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Relatos Ardientes

Mi amiga Soledad me confesó su despertar lésbico

El sábado Soledad llegó a casa pasado el mediodía. Se quitó la chaqueta, aceptó el café que le ofreció Amparo y, antes de acomodarse en el sofá con nosotras, respiró hondo como quien se prepara para saltar al vacío.

—No sé ni por dónde empezar —dijo—. Todo es mucho más complicado de lo que parece.

Amparo le puso una mano en la rodilla. Yo le serví un poco más de café. Le dijimos que arrancara por el principio, que ya no éramos unas crías y que entre nosotras tres se podía hablar de cualquier cosa, por dura o amarga que fuera.

—Antes de nada tengo que contaros algo de mi vida privada —empezó—. Algo que pasó después de quedarme viuda, cuando todavía me hundía en la tristeza.

Nos miró un instante y siguió.

—Sabéis igual que todo el pueblo que mi hija Nuria es lesbiana. Nunca lo ocultó, desde jovencita traía a sus novias a casa, incluso en vida de mi marido, que maldita la gracia que le hacía. Pero no le quedaba otra que aceptarlo.

—Lo sé —dije yo—. Y no sabes la envidia que me daba que ella se atreviera. Yo, a su edad, no me atrevía a nada.

Soledad esbozó una sonrisa triste y continuó hablando, con la mirada fija en la taza.

—Cuando murió mi marido, lo pasé fatal. Lloraba sin consuelo. Por suerte, Nuria y su pareja pasaban mucho tiempo conmigo. Me abrazaban, me acariciaban, me llenaban de besos las dos para animarme. Y poco a poco lo iban consiguiendo.

—Una noche estábamos Nuria y yo solas, viendo la tele antes de acostarnos. Ella me tenía abrazada, yo acurrucada en su pecho con los ojos cerrados, dejándola hacer porque me sentía mejor así. Me acariciaba la cara, me daba besos en la frente. Y de pronto, sin saber cómo, me besó en la boca. Buscó mi lengua con la suya y yo le correspondí. Me dejé llevar.

Hizo una pausa. Amparo y yo no dijimos nada.

—Metió la mano bajo mi camisón y me agarró una teta entera, sin miramientos. Me estrujó el pezón entre los dedos, me lo pellizcó, me lo retorció despacio hasta ponérmelo duro como una piedra. Hacía años que no me pasaba, chicas, años. Y yo también le metí mano por debajo de la camiseta, le busqué las tetas pequeñitas y firmes, se las apreté. Ella me lamió el cuello, me mordió el lóbulo de la oreja, me susurraba «mamá, qué buena estás, mamá, déjame». Y a mí aquel «mamá» dicho con la voz ronca, en vez de frenarme, me ponía el coño empapado. Se puso de rodillas en el sofá, me abrió las piernas y me metió la cara entre los muslos por encima de las bragas. Me olió, me lamió por encima de la tela, y yo tenía la braga hecha una sopa. Me la bajó de un tirón y me clavó la lengua en el coño sin previo aviso. Me lamía los labios, me chupaba el clítoris, me metía la lengua dentro. Yo me agarré a su pelo y le apreté la cara contra mi coño, muerta de vergüenza y de gusto al mismo tiempo. Me hizo correrme así, en su boca, mordiéndome la mano para no gritar. Acabamos las dos desnudas, enredadas en caricias y lametones, hasta que tuve un golpe de lucidez. La aparté.

—Le dije: «Nuria, te has vuelto loca, soy tu madre, no podemos seguir con esto, déjame por favor». Y ella, tranquilísima, con mi flujo aún brillándole en la barbilla, me contestó que no estaba ni loca ni enferma, que solo quería ayudarme a revivir sensaciones dormidas, a olvidar la tristeza, a volver a sonreír.

—«Papá ya no va a volver» —me dijo—. «Tú todavía eres joven, no puedes vivir amargada el resto de tu vida. Eres una mujer guapa, apetecible, tienes un cuerpo que muchas querríamos, y no te lo digo como tu hija, sino como otra mujer a la que se le ha puesto el coño duro comiéndote». Yo no sabía dónde meterme.

Soledad levantó por fin la vista.

—Le pedí tiempo. Le dije que me había gustado, que era verdad, que me había corrido como una perra en su boca, pero que así de repente no podía hacerlo con una mujer, y menos con ella. Nuria lo entendió. Me explicó que las mujeres follamos de otra forma, con más calma y más lengua, que si me decidía a probarlo en serio me alegraría, y que por eso no iba a convertirme en un bicho raro. Nos fuimos cada una a su cama.

—Pero esa noche no pegué ojo. Revivía el beso una y otra vez, la lengua de mi hija dentro de mi coño, cómo me había entregado, lo húmeda que me había puesto. Hacía años que no sentía algo así. Solo de recordarlo volví a mojarme, y empecé a tocarme en la oscuridad como una adolescente que descubre su cuerpo. Me metí dos dedos, me los saqué chorreando, me lamí mi propio sabor como si fuera el suyo. Me froté el clítoris en círculos, apretando fuerte, imaginando que era su lengua otra vez. Me corrí dos veces seguidas, mordiendo la almohada. Me quedé dormida sonriendo, con los dedos aún metidos.

***

—Pasaron los días —siguió—, y por fuera todo era normal. Pero algo había cambiado en mí. Miraba a Nuria de otra manera. Ya no veía a mi hija, sino a una mujer joven, guapa, menudita y bien proporcionada. Me imaginaba comiéndole el coño a ella, chupándole las tetas, y a solas en mi cuarto me masturbaba pensando en eso, con unos orgasmos como no había tenido en la vida.

Amparo me lanzó una mirada de reojo. Soledad ni se dio cuenta, estaba lanzada.

—Un fin de semana vino su pareja, que trabaja en Barcelona. Se llama Bianca, es brasileña, tiene treinta y tantos, una mujer impresionante, de tetas enormes y piel muy blanca, con unos pezones oscuros que se le marcaban por debajo de todo lo que llevaba. Después de cenar, Nuria propuso que nos cambiáramos para ver una película más cómodas. Yo me puse mi camisón de siempre, opaco, sin nada debajo. Ellas dos salieron con unos conjuntos finísimos, casi transparentes, que no tapaban nada: se les veían los pezones, la sombra del vello del pubis, el culo respingón por debajo de la tela. Al verlas me recorrió un escalofrío de arriba abajo y noté cómo el coño se me empapaba en un instante.

¿Qué me está pasando?, se preguntaba ella entonces, y nos lo contaba ahora con las mejillas encendidas.

—Hacía como que veía la tele, pero no les quitaba ojo de reojo. Ellas estaban a lo suyo, besándose con lengua, metiéndose mano sin disimulo, como si yo no estuviera. Bianca le sacó una teta del sujetador a Nuria y se puso a chupársela, mamándole el pezón con ganas mientras mi hija echaba la cabeza atrás y gemía. Luego Nuria le bajó las bragas a Bianca en la chaise longue, le abrió las piernas y le hundió la cara en el coño. Chicas, se lo comía a lametones, con hambre, y Bianca le sujetaba la cabeza y le decía en portugués cosas que yo entendía a medias, pero se notaba lo que le pedía: «assim, mais fundo, chupa aí». Cambiaron de postura, se pusieron en tijera, restregando coño contra coño, mojadas las dos, dándose empujoncitos con las caderas.

—No pude más. Empecé a tocarme por encima del camisón, luego me lo quité entero. Abrí las piernas en el sofá y me acaricié mirándolas sin disimulo. Me chupé dos dedos y me los metí en el coño, sacándolos y metiéndolos al ritmo de ellas, con la otra mano frotándome el clítoris. Mis suspiros se volvieron jadeos, y entonces se fijaron en mí. Bianca se levantó y vino hacia mí, desnuda del todo, con las tetas enormes bamboleándose y el coño brillándole de saliva y flujo, contoneándose despacio.

—Me dijo: «Soledad, únete, déjate llevar, descubrirás un mundo maravilloso y no te vas a arrepentir. No veas a tu hija, ve a otra mujer que quiere hacerte gozar como no has gozado nunca». Y yo le contesté que sí, que lo estaba deseando, que tenía el coño ardiendo, que no sabía cómo hacerlo y que me enseñaran ellas. Que me entregaba en cuerpo y alma.

Soledad bajó la voz, pero ya no se cortaba.

—Me llevaron a mi dormitorio en volandas. Me tumbaron en la cama y se me echaron encima las dos. Bianca me metió una teta enorme en la boca y yo mamé de ella como si fuera una cría, chupando ese pezón oscuro y grueso hasta ponérselo tieso. Nuria bajó y se me instaló entre las piernas. Me abrió el coño con dos dedos y empezó a comérmelo con calma, sin prisa ninguna, lamiéndome de abajo arriba, de la raja del culo al clítoris, en un recorrido larguísimo que me volvía loca. Bianca se sentó a horcajadas sobre mi cara y yo, por instinto, saqué la lengua y le lamí el coño por primera vez en mi vida. Sabía fuerte, salado, delicioso. Me metí a fondo, la chupé como me estaban chupando a mí, y ella se retorcía y me apretaba la cara contra su carne. Me corrí en la boca de mi hija, gritando con el coño de Bianca aplastado contra la boca, y no paré ahí. Me cambiaron de postura, me pusieron a cuatro patas y Bianca sacó de una bolsa un arnés con una polla de goma, gruesa y larga, que se ató a la cintura. Se la vi con los ojos como platos. Me la metió despacio, primero un poco, luego hasta el fondo, y me la clavó hasta las tripas mientras Nuria se metía debajo de mí y me chupaba el clítoris y las tetas colgando. Me follaron por turnos, cambiándose el arnés, dándome por delante y por atrás, jugando con mi culo con lengua y dedos hasta que me abrí también por ahí. No recuerdo cuántas veces me corrí. Solo sé que acabé llena de saliva, sudor y flujo, con las piernas temblando, y que en mi vida había disfrutado tanto del sexo. Desde aquel día, cuando Bianca está en Barcelona, Nuria duerme conmigo y follamos con total naturalidad. He descubierto un mundo que ni en sueños imaginaba.

***

—Ahora miro a las mujeres de otra forma —dijo, y se le quebró un poco la voz—. Me excito con muchas. Se me va la vista al escote, al culo, a la boca. Por eso creo que soy bisexual. A los hombres aún los miro, pero dudo que vuelva a abrirle las piernas a ninguno. Y a mi marido ya no lo echo de menos como antes. Lo recuerdo, sí, pero ya no me duele igual.

Hizo una pausa larga. Yo presentía lo que venía, porque la conocía desde hacía media vida.

—Y por eso he venido a hablar con vosotras —soltó por fin—. Reme, creo que estoy enamorada de tu tía. He dejado de verla como mi amiga del alma. Ahora veo a una mujer preciosa, con un cuerpazo, con unas tetas que se me hace la boca agua solo de pensarlas, que me tiene cautivada desde que éramos jóvenes. Siempre sentí algo raro a su lado, sobre todo cuando nos probábamos ropa a solas, en Italia o aquí en el pueblo, cuando la veía en bragas y sujetador y no sabía por qué se me secaba la boca. Ahora lo tengo clarísimo: la deseo. Quiero comerle el coño hasta que no pueda más, hacerle el amor con lengua y con dedos, pasar con ella el resto de mis días.

Tragó saliva y nos miró a las dos.

—Sé la confianza que tu tía te tiene, Reme, y sé lo que vosotras dos habéis sufrido y superado juntas. Por eso quería poner todas mis cartas sobre la mesa, en persona, para que me entendierais. Estoy preparada para lo que haga falta, sin vergüenzas. Quiero que sea mi pareja, sacarla del pozo en el que está. Os pido que me ayudéis a conseguirla.

Amparo dejó la taza en la mesa y tomó la palabra.

—Soledad, sé lo que es perder al único hombre que has amado, al que te entregaste de joven para formar una familia. La vida golpea fuerte, y a una mujer en un pueblo pequeño se la prejuzga por todo. Pero también es verdad que, con las personas adecuadas al lado, descubres que hay otro mundo, el de follar y amar a otra mujer. Tú acabas de descubrirlo, como te anunció tu hija aquel primer beso y aquella primera lengua entre las piernas.

—A mí me ayudó la suerte de que Reme apareciera en mi vida —continuó—. Y luego me pasó con mi sobrina Elena lo mismo que a ti con tu hija: dejé de verla como sobrina y aprendí a amarla como mujer, a comerle el coño y a dejar que me lo comiera ella a mí. Sabes bien lo que sufrimos por ello en el pueblo. A Reme le costó años de depresión que la rechazaran y la señalaran. A mí me repudió hasta la familia, menos mis hijos. Pero salimos adelante, y hoy somos dos mujeres felices que pregonan su amor a los cuatro vientos.

—El sexo no tiene tabúes —añadió Amparo—. Todo vale mientras sea consentido. Chupar, follar con arnés, meter dedos, lamer culos, lo que sea. Y vas a tener toda la ayuda que humildemente podamos darte. Reme sabe manejar estas cosas mejor que nadie. Si ella no lo consigue, no lo consigue nadie.

—Amor mío, me pones en un pedestal —dije yo—. No tengo varitas mágicas, pero ganas de ayudar me sobran. Y como se trata de mi tía, te juro, Soledad, que haré todo lo que esté en mi mano.

—Gracias, Amparo, por abrirte así a mí —respondió Soledad, con los ojos húmedos—. No te imaginas lo que significa. Me quedaban dudas sobre si lo de mi hija estaba bien o mal, y me las acabas de disipar del todo. Y gracias a ti también, Reme, por tu comprensión.

***

—Por cierto, una cosa más —dije, y miré a Amparo buscando su complicidad—. Nosotras seguimos muy activas a pesar de la edad. De vez en cuando quedamos con otras parejas, sin dramas, solo por follar y disfrutar. Nada de sentimientos ni de líos que nos desestabilicen. Nos lo dejamos claro con todas, y la verdad es que nos funciona de maravilla. Se come coño, se chupa teta, y cada una a su casa contenta.

—De verdad que no sé qué deciros —murmuró Soledad—. Estoy tan sorprendida que no me extraña veros tan unidas y tan felices.

—Soledad, yo he dado un giro radical —intervino Amparo—. Mi vida de ahora no tiene nada que ver con la de antes. Desde que vivo con Reme estoy tan plena, tan bien follada por dentro y por fuera, que con todo lo que hemos sufrido no la cambiaría por nada del mundo.

—Gracias, mi vida —le dije, y le besé la sien—. Eres la más grande y la más bella, y por eso te quiero tanto.

Soledad nos observaba con una mezcla de envidia sana y de deseo, y yo le vi cómo apretaba los muslos discretamente bajo la falda.

—Lo hacéis parecer tan fácil... —dijo.

—Es que lo es, si lo aceptas con naturalidad —contesté—. Mira, no te vuelvas esta tarde al pueblo. Llamo a otra pareja de amigas para cenar y lo verás con tus propios ojos. Y si te animas, hasta podrás participar en lo que surja.

—Me da un poco de miedo y de vergüenza —confesó—, pero la verdad es que me gustaría mucho. Tengo el coño ya despierto de tanto contaros.

—Pues llamo a Bárbara y a Rosa, a ver si están libres —dije, ya levantándome a por el teléfono.

Bárbara aceptó encantada después de consultarlo con Rosa, y quedamos para las nueve en casa. Soledad se quedó. Lo que ocurrió aquella noche, sin embargo, será para otra ocasión.

Continuará.

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Comentarios(9)

Luzdeluna_88

Que relato tan lindo!! me llego al alma de verdad

DelilahRR

Hermoso. Se necesitan mas historias asi de honestas, bien contadas y sin vulgaridades. Gracias por compartirlo!

ValentinaMza

Me recordo tanto a una conversacion que tuve con una amiga hace tiempo... nunca olvidé esa tarde. Muy real todo.

Pili_sur

segunda parte por favor!!! quede muy enganchada y necesito saber como sigue

NocturnoLect

Muy buen relato, se siente autentico. Espero mas pronto!

FlorSilv_ok

Lo de 'respirar hondo como quien va a saltar al vacio' me parecio una imagen perfecta. Esas frases que quedan dando vueltas en la cabeza.

MarisolTuc

excelente!!!

Mireia_C

Lo lei dos veces y la segunda fue todavia mejor, eso dice todo.

GustaCuentos

El titulo me engancho al toque y el relato no decepciona para nada, bien ahi!

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