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Relatos Ardientes

Mi hermano no soportó verme con otro esa noche

Bailaba en mitad de la pista, rodeada de mis amigas, con la música retumbándome en el pecho. Noelia se movía a mi lado, restregándose contra un chico al que acababa de conocer, pero no dejaba de mirar de reojo hacia la barra.

—Mi hermano no te quita el ojo de encima —le grité al oído para que me oyera por encima del bajo.

—Buff… —gimió ella, relamiéndose—. El sábado pasado casi me parte en dos en el asiento de atrás de su coche.

Sabía que Noelia estaba colada por él. Se habían liado tres o cuatro veces, encuentros rápidos y calientes que terminaban siempre en el aparcamiento. Yo los había visto volver alguna vez: ella con el rímel corrido y una sonrisa de tonta; él con esa cara de póker que nunca dejaba traslucir nada.

Me movía buscando una chispa que me hiciera sentir viva, rozándome contra cuerpos desconocidos, sintiendo el sudor ajeno pegándose a mi top blanco. Acababa de cumplir diecinueve años y tenía el cuerpo encendido por las hormonas y el vodka barato. Esa noche quería que pasara algo, lo que fuera.

Adrián era ocho años mayor que yo y estaba allí, apoyado en la barra con sus amigos, una cerveza en la mano. Su mirada era un láser. Pero esa noche el láser no apuntaba a Noelia.

Me quemaba a mí.

Un desconocido se me pegó por detrás. Tenía las manos grandes y una barba de varios días que me raspó el cuello cuando me mordió el lóbulo de la oreja. Me giré y le busqué la boca. El beso fue un choque de lenguas con sabor a ginebra y urgencia. Sentí su erección presionando contra mi vientre, dura, insistente.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó al separarse.

—Marina —respondí, olvidándome por completo de mi hermano y de Noelia.

Estuvimos bailando y rozándonos un buen rato. De vez en cuando nos besábamos, como si nos conociéramos de antes.

—Qué buena estás —no paraba de repetirme.

—Tú tampoco estás nada mal —contesté sonriendo.

—Vámonos de aquí —jadeó, metiéndome la mano por debajo de la falda, los dedos rozando el borde de mis bragas—. Los baños están arriba y me tienes a punto de reventar.

Lo seguí con la cabeza dando vueltas, el alcohol bailándome en la sangre y una temeridad estúpida empujándome escaleras arriba. El pasillo de los baños era oscuro y olía a cerrado. Nos metimos en un cubículo mugriento y el pestillo chirrió al cerrarse, sellándonos dentro.

El tipo no perdió el tiempo. Me estampó contra la pared de azulejos fríos, su cuerpo presionando el mío con una urgencia que me encendió a pesar de todo. Me subió el top de un tirón y empezó a comerme los pechos, la boca caliente y húmeda recorriendo mis pezones, mordisqueándolos con una avidez que me arrancó un gemido ahogado.

Bajé las manos hasta su entrepierna y palpé el bulto que tensaba sus pantalones. Estaba duro, palpitando bajo mi palma. Me levantó la falda hasta la cintura y me bajó las bragas de un tirón seco, rompiendo el encaje del lateral con un sonido que se perdió en la música de fuera. Sentí el frío del azulejo en las nalgas desnudas y el calor de su mano apretándome el pecho, casi con brutalidad, mientras la otra buscaba mi humedad con torpeza y desesperación.

Estaba a punto de sacársela. Mi respiración era un jadeo constante cuando la puerta del baño principal reventó contra la pared con un estruendo que me heló la sangre.

—¡Marina! —El rugido de Adrián silenció hasta los latidos de mi corazón.

Apareció como una sombra furiosa. Agarró al tipo del cuello de la camisa y lo lanzó fuera del cubículo como si fuera un saco.

—¡¿Qué coño haces, Adrián?! ¡Lárgate! —grité, intentando cubrirme los pechos y bajarme la falda, con la humillación quemándome la garganta.

—¿Esto es lo que quieres? —escupió, los ojos inyectados en sangre, la mandíbula tan tensa que parecía a punto de partirse—. ¿Que te la metan contra la pared de un baño cualquier desgraciado de discoteca? Das pena, Marina.

—¡Vete a la mierda! —le chillé, empujándolo—. ¡Tú te tiras a mis amigas en el coche y nadie te dice nada!

—¡Es distinto! —rugió, estampando el puño contra la puerta—. No sabía que fueras así.

El tío, viendo que la cosa se ponía fea, intentó hacerse el valiente.

—Eh, tranquilo, colega, solo nos estábamos divirtiendo.

Adrián lo cortó en seco. Lo agarró de la solapa con una mano y lo empotró contra la pared opuesta.

—Como vuelvas a tocar a mi hermana, te juro que te parto. Fuera de aquí. Ahora.

El chico no se lo pensó dos veces. Salió corriendo del baño subiéndose los pantalones, dejándome sola con mi hermano. Con ese hombre que me miraba con una mezcla de asco y dolor que me revolvía las tripas.

—No vuelvas a hablarme así en tu vida —le dije; me temblaba la voz, pero no de miedo, de pura rabia—. No eres nadie para juzgarme. Vete.

Él no dijo nada. Me sostuvo la mirada un segundo más, una mirada cargada de algo posesivo que me erizó la piel. Bajó los ojos hasta mis bragas rotas, abandonadas en el suelo, y se dio la vuelta. Lo oí marcharse de la discoteca.

Volví a la pista, pero ya nada era igual. La música me irritaba, el olor de la gente me daba asco. El tío de antes se acercó otra vez, con una sonrisa de suficiencia.

—Parece que tu hermanito se ha ido con el rabo entre las piernas —me susurró al oído, la mano rozándome la cadera de nuevo.

Lo aparté de un empujón con una fuerza que no sabía que tenía.

—Quita —le ladré, sin esconder el desprecio—. Déjame en paz.

—Vaya —escupió, la cara torciéndosele en una mueca—. Primero me calientas y luego nada. Eres una calientapollas.

No le contesté. Cogí mi bolso, me despedí de mis amigas con una excusa y pedí un taxi. Durante todo el camino a casa no pude pensar en otra cosa que en la cara de Adrián al abrir esa puerta. En cómo me había mirado.

***

Llegué a casa casi dos horas después. Todo estaba en silencio, sumido en una oscuridad espesa. Subí las escaleras intentando no hacer ruido, pero al abrir la puerta de mi habitación me quedé helada.

Adrián estaba sentado en mi cama, a oscuras. Solo la luz de la luna que entraba por la ventana perfilaba su silueta, una silueta que conocía demasiado bien.

—Pensé que tardarías más —dijo con la voz ronca, una voz que casi no reconocí.

—¿Qué haces aquí? Sal de mi cuarto.

Se levantó despacio. Se acercó a mí hasta que pude oler su perfume, ese aroma que siempre me había dado seguridad y que ahora me ponía los pelos de punta. Estábamos tan cerca que sentía el calor de su cuerpo.

—Perdóname —susurró, su aliento acariciándome la mejilla—. Lo que dije en el baño… no quería decirlo. Me volví loco. No podía soportar verlo tocarte. No podía soportar que cualquiera pudiera tenerte así.

—Me dijiste que daba pena, Adrián.

—Lo sé. Soy un imbécil. Pero es que no lo entiendes… —se pasó una mano por el pelo, desesperado—. Llevo años fingiendo que solo eres mi hermana pequeña. Intento espantarte a otros tíos porque no aguanto la idea de que te miren como te miro yo.

El silencio se volvió asfixiante.

—¿Y cómo me miras, Adrián? —pregunté, y mi voz no fue más que un susurro quebrado que se perdió en la penumbra de mi habitación.

No contestó con palabras. Dio un paso más, invadiendo mi espacio, y me puso una mano en la mejilla. Su pulgar, áspero y cálido, recorrió mi labio inferior con una suavidad que me dolió más que sus insultos en la discoteca. Entonces me besó.

No fue el beso torpe y baboso del desconocido del baño. Este sabía a años de deseo contenido, a secreto, a una urgencia que me aflojó las rodillas. Sus labios me reclamaban con hambre, devorándome. Me dejé caer sobre la cama y él me siguió, cubriendo mi cuerpo con el suyo, pesando sobre mí como una losa de fuego.

—No sabes cuánto tiempo llevo queriendo esto —jadeó contra mi oreja, su respiración erizándome el vello de la nuca.

Esas manos que me habían cuidado y protegido desde niña ahora me desnudaban con una urgencia febril. Me liberó del top y mis pechos quedaron al aire. Adrián se detuvo un segundo, devorándome con los ojos.

—Joder, Marina… cuánto he soñado con esto —gruñó antes de lanzarse sobre ellos—. No sabes las veces que me he tocado pensando en ti.

Empezó a comérmelos con una voracidad casi animal, alternando lametones lentos con mordiscos suaves que me hacían arquear la espalda. Sentía su lengua caliente rodeando mis pezones, tirando de ellos hasta dejarlos duros. Gemí, hundiendo los dedos en su pelo castaño, empujándolo más contra mí. Me quedé desnuda bajo él, expuesta a su mirada oscura, a su deseo desatado.

—¿Te gusto más que Noelia? —pregunté, sintiendo unos celos repentinos de mi amiga—. Ella está loca por ti.

Me miró a los ojos.

—Ella no es nadie. Cuando me acostaba con ella, solo pensaba en ti.

—Prométemelo —dije, apartándolo un segundo—. Dime que te gusto más que ella.

Me mordió el labio.

—Te lo juro, Marina. Nadie me gusta tanto como tú.

Se deshizo de su ropa con movimientos torpes, cegado por las ganas. Cuando los pantalones cayeron, su erección quedó libre, dura y palpitante. Se arrodilló entre mis piernas y me obligó a mirarlo. Estiré la mano, temblando, y lo rodeé con los dedos. Estaba ardiendo, tan firme que parecía a punto de estallar.

—Adrián… —susurré, tragando saliva mientras lo acariciaba—, es demasiado. No sé si voy a poder… me vas a partir.

Soltó una risa ronca, mezcla de orgullo y desesperación.

—Vas a poder, pequeña. Te voy a abrir entera —contestó, agarrándome los muslos y separándolos de par en par.

Bajó la cabeza y empezó a lamerme, explorando mi humedad con la lengua. Yo estaba empapada, mi cuerpo traicionándome por completo, respondiéndole sin que yo pudiera evitarlo.

—Estás ardiendo, Marina. Tan apretada y tan caliente que me vas a volver loco —jadeó, hundiendo un dedo mientras me lamía el clítoris con un ritmo que me hizo temblar.

Ya no aguantaba más. Lo agarré de la nuca y lo atraje hacia arriba, sellando mi respuesta con un beso que sabía a los dos. Adrián se colocó y, sin previo aviso, empujó. Entró de un solo embiste, llenándome por completo. Un gemido agudo, mitad dolor, mitad placer puro, se me escapó de los labios. Sentí cómo me estiraba al límite para albergarlo. Se detuvo un momento, la frente apoyada contra la mía, disfrutando de la resistencia de mi cuerpo.

—Maldita sea… estás estrechísima —susurró entre dientes, las venas de las sienes marcadas—. Casi me corro solo con metértela.

Empezó a moverse, primero con una lentitud tortuosa que me hacía suplicar por más, y luego con una fuerza que hacía golpear el cabecero contra la pared. Teníamos que contenernos para no despertar a nuestros padres, dormidos al otro lado del pasillo, y esa amenaza lo hacía todo más insoportable, más prohibido.

Cada embestida era un choque de carne contra carne, un sonido sucio que me encendía la sangre. Yo gemía su nombre como una oración, con la cara hundida en la almohada para amortiguar el ruido.

—Adrián, Adrián… no pares.

El ritmo aumentó hasta volverse frenético. Mi hermano me embestía con una intensidad que me dejaba sin aliento, los ojos clavados en los míos, marcando algo suyo en cada centímetro de mi piel. La línea entre hermano y amante ardió en ese fuego hasta desaparecer.

—Eres mía, ¿lo entiendes ahora? —preguntó, hundiéndose más hondo—. Solo mía.

—Sí, soy tuya —jadeé, agarrándome a su espalda—, pero no dejes de hacerlo.

Llegué al clímax primero. Un temblor desgarrador me sacudió entera mientras mis músculos se contraían sobre él. Me tapó la boca con la mano para ahogar el grito.

—Calla —susurró contra mi oído—, vas a despertar a toda la casa.

Se vació dentro de mí con una sacudida final que nos dejó a los dos temblando, hundidos en el sudor y en algo parecido a la culpa. Nos quedamos abrazados, los corazones martilleando al unísono en la oscuridad.

—¿Y ahora qué? —susurré, con la voz todavía temblándome por el orgasmo—. ¿Sigo siendo tu hermana pequeña o ya soy otra cosa?

Me estrechó más fuerte contra su pecho sudado.

—Las dos cosas, pequeña —respondió, y volvió a besarme, despacio, como si quisiera grabarse mi boca para siempre.

Dormimos juntos, piel con piel, hasta que faltó media hora para que sonara el despertador de papá. Adrián se levantó en silencio y, antes de salir de mi cuarto, se giró y me dio un último beso. Un beso que supo a promesa, a que aquello iba a repetirse cada noche, en el silencio cómplice de nuestro secreto.

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Comentarios (5)

Rodri_mdp

tremendo relato!!! no me lo esperaba así

CarlosNocturno

Necesito que haya una segunda parte, esto no puede quedar así. Quedé completamente enganchado desde la primera linea

LecturaNocturna_V

La tensión que lograste crear es increible, se siente todo muy real y humano. Muy buena escritura

elpintor2

buenisimo!!

Mariela_Rgs

cuanto tiempo pasó entre los dos hasta que exploró esa situacion? me quedé con ganas de saber mas del contexto

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