Mi madre dejó de buscar hombres fuera de casa
Me llamo Adrián, mido casi un metro ochenta y desde los quince paso más tiempo en el gimnasio que en cualquier otro sitio. Soy hijo único y crecí solo con mi madre, así que entre nosotros nunca hubo demasiados secretos. Hasta que aparecieron los que no se pueden contar.
Mi madre se llama Lorena. Es bajita, apenas le llega el pelo a los hombros, y tiene un cuerpo que cuida con una disciplina que yo nunca tuve. Tetas firmes, cintura estrecha, un culo alto y redondo que le levantaba cualquier vaquero. Siempre le gustó lucirse: ropa ajustada, escotes que llamaban la atención en la calle, esa manera de caminar consciente de que la miraban. De joven se quedó embarazada de mí y me crió sola. Por su habitación pasaron varios hombres a lo largo de los años.
De pequeño no le daba importancia. Eran nombres que entraban y salían, caras que olvidaba en una semana. Pero al crecer empecé a incomodarme. No sabría explicar exactamente por qué. Tal vez porque ya no era un niño, tal vez porque empezaba a verla de otra forma y eso me avergonzaba.
Una tarde volví antes de la universidad. Abrí la puerta y la llamé, pero no contestó. Pensé que había salido, así que subí a mi cuarto. Entonces los oí.
Venían de su habitación. Gemidos, dos voces, el sonido inconfundible de una cama que no descansa. Me quedé clavado en el pasillo, con la mochila todavía colgando del hombro.
—Así —la oí decir—, más fuerte, métemela hasta el fondo, sabes cómo me gusta sentirte.
El hombre gruñía a cada embestida, el cabezal golpeaba la pared con un ritmo brutal, y entre golpe y golpe se colaba el chapoteo húmedo de un coño que llevaba rato empapado. Mi madre pedía más, le suplicaba que no parara, que se la clavara entera, y yo me quedé congelado escuchándola como un imbécil.
—Dame esa polla, dámela toda —la oí gemir—, así, hijo de puta, rómpeme.
Después vino un silencio breve, tenso, y luego mi madre soltó un grito largo, agudo, que me atravesó y me dejó una erección incómoda que no tenía dónde meter. Bajé a la cocina sin hacer ruido y me senté a esperar. No tendría que haber escuchado nada de esto.
Un rato más tarde se cerró la puerta principal y se abrió el grifo de la ducha. La conquista de turno ya se había ido. Cuando ella salió del baño envuelta en una toalla y me encontró sentado a la mesa, se quedó pálida.
—No sabía que habías llegado —dijo, ajustándose la toalla.
—Acabo de entrar —mentí, aunque los dos sabíamos que no.
Hablamos. O más bien discutimos. Le dije que no quería más hombres en casa, que merecíamos algo de respeto los dos. Ella me respondió, cortante, que tenía necesidades y que yo no estaba en posición de decirle cómo vivirlas.
—Pues si tanto te molesta —contesté sin pensar—, dime qué necesidades son ésas. A lo mejor las cubro yo.
Lo dije con rabia, casi como una provocación. Ella se quedó mirándome un segundo de más, se levantó y se encerró en su cuarto dando un portazo. La frase quedó flotando en el aire, y ninguno de los dos volvió a mencionarla.
***
La semana siguiente fue helada. No me dirigía la palabra, me esquivaba en los pasillos, comía antes o después que yo. Yo tampoco daba el brazo a torcer. La casa se había convertido en una sucesión de silencios y puertas cerradas.
Un sábado me avisó de que comería con sus amigas y pasaría el día entero fuera. Vi la oportunidad y traje a mi novia, Daniela. Teníamos la casa para nosotros y subimos directos a mi cuarto, hambrientos el uno del otro después de tanto buscar dónde. Le arranqué la ropa en el pasillo, la empujé sobre el colchón y le enterré la cara entre los muslos hasta que empezó a temblarme contra la boca. Después se subió encima, se agarró mi polla con las dos manos y se la metió despacio, empalándose ella misma, dejándome ver cómo se la tragaba entera.
No oí la puerta. No oí los pasos. Daniela me cabalgaba con los pechos rebotándole y yo tenía la boca enterrada en uno de sus pezones, con las dos manos apretándole el culo para clavármela más hondo, cuando de pronto sonó un portazo seco en el marco de la habitación. Levanté la cabeza justo a tiempo para ver la espalda de mi madre alejándose por el pasillo.
Daniela se vistió a toda prisa, incómoda, y se marchó. Yo me quedé un rato sentado en la cama, intentando reunir el valor para enfrentarla. Cuando entré en su cuarto estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados.
—Respeta la casa —me soltó sin girarse.
—¿En serio me dices eso tú? —respondí—. ¿Por qué tú sí puedes follar aquí y yo no?
No tuvo respuesta. O no quiso dármela. Salí dando otro portazo y me encerré, harto de aquella guerra absurda que ninguno sabía cómo terminar.
***
Pasó otra semana de convivencia tirante. Un viernes salí con Daniela y volví tarde, algo mareado y agotado. Subí, me quité la ropa y me quedé en ropa interior, dispuesto a dormir. Estaba apagando la lámpara cuando se abrió la puerta.
Era mi madre. Llevaba una bata de seda oscura y el pelo suelto. Se quedó en el umbral, dudando, antes de hablar.
—Tenemos que hablar, Adrián. No podemos seguir así.
—Pues habla —dije, incorporándome en la cama—. Te escucho.
Se sentó en el borde del colchón. Tardó en arrancar, y cuando lo hizo, su voz sonaba más cansada que enfadada. Me contó que se sentía sola. Que por eso encadenaba una relación fallida tras otra, que los hombres que conocía solo la querían para una noche y que ninguno se quedaba. Que tenía la sensación de no servir para nada serio.
La abracé sin pensarlo, como cuando era niño. Ella se rompió. Lloró contra mi hombro un buen rato, y entre los sollozos me confesó que había estado dándole vueltas a aquella frase mía, la que solté con rabia en la cocina.
—Pensé en lo que dijiste —murmuró, separándose lo justo para mirarme a los ojos—. Que tú podías cubrir lo que necesito. Voy a dejar de buscar hombres fuera, teniéndote a ti en casa.
Me quedé sin aire. Creí que la había entendido mal, pero su mirada no dejaba lugar a dudas. Era una mirada que nunca antes me había dirigido: bajaba a mi pecho, a mi entrepierna, y volvía a subir sin ningún disimulo.
—Si tú quieres —siguió—, lo intentamos. Pero solo si dejas a tu novia. No comparto.
—No sé si vale la pena tirar lo que tengo por esto —dije, con la boca seca.
Una sonrisa lenta le cruzó la cara.
—Entonces deja que te dé una prueba. Para que decidas con criterio.
Se puso de pie y dejó caer la bata. Debajo llevaba un baby doll negro, tan fino que la luz de la lámpara lo atravesaba como si no existiera. Se le marcaban los pezones tiesos empujando la tela, y más abajo, la sombra oscura del coño depilado que no traía nada debajo. Tragué saliva. Toda la lógica que me decía que aquello estaba mal se quedó muy lejos, ahogada por la sangre que me latía en la polla, que ya se había puesto dura contra la sábana sin permiso.
—Acércate —dijo.
***
Me arrodillé frente a ella en la cama y le bajé los tirantes despacio. La tela le resbaló hasta la cintura y le quedaron las tetas al aire, redondas, más llenas de lo que había imaginado, con dos pezones oscuros que se me endurecieron en la punta de la lengua antes incluso de rozarlos. Su piel olía a crema y a algo cálido que reconocía de toda la vida y que de pronto significaba otra cosa. Cerré la boca sobre uno de sus pechos, chupé el pezón entero, lo mordí con cuidado, y ella echó la cabeza hacia atrás con un gemido contenido.
—Así —susurró, hundiéndome los dedos en el pelo—. Más fuerte. Chúpamelas, mi amor, qué bien lo haces.
Le pasé la lengua de un pezón al otro, se los mamé despacio, luego con hambre, hasta dejárselos brillantes y erizados. Bajé una mano entre sus piernas y la encontré ya empapada, el coño abierto, los labios hinchados y calientes esperándome desde hacía más tiempo del que cualquiera de los dos admitiría. Le pasé dos dedos por la raja, arriba y abajo, y ella se abrió más para mí, apoyándose contra mi mano.
—Métemelos —jadeó—. No aguanto vacía.
Le hundí dos dedos hasta los nudillos y empecé a bombeárselos despacio, buscándole el punto por dentro mientras le acariciaba el clítoris hinchado con el pulgar. El coño le apretaba, chorreaba encima de mi palma, hacía un ruido húmedo cada vez que sacaba los dedos y volvía a metérselos. Ella se aferró a mi hombro, jadeando contra mi cuello.
—Más adentro —pidió con la voz quebrada—. Así, justo así. Métemelos hasta el fondo. No pares, cariño, no pares.
La sentí temblar entera. Se me corrió sobre los dedos con un grito ahogado, apretándome la muñeca entre los muslos, y todavía no había terminado de respirar cuando me empujó para que me tumbara.
Me quitó la ropa interior de un tirón. La polla se me salió, dura y palpitando, y ella se quedó mirándomela un segundo con la boca entreabierta. Se relamió, se inclinó sobre mí y me la agarró por la base.
—Mira lo que tenía en casa y no lo sabía —murmuró.
Me lamió despacio, de los huevos a la punta, un pasada larga y caliente que me hizo arquear la espalda. Luego cerró los labios sobre el glande, lo chupó suave, y empezó a bajar hasta tragarme entero. Lo que vino después me dejó sin palabras. Me la mamaba con una técnica que Daniela jamás había tenido, se la sacaba hasta la mitad, la escupía, la volvía a tragar hasta el fondo, me miraba a los ojos con la polla hundida en la garganta. Se me llenaba la boca de gemidos que no podía contener.
—Despacio —le rogué—. Como sigas así no voy a aguantar.
—Déjate llevar —respondió, levantando un momento la cabeza, con los labios brillantes de saliva—. Quiero recuperar todo el tiempo que perdí. Córrete en mi boca si hace falta, tenemos toda la noche.
Me tragó otra vez, ahora más honda, y me acarició los huevos con una mano mientras me masturbaba la base con la otra. Cuando me faltó poco, se apartó de golpe y me apretó la base para cortarme la corrida, sonriendo.
—Todavía no —dijo—. Todavía no.
Me besó largo, profundo, un beso que no tenía nada de maternal, con la boca aún caliente de habérmela chupado, y que borró de un plumazo la última frontera que quedaba en pie. Luego se acomodó sobre mí a horcajadas.
—Métemela, Adrián —dijo contra mis labios—. Quiero sentirte de verdad. Quiero notarte dentro de tu madre.
Me agarró la polla y se la pasó por los labios del coño, empapándome entero con lo que chorreaba de ella. Me la rozó despacio, de arriba abajo, dándose golpecitos en el clítoris con el glande, disfrutando del modo en que se le entrecortaba la respiración.
—Pídemelo —murmuré—. Quiero oírtelo decir.
—Por favor —suplicó, arqueándose hacia mí—. Fóllame, cariño. No aguanto más. Métemela hasta dentro, te necesito ya.
Bajó las caderas de golpe y se empaló ella misma. Entré de un solo empuje, hasta la raíz, y ella ahogó un grito y me clavó las uñas en el pecho. Sentí cómo el coño le latía apretándome, mojado, cerrándose alrededor de mi polla como si no quisiera soltarla.
—Quieta un segundo —jadeó—. Déjame sentirte. Dios, qué grande la tienes, déjame sentirte así.
Me quedé inmóvil, hundido en ella hasta los huevos, hasta que su respiración se acompasó y empezó a moverse encima de mí. Al principio despacio, subiendo y bajando lento para sentirla entera, con las tetas balanceándose delante de mi cara. Se las agarré, se las apreté, le pellizqué los pezones y ella gimió más fuerte, cabalgándome cada vez más rápido. El cuarto se llenó del sonido de nuestras pieles chocando, del chapoteo de su coño empapado tragándome hasta el fondo, de su voz rota diciendo guarradas al oído.
—Qué rico me la metes, hijo —jadeaba—. Mejor que ninguno. Ninguno me la ha metido como tú.
La agarré por la cintura, la volteé y la puse debajo. Le abrí las piernas, me la eché a los hombros y se la clavé de nuevo, ahora yo marcando el ritmo, embistiéndola fuerte, viendo cómo mi polla salía y entraba brillando de sus jugos. Ella se aferraba a las sábanas, con la boca abierta, gritándome que no parara, que le rompiera el coño, que se lo dejara destrozado.
—Ponme a cuatro patas —me pidió después, sin aire—. Quiero que me la metas por detrás.
La puse en pandero sobre el colchón, con el culo alto y la espalda arqueada, y le entré por detrás de una sola estocada. Le agarré las caderas y empecé a cogérmela así, brutal, mi pelvis chocando contra sus nalgas, oyéndola gemir contra la almohada. Le di un azote en el culo y ella empujó hacia atrás pidiendo más. Le di otro. Le agarré el pelo con una mano, tiré despacio, y ella me miró por encima del hombro con los ojos vidriosos de placer.
—Así, mi vida —jadeaba—, hazle a tu madre lo que le hacías a esa niñata.
***
No sé cuánto duró. Perdí la noción del tiempo entre embestidas, cambios de postura y su voz repitiéndome al oído lo que necesitaba. Volví a ponerla boca arriba, le puse las piernas sobre mis hombros y se la clavé hasta doblarla en dos. Cuando sentí que llegaba al límite, intenté apartarme.
—Me corro —avisé, con los dientes apretados.
Ella me apretó contra sí con las dos manos en mi culo, cerró las piernas alrededor de mi cintura y no me dejó escapar.
—Dentro —dijo, mirándome a los ojos—. Dentro, Adrián. Quiero sentirlo dentro. Lléname entera.
—No traigo nada —protesté a medias, ya sin fuerzas para pararlo.
—No me importa. Llena a tu madre, cariño. Córrete dentro de mí.
Fue suficiente. Solté un gruñido, empujé hasta el fondo y me vacié en ella a chorros, sintiendo cómo cada disparo me sacudía entero mientras su coño se cerraba a apretones sobre mi polla. Ella se corrió a la vez, arqueándose, clavándome las uñas en la espalda, gritando contra mi boca. Nos quedamos así un rato largo, mi polla todavía dura y hundida, la corrida chorreándole por la raja y manchando la sábana. Caímos uno sobre el otro, sin aire, con el corazón desbocado. Ella me besó la frente y sonrió.
—¿Ahora sí te parece que valgo la pena? —preguntó.
—Mañana mismo dejo a Daniela —respondí, y lo dije en serio.
***
Dormí en su cama esa noche y muchas otras. A la mañana siguiente me despertó con la boca alrededor de mi polla, mamándomela despacito hasta ponerla dura, y me hizo correrme en su lengua antes de levantarnos. Desayunamos juntos sin prisa, como si lleváramos años haciéndolo, ella desnuda de cintura para arriba y yo con la marca de sus uñas todavía en la espalda. Sobre la mesa de la cocina pactamos las reglas: fuera de casa seríamos madre e hijo y nada más; dentro, otra cosa que no tenía nombre. Yo cumplí mi parte y corté con mi novia ese mismo día.
Lorena trabaja como maestra por las mañanas y vuelve a mediodía a preparar la comida. Yo regresaba de la universidad por la tarde, comíamos, y de postre nos pasábamos las horas enredados en la cama o donde nos pillara el deseo. La incliné sobre esa misma mesa de la cocina más veces de las que puedo contar, con la falda subida hasta la cintura y las bragas colgándole de un tobillo, follándomela por detrás mientras los platos del almuerzo aún estaban sin recoger. Me la mamaba en el sofá viendo la tele, me montaba en la ducha con el agua cayéndonos encima, me pedía que me corriera en su cara, en sus tetas, en su culo, en su coño, donde quisiera, siempre que me corriera en ella.
Con el tiempo me confesó que aquella primera noche se le había metido una idea en la cabeza, una que la asustaba y la encendía a partes iguales. Que todavía estaba a tiempo. No hizo falta que insistiera demasiado para convencerme. Decidimos, contra toda razón, dejar que pasara lo que tuviera que pasar, y guardar para siempre el único secreto que de verdad importa en esta casa.