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Relatos Ardientes

Lo que mi suegra me dejó hacer en su cocina

Marisol acababa de bajar del coche de aquel tipo del barrio con la cara encendida y la respiración entrecortada, y yo estaba convencido de que iba a pedirme que la llevara a cualquier rincón apartado. La conocía bien. Tenía ese brillo en los ojos que solo aparece cuando una mujer necesita que la terminen de encender, y necesitaba una buena verga para apagar el incendio.

Pero para mi sorpresa, su respuesta fue otra.

—Vámonos a casa, por favor —dijo, sonrojada, sin mirarme.

Me extrañó que no quisiera más. La veía tan caliente que habría jurado que aceptaría cualquier propuesta. Arranqué y conduje hacia su edificio. Durante el trayecto me echaba miradas furtivas de reojo, esperando seguramente que la metiera en algún hotel barato y la follara hasta cansarnos.

Pero no era el día. Sabía que estaba ardiendo y quería dejarla así, con las ganas mordiéndole por dentro.

Al llegar al portal me miró, esperando que dijera algo. Como no lo hice, abrió la puerta y salió del coche sin una palabra. Cuando había dado dos pasos, la llamé por la ventanilla.

—Eh, ¿adónde vas tan deprisa? Anda, Marisol, sube un momento.

Se giró muy digna, volvió a sentarse y no preguntó nada. Metí la mano entre sus piernas y la subí despacio hasta rozar la tela de la braga. Acaricié por encima y vi cómo entornaba los párpados y dejaba escapar un gemido bajo.

—Mmm... —jadeó sin decir nada más.

Empujé la tela hacia dentro con dos dedos, hundiéndola hasta donde llegaba. La muy descarada estaba empapada, tanto que la prenda chapoteaba.

—Joder, Marisol, vaya calentón llevas encima —murmuré.

Abrió apenas los ojos pero no respondió. Aparté la braguita a un lado, recorrí su sexo muy despacio y hundí los dedos de golpe, sin avisar.

—¡Ah! —chilló al sentirse penetrada.

Y de inmediato levantó las caderas para que entraran más hondo. La muy lista llevaba esperando esto desde que habíamos arrancado.

—Sí, sigue, mételos, corre —pidió, subiendo y bajando sin freno sobre el asiento.

Sus caderas no paraban. Se estremecía entera, rebotando contra el cuero.

—Vaya, suegra —dije con sorna—. Tanto morbo guardado y ahora te conformas con mis dedos.

Abrió mucho los ojos y su mirada lasciva casi me desarma.

—Fóllame tú —suplicó—. Vámonos a cualquier lado y métemela.

Mantenía las caderas en vilo mientras yo golpeaba su sexo con la palma abierta, un chasquido húmedo tras otro, llenando el coche de aquel sonido obsceno.

—Vámonos, por favor —insistió—. Vamos a algún sitio.

Qué gusto verla tan entregada. La misma mujer que durante años me había llamado muerto de hambre, la que juraba que yo no valía para su hija, ahora mendigaba como una perra que la rellenaran.

—Quítate las bragas —ordené.

No lo pensó ni un segundo. Tiró de los lados y se las sacó por las piernas en menos de lo que canta un gallo.

—Dámelas —dije, alargando la mano.

Me las entregó y se incorporó esperando que yo arrancara. En lugar de eso la empujé de nuevo contra el respaldo.

—Quieta. Te veo demasiado cachonda.

Volví a hundir los dedos en ella, golpeando su sexo empapado una y otra vez. Despatarrada, con las piernas en alto, se estrujaba los pechos por encima del vestido desabrochado y gemía como una posesa.

—Qué viciosa eres, Marisol —dije al verla así.

No me hizo el menor caso. Siguió tocándose, bajó la otra mano hacia su entrepierna y se acarició ella misma, hecha una fiera.

Entonces saqué los dedos, le di una palmada seca en el muslo y la dejé donde más le dolía.

—Hala. Termina la faena en tu casa.

Se le cambió la cara de golpe. La perra salida se transformó en una mujer con muy mala leche.

—Hijo de puta —escupió, con una elegancia que no se sostenía.

Me pidió las bragas. Ya conocéis mi respuesta.

—No, no. Esto me lo quedo de recuerdo.

Cuando salía del coche, dije para despedirme:

—Si algún día te apetece repetir, ya sabes dónde encontrarme.

—Cabrón —respondió sin girarse siquiera.

Pero antes de que cerrara la puerta, dejé caer una última idea para que le diera vueltas toda la noche.

—Imagínate tener algo bien grande dentro. A lo mejor merece la pena pensarlo.

Pegó el portazo que yo esperaba y desapareció en el portal.

***

La comida del domingo siguiente fue de lo más cordial. Marisol y yo sonreíamos y nos tratábamos como uña y carne, y tanto su marido como mi mujer alucinaban con el cambio. ¿Cómo habíamos pasado de odiarnos a parecer cómplices de un día para otro?

Nada más llegar le había echado un repaso con la mirada. Y vaya si había aprendido la lección: se había puesto una blusa de gasa sin nada debajo y una falda cortísima que dejaba a la vista todas las piernas.

La estreché entre mis brazos al saludarla y, comprobando que nadie miraba, deslicé las manos bajo la falda y le amarré las nalgas. La muy descarada no llevaba bragas.

Me lanzó una de esas miradas que acojonan.

—Hoy te quedas sin recuerdo de familia —dijo con retintín.

Al final Marisol resultaba ser una cachonda de cuidado. Aun así, dejó que metiera un dedo entre sus nalgas hasta rozar el botón estrecho. Intenté presionar, pero apretó los glúteos con fuerza y me dejó con las ganas.

A los postres salimos a la terraza con unas copas bien frías. Mi mujer mecía a la niña, mi suegro dormitaba en una tumbona. Marisol anunció que iba a preparar unos mojitos y yo me ofrecí enseguida a ayudarla. Me miró medio enfadada y negó con la cabeza. Estaba claro que aún no me perdonaba lo del coche.

Pero ¿qué la había molestado tanto en realidad? Bueno, ya lo averiguaría.

Entré igualmente en la cocina. Me miraba de reojo mientras sacaba la menta y el hielo, sin quitarme la vista de encima, como sabiendo que en cualquier momento me lanzaría sobre ella.

Se agachó a coger hielo del congelador. Ahí fue cuando metió la pata.

Con el culo inclinado, la falda subiéndose y aquel botón estrecho casi frente a mis ojos, me pegué a ella y acaricié la piel oscura de su entrada.

Qué prieto parecía. Daba gusto solo de tocarlo.

Se giró de golpe y me dio un manotazo.

—Joder, estate quieto —dijo, algo nerviosa.

No le hice caso. Deslicé el dedo hacia abajo hasta colarlo entre sus pliegues.

—Ay... joder —protestó.

Tal como estaba, la sujeté por las caderas y froté mi bulto contra sus nalgas. Intentó enderezarse y darse la vuelta, pero la mantuve firme, obligándola a quedarse inclinada. Le di una palmada sonora.

—Para —se quejó, llevándose la mano a la zona enrojecida—. Me has hecho daño.

Lo decía con una vocecita de niña mimada, pero seguía sin apartar el sexo de mis dedos. De eso no se quejaba. Los pasé entre sus labios, recorriéndola entera de lado a lado.

—Para, anda —pidió en un susurro apenas audible.

—Estás empapada otra vez, Marisol.

—Calla, tonto —dijo, conteniendo la risa.

A la muy pícara le gustaba el juego y me seguía la corriente. Vi que movía las caderas y supe que ya era mía. Llevé el dedo de nuevo a su entrada trasera y presioné apenas.

—Mmm... ah... —empezó el concierto de gemidos.

—Me encanta este culo, suegra —susurré pegado a su oído.

Echó las nalgas hacia atrás, frotándose contra mi mano.

—¿Quieres que te lo meta? —pregunté.

No respondió, pero seguía inclinada, sin hacer el menor esfuerzo por levantarse, dejándose tocar mientras se mecía.

—¿Tu marido te lo hace? —insistí.

Cuando ya pensaba que callaría, me sorprendió.

—No... a él no le gusta.

—¿Y a ti?

Dudó unos segundos antes de contestar.

—A veces.

Aquello me abrió otra pregunta.

—Si a él no le gusta, ¿quién es el que te da por ahí esas veces?

Evitó responder y metió la mano entre sus piernas para buscar mi miembro.

—Uf, qué grande —dijo, acariciándolo con los dedos.

Empezó a masturbarme despacio, una mano en el tronco y la otra sopesando el resto, y luego me colocó entre sus nalgas y empezó a deslizarse. Qué gusto sentir aquellas manos cálidas. ¿Acaso me estaba pidiendo que se lo metiera?

No estaba seguro, pero tenía que comprobarlo. Empujé con la punta contra el botón y vi cómo cedía.

—Ay... —protestó al notar la intención.

—Calla, Marisol —dije, sujetándole los pechos—. Como se despierte tu marido nos pillan.

Inclinada como estaba, no la dejé enderezarse. La fui empujando despacio, abriéndome paso poco a poco.

—Por ahí no, por ahí no —repetía.

Pero al verla tan indefensa, doblada sobre la encimera, se me fue la cabeza. La agarré del pelo, me lancé hacia delante y entré de una embestida.

—¡Ah! Esteban, por Dios —se lamentó.

Yo ya no escuchaba. Embestía hundiéndome cuanto podía.

—Para, despacio, métela más despacio —pidió, apoyándose en la nevera.

Seguí empujando mientras ella se agarraba donde podía. Mi pelvis chocaba contra sus nalgas con un golpeteo seco y constante.

—Despacio o vas a tirarme —jadeaba, golpeándose contra el frigorífico.

Pero verla así, abierta y sometida, me ponía a mil. La tiré del pelo y la empotré con todas mis fuerzas hasta enterrarme entero.

—Vas a partirme, Esteban —gimió—. Por favor, más despacio.

Separé sus nalgas con los dedos y contemplé cómo desaparecía dentro de ella. Golpeé una vez más, brutal, y mi pelvis quedó pegada a su piel.

—Dios... mmm... —empezó a soltar, y para mi sorpresa bajó una mano y comenzó a tocarse el clítoris.

—Mételo, mételo, dame fuerte —rogó, completamente entregada.

Yo la empotraba sin control, estrujándole los pechos, dando por el culo a mi queridísima y supuestamente recatada suegra. Entonces soltó algo que me dejó de piedra.

—Qué grande la tenía... el del coche —murmuró, con la mente muy lejos.

La estaba follando yo y ella pensaba en otro. Comprendí lo que quería sin que se atreviera a decirlo.

—Sí, suegra. La tenía grande y gorda.

—Sí... lo vi, lo vi —jadeó—. Menudo ejemplar.

Le apreté los pezones y decidí tirar del hilo.

—¿Querrías probarla algún día?

Intentó levantar la cabeza, pero la postura no se lo permitía. Tiré del pelo y la obligué a mirarme.

—Dime, golfa. ¿La quieres probar?

Cerró los ojos un instante, se mordió los labios y, mirándome de nuevo, fue muy clara.

—Me haría daño...

Qué descarada. Claro que quería.

—Espera a tenerla dentro como Dios manda. Te vas a derretir.

—Sí... pero despacio, ¿vale?

Le di una embestida y se golpeó contra la nevera.

—¡Dios! Cómo me gusta —dijo, en lugar de quejarse.

Llevé la mano a su sexo y lo encontré chorreando. A la muy viciosa le iba el sexo duro. Le solté una palmada que dejó su nalga roja.

—Eres un cabronazo, Esteban —gimió, estremeciéndose.

—Y tú una golfa, Marisol —respondí, sujetándole las caderas y empotrándola de nuevo.

—Métela entera —pidió, fuera de sí.

La follé como un animal, tirándole del pelo, hundiéndome hasta el fondo. Mi recatada suegra no paraba de gemir y de pedir que la rompiera, disfrutando como no lo había hecho en años, moviendo el culo hacia mí.

—Voy... ay... voy a correrme —chilló, conteniendo la voz—. Ya... ya... me corro, Esteban.

Cuando por fin se deshizo en un temblor, me ofreció acabar con la boca, pero no era eso lo que yo quería. La empotré como un poseso hasta vaciarme dentro, y al salir vi un reguero deslizándose por la piel.

—No te limpies —ordené, malicioso—. Quiero verte sentada en la terraza así.

Salimos con los mojitos y nos sentamos frente a frente. Marisol separó un poco las piernas y se inclinó hacia delante, con la mirada brillante. Todavía se veían algunas gotas resbalando por el interior de sus muslos.

La muy descarada pasó un dedo, las recogió y se lo llevó a los labios. Lo chupó mirándome de aquella forma lasciva, sacó la lengua y me guiñó un ojo.

Joder con mi suegra. Al final íbamos a entendernos de maravilla.

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Comentarios (6)

TigreBA

Tremendo relato! Me dejo sin palabras, espero la segunda parte ansioso.

Rodo_pampas

Muy buen arranque, la tension se siente desde el primer parrafo. Bien escrito!

DiegoRio

Por favor que haya segunda parte... quede con las ganas

LorenaBA

Me encanto como planteaste la situacion, se siente real. El arranque es perfecto, deja con ganas de leer todo de una. Sigue escribiendo!

NordikLector

increible jajaja

PatricioMar

Excelente, de lo mejor que lei en esta categoria en mucho tiempo. Muy bien logrado.

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