. Veremos si tenés temple para esto.
***
Los días siguientes fueron de estudio puro y duro. Mi casa, que había sido un nido de susurros, se transformó en una sala de operaciones. Lo veía preocupado de verdad, con un estrés que no le conocía: un nudo perpetuo entre las cejas, una tensión en los hombros que ni mis masajes lograban deshacer. Ahora era yo la que le pedía que parara, que se relajara un rato conmigo.
No sé si era por el premio, por el miedo a que nos separaran o por esa mezcla rara de amor y deber que le había plantado en la cabeza. A veces lo espiaba desde la puerta, encorvado sobre los libros, y me reía sola. Otras veces sentía una punzada en el pecho imaginando mi cama vacía, y el plan se volvía frágil, un castillo de naipes a punto de caer.
Su padre empezó a llamarme para controlar que estuviera en casa. Una vez sonó el teléfono mientras él estaba dentro de mí. Atendí con la voz temblorosa, sintiendo cómo el ritmo de Tobías se volvía más lento, más hondo, casi desafiante.
—¿Todo bien? —preguntó mi marido.
—Sí, sí, todo bien. Estamos… estudiando. Dinámica de fluidos, ¿sabés? —dije, ahogándome con una risa que era más bien un gemido.
Tobías sonrió contra mi cuello y me embistió con más fuerza. Me mordió el hombro para que no gritara cuando colgué.
—¿Viste? Sos una mala actriz, mamá —me susurró después, cuando nos calmamos.
Pero no todo era fuego. A veces, al terminar, quedábamos en silencio con su cabeza apoyada en mi pecho. Yo le acariciaba el pelo espeso y me golpeaba una ola de culpa. Veía su cara de chico, la misma que me miraba con admiración cuando le enseñaba a atarse los cordones. ¿Qué estaba rompiendo en él? ¿Qué estaba rompiendo en mí?
—Tenés miedo, mamá —me dijo una noche, como si me leyera la mente.
Negué con la cabeza, pero se me humedecieron los ojos.
—No mientas. Lo veo en tu cara. ¿Miedo a que nos descubran?
—Más miedo a hacerte daño, Tobías. Esto es un precipicio. Y te estoy empujando adentro.
Él se incorporó y me miró con una seriedad que lo hacía ver diez años mayor.
—Lo único que me dolió fue cuando te fuiste. Lo demás es lo más real que tengo. No hay precipicio. Estamos solo vos y yo.
Y me besó. No fue un beso de lujuria, sino de consuelo. Y en ese beso mis miedos se disolvieron otra vez, ahogados en la certeza de su deseo.
***
Un viernes, mi marido me pidió un favor. Tenía un congreso, una cosa de fin de semana largo.
—¿Podría quedarse Tobías con vos? —me preguntó, la voz tan distante como la luna—. Su hermana se va con la familia del novio.
Se me aceleró el pulso, un galope desbocado en las venas. Tres días. Tres noches enteras. Setenta y dos horas para volvernos mito o ceniza.
—Claro, no hay problema —dije con la voz más tranquila que pude reunir, la de una madre abnegada y no la de una hambrienta.
Cuando colgué, Tobías estaba parado en la puerta de mi cuarto. Había escuchado todo porque yo tenía el altavoz puesto. Me miraba con ese brillo que ya conocía, el de un cazador que olió sangre.
—Tres días, mami —dijo. Y sonrió.
***
El jueves a la tarde, cuando dejó la mochila junto a la puerta, el aire de mi departamento cambió. Se cargó de electricidad, de una promesa no dicha. No eran tres días de estudio. Eran tres días para redefinirnos.
Nos olvidamos de la comida y nos alimentamos de nuestros cuerpos. El sustento ya no era el pan, era su piel salada bajo mi lengua. Hicimos el amor en la ducha, con el agua caliente cayéndonos en la espalda como una lluvia de pecado, y él me levantó una pierna y entró con una facilidad que me asustó y me excitó a la vez.
—¿De quién es tu cuerpo, mamá? —me gruñía, contraído sobre mí, sudando mientras me partía en dos.
—Tuyo… es todo tuyo —balbuceaba, sintiéndome estallar en polvo y estrellas.
—Esto es mío —decía, con la mano cerrada sobre mi cadera, al borde del dolor—. Este culo va a ser mío.
—Va a ser tuyo, todo tuyo… no me dejes, Tobías… no me dejes nunca —le suplicaba.
Hicimos el amor en el piso del living, entre almohadones, con la luz de la ciudad entrando por las ventanas como una película muda que solo nosotros veíamos. Le enseñé a controlar la respiración para durar más, y él me enseñó que yo no tenía límites, que podía pedirme cualquier cosa y se la daría. Me pidió que me sentara sobre su cara y obedecí, sintiendo su lengua donde nunca creí, una profanación tan dulce que casi me hizo creer en algo.
El sábado a la tarde compramos una botella de vino barato. Nos sentamos en el balcón, envueltos en una manta. Me contó sus miedos sobre la facultad y sus ganas de viajar y conocer otros países. Yo le hablé de mi juventud, de los errores que todavía me pesaban. Por primera vez no éramos solo madre e hijo, ni solo amantes: éramos dos personas. Y la conexión que sentí fue más honda y más aterradora que cualquier orgasmo. Porque no era solo deseo. Era amor, un amor tan puro y tan retorcido a la vez que me faltaba el aire.
—Soy tuya, Tobías —le susurré, apoyando la cabeza en su hombro—. De verdad. Antes de que pasara esto, y después, y siempre. Para mí no hay vuelta atrás.
—Tampoco para mí, mamá —respondió, y la voz se le quebró por primera vez.
El domingo a la mañana el sol nos encontró despiertos, explorándonos otra vez. Me pidió algo nuevo: me puso boca abajo, de rodillas, con la cara hundida en la almohada.
—Quiero verte entera, mamá —dijo, con un murmullo ronco.
Y me tomó por las caderas, con un ritmo que se volvió salvaje, primitivo. Mis gemidos quedaban ahogados, mis dedos apretaban las sábanas hasta blanquear los nudillos. Era una entrega total, una renuncia. Y cuando terminó, con un grito que sonó a mi nombre y a una blasfemia, supe que algo se había roto para siempre, y que algo más, hermoso y monstruoso, nacía de las cenizas.
***
El domingo a la tarde, el departamento olía a sexo, a vino barato y a nosotros. Nos movíamos por los espacios como fantasmas, con el cuerpo dolorido pero saciado. Tobías reacomodó la mochila. Yo hice las camas tratando de borrar las pruebas de nuestra batalla, aunque sabía que la memoria de la piel quedaría impregnada en las paredes.
—Quedate tranquilo —le dije mientras me ayudaba a lavar los platos—. Cuando venga tu papá, nada de caras raras. Somos madre e hijo y estuvimos estudiando dinámica de fluidos. Y, creeme, la estudiamos a fondo.
Sonrió con esa picardía que ya conocía como la antesala de una tormenta. Me pasó un dedo húmedo por el cuello, recogiendo una gota de sudor.
—Te dejo con gusto a mí, mamá. Para que no te olvides.
—Como si pudiera —murmuré.
Cuando sonó el timbre, el encanto se rompió. Era mi marido, un hombre hecho de rutina y de plazos, completamente ajeno al terremoto que acababa de sacudir los cimientos de su mundo.
—¿Qué tal el fin de semana? —preguntó desde la puerta.
—Educativo —dije, y la sonrisa se sintió como una máscara de cartón—. Muy productivo. Repasamos hasta la teoría, con ejemplos prácticos y todo.
Tobías me lanzó una mirada por encima del hombro. Una mirada llena de complicidad, de promesa, y de una tristeza compartida: la pena de volver a la jaula después de haber volado juntos.
—Gracias, mamá —dijo en voz alta, pero sus ojos me decían otra cosa.
Después de que se fueron, el departamento se sintió inmenso y frío. El silencio era ensordecedor. En el piso del living, uno de los almohadones tenía una mancha pequeña, casi invisible. La toqué con el dedo: era el último vestigio de nuestro mundo secreto. Levanté el almohadón hacia mi cara e inhalé. Olía a nosotros. Y mi corazón, traicionero y enamorado, solo deseaba una cosa: que volviera pronto.