En la boda, su madre lo empujó hacia su tía
La boda de su primo estaba resultando tan tediosa como Marcos había anticipado. Llevaba media noche en la misma silla, entre sus padres y unos tíos que apenas le dirigían la palabra, mirando el móvil cada dos minutos y rezando para que aquello acabara de una vez.
La ceremonia se había celebrado en un caserón antiguo perdido en mitad del monte, lejos de cualquier sitio conocido. Bonito, eso sí, pero solitario, rodeado de árboles y de una oscuridad que empezaba justo donde terminaban las últimas bombillas del jardín.
—¿Te aburres? —le preguntó su madre.
Nerea era la única que seguía a su lado en la mesa. La familia de su marido nunca le había caído del todo en gracia, y ella tampoco se esforzaba demasiado por gustarles. Tenía una lengua afilada y poca paciencia para los cuñados ebrios.
—Un poco —admitió él—. En mal momento dije que vendría. Si viven todos a tomar por culo y, encima, la mitad son imbéciles.
—La mitad eres generoso —respondió ella, y los dos sonrieron a la vez.
Nerea se descalzó, cambió los tacones por unas alpargatas que los novios habían regalado a las invitadas y señaló la salida con un gesto de la barbilla.
—¿Nos escaqueamos un rato? Necesito aire fresco antes de morirme de tedio.
Marcos no se lo hizo repetir. Esquivaron a los invitados, que les sonreían con muecas pastosas, y salieron al jardín. La noche de marzo los recibió con un frío seco y limpio que olía a tierra húmeda.
—Menos mal que no llueve —dijo ella, sacando un cigarrillo del bolso—. Si no, menuda boda de mierda.
—No sabía que fumabas.
—Uno o dos cuando salgo y tomo un par de copas. No cuenta —encendió el pitillo y soltó una bocanada que se deshizo en la oscuridad como un fantasma.
Marcos iba a contestar cuando un sonido lo detuvo. Algo rítmico, sordo, venía de la espesura que tenían enfrente.
—¿Has oído eso?
Nerea aguzó el oído más por seguirle el rollo que por interés. Y entonces lo captó: un golpeteo acompasado, inconfundible, carne contra carne, que solo podía significar una cosa. Madre e hijo se miraron con los ojos muy abiertos.
—¿Tú crees que...? —empezó él.
—Vamos a comprobarlo —lo cortó ella, picada por la curiosidad.
***
Avanzaron por el empedrado pisando como gatos, conteniendo la risa, hasta que los faroles se acabaron y tuvieron que dejar que los ojos se acostumbraran a la negrura. Nerea agarró a su hijo por los hombros y, a unos diez metros, distinguieron una silueta entre dos árboles.
Era un hombre con traje de boda, con los pantalones bajados hasta las rodillas, moviendo la cadera contra alguien que tenía las manos apoyadas en un viejo muro de piedra. El golpeteo que habían oído era él, embistiendo sin tregua, metiéndosela hasta el fondo con cada envión. La mujer tenía el vestido subido hasta la cintura, el culo blanco al aire, y jadeaba pegada a la pared cada vez que la polla del tipo le entraba entera.
—No me lo puedo creer —susurró Nerea al oído de su hijo—. Son Marta y Joaquín. Primos de tu padre.
—¿Y qué?
—Que entre ellos también son primos, tonto. Y están casados. Cada uno con otra persona.
Marcos ahogó una carcajada contra el tronco. Se quedaron quietos, ocultos, mientras el chapoteo húmedo del coño mojado de Marta y los gemidos guturales de la mujer llenaban el pequeño bosque como si estuvieran en primera fila de un cine porno. Joaquín le había metido una mano por dentro del escote y le apretaba las tetas mientras la follaba, y Marta arqueaba la espalda para que se la clavara más adentro.
—Dámela toda, cabrón, hasta el fondo —oyeron gemir a Marta entre dientes—. Que hace meses que no me la meten así.
—Puta prima mía, cómo aprietas —jadeaba él, agarrándola de las caderas para hundírsela con más fuerza—. Este coño es mío desde los quince, no lo olvides.
Nerea se llevó una mano a la boca. Marcos notó, contra su voluntad, cómo la polla empezaba a crecerle dentro del pantalón de traje. Con su madre pegada al hombro, escuchando aquello, la situación tenía un morbo que le resultaba insoportable.
—Voy a correrme —anunció el hombre, sin el menor pudor.
—No, no, espera, sácala —protestó ella, pero fue inútil. Un gruñido largo y satisfecho lo delató, y se vio cómo Joaquín se pegaba a las nalgas de su prima y se estremecía descargándole toda la corrida dentro—. Joder, Joaquín, ¿no podías aguantar un minuto más? La próxima vez te corres fuera, que no tenemos edad para sustos.
—Con la pastilla se arregla todo, mujer.
Joaquín sacó la polla despacio, todavía dura y brillante, y un hilo blanco cayó por el muslo de Marta antes de que ella lo recogiera con dos dedos y, sin dejar de mirarlo, se lo llevara a la boca chupándolos.
—Cerdo, siempre me haces lo mismo —murmuró, subiéndose las bragas encima del semen que le chorreaba por dentro.
Madre e hijo permanecieron inmóviles, mimetizados con el árbol, hasta que los pasos de los amantes se alejaron hacia la casa. Solo entonces se separaron, reventando de risa contenida.
—Menudo cabrón —dijo Nerea, secándose una lágrima—. Se folla a su prima, se corre dentro y luego la besará delante de todos como si nada. Menudo bombazo.
Marcos se ajustó disimuladamente el pantalón, pero Nerea lo pilló al vuelo. No dijo nada. Solo esbozó media sonrisa y le pasó la lengua por los labios.
***
Volvieron a la mesa cuando el viento arreció. Nerea arrastró su silla hasta quedar pegada a la de su hijo, desde donde se veía toda la pista de baile.
—Mírala —señaló a Marta, que en ese momento besaba a su marido con devoción—. Con qué amor lo besa. A saber a qué le sabe la boca todavía. A polla de primo, seguro.
Marcos se rio. La cosa había dejado de ser aburrida.
—¿No te parece increíble? Casados, con hijos, y son primos.
—Más increíble es que sean primos y follen tan bien —respondió ella, divertida—. Y con qué ganas, joder. Aunque, mira, tampoco soy quién para juzgar. Dime una cosa, por curiosidad sana de madre: tú y alguna de tus primas, ¿alguna vez...?
Él se recostó en la silla con media sonrisa. Nunca le había ocultado nada a su madre; eran más cómplices que otra cosa.
—Con mis primas no. Apenas tengo, y ninguna de mi edad —dijo, y se rascó la patilla, gesto que ella conocía de sobra—. Pero, ya que estamos... ¿sabes quién me ponía muchísimo de pequeño?
—Suéltalo.
—Lorena.
Nerea abrió la boca de golpe.
—¿La tía Lorena? ¿Mi cuñada? —bajó la voz cuando él le clavó una mirada de pánico—. No me lo creo. Eres un viciosillo.
Marcos notó el calor subiéndole a la cara. Buscó a su tía con la mirada. Lorena bailaba en el centro de la pista, embutida en un vestido negro que le sentaba demasiado bien, el pelo rizado cayéndole por la espalda. Tendría cuarenta y cuatro años y seguía estando para comérsela, con esas tetas pesadas que se movían dentro del escote y un culo prieto que el vestido marcaba sin piedad.
—Sigue gustándote —afirmó su madre, leyéndoselo en los ojos—. No lo niegues.
—De crío me hacía perder la cabeza —confesó él—. Las cosas como son. Me hacía pajas pensando en ella desde los trece.
—Coño, hijo, no te cortes tú tampoco —rio Nerea, dándole un codazo—. ¿En serio?
—En serio. Muchas. Cada verano en el pueblo, cuando la veía en bikini, era el material de todo el año.
Nerea le dio un trago a su copa. La noche, el alcohol y el secreto de los amantes del bosque le estaban encendiendo una idea peligrosa.
—¿Y qué darías por estar con ella? La verdad.
—¿Me lo preguntas en serio?
—En el instituto me encantaba emparejar a la gente. Y si encima es mi hijo... Mira, Rubén es un imbécil que se pasa media boda mirándome el escote y baboseando. No se merece a esa mujer. Y esa mujer, mírala bien, tiene un cuerpo que pide guerra. —se acercó a su oído, y él sintió el aliento caliente contra el lóbulo—. Vamos a hablar con ella.
—Ni de broma, mamá. Me muero de vergüenza.
—Tú solo sígueme el rollo.
***
Nerea se levantó, se contoneó hasta la pista y rescató a su cuñada con una sonrisa.
—Lorena, amor, ven, que tenemos un cotilleo que te va a encantar. De los buenos.
A Lorena le brillaron los ojos como a una niña. Salieron los tres al jardín, donde el aire frío les cortó la respiración. Marcos se mantuvo medio paso atrás mientras su madre, copa en mano, le narraba con todo lujo de detalles lo de Marta y Joaquín: los ruidos, el árbol, cómo le metía la polla hasta el fondo, cómo se corrió dentro, cómo ella se chupó los dedos manchados de semen.
—No me lo puedo creer —jadeaba Lorena, encantada—. ¿Me lo juras? ¿Se la chupó después? Me traes oro puro, guapa.
—Con estos ojos lo vimos. Se lamió los dedos como si fuera nata.
—Una canita al aire a nuestra edad tampoco está tan mal, ¿no crees? A mí ya casi ni me la meten —dejó caer Nerea, y la otra asintió riéndose, ya bastante achispada.
—Ni me hables. Rubén me toca una vez al mes, si hay suerte, y dura tres minutos —bufó Lorena—. Ya ni me molesto en mojarme.
Entonces la madre cambió el tono. Bajó la voz, fingió un pudor que no sentía.
—Mira, esto del bosque me ha recordado una cosa. ¿Y tú, cariño? —se giró hacia su hijo—. ¿Nunca has tenido un amorío en la familia? Algo que te quitara el sueño.
—Mamá... —carraspeó él.
—Yo ya lo sé —siguió ella, mirando a Lorena—. Pero no soy yo quien debería saberlo.
Lorena frunció el ceño, apoyó la espalda en la pared del caserón y fijó sus ojos azules en su sobrino.
—Espera... ¿Marcos?
El chico bajó la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada.
—No es para tanto, mi madre exagera —murmuró—. Pero sí. Siempre me gustaste. Desde muy pequeño. Fuiste la primera por la que perdí la cabeza. Con la que aprendí a pajearme.
Hubo un silencio largo, solo roto por el eco de la música y el viento entre las ramas. Nerea esperaba un bofetón, una negativa, un «qué barbaridad». No llegó nada de eso. Lorena lo miraba con las aletas de la nariz temblando, media sonrisa incrédula y un rubor que no era solo de frío.
—Me dejas de piedra —dijo al fin—. Una no escucha estas cosas a mi edad. Me siento... halagada. —se mordió el labio—. ¿Desde cuándo me ves así? ¿Y cómo? Cuéntamelo bien, no me dejes a medias.
Esa pregunta lo dice todo, pensó Nerea, y supo que el plan funcionaba.
—Desde siempre —respondió el chico, envalentonado—. En verano, cuando coincidíamos en el pueblo, eras lo único que me importaba. Cuando te ponías el bikini negro, aquel con el que te bañabas en la piscina, me encerraba en el cuarto y me la cascaba pensando en tus tetas, en tu culo saliendo del agua. Muchas noches me dormí imaginándote encima de mí.
Lorena soltó un suspiro corto, casi un jadeo. Respiraba agitada, el escote subiendo y bajando, y se apretó los muslos disimuladamente. Nerea se movió entre los dos con la lentitud de una gata, le colocó a su cuñada el tirante del vestido y se le acercó al oído.
—Tres son multitud —susurró—. Yo entro y entretengo a Rubén un buen rato, no vaya a notar tu ausencia. Vosotros... quedaos a solas. Y no seas tímida con él, que la tiene bien puesta, te lo digo yo.
—Nerea, espera... —Lorena le rozó la mano.
—No hace falta que digas nada, cielo. Solo tienes que hacer. Que se corra el pobre en tu boca, en tu coño o donde quieras, pero que se corra.
Antes de marcharse, Nerea se acercó a su hijo, le dio un beso húmedo en la mejilla y, sin que Lorena perdiera detalle, dejó caer la mano hasta el bulto que tensaba el pantalón del chico. Lo recorrió con las yemas, despacio, deteniéndose un instante para apretarlo con cariño. Notó bajo la palma toda la longitud de la polla dura de su hijo, y no se molestó en disimular la sonrisa.
—Está lista para ti, Lorena —dijo, mirando a su cuñada a los ojos azules mientras sostenía el sexo de su hijo—. Aprovéchala.
Soltó la presa, giró sobre los talones y se perdió en la fiesta. En la puerta se llevó dos dedos a los labios e hizo el gesto de cerrar una cremallera invisible.
***
Tía y sobrino se quedaron solos, mirándose como si fueran las dos únicas personas del mundo. El roce de su madre lo había dejado al borde de la locura. Marcos lanzó la copa hacia la hierba, sin importarle si se rompía, y dio dos pasos hasta quedar frente a ella.
—¿Dónde vamos? —preguntó, con una voz dura que no se reconocía.
Lorena lo escrutó de arriba abajo. Seguía siendo el mismo niño que había visto nacer, salvo por una cosa, y esa cosa la comprobó cuando bajó la vista hasta el bulto entre sus piernas. Se relamió sin querer. Sin decir palabra, lo cogió de la mano y lo arrastró hacia el lateral del caserón, hasta un cobertizo en penumbra donde se guardaban las sillas plegables.
Nada más cerrar la puerta, él la besó. Ella respondió con un hambre que llevaba años acumulando bajo un matrimonio aburrido. Lorena le metió la lengua hasta la campanilla, le mordió el labio, y sin dejar de comerle la boca le bajó la cremallera del pantalón y le hundió la mano en los calzoncillos. Cuando sus dedos se cerraron alrededor de la polla dura y caliente de su sobrino, se le escapó un gemido contra la boca de él.
—Madre mía, has crecido en todos los sentidos —jadeó, apretándosela y sintiendo cómo la tenía completamente empalmada, gruesa, con las venas marcadas—. La tienes preciosa, sobrino. Y bien dura. Así llevas rato, ¿eh?
—Desde que oímos follar a tus primos en el bosque —confesó él con la voz ronca.
—Cochino. Ven aquí.
Lorena se dejó caer de rodillas sobre el suelo de madera, sin importarle el polvo ni el frío, y le bajó los pantalones y los calzoncillos de un tirón hasta los tobillos. La polla de Marcos saltó libre delante de su cara, dura, apuntando hacia arriba, con la punta ya brillante de líquido preseminal. Lorena se quedó mirándola un segundo, mordiéndose el labio, y luego la cogió con las dos manos.
—A ver si es verdad que soñabas conmigo, sobrino.
Le pasó la lengua desde la base hasta la punta, muy lenta, saboreándolo, y después se la metió en la boca hasta el fondo. Marcos gruñó y se apoyó con las dos manos en un estante para no caerse. Su tía chupaba con ganas, sin remilgos, moviendo la cabeza rápido, sacándose la polla y volviéndosela a meter, ahogándose ella misma cuando le llegaba al fondo de la garganta y babeando sin cortarse. Con una mano le acariciaba los cojones mientras con la otra le trabajaba la base.
—Joder, tía, así no voy a durar nada —jadeó él, mirándola desde arriba.
Ella se la sacó de la boca con un ruido húmedo, la mantuvo pegada a su mejilla y sonrió hacia arriba, con los ojos azules brillándole en la penumbra.
—Llámame Lorena cuando me la estés metiendo. Lo de tía déjatelo para las bodas.
Se puso de pie, se subió el vestido negro hasta la cintura y se bajó ella misma las bragas empapadas, dejándolas caer alrededor de un tobillo. Marcos la levantó sobre una pila de cajas, le abrió las piernas de par en par y se quedó un instante mirándole el coño: depilado casi entero, hinchado, con los labios brillantes de lo mojada que estaba y una fina línea de humedad que le bajaba por dentro del muslo.
—Cómelo antes —le pidió ella—. Anda, sobrino, dame ese capricho. Rubén no me come el coño desde que nos casamos.
Marcos se arrodilló y hundió la cara entre sus muslos. La lamió entera, de abajo arriba, chupando los labios, metiéndole la lengua adentro y saboreándola. Lorena echó la cabeza hacia atrás y se agarró al pelo de su sobrino, guiándole la cara contra su coño, marcándole el ritmo.
—Ahí, ahí, en el clítoris, chúpamelo fuerte —gimió—. Sí, joder, cómo lo haces, sobrino, quién te ha enseñado a comer coño así.
Él le chupó el clítoris con los labios, le metió dos dedos dentro y los curvó buscándole el punto exacto. Lorena empezó a temblar en menos de un minuto, apretándole la cabeza con los muslos, y se corrió sobre su boca con un gemido largo que tuvo que ahogar mordiéndose la mano.
—Ahora fóllame —le pidió, casi sin aire—. Fóllame ya, sobrino, mételo hasta el fondo, que llevo años esperándote sin saberlo.
Marcos se puso en pie, se cogió la polla y frotó la punta contra el coño empapado de su tía, jugueteando con los labios hinchados antes de empujar. Cuando la penetró de una sola embestida, la mujer le clavó las uñas en la espalda y mordió el cuello del chico para no gritar.
—Más despacio, sobrino —le pidió entre dientes—, que esto lo he soñado mil veces y no quiero que se acabe. Métemela lento, siéntemela toda.
Marcos obedeció a medias. La sujetó por las caderas y se movió largo y profundo, sacándola casi entera hasta la punta antes de volvérsela a meter hasta los cojones, escuchando cómo el coño de su tía sonaba mojado con cada embestida y cómo los gemidos de Lorena se mezclaban con la música lejana de la boda. Ella le hablaba al oído, le decía guarradas que jamás habría imaginado en boca de la dulce Lorena, y eso lo encendía todavía más.
—Así, cabrón, dámela toda, dame la polla que tanto imaginabas de crío —jadeaba, cogiéndole el culo con las dos manos para hundírsela más—. Ahora es tuya, sobrino, mi coño es tuyo esta noche.
Él le bajó los tirantes del vestido y le sacó los pechos, pesados, con los pezones oscuros y muy duros. Se agachó y se metió uno en la boca, chupándolo con fuerza, mordisqueándoselo, mientras seguía embistiéndola sin parar. Lorena se tumbó de espaldas sobre las cajas, abrió las piernas al máximo y se puso ella misma a frotarse el clítoris mientras su sobrino la clavaba contra la madera.
—Voy a correrme otra vez, no pares, no pares —imploraba—. Fóllame más fuerte, más fuerte, coño.
Marcos aceleró, agarrándola de las caderas, embistiendo con toda la fuerza que tenía. El chapoteo del coño de su tía llenaba el cobertizo entero. Lorena se corrió por segunda vez, mucho más fuerte que la primera, arqueándose entera y apretándole la polla por dentro con espasmos que casi lo hicieron acabar a él también.
***
No supo cuánto tiempo llevaban cuando la puerta del cobertizo se abrió con un chirrido. Marcos se quedó helado, todavía metido hasta el fondo dentro de su tía, pero la silueta recortada contra la luz del jardín no era la de Rubén.
—Vaya, vaya —dijo Nerea, entrando y cerrando tras de sí—. Rubén se ha ido a dormir la mona al coche. Pensé que os echaría una mano.
Lorena, lejos de asustarse, soltó una risa ronca sin dejar de tener a su sobrino clavado dentro.
—Ven aquí, instigadora. Esto es obra tuya. Mira cómo me tiene tu hijo, mira, no puedo ni respirar.
Nerea se acercó despacio, taconeando en la madera. Se paró junto a ellos, y la escena la puso de pie con el pulso disparado: su cuñada abierta de piernas sobre las cajas, con el vestido revuelto y los pechos fuera, y su hijo entre sus muslos, la polla brillante entrando y saliendo del coño de Lorena a cámara lenta ahora que él se había frenado por la sorpresa.
—No pares por mí, hijo —murmuró Nerea, y apoyó una mano en la espalda sudada de Marcos, empujándolo suave para que siguiera moviéndose dentro de Lorena—. Sigue. Fóllatela bien, como te está pidiendo.
Marcos, sin salirse, retomó el vaivén, esta vez despacio, sintiendo el peso de la mirada de su madre en cada embestida. Nerea rodeó las cajas, se colocó a la altura de la cabeza de Lorena y con la otra mano apartó un mechón de pelo de la cara sudada de la cuñada.
—Solo quería asegurarme de que mi chico lo hacía bien —dijo, y besó a su cuñada en la boca, lento, mientras Marcos sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies. Las dos mujeres se comían la lengua a un palmo de él, jadeando por el beso y por la polla que seguía entrando y saliendo del coño de Lorena.
Nerea se separó del beso, miró a su hijo a los ojos y se pasó la lengua por los labios.
—Sácala un momento —le ordenó con voz suave—. Quiero probarla.
Marcos obedeció. Salió del coño de Lorena y la polla apareció brillante, empapada, hinchada. Nerea se agachó, sin pensárselo dos veces, y se la metió entera en la boca. Marcos gimió, un sonido animal, incapaz de creerse lo que estaba viendo: su propia madre chupándole la polla con los ojos cerrados, saboreando el flujo de su tía. Nerea la trabajó bien, dando lengüetazos alrededor del glande, sacándosela con un beso húmedo, y volvió a mirarlo desde abajo.
—Tu tía sabe de puta madre, hijo. Cásate con ella si quieres. Ahora vuelve a meterla, que Lorena no ha terminado contigo.
Y guio la polla de su hijo de vuelta al coño de Lorena, empujándolo ella misma por las caderas para que la clavara hasta el fondo. Lorena gritó de puro placer al sentir cómo la penetraba otra vez, y estiró un brazo para agarrar a Nerea de la nuca y besarla de nuevo, esta vez con más hambre.
Lo que vino después fue un nudo de manos, bocas y susurros en aquel cobertizo helado. Nerea se subió el vestido, se bajó las bragas y se sentó sobre la cara de Lorena, que le comió el coño a su cuñada con las mismas ganas con las que se lo habían comido a ella minutos antes. Marcos seguía embistiéndola desde abajo, viendo cómo su madre se retorcía sobre la cara de su tía, con las tetas fuera del vestido, echándose hacia adelante para besarlo a él en la boca mientras Lorena la lamía sin descanso.
—Vas a ser mi mejor amante, hijo, ya te lo digo —le susurró Nerea contra los labios, mordiéndoselos, mientras se corría a su vez sobre la lengua de la tía—. Esta noche solo es el aperitivo.
Lorena tiró del hijo hacia ella y de la madre hacia los dos, y Nerea, lejos de quedarse al margen, guio a su chico, le marcó el ritmo, le susurró al oído lo orgullosa que estaba, le pidió que se corriera dentro de su tía como Joaquín se había corrido dentro de Marta. Cuando Marcos por fin se dejó ir, lo hizo con su tía abrazándole la espalda con las piernas y su madre sosteniéndole la cara entre las manos, obligándole a mirarla mientras vaciaba toda la corrida dentro del coño de Lorena, chorro a chorro, sintiendo cómo su tía se estremecía debajo notando el semen caliente inundándola por dentro.
—Así, cariño, así —le murmuró Nerea al oído, besándole la sien—. Vacíate entera dentro de ella. Esta noche es solo el principio.
Cuando por fin salió, un hilo espeso de su propia corrida bajó por el muslo de Lorena. Nerea, sin pensárselo, se agachó y lo recogió con la lengua, subiendo despacio por la pierna de su cuñada hasta llegar al coño y darle un último beso ahí, con los labios manchados del semen de su hijo.
***
Volvieron a la fiesta por separado, con apenas unos minutos de diferencia, cada uno recomponiéndose la ropa y la sonrisa. Marta besaba de nuevo a su marido en la pista; Joaquín brindaba en la barra; Rubén roncaba en el aparcamiento. Nadie sospechaba nada.
Nerea se dejó caer en su silla junto a su hijo, le rozó la pierna por debajo de la mesa, subió la mano hasta rozarle otra vez el bulto y le habló al oído con esa lengua roja que tan bien conocía.
—¿Ves como no era tan difícil? —le sonrió—. Y que conste que la próxima vez que digas que una boda es aburrida, te vas a acordar de esta. Y de la que te espera en casa esta noche, cuando tu padre se duerma.
Marcos miró a su tía al otro lado de la pista, que le devolvió una mirada de ojos azules cargada de promesas, y después a su madre, que mordía el borde de la copa conteniendo la risa. Somos iguales, pensó. Y por primera vez en toda la noche, deseó que la fiesta no terminara nunca.