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Relatos Ardientes

Lo que hicimos mi abuela y yo para seguir vivos

Nota: este es un relato de ficción ambientado en el éxodo de civiles por la carretera de la costa durante la Guerra Civil española. Los personajes son inventados; el trasfondo histórico sirve únicamente de ambientación.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? pensó Remedios mientras se subía las bragas y se estiraba la falda sobre los muslos. Una anestesia amarga le recorría las venas. No sentía dolor, ni siquiera asco: solo la humedad incómoda del miliciano enfriándose entre sus piernas y la rabia de no tener un dedo de agua limpia con que borrar aquel rastro. Había sido tan rápido que ni siquiera había llegado a sentirlo.

Tenía cuarenta y cuatro años y los cuatro últimos días la habían envejecido diez. Pasó de puntillas por el recuerdo de su marido muerto entre sus brazos, con la cabeza reventada, hacía ya casi dos noches. Pasó igual de deprisa por las amenazas de aquel general que escupía la radio entre una estática que lo devoraba todo. Aquello no había sido prostitución, se dijo: había sido un trueque. Un puñado de patatas a cambio de un rato con un miliciano que apenas levantaba un palmo del suelo de la adolescencia.

Se refugió en los recuerdos de menos de un año atrás, cuando todo aquello aún parecía imposible. La casa de los Almendros, las meriendas de chocolate, el olor a cera de iglesia los domingos. Entonces los vecinos empezaron a desaparecer de un día para otro, y nadie preguntaba, y nadie hablaba. Incautaron casas enteras los comités y los sindicatos, el mismo sindicato en el que militaba Eduardo, su Lalo, el químico de la fundición que ahora se pudría en una cuneta.

Bajo el peso del refugio improvisado con mantas que olían a humedad y a miedo, Remedios se abrazó a Pilar. La niña temblaba. No pienses en lo que harán si descubren a una rojilla y a su hija, se ordenó. Tomás, el mayor, de diecinueve años, había salido al mediodía ocultándose entre las rocas, como tantas otras veces, y todavía no había vuelto. Pero siempre volvía.

Dolores, su suegra, había vivido casi toda su vida en los Almendros, pero arrastraba un pasado que le oscurecía la piel. En las fiestas se murmuraba que era calé, una gitana de alguno de los barrios de chabolas que rodeaban la ciudad, o cuando menos una mestiza descastada. Nadie lo sabía con certeza y nadie se atrevía a preguntárselo. Remedios solo sabía una cosa: que podía contar con ella hasta en el peor de los infiernos.

La vieja preparaba en silencio las patatas que había traído su nuera. No había llorado la muerte de su hijo; había guardado el dolor bajo aquella piel morena y se había volcado en mantener vivos a los que quedaban. De vez en cuando miraba las espaldas anchas de Rafael, su otro nieto, montando guardia en una sombra profunda. Ese ya no es un niño, pensaba. Intuía de dónde habían salido las patatas, pero Dios la perdonaría, porque si no lo hacía, el que merecía la condena era Él.

A Rafael le habían puesto el nombre del abuelo difunto, y se le parecía tanto que Dolores, a sus sesenta y cuatro años, a veces se quedaba mirándolo embobada. Tenía veinte años, era más alto que Tomás y fuerte como un toro de lidia. Le gustaba nadar; en cuanto podía se escapaba al mar, incluso en pleno invierno. Aquella tarde no pensaba en nada: solo vigilaba la caravana de refugiados que se arrastraba hacia el este, a cien metros de él, bajo la sombra vertical de un algarrobo.

Lejos de allí, desandando el camino de la caravana, avanzaba Tomás. Se movía rápido, agazapándose entre las piedras, más torpe de lo que él creía. Un grupo de soldados pasó a pocos metros sin verlo, y él se rió por dentro de aquellas bestias. A doscientos pasos distinguió unos uniformes familiares: una decena de hombres caminando en formación caótica, riéndose y humillando a los refugiados con los que se cruzaban.

—¡Arriba España! —gritó al reconocer la cara del jefe de la Falange—. ¿No vas a saludar a un camarada, Ezequiel?

Los camisas azules apuntaron sus fusiles hacia la voz con una lentitud que habría hecho reír a cualquier soldado de verdad. Tomás alzó las manos por encima de las rocas antes de incorporarse.

—¡No disparéis! —ordenó Ezequiel, y luego sonrió—. Ese hijo de puta es de los nuestros.

Tomás se acercó sin bajar del todo las manos. Habían compartido reuniones clandestinas en la ciudad, pero apenas sabían nada el uno del otro: era más seguro así, por si llegaban las torturas. Ezequiel sabía que Tomás venía de buena familia y que tenía las ideas firmes; Tomás sabía que Ezequiel dirigía la Falange local aunque fuera de un pueblo del sur. Nada más.

—Me alegro de verte, jefe —dijo Tomás, abrazándolo, reconociendo entre los demás más caras conocidas—. Y a vosotros también.

—Estás hecho una mierda, camarada —le soltó uno.

—Cosas de la guerra —contestó él, acordándose del cadáver destrozado de su padre como quien recuerda un daño colateral—. Cosas de la guerra.

La columna siguió avanzando y Tomás los guió de vuelta, ahora sin esconderse, embriagado de aquel poder nuevo. Se cruzaron con algunos rezagados de los que se burlaron antes de que Ezequiel los rematara de un tiro. Cadáveres por todas partes.

—¡Mirad! —dijo Cosme, un veterano, señalando la costa.

Tan cerca que casi podía leerse su nombre, un crucero avanzaba ruidoso siguiendo la misma línea que ellos.

—Vuelve a seguir matando rojos —rió Cosme—. A ver si nos va a dejar a alguno.

***

Faltaba poco para el atardecer cuando, tras compartir el rancho, llegaron a donde la familia de Tomás debía seguir oculta, protegida por aquel centinela de espaldas anchas. Ardía de ganas de presentarlos a sus camaradas; así su madre acabaría perdonándole lo que ella consideraría una traición.

Pero al acercarse al refugio, lo que vio le derrumbó la mente de un solo golpe. Un mercenario bigotudo se alejaba riéndose hacia otros tres, terminando de abrocharse el pantalón, dejando atrás un bulto de ropa en el suelo. La ropa se movía sola. Había alguien dentro.

Era Rafael. Cubierto de sangre, con una herida profunda de bayoneta en el vientre. Su hermano —no, su hermano más fuerte— intentó dedicarle una sonrisa que solo fue una mueca roja. Y cuando Tomás creía que ya no podía romperse más, un disparo seco volvió a dejarle la cabeza en blanco. Rafael quedó inmóvil a sus pies.

—¡Por fin he cazado un rojo! —gritó Cosme, y todos rieron.

Tomás también rió. Fue un reflejo que pasó por encima de su conciencia, porque su mente estaba en otra parte, rastreando los matorrales en busca del resto de los suyos. Entre unas matas descubrió un brillo oscuro. Una cara. No había duda: era Dolores, su abuela. Tragó saliva y contuvo el escalofrío.

De golpe volvió a su infancia, a las historias que ella le contaba: el abuelo en la guerra de Cuba, las caravanas de carromatos, las huidas nocturnas, los sortilegios calés. Aquella mirada negra le hablaba sin palabras, le recomponía la mente de una forma extraña. Por encima de las ideas, por encima de la guerra, tienes que proteger a los tuyos. Rafael ya estaba muerto; lo llorarían después, lo vengarían después. Todo eso le llegó claro desde los ojos de su abuela.

El contacto duró apenas unos segundos. Dolores sintió que el mensaje había sido recibido, que su nieto callaría, que los ocultaría igual que de niño había ocultado las viejas creencias que ella le enseñaba. «La sangre que no corre se pudre», le decía su propia abuela. Lanzó una mirada rápida al otro nieto, carne ya pudriéndose al sol, y apartó el pensamiento.

Remedios y Pilar se escondían tras ella, con las caras desencajadas de pánico, fuera del alcance de la vista. Pero los mercenarios no eran fáciles de engañar.

—Mnin kayn hna? —gritó el bigotudo, alertando a los otros dos.

Los tres se echaron los fusiles a la cara antes de que ningún falangista entendiera qué pasaba. Antes de que apretaran el gatillo, Dolores salió de su escondite con los brazos en alto, apenas por encima de la cabeza. El pelo cano recogido en un moño deshecho, las ropas sucias que ocultaban su antigua calidad: parecía una pordiosera. Parecía otra cosa.

Los marroquíes contuvieron el dedo. Se les borró la risa. Ya habían tropezado con gitanas en la sierra y sabían lo que se contaba en los campamentos: adivinas, hechiceras, maldiciones que te perseguían más allá de la muerte. Aquella mujer era la estampa viva de una bruja, y con su sola presencia los hizo retroceder un paso sin dejar de apuntarla.

Cosme apartó las matas con la bayoneta calada, buscando de dónde había salido la aparición, mientras la vieja, sin mover los ojos, rogaba a las Sombras que protegieran a los suyos.

—Aquí no hay nadie más —dijo al fin.

Los falangistas, su nieto entre ellos, se acercaron encañonándola. Antes de que Ezequiel hablara, fue Tomás quien lo hizo.

—¿Quién eres y qué haces aquí? —dijo, sosteniéndole la mirada a su propia abuela.

—Dolores. Dolores Amaya —respondió ella, y aquel tono hizo que un escalofrío recorriera a la docena de hombres—. Voy hacia el este. Con los demás.

—¡Cuidado, Tomás! —saltó Ezequiel—. Estos nunca andan solos.

—¿Dónde está tu gente, gitana? —preguntó Tomás, y falangistas y mercenarios miraron a todos lados, apuntando nerviosos a las sombras.

Eso es, muchacho: confúndelos. Dolores guardó silencio.

—¡Que dónde está tu gente! —gritó Ezequiel, acercándose pistola en mano.

Ella ni siquiera miró el arma. Si tenía que morir, moriría sosteniéndole la mirada a aquel jefecillo. Con las manos en alto empezó a mover los pulgares, colocándolos despacio entre los dedos.

—¡Quietas las manos o te las corto! —le puso la pistola en la sien, sin lograr que la mirada se apagara.

—Tranquilo —intervino Tomás, con un miedo que no era fingido, mirando el monte bajo que casi los rodeaba—. ¿Quieres morir hoy aquí?

—¡Esta gente es una mierda! —escupió Ezequiel.

—Sí, lo son… pero hasta una mierda te puede matar —se contradijo él mismo, retrocediendo—. Hay que largarse, estamos al descubierto. Nos la llevamos, puede servirnos.

***

Nadie bajó el arma hasta que Dolores estuvo maniatada, y los nervios no aflojaron hasta que creyeron dejar atrás la trampa. Pero la trampa iba con ellos. Cuando el ruido de los hombres casi se apagó, Remedios y Pilar salieron a rastras del escondrijo, se arrodillaron junto al cuerpo de Rafael y rezaron por él entre lágrimas. Y entonces algo se rompió dentro de Remedios. La ira la devoró entera. No se resistió: dejó que aquella sensación mandara sobre ella, que le calmara el dolor. Si tenemos que morir, moriremos. Y si hay que bajar al infierno, bajaremos riendo, después de una venganza salvaje.

Falangistas y mercenarios caminaron hasta el ocaso. Tuvieron que acampar; parecían haberse quedado aislados. Ni siquiera encendieron fuego: los gitanos podrían localizarlos o, peor aún, el crucero podría confundirlos con rojos. Arrastraban a la prisionera, útil solo como escudo, en eso estaban de acuerdo unos y otros.

Ezequiel estaba en una posición difícil con sus hombres y con sus mandos. Había ordenado aquel avance sin permiso, para que sus camaradas se sintieran valientes; volver con una prisionera no le garantizaba medallas. Sus falangistas estaban al borde del derrumbe, agotados, cargando con una mujer que les daba una inquietud innecesaria. Los mercenarios tampoco las tenían todas consigo.

—Tengo que acabar con esto —murmuró Ezequiel, solo para Tomás, sentado a su lado.

Tomás adivinó al instante sus intenciones: bajo la poca luz de la luna menguante, vio cómo desenfundaba la pistola. Aquello le cortó en seco los pensamientos sobre la agonía de su hermano.

Dolores vio levantarse la sombra del jefecillo y supo que le quedaban minutos si nadie hacía algo extremo. Había dejado que su cara, casi borrada por la noche, se relajara en una tristeza que nadie vería.

—Espera… —dijo Tomás, ganando tiempo—. No… no antes de que me divierta un rato con ella.

Ezequiel se detuvo, creyendo no haber oído bien.

—¿Cómo…? —el desconcierto en su voz casi le arrancó una sonrisa a Tomás.

—Ya oíste al general, ¿no? —dijo, fingiendo una mueca sádica que el otro apenas intuyó en la oscuridad—. Todas acaban agradeciendo que alguien les ponga la mano encima con firmeza.

A ciento cincuenta metros, Remedios escondía a su hija a sotavento. Su padre, sargento en Cuba, le había contado cómo los mambises detectaban al enemigo por cualquier olor extraño; la ropa de Pilar, mojada de miedo, sería un faro para los mercenarios. Al apoyarse en el suelo notó el barro negro y húmedo entre las matas. Aquello podía servirle. Se quitó el abrigo raído y empezó a desnudarse: aunque rota y sucia, su blusa seguía siendo blanca, demasiado blanca. Tenía que acercarse mucho. Tenía que volverse invisible.

Dolores dominó el escalofrío que le provocaron las palabras de su nieto y recompuso su máscara. Sabía que el muchacho intentaba ganar tiempo, pero iba a ser violada de verdad o de mentira, y de mentira no dejaba de ser un trauma. Y había mil maneras de que todo saliera mal: que sin querer le hiciera daño al chico, que él no consiguiera lo que necesitaba para aquello. Volvió a las lecciones de su abuela, a aquella atracción animal que cualquier mujer podía despertar en cualquier hombre con solo proponérselo.

Remedios ya estaba cerca, en unas rocas a una decena de metros, semidesnuda, el cuerpo embadurnado de barro. Pilar, como hipnotizada, le había frotado la espalda con aquella inmundicia y luego se había escondido sin mirar. Remedios vio a su hijo mayor entre los falangistas. Mátalo, le gritó la mente, aunque sabía que no era el momento.

—No… no sé… —Ezequiel tardó en superar el asombro—. ¿Cómo puede gustarte una mujer así?

—Shhh —chistó Tomás—. ¡La tropa, jefe! Esto les levantará la moral.

Y Ezequiel lo entendió: aquel sería el catalizador. Sus hombres dejarían de ser presa de un sortilegio inexistente, doblegarían a la bruja, a la abuela, y volverían a ser los valientes a los que estaba acostumbrado.

—¡Eh, soldados! —llamó Ezequiel, olvidando toda prudencia, urgido por recuperar a los suyos—. ¡Parece que hay quien quiere divertirse!

Una risita ronca salió de la garganta de Dolores, lo justo para no resultar ofensiva.

—¿Qué pasa, payo? —dijo, dominando el miedo, volviendo a sus raíces calés—. ¿Soy demasiada hembra para ti?

—No, gitana —contestó Ezequiel—. Es que le has caído en gracia a mi camarada.

Tomás se olvidó de sus dudas y la puso en pie cogiéndola del pelo.

—Tranquilo, chaval —dijo ella con la sonrisa más turbia que pudo, sujetando la mano que la agarraba—. No hace falta ponerse violento. A mí no me amarga un dulce… como tú.

Aquellas dos últimas palabras le retumbaron a Tomás por dentro, uniéndole cuerpo y cabeza de un tirón. Notó una punzada en la entrepierna. Su abuela lo estaba incitando, y él no entendía cómo. Va a ser ella la primera. Su virginidad iba a quedarse en manos de su anciana abuela, y a él iba a gustarle. Si aquello seguía así, tenían una remota posibilidad de salir vivos.

—Desnúdate —le ordenó, acercando la boca a su oreja—. Danos un espectáculo.

Mientras Dolores empezaba a soltarse la ropa, los hombres de Ezequiel se fueron acercando, agachados apenas. Cuando solo le quedaba la ropa interior, la vieja distinguió dos puntos de luz en la oscuridad casi absoluta, tras los mercenarios. Unos ojos. Demasiado cerca de los hombres para ser de un animal. Pidió a las Sombras que le dijeran de quién eran, y enseguida lo supo: de su nuera.

Remedios solo se permitió mirar un instante la desnudez casi invisible de su suegra. El movimiento de los soldados, a tres metros, la obligó a fijarse en lo importante: dos de ellos se levantaban para acercarse al espectáculo y solo uno se llevaba el fusil. A su izquierda, montados en pabellones, había una decena de armas. Están casi desarmados, se dijo. El mercenario más joven seguía medio tumbado junto a ella, con el fusil a un lado.

Tomás no pudo contener la excitación. No entendía cómo aquel cuerpo gastado, ahora desnudo a unos centímetros de él, le había provocado una erección tan evidente. La misma pregunta se hacían los demás falangistas, en idéntico estado, incluido Ezequiel, aunque a él lo encendía más el poder que la lujuria.

Ya del todo desnuda, a Dolores se le pasó pronto la vergüenza. Tenía que seguir.

—A ver qué me voy a comer… —dijo, agachándose con las piernas muy separadas, bajándole a la vez el pantalón y la ropa interior.

Al adivinar en la penumbra el sexo de su nieto, lo agarró con firmeza. Era tan grueso que no lo abarcaba con el pulgar y el corazón. Un suspiro le subió a la garganta y arrancó risas alrededor. Dejó que su mente se partiera en dos: la consciente, que buscaba la supervivencia, y la animal, que le decía que aquello podía ser un paraíso para una mujer de su edad. Decidió que trabajaran juntas.

—¡Vaya pieza! —murmuró antes de metérselo en la boca.

Remedios no perdió el tiempo. El joven mercenario vigilaba, pero de espaldas a ella. Cogió una piedra que tuvo que levantar con las dos manos y la dejó caer con toda la fuerza de su odio sobre aquel cráneo. Apenas lo miró. Recogió las dos armas que tenía al alcance y se escabulló, dejándolo tendido en su último lecho con la piedra todavía sobre las piernas.

Dolores se incorporó acariciando la nuca y el sexo enorme de su nieto, y buscó en la noche el brillo de los ojos de Remedios. Los encontró ya un poco más adelante del sitio que habían ocupado los dos hombres, moviéndose rápido y en silencio.

—Me la vas a meter por aquí, chaval… —susurró, audible para todos, empujando las caderas hacia delante.

—¡Después te jodo yo, guarra! —saltó Cosme, frotándose con rabia.

La vieja notó algo raro en el lenguaje corporal de los dos mercenarios que quedaban. Lo llamó presentimiento.

—¿Tú? —dijo, enseñándoles las nalgas y separándoselas en la penumbra—. Tú eres más de otra cosa…

Todos rieron menos los marroquíes, que entornaban los ojos intentando ver en la oscuridad aquel ofrecimiento, babeando como animales en celo, olvidando las dudas que poco antes los corroían.

Remedios ya había llevado las únicas armas cargadas junto a Pilar. Ahora retiraba, de tres en tres, los fusiles montados en pabellones. Se detuvo agachada junto al penúltimo, agotada. Así, señora Dolores, así, enséñeles el culo a estas bestias. Recogió en silencio aquellas armas y se las llevó adonde no pudieran encontrarlas.

Tomás, arrastrado por su lado animal, empujó a Dolores contra una roca inclinada, alejándola de los pabellones tal como le aconsejaba su parte lógica. Se tendió sobre ella, la frente en su hombro, guiando su miembro hacia el sexo de la anciana. Ella suspiró al sentir el roce y, agarrándolo con una mano, le mostró el camino.

—¡Joder! —jadeó la gitana—. ¡Vaya cacho tienes, mi alma! ¡Dame fuerte, payo!

Su nieto empujó un par de veces, en tensión, con las dos mentes igualadas en el mando de su cuerpo. Después cedió el control a aquel animal que exigía poder, no sin antes dejar la pistola a un lado, al alcance de la vieja.

Con la noche y el silencio de aliados, Remedios fue a por el último pabellón. Se la está follando, pensó, asombrada, distinguiendo entre las sombras la silueta de la pareja. Mi hijo se está follando a la señora Dolores. Sintió que el calor le subía a la cara y una humedad inesperada entre las piernas. Sintió envidia de su suegra y se la negó… por el momento.

—Dame fuerte, cariño… —le pidió Dolores al oído—. Párteme en dos.

Ezequiel disfrutaba del momento, viendo a sus hombres caer en aquel pozo de lujuria. Ya no pensaban en los gitanos, ni en la falta de refuerzos; el valor había vuelto. Hasta los marroquíes estaban absortos. Un momento… ¿no eran tres? Solo veía dos siluetas. Se volvió hacia su izquierda, hacia donde el más joven seguía tumbado, mirándolos. Algo iba mal.

Tomás estaba ya casi entregado a su animal, viendo en los ojos de su abuela el fuego de una diosa tan vieja como el tiempo, un rostro a la vez más joven y más antiguo de lo que la noche podía mostrarle. Sintió su propia descarga subir despacio, incendiándole por dentro. Soltó un gemido ahogado y se derramó dentro de ella, que ya no era su abuela, ni la señora Dolores, ni una anciana: era la tierra entera.

Dolores, convertida en algo más grande que ella misma, sintió aquella descarga ardiente como lava forjándole en las entrañas una sensación salvaje y olvidada: un orgasmo terrible. Lanzó un aullido largo a la noche, agradeciendo aquel viejo sentimiento de plenitud, descargando años de dolor, devolviéndose la mente limpia. El aullido les puso la piel de gallina a los dos marroquíes.

Ezequiel comprendió su error cuando sintió el frío del acero hundiéndose en sus tripas. Vio a aquella mujer semidesnuda, embadurnada de barro, empuñando el fusil cuya bayoneta acababa de clavarle por encima del vientre. Sintió cómo la vida le era arrancada por unos ojos que reflejaban todo el odio del mundo, mientras el aullido de aquel lobo se le llevaba el alma.

Remedios no se había sentido así en meses. El general de la radio, el asesino de su Eduardo y de Rafael, todos aquellos falangistas, todos eran aquel hombre que la miraba con los ojos como platos y los brazos colgando como los de un títere. No es un orgasmo, pero es todo lo que quiero ahora. Disfrutó la sensación apenas unos segundos, desclavó el arma de un tirón y echó a correr hacia las sombras. Ezequiel se tambaleó, sujetándose el vientre, y cayó.

El golpe del cuerpo contra el suelo sonó como un trueno. Primero gritaron los mercenarios en su lengua, luego reaccionaron los falangistas. Todo se volvió un tumulto: los hombres corriendo hacia los dos cadáveres.

Tomás, todavía con la ropa a medio quitar, rodó sobre la piedra. Dolores no estuvo ni un segundo donde la dejó: se deslizó alejándose, recogió la pistola al pasar y se fundió en sus Sombras. Su nieto la siguió con la mirada, con una sonrisa absurda y una alegría inmensa. Corre, abuela, corre.

—¡Las armas! —gritó Cosme—. ¿¡Dónde están nuestras armas!?

—Mí tiene la mía —dijo el único que aún iba armado.

—¿Pero quién…? —empezó el más joven, y luego casi chilló—. ¡¡Gitanos!!

Todos se agacharon, buscando esconderse de un enemigo invisible que no era más que una mujer cargada de un odio venido del infierno. Tardarían un par de minutos en notar que faltaba Dolores, y casi media hora en darse cuenta de que también faltaba Tomás.

***

Tomás se detuvo a menos de cien metros, retenido por una mano que pareció brotar de la nada. No tuvo miedo: aquella mano firme y áspera solo podía ser la de su abuela. Por gestos, ella lo llevó hasta un pequeño risco donde Remedios, casi tan desnuda como ellos y rebozada de barro, con Pilar al lado, afinaba la mira del fusil sobre las siluetas confusas de aquellos hombres desesperados.

Una mano sujetó el cañón. Remedios, asustada, solo vio la mirada de fuego oscuro de su suegra. Dolores negó despacio con la cabeza. Si disparas, nos verán. La madre sacudió el arma con rabia, pero la vieja no soltó la presa y volvió a negar. Entonces Remedios miró a su hijo, vivo, y algo cambió: tenía una familia. Mermada, rota, pero suya.

Bajó el arma. El peso del acero lo sustituyó el peso muerto de su propio agotamiento. Dolores asintió una sola vez y, con un gesto imperceptible, señaló tierra adentro, hacia lo más hondo de la sierra. Atrás quedaban el horror, los fusiles vacíos y la sangre. Delante, solo el frío de la montaña y la promesa callada de seguir vivos.

—Los gitanos estamos cerca —susurró la vieja, como tantos años atrás—. Siempre estamos cerca.

Encontraría a su gente. Les daría refugio a los suyos. La venganza esperaría, pero no para siempre.

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Comentarios (5)

NocheOscura33

Que relato mas intenso... me dejo sin palabras. De los mejores que lei en mucho tiempo.

Trampolinero

Por favor una segunda parte!!! quede con ganas de saber que paso despues

ElQueLee_BA

El contexto de supervivencia le da una vuelta que no esperaba. Muy bien logrado, se siente urgente y real desde la primera linea.

ToroRosario22

tremendo el giro que pega el relato, no me lo esperaba jajaja

SolRosario

Lo lei de un tiron, no pude parar. Sigan publicando cosas asi!!!

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