Lo que hicimos mi abuela y yo para seguir vivos
Nota: este es un relato de ficción ambientado en el éxodo de civiles por la carretera de la costa durante la Guerra Civil española. Los personajes son inventados; el trasfondo histórico sirve únicamente de ambientación.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? pensó Remedios mientras se subía las bragas manchadas y se estiraba la falda sobre los muslos temblorosos. Una anestesia amarga le recorría las venas. No sentía dolor, ni siquiera asco: solo la humedad pegajosa del miliciano enfriándose entre sus piernas, un hilo espeso de semen que le escurría por la cara interna del muslo y se le metía en el pliegue de la ingle, y la rabia de no tener un dedo de agua limpia con que borrar aquel rastro. Se pasó dos dedos por el coño hinchado y los sacó pringosos, blancos, apestando a hombre. Se los limpió en la tierra con asco. Había sido tan rápido que ni siquiera había llegado a sentirlo del todo: cuatro embestidas torpes contra un olivo, el miliciano jadeando en su cuello como un perro, la polla flaca metiéndose y saliendo a tirones secos hasta que se corrió con un gruñido y le dejó dentro todo lo que traía guardado en semanas de trinchera. Ni siquiera se había bajado del todo las bragas: se las había apartado con un dedo sucio, había escupido en el coño para lubricarlo y se la había clavado sin más ceremonia.
Tenía cuarenta y cuatro años y los cuatro últimos días la habían envejecido diez. Pasó de puntillas por el recuerdo de su marido muerto entre sus brazos, con la cabeza reventada, hacía ya casi dos noches. Pasó igual de deprisa por las amenazas de aquel general que escupía la radio entre una estática que lo devoraba todo. Aquello no había sido prostitución, se dijo: había sido un trueque. Un puñado de patatas a cambio de un rato con un miliciano que apenas levantaba un palmo del suelo de la adolescencia, un mocoso con la verga dura de miedo y de guerra que se había corrido dentro de ella antes de saber siquiera cómo se llamaba.
Se refugió en los recuerdos de menos de un año atrás, cuando todo aquello aún parecía imposible. La casa de los Almendros, las meriendas de chocolate, el olor a cera de iglesia los domingos. Entonces los vecinos empezaron a desaparecer de un día para otro, y nadie preguntaba, y nadie hablaba. Incautaron casas enteras los comités y los sindicatos, el mismo sindicato en el que militaba Eduardo, su Lalo, el químico de la fundición que ahora se pudría en una cuneta.
Bajo el peso del refugio improvisado con mantas que olían a humedad y a miedo, Remedios se abrazó a Pilar. La niña temblaba. No pienses en lo que harán si descubren a una rojilla y a su hija, se ordenó. Tomás, el mayor, de diecinueve años, había salido al mediodía ocultándose entre las rocas, como tantas otras veces, y todavía no había vuelto. Pero siempre volvía.
Dolores, su suegra, había vivido casi toda su vida en los Almendros, pero arrastraba un pasado que le oscurecía la piel. En las fiestas se murmuraba que era calé, una gitana de alguno de los barrios de chabolas que rodeaban la ciudad, o cuando menos una mestiza descastada. Nadie lo sabía con certeza y nadie se atrevía a preguntárselo. Remedios solo sabía una cosa: que podía contar con ella hasta en el peor de los infiernos.
La vieja preparaba en silencio las patatas que había traído su nuera. No había llorado la muerte de su hijo; había guardado el dolor bajo aquella piel morena y se había volcado en mantener vivos a los que quedaban. De vez en cuando miraba las espaldas anchas de Rafael, su otro nieto, montando guardia en una sombra profunda. Ese ya no es un niño, pensaba. Intuía de dónde habían salido las patatas —olía el semen del miliciano en la ropa de su nuera desde tres metros—, pero Dios la perdonaría, porque si no lo hacía, el que merecía la condena era Él.
A Rafael le habían puesto el nombre del abuelo difunto, y se le parecía tanto que Dolores, a sus sesenta y cuatro años, a veces se quedaba mirándolo embobada. Tenía veinte años, era más alto que Tomás y fuerte como un toro de lidia. Le gustaba nadar; en cuanto podía se escapaba al mar, incluso en pleno invierno. Aquella tarde no pensaba en nada: solo vigilaba la caravana de refugiados que se arrastraba hacia el este, a cien metros de él, bajo la sombra vertical de un algarrobo.
Lejos de allí, desandando el camino de la caravana, avanzaba Tomás. Se movía rápido, agazapándose entre las piedras, más torpe de lo que él creía. Un grupo de soldados pasó a pocos metros sin verlo, y él se rió por dentro de aquellas bestias. A doscientos pasos distinguió unos uniformes familiares: una decena de hombres caminando en formación caótica, riéndose y humillando a los refugiados con los que se cruzaban.
—¡Arriba España! —gritó al reconocer la cara del jefe de la Falange—. ¿No vas a saludar a un camarada, Ezequiel?
Los camisas azules apuntaron sus fusiles hacia la voz con una lentitud que habría hecho reír a cualquier soldado de verdad. Tomás alzó las manos por encima de las rocas antes de incorporarse.
—¡No disparéis! —ordenó Ezequiel, y luego sonrió—. Ese hijo de puta es de los nuestros.
Tomás se acercó sin bajar del todo las manos. Habían compartido reuniones clandestinas en la ciudad, pero apenas sabían nada el uno del otro: era más seguro así, por si llegaban las torturas. Ezequiel sabía que Tomás venía de buena familia y que tenía las ideas firmes; Tomás sabía que Ezequiel dirigía la Falange local aunque fuera de un pueblo del sur. Nada más.
—Me alegro de verte, jefe —dijo Tomás, abrazándolo, reconociendo entre los demás más caras conocidas—. Y a vosotros también.
—Estás hecho una mierda, camarada —le soltó uno.
—Cosas de la guerra —contestó él, acordándose del cadáver destrozado de su padre como quien recuerda un daño colateral—. Cosas de la guerra.
La columna siguió avanzando y Tomás los guió de vuelta, ahora sin esconderse, embriagado de aquel poder nuevo. Se cruzaron con algunos rezagados de los que se burlaron antes de que Ezequiel los rematara de un tiro. Cadáveres por todas partes.
—¡Mirad! —dijo Cosme, un veterano, señalando la costa.
Tan cerca que casi podía leerse su nombre, un crucero avanzaba ruidoso siguiendo la misma línea que ellos.
—Vuelve a seguir matando rojos —rió Cosme—. A ver si nos va a dejar a alguno.
***
Faltaba poco para el atardecer cuando, tras compartir el rancho, llegaron a donde la familia de Tomás debía seguir oculta, protegida por aquel centinela de espaldas anchas. Ardía de ganas de presentarlos a sus camaradas; así su madre acabaría perdonándole lo que ella consideraría una traición.
Pero al acercarse al refugio, lo que vio le derrumbó la mente de un solo golpe. Un mercenario bigotudo se alejaba riéndose hacia otros tres, terminando de abrocharse el pantalón, dejando atrás un bulto de ropa en el suelo. La ropa se movía sola. Había alguien dentro.
Era Rafael. Cubierto de sangre, con una herida profunda de bayoneta en el vientre. Su hermano —no, su hermano más fuerte— intentó dedicarle una sonrisa que solo fue una mueca roja. Y cuando Tomás creía que ya no podía romperse más, un disparo seco volvió a dejarle la cabeza en blanco. Rafael quedó inmóvil a sus pies.
—¡Por fin he cazado un rojo! —gritó Cosme, y todos rieron.
Tomás también rió. Fue un reflejo que pasó por encima de su conciencia, porque su mente estaba en otra parte, rastreando los matorrales en busca del resto de los suyos. Entre unas matas descubrió un brillo oscuro. Una cara. No había duda: era Dolores, su abuela. Tragó saliva y contuvo el escalofrío.
De golpe volvió a su infancia, a las historias que ella le contaba: el abuelo en la guerra de Cuba, las caravanas de carromatos, las huidas nocturnas, los sortilegios calés. Aquella mirada negra le hablaba sin palabras, le recomponía la mente de una forma extraña. Por encima de las ideas, por encima de la guerra, tienes que proteger a los tuyos. Rafael ya estaba muerto; lo llorarían después, lo vengarían después. Todo eso le llegó claro desde los ojos de su abuela.
El contacto duró apenas unos segundos. Dolores sintió que el mensaje había sido recibido, que su nieto callaría, que los ocultaría igual que de niño había ocultado las viejas creencias que ella le enseñaba. «La sangre que no corre se pudre», le decía su propia abuela. Lanzó una mirada rápida al otro nieto, carne ya pudriéndose al sol, y apartó el pensamiento.
Remedios y Pilar se escondían tras ella, con las caras desencajadas de pánico, fuera del alcance de la vista. Pero los mercenarios no eran fáciles de engañar.
—Mnin kayn hna? —gritó el bigotudo, alertando a los otros dos.
Los tres se echaron los fusiles a la cara antes de que ningún falangista entendiera qué pasaba. Antes de que apretaran el gatillo, Dolores salió de su escondite con los brazos en alto, apenas por encima de la cabeza. El pelo cano recogido en un moño deshecho, las ropas sucias que ocultaban su antigua calidad: parecía una pordiosera. Parecía otra cosa.
Los marroquíes contuvieron el dedo. Se les borró la risa. Ya habían tropezado con gitanas en la sierra y sabían lo que se contaba en los campamentos: adivinas, hechiceras, maldiciones que te perseguían más allá de la muerte. Aquella mujer era la estampa viva de una bruja, y con su sola presencia los hizo retroceder un paso sin dejar de apuntarla.
Cosme apartó las matas con la bayoneta calada, buscando de dónde había salido la aparición, mientras la vieja, sin mover los ojos, rogaba a las Sombras que protegieran a los suyos.
—Aquí no hay nadie más —dijo al fin.
Los falangistas, su nieto entre ellos, se acercaron encañonándola. Antes de que Ezequiel hablara, fue Tomás quien lo hizo.
—¿Quién eres y qué haces aquí? —dijo, sosteniéndole la mirada a su propia abuela.
—Dolores. Dolores Amaya —respondió ella, y aquel tono hizo que un escalofrío recorriera a la docena de hombres—. Voy hacia el este. Con los demás.
—¡Cuidado, Tomás! —saltó Ezequiel—. Estos nunca andan solos.
—¿Dónde está tu gente, gitana? —preguntó Tomás, y falangistas y mercenarios miraron a todos lados, apuntando nerviosos a las sombras.
Eso es, muchacho: confúndelos. Dolores guardó silencio.
—¡Que dónde está tu gente! —gritó Ezequiel, acercándose pistola en mano.
Ella ni siquiera miró el arma. Si tenía que morir, moriría sosteniéndole la mirada a aquel jefecillo. Con las manos en alto empezó a mover los pulgares, colocándolos despacio entre los dedos.
—¡Quietas las manos o te las corto! —le puso la pistola en la sien, sin lograr que la mirada se apagara.
—Tranquilo —intervino Tomás, con un miedo que no era fingido, mirando el monte bajo que casi los rodeaba—. ¿Quieres morir hoy aquí?
—¡Esta gente es una mierda! —escupió Ezequiel.
—Sí, lo son… pero hasta una mierda te puede matar —se contradijo él mismo, retrocediendo—. Hay que largarse, estamos al descubierto. Nos la llevamos, puede servirnos.
***
Nadie bajó el arma hasta que Dolores estuvo maniatada, y los nervios no aflojaron hasta que creyeron dejar atrás la trampa. Pero la trampa iba con ellos. Cuando el ruido de los hombres casi se apagó, Remedios y Pilar salieron a rastras del escondrijo, se arrodillaron junto al cuerpo de Rafael y rezaron por él entre lágrimas. Y entonces algo se rompió dentro de Remedios. La ira la devoró entera. No se resistió: dejó que aquella sensación mandara sobre ella, que le calmara el dolor. Si tenemos que morir, moriremos. Y si hay que bajar al infierno, bajaremos riendo, después de una venganza salvaje.
Falangistas y mercenarios caminaron hasta el ocaso. Tuvieron que acampar; parecían haberse quedado aislados. Ni siquiera encendieron fuego: los gitanos podrían localizarlos o, peor aún, el crucero podría confundirlos con rojos. Arrastraban a la prisionera, útil solo como escudo, en eso estaban de acuerdo unos y otros.
Ezequiel estaba en una posición difícil con sus hombres y con sus mandos. Había ordenado aquel avance sin permiso, para que sus camaradas se sintieran valientes; volver con una prisionera no le garantizaba medallas. Sus falangistas estaban al borde del derrumbe, agotados, cargando con una mujer que les daba una inquietud innecesaria. Los mercenarios tampoco las tenían todas consigo.
—Tengo que acabar con esto —murmuró Ezequiel, solo para Tomás, sentado a su lado.
Tomás adivinó al instante sus intenciones: bajo la poca luz de la luna menguante, vio cómo desenfundaba la pistola. Aquello le cortó en seco los pensamientos sobre la agonía de su hermano.
Dolores vio levantarse la sombra del jefecillo y supo que le quedaban minutos si nadie hacía algo extremo. Había dejado que su cara, casi borrada por la noche, se relajara en una tristeza que nadie vería.
—Espera… —dijo Tomás, ganando tiempo—. No… no antes de que me divierta un rato con ella. No antes de haberme follado a esta bruja hasta reventarle el coño.
Ezequiel se detuvo, creyendo no haber oído bien.
—¿Cómo…? —el desconcierto en su voz casi le arrancó una sonrisa a Tomás.
—Ya oíste al general, ¿no? —dijo, fingiendo una mueca sádica que el otro apenas intuyó en la oscuridad—. Todas las putas rojas acaban agradeciendo que alguien les meta la polla hasta el fondo con firmeza. Y las gitanas viejas, más.
A ciento cincuenta metros, Remedios escondía a su hija a sotavento. Su padre, sargento en Cuba, le había contado cómo los mambises detectaban al enemigo por cualquier olor extraño; la ropa de Pilar, mojada de miedo, sería un faro para los mercenarios. Al apoyarse en el suelo notó el barro negro y húmedo entre las matas. Aquello podía servirle. Se quitó el abrigo raído y empezó a desnudarse: aunque rota y sucia, su blusa seguía siendo blanca, demasiado blanca. Tenía que acercarse mucho. Tenía que volverse invisible.
Dolores dominó el escalofrío que le provocaron las palabras de su nieto y recompuso su máscara. Sabía que el muchacho intentaba ganar tiempo, pero iba a ser follada de verdad o de mentira, y de mentira no dejaba de ser un trauma. Y había mil maneras de que todo saliera mal: que sin querer le hiciera daño al chico, que él no consiguiera empalmarse para aquello. Volvió a las lecciones de su abuela, a aquella atracción animal que cualquier mujer podía despertar en cualquier hombre con solo proponérselo. Se acordó de cómo había domado a su marido en la noche de bodas, montándolo como una loba, y de las muchas veces en que, ya viuda, se había masturbado en la oscuridad de su cuarto pensando en pollas jóvenes y duras. El coño se le humedeció con el recuerdo, y agradeció a las Sombras aquel viejo don del cuerpo que no se apaga con los años.
Remedios ya estaba cerca, en unas rocas a una decena de metros, semidesnuda, el cuerpo embadurnado de barro. Pilar, como hipnotizada, le había frotado la espalda y las tetas colgantes con aquella inmundicia y luego se había escondido sin mirar. Remedios vio a su hijo mayor entre los falangistas. Mátalo, le gritó la mente, aunque sabía que no era el momento.
—No… no sé… —Ezequiel tardó en superar el asombro—. ¿Cómo puede empalmársete una gitana vieja así?
—Shhh —chistó Tomás—. ¡La tropa, jefe! Esto les levantará la moral. Y la polla.
Y Ezequiel lo entendió: aquel sería el catalizador. Sus hombres dejarían de ser presa de un sortilegio inexistente, doblegarían a la bruja, a la abuela, y volverían a ser los valientes a los que estaba acostumbrado. Cuando la vieran abierta de piernas, con la lengua colgando y una polla dentro, ya no daría más miedo que cualquier otra hembra.
—¡Eh, soldados! —llamó Ezequiel, olvidando toda prudencia, urgido por recuperar a los suyos—. ¡Parece que hay quien quiere follarse a la bruja! ¡A ver si aprendéis!
Una risita ronca salió de la garganta de Dolores, lo justo para no resultar ofensiva.
—¿Qué pasa, payo? —dijo, dominando el miedo, volviendo a sus raíces calés—. ¿Soy demasiada hembra para tu polla? ¿O es que no se te levanta con una mujer de verdad?
—No, gitana —contestó Ezequiel, apretando los dientes—. Es que le has caído en gracia a mi camarada. A él le van las viejas.
Tomás se olvidó de sus dudas y la puso en pie cogiéndola del pelo, tirando hasta que la cabeza de la vieja quedó echada hacia atrás y el cuello estirado a la vista de todos.
—Tranquilo, chaval —dijo ella con la sonrisa más turbia que pudo, sujetando la mano que la agarraba y bajándola despacio hasta su teta, apretándose el pezón con los dedos del muchacho por encima de la tela—. No hace falta ponerse violento. A mí no me amarga un dulce… como tú. Yo sé lo que necesita una polla joven. Yo te lo doy todo, mi alma. Todo.
Aquellas palabras le retumbaron a Tomás por dentro, uniéndole cuerpo y cabeza de un tirón. Notó una punzada en la entrepierna, un latigazo caliente que le hinchó la verga contra la bragueta. Su abuela lo estaba incitando, y él no entendía cómo. Va a ser ella la primera. Su virginidad iba a quedarse en manos de su anciana abuela, y a él iba a gustarle. Si aquello seguía así, tenían una remota posibilidad de salir vivos.
—Desnúdate —le ordenó, acercando la boca a su oreja, mordiéndole el lóbulo con más rabia que ternura—. Enséñales las tetas y el coño a estos hijos de puta. Danos un espectáculo, gitana. Y como no se me ponga dura, te vuelo la cabeza yo mismo.
Mientras Dolores empezaba a soltarse la ropa, los hombres de Ezequiel se fueron acercando, agachados apenas, formando un semicírculo alrededor de la mujer. La blusa cayó primero, dejando al descubierto un torso de piel morena, cruzado por venas azuladas, y dos tetas caídas pero llenas, con los pezones grandes y oscuros, endurecidos por el frío de la noche. Se oyó un jadeo general. Se soltó la falda, que resbaló hasta sus tobillos, y quedó solo con unas bragas anchas de algodón blanco que la noche había puesto grises. Cuando se las bajó despacio, doblada por la cintura para que todos vieran las nalgas todavía prietas de una mujer que había caminado toda su vida, salió a la luz de la luna un coño espeso de vello negro, entrecano en las orillas, que brillaba con una humedad que no era de miedo.
Cuando solo le quedaba la piel encima, la vieja distinguió dos puntos de luz en la oscuridad casi absoluta, tras los mercenarios. Unos ojos. Demasiado cerca de los hombres para ser de un animal. Pidió a las Sombras que le dijeran de quién eran, y enseguida lo supo: de su nuera.
Remedios solo se permitió mirar un instante la desnudez casi invisible de su suegra. El movimiento de los soldados, a tres metros, la obligó a fijarse en lo importante: dos de ellos se levantaban para acercarse al espectáculo y solo uno se llevaba el fusil. A su izquierda, montados en pabellones, había una decena de armas. Están casi desarmados, se dijo. El mercenario más joven seguía medio tumbado junto a ella, con el fusil a un lado, y con la otra mano se apretaba el bulto del pantalón, mirando a la gitana desnuda como quien mira una aparición. Se estaba pajeando. La polla le hacía un montículo bajo el uniforme y él se la sobaba despacio, mordiéndose el labio.
Tomás no pudo contener la excitación. No entendía cómo aquel cuerpo gastado, ahora desnudo a unos centímetros de él, le había provocado una erección tan bestial que le dolía. La verga le empujaba contra la tela como si quisiera romperla. La misma pregunta se hacían los demás falangistas, en idéntico estado, incluido Ezequiel, aunque a él lo encendía más el poder que la lujuria. Cosme ya se había sacado la polla y se la meneaba abiertamente, gorda y torcida, sin quitar los ojos del culo de la vieja.
Ya del todo desnuda, a Dolores se le pasó pronto la vergüenza. Tenía que seguir. Se lamió los dedos y se los pasó por los pezones, poniéndoselos brillantes y aún más duros, arrancando un gemido colectivo entre los hombres. Luego se metió los mismos dedos entre los muslos y se hurgó el coño para que la vieran abrirse los labios, mostrando la carne rosada y mojada del centro.
—A ver qué me voy a comer… —dijo, agachándose con las piernas muy separadas, bajándole a la vez el pantalón y la ropa interior de un tirón hasta las rodillas.
Al adivinar en la penumbra el sexo de su nieto, se le escapó un jadeo. Era una polla enorme, joven, con el glande hinchado y morado, palpitando de venas gruesas, y unos huevos caídos como los de un semental. Lo agarró con firmeza. Era tan grueso que no lo abarcaba con el pulgar y el corazón. Un suspiro le subió a la garganta y arrancó risas alrededor. Le apretó la base con la mano y vio cómo el capullo se le ponía casi negro. De la punta le brotó una gota transparente que se colgó de un hilo. Dolores la recogió con la lengua, muy despacio, y se relamió los labios. Dejó que su mente se partiera en dos: la consciente, que buscaba la supervivencia, y la animal, que le decía que aquello podía ser un paraíso para una mujer de su edad. Decidió que trabajaran juntas.
—¡Vaya pieza! —murmuró—. ¡Vaya polla más hermosa me ha caído hoy en las manos!
Y se lo metió en la boca sin más aviso. Se lo tragó hasta la mitad de una sola vez, cerrando los labios alrededor del tronco, y empezó a mamársela con hambre atrasada. Chupaba con las mejillas hundidas, dejaba escapar la polla con un chasquido húmedo, la lamía de arriba abajo pasando la lengua ancha por debajo, se metía los huevos en la boca uno a uno mientras seguía masajeando el tronco con la mano. Los hilos de saliva le chorreaban por la barbilla, le colgaban del pecho, le mojaban las tetas. Tomás echó la cabeza hacia atrás y ahogó un gemido: nunca en su vida había sentido nada parecido. La boca de su abuela era un pozo caliente y hábil que sabía perfectamente lo que hacía. Ella le mordía la piel del glande con los labios blandos, le rodeaba la corona con la punta de la lengua, se lo hundía en la garganta hasta arcadearse y luego lo sacaba con un gemido gutural. Los falangistas se apretaban la entrepierna alrededor. Cosme se la meneaba tan fuerte que se oía la fricción de su mano.
—¡Chupa, gitana, chupa como la puta que eres! —jadeó Ezequiel, sin dejar de vigilar la oscuridad—. ¡Trágatela entera, bruja de mierda!
Dolores obedeció. Se la metió hasta el fondo, hasta que la nariz se le hundió en el vello negro de la ingle de su nieto, y allí se quedó unos segundos, aguantando la arcada, sintiendo la polla latir contra la campanilla. Cuando sacó la cabeza, un chorro largo de saliva le colgó de los labios al glande.
Remedios no perdió el tiempo. El joven mercenario vigilaba —o eso creía—, pero de espaldas a ella, con la polla fuera y la mano ocupada. Cogió una piedra que tuvo que levantar con las dos manos y la dejó caer con toda la fuerza de su odio sobre aquel cráneo. Apenas lo miró. Recogió las dos armas que tenía al alcance y se escabulló, dejándolo tendido en su último lecho con la piedra todavía sobre las piernas y la polla flácida asomando por la bragueta abierta.
Dolores se incorporó acariciando la nuca y la polla enorme de su nieto, y buscó en la noche el brillo de los ojos de Remedios. Los encontró ya un poco más adelante del sitio que habían ocupado los dos hombres, moviéndose rápido y en silencio.
—Me la vas a meter por aquí, chaval… —susurró, audible para todos, girándose y empujando las caderas hacia atrás, hacia la polla mojada de saliva del muchacho, restregándosela entre las nalgas—. Métemela en el coño hasta los huevos. Rómpeme por dentro.
—¡Después te jodo yo, guarra! —saltó Cosme, meneándose con rabia, con el capullo goteando—. ¡Después te la meto yo por el culo, vieja de mierda!
La vieja notó algo raro en el lenguaje corporal de los dos mercenarios que quedaban. Lo llamó presentimiento.
—¿Tú? —dijo, enseñándoles las nalgas y separándoselas con las manos en la penumbra, mostrando el ojo del culo oscuro y la raja del coño abierta y brillante entre los pelos negros—. Tú eres más de otra cosa… Ven aquí, mora, mira lo que tiene esta vieja para ti.
Todos rieron menos los marroquíes, que entornaban los ojos intentando ver en la oscuridad aquel ofrecimiento, babeando como animales en celo, olvidando las dudas que poco antes los corroían. Uno de ellos ya se había abierto el pantalón y se pajeaba una polla morena y curvada. El otro se relamía.
Remedios ya había llevado las únicas armas cargadas junto a Pilar. Ahora retiraba, de tres en tres, los fusiles montados en pabellones. Se detuvo agachada junto al penúltimo, agotada. Así, señora Dolores, así, enséñeles el culo a estas bestias. Recogió en silencio aquellas armas y se las llevó adonde no pudieran encontrarlas.
Tomás, arrastrado por su lado animal, agarró a Dolores por las caderas y la empujó contra una roca inclinada, alejándola de los pabellones tal como le aconsejaba su parte lógica. La dobló sobre la piedra, con las tetas aplastadas contra el granito frío y el culo en pompa, y se tendió sobre ella, la frente en su hombro, la polla dura como un hierro buscando la entrada. Le pasó el glande por la raja de arriba abajo, empapándolo en la humedad que ella misma había derramado. Ella suspiró al sentir el roce y, agarrándolo con una mano por detrás, le mostró el camino, encajándole el capullo en la boca del coño.
—Mete, chaval, mete —le pidió con voz espesa—. Métemela toda de un tirón.
Tomás empujó. La polla se hundió a medias, encontrando resistencia en un coño estrecho de años sin uso.
—¡Joder! —jadeó la gitana, echando la cabeza hacia atrás—. ¡Vaya cacho tienes, mi alma! ¡Dame fuerte, payo! ¡Dame de una vez, no me tengas piedad!
Su nieto empujó otra vez, ya sin freno, y la polla entró hasta la base, apoyando los huevos contra el clítoris hinchado de la vieja. Dolores soltó un gemido animal. La sintió llegar al fondo, empujar contra el cuello del útero, abrirle sitio donde ya no lo había. Tomás se quedó quieto unos segundos, temblando, con las dos mentes igualadas en el mando de su cuerpo. Después cedió el control a aquel animal que exigía poder, no sin antes dejar la pistola a un lado, al alcance de la vieja. Empezó a follársela con embestidas largas y furiosas, sacando la polla casi entera y volviéndola a hundir hasta el fondo, con un chapoteo obsceno que retumbaba en el silencio de la noche.
—¡Así, así, así! —gemía Dolores, apretando los dientes contra la piedra—. ¡Rómpeme, cabrón! ¡Fóllame como no te has follado nunca a nadie! ¡Vacíame los huevos dentro!
Ezequiel se había sacado también la polla y se la meneaba viendo el espectáculo, con la mandíbula floja. Cosme se acercó por detrás y se puso en cuclillas junto a la cabeza de la vieja, ofreciéndosela.
—¡Toma, chúpame esto mientras te folla, guarra!
Dolores abrió la boca sin dudar y se dejó meter la polla de Cosme entre los labios. Ahora la follaban por los dos lados: su nieto le rompía el coño por detrás y el otro le follaba la boca sin miramientos, agarrándola del pelo, haciéndola tragar hasta que se atragantaba y se le saltaban las lágrimas. La vieja gemía ahogada, con las mejillas llenas, moviendo el culo hacia atrás para recibir cada embestida de Tomás.
Con la noche y el silencio de aliados, Remedios fue a por el último pabellón. Se la está follando, pensó, asombrada, distinguiendo entre las sombras la silueta de la pareja, el vaivén brutal de las caderas de su hijo, el culo blanco de la vieja moviéndose contra él. Mi hijo se está follando a la señora Dolores. La está partiendo por la mitad. Sintió que el calor le subía a la cara y una humedad inesperada entre las piernas. Se apretó el coño con la mano por encima del barro sin querer, y notó los labios inflamados, palpitantes. Sintió envidia de su suegra y se la negó… por el momento.
Cosme se corrió el primero, sin avisar. Le sacó la polla de la boca en el último segundo y le vació una descarga larga y espesa por toda la cara, sobre los ojos cerrados, los labios entreabiertos, las tetas colgantes. Dolores sacó la lengua para atrapar lo que caía. El veterano se estremeció, gruñó y se apartó tambaleándose.
—¡Vieja de los cojones! —jadeó—. ¡Vieja puta gitana!
—Dame fuerte, cariño… —le pidió ahora Dolores a Tomás al oído, aprovechando el hueco—. Párteme en dos. Vacíate en mí. Quiero sentirte dentro.
Ezequiel disfrutaba del momento, viendo a sus hombres caer en aquel pozo de lujuria. Ya no pensaban en los gitanos, ni en la falta de refuerzos; el valor había vuelto. Hasta los marroquíes estaban absortos, meneándosela ellos también, arrimándose para meterle mano al culo de la vieja, para pellizcarle los pezones cubiertos de semen. Un momento… ¿no eran tres? Solo veía dos siluetas. Se volvió hacia su izquierda, hacia donde el más joven seguía tumbado, mirándolos. Algo iba mal.
Tomás estaba ya casi entregado a su animal, martilleando el coño de la vieja con toda la potencia de sus veinte años, agarrándole las tetas con las dos manos, retorciéndole los pezones, mordiéndole la nuca. La follaba con una furia que él mismo no reconocía, buscando el fondo, queriendo destrozarla. Vio en los ojos de su abuela el fuego de una diosa tan vieja como el tiempo, un rostro a la vez más joven y más antiguo de lo que la noche podía mostrarle. Sintió su propia descarga subir despacio desde los huevos, incendiándole por dentro, subiendo por el tronco de la polla como una corriente. Empujó tres, cuatro veces más, hasta el fondo, y soltó un gemido ahogado. Se derramó dentro de ella con espasmos largos que le sacudieron el cuerpo, vaciando chorro tras chorro de semen caliente en las entrañas de su abuela, que ya no era su abuela, ni la señora Dolores, ni una anciana: era la tierra entera.
Dolores, convertida en algo más grande que ella misma, sintió aquella descarga ardiente como lava forjándole en las entrañas una sensación salvaje y olvidada. Notó los chorros golpearle el fondo, uno tras otro, llenándola de un calor que hacía décadas que no probaba. El coño se le cerró alrededor de la polla del muchacho, exprimiéndolo, y el clítoris estalló contra la piedra. Un orgasmo terrible le sacudió el cuerpo entero, desde las plantas de los pies hasta la coronilla. Lanzó un aullido largo a la noche, agradeciendo aquel viejo sentimiento de plenitud, descargando años de dolor, devolviéndose la mente limpia. El aullido les puso la piel de gallina a los dos marroquíes.
Ezequiel comprendió su error cuando sintió el frío del acero hundiéndose en sus tripas. Vio a aquella mujer semidesnuda, embadurnada de barro, con las tetas al aire y los pezones erectos, empuñando el fusil cuya bayoneta acababa de clavarle por encima del vientre. Sintió cómo la vida le era arrancada por unos ojos que reflejaban todo el odio del mundo, mientras el aullido de aquel lobo se le llevaba el alma.
Remedios no se había sentido así en meses. El general de la radio, el asesino de su Eduardo y de Rafael, todos aquellos falangistas, todos eran aquel hombre que la miraba con los ojos como platos, con la polla todavía dura asomando entre los pantalones abiertos, y los brazos colgando como los de un títere. No es un orgasmo, pero es todo lo que quiero ahora. Disfrutó la sensación apenas unos segundos, desclavó el arma de un tirón —y con ella salió un chorro de sangre y tripas— y echó a correr hacia las sombras. Ezequiel se tambaleó, sujetándose el vientre, y cayó de rodillas, con la polla erecta todavía chorreando pre-semen sobre el suelo antes de desplomarse del todo.
El golpe del cuerpo contra el suelo sonó como un trueno. Primero gritaron los mercenarios en su lengua, luego reaccionaron los falangistas. Todo se volvió un tumulto: los hombres corriendo hacia los dos cadáveres, con las pollas al aire, tropezando con sus propios pantalones.
Tomás, todavía con la ropa a medio quitar y la verga chorreando semen y flujos, rodó sobre la piedra. Dolores no estuvo ni un segundo donde la dejó: se deslizó alejándose, con el semen de su nieto escurriéndole aún por los muslos, recogió la pistola al pasar y se fundió en sus Sombras. Su nieto la siguió con la mirada, con una sonrisa absurda y una alegría inmensa. Corre, abuela, corre.
—¡Las armas! —gritó Cosme, todavía con la polla fuera, blanda y goteando—. ¿¡Dónde están nuestras armas!?
—Mí tiene la mía —dijo el único que aún iba armado.
—¿Pero quién…? —empezó el más joven, y luego casi chilló—. ¡¡Gitanos!!
Todos se agacharon, buscando esconderse de un enemigo invisible que no era más que una mujer cargada de un odio venido del infierno. Tardarían un par de minutos en notar que faltaba Dolores, y casi media hora en darse cuenta de que también faltaba Tomás.
***
Tomás se detuvo a menos de cien metros, retenido por una mano que pareció brotar de la nada. No tuvo miedo: aquella mano firme y áspera solo podía ser la de su abuela. Por gestos, ella lo llevó hasta un pequeño risco donde Remedios, casi tan desnuda como ellos y rebozada de barro, con Pilar al lado, afinaba la mira del fusil sobre las siluetas confusas de aquellos hombres desesperados.
Una mano sujetó el cañón. Remedios, asustada, solo vio la mirada de fuego oscuro de su suegra, y por debajo, el cuerpo desnudo, las tetas colgando embadurnadas de saliva y semen seco, los muslos brillantes de flujos. Dolores negó despacio con la cabeza. Si disparas, nos verán. La madre sacudió el arma con rabia, pero la vieja no soltó la presa y volvió a negar. Entonces Remedios miró a su hijo, vivo, con los pantalones aún abrochándose y la polla todavía medio hinchada asomando, y algo cambió: tenía una familia. Mermada, rota, pero suya.
Bajó el arma. El peso del acero lo sustituyó el peso muerto de su propio agotamiento. Dolores asintió una sola vez y, con un gesto imperceptible, señaló tierra adentro, hacia lo más hondo de la sierra. Atrás quedaban el horror, los fusiles vacíos y la sangre. Delante, solo el frío de la montaña y la promesa callada de seguir vivos.
—Los gitanos estamos cerca —susurró la vieja, como tantos años atrás, con los muslos todavía chorreando el semen de su propio nieto—. Siempre estamos cerca.
Encontraría a su gente. Les daría refugio a los suyos. La venganza esperaría, pero no para siempre.