Lo que sentí por mi tía esa mañana de calor
La deseaba en silencio, y se pasaba las noches enteras mirándola dormir. Desde que tenía memoria habían compartido el mismo cuarto, eran inseparables, y nadie sospechaba lo que se le había metido por dentro. Valeria no se atrevía a confesarlo. Se conformaba con contemplar el cuerpo de su tía bajo esa pijama fina que el calor del mar le pegaba a la piel.
En las noches de luna llena, cuando la claridad entraba por la ventana, era cuando más la observaba. Veía cómo la tela se le adhería al cuerpo húmedo de sudor, cómo se le marcaban los pezones, cómo brillaba esa piel canela vencida por el bochorno. Y entre más la miraba, más la quería. Si pudiera recorrerla entera con la lengua, pensaba, aunque fuera una sola vez.
A veces hundía apenas la punta de los dedos contra ella, con cuidado de no despertarla, y se quedaba quieta, deseando arrancarle la pijama de un tirón. Hundía la nariz en su pelo y respiraba hondo, queriendo grabarse ese olor para siempre, y le recorría cada detalle del rostro: las cejas tupidas, las pestañas largas, la boca grande de labios carnosos que daban ganas de morder.
No supo en qué momento el cariño se le volvió deseo. Simplemente pasó. Y de lo único que estaba segura era de que la deseaba con todas sus fuerzas. Pero el miedo a ser rechazada pesaba más que cualquier otra cosa, y sabía que ese era un amor prohibido que solo cabía en su imaginación.
La mujer de la que hablamos era Mariana, aunque todos en la casa la llamaban Mari. Era la tía de Valeria, hermana menor de su madre, y entre las dos todo eran mimos y abrazos. La sobrina aprovechaba cualquier excusa para pegarse a ella, para apretar el pecho contra el suyo, para comérsela a besos cada vez que le daba un arranque de cariño. Cariño, para la tía. Para Valeria, la oportunidad perfecta de rozar esa piel que tanto soñaba.
Mari tenía veintiséis años y una belleza que callaba a cualquiera. De estatura mediana, piel entre blanca y canela, pelo negro y rizado, era costeña de pura cepa: cintura estrecha, caderas anchas y ese culo firme que era imposible no mirar. Pero nada en ella como esos enormes ojos verdes, capaces de sostener una mirada hasta que el otro bajaba la vista.
Valeria, con sus veinte años recién cumplidos, había heredado el mismo molde en proporciones más discretas: la piel crema, el cabello ondulado, los ojos color miel, el pecho pequeño de pezones delicados y un culo parado y redondo. Las dos se vestían igual, con la ropa de las chicas del mar —shorts de jean cortísimos, blusas de tiritas, sandalias—, y a ninguna le sobraba nada para llamar la atención.
La primera vez que Valeria deseó de verdad a su tía fue un domingo cualquiera. Mari salió del baño, se quitó la toalla delante de ella y la sobrina sintió algo que nunca antes había sentido. Se le erizó la piel, se le hizo un vacío en el estómago, y se quedó mirando ese cuerpo desnudo como en trance, recorriéndolo de arriba abajo. Por suerte la tía no se dio cuenta de nada. Como compartían el cuarto y se tenían toda la confianza del mundo, se cambiaban una frente a la otra sin pudor, y Mari jamás imaginó lo que su sobrina escondía detrás de esas miradas.
***
Aquella mañana hacía un calor insoportable. Mari volvió a quitarse la toalla frente al espejo, como tantas veces, sin sospechar nada. Pero esta vez Valeria no apartó la mirada ni fingió mirar a otro lado. Algo se rompió dentro de ella, una valentía que no se reconocía, y se quedó observándola descaradamente. Entonces, poseída por el deseo, se quitó la pijama y quedó tan desnuda como la tía.
Por un instante vaciló. El miedo casi vuelve a ganarle. Pero esta vez pudo más el impulso, y se puso detrás de ella. Estaba torpe, como cualquiera la primera vez, pero las noches de fantasear le habían enseñado el camino. La rodeó con los brazos, le puso las manos sobre el pecho y apoyó la boca en su cuello. Dejó que la lengua lo recorriera despacio. Mari soltó un suspiro.
—¡Valeria! ¿Qué estás haciendo? —dijo la tía, sorprendida, pero sin quitársela de encima.
—Mari, ya no aguanto más. No te imaginas cuánto te deseo —confesó la sobrina, sin dejar de acariciarla.
—No, Valeria. Yo soy tu tía, esto está mal —respondió ella, apartándole las manos y dándose la vuelta para quedar de frente.
—Me iría mil veces al infierno con tal de estar contigo —murmuró Valeria.
La situación la desarmó por completo. Mari se sintió como una niña que no sabe qué hacer, y se quedó mirándola con más curiosidad que reproche. Valeria ya no podía dar marcha atrás. Le tomó la cara con las dos manos y apoyó los labios contra los suyos. No la besó: solo los dejó ahí, quietos, varios segundos. Después le llevó las manos de la tía a su propio pecho y las apretó contra él. Mari no las retiró enseguida.
—Esto es una locura, mi niña. Perdiste la cabeza —dijo la tía, con voz tierna, soltándola al fin.
—Sí, tía, tienes razón. Es una locura, porque estoy completamente loca por ti —contestó Valeria.
Volvió a abrazarla, esta vez agarrándole el culo y empujándola contra su cuerpo, y la besó de verdad. Mari estaba estupefacta. Un escalofrío le recorrió la espalda al sentirse apretada contra el cuerpo desnudo de su sobrina. Y era tanto el cariño que le tenía que no fue capaz de frenarla. Al contrario: le devolvió el beso. Eso bastó para que Valeria por fin sintiera su deseo hecho realidad.
—¿Estás segura de lo que hacemos? Creo que es mejor dejarlo aquí —dijo Mari, con un hilo de voz.
Valeria no se molestó en responder. Dejó que los dedos le recorrieran la espalda y volvió a pasarle la lengua por el cuello, muy despacio. La tía suspiró de nuevo. El aplomo de la sobrina terminó por desarmar sus últimas resistencias, y al sentirse deseada así, por su propia sobrina, algo se le encendió por dentro. Le recorrió la espalda hasta el culo, lo apretó, la atrajo contra ella y respiró entrecortado. La idea de que otra mujer la tocara, y que fuera precisamente Valeria, la hizo perder la razón.
La sobrina no pensaba en nada, solo obedecía a esas fantasías guardadas durante tanto tiempo. Volvió a colocarse detrás de ella y le recorrió la espalda sudada con la lengua. Le acarició los pezones, los notó duros, y siguió bajando la mano hasta el sexo. Estaba mojado. Mari gimió y le puso la mano encima, pero fue incapaz de detenerla.
—Prométeme una cosa —pidió la tía, casi en un susurro—. Que esto no se lo vas a contar a nadie nunca. Solo nosotras dos. ¿Me lo prometes?
—Te lo juro —respondió Valeria.
Y en ese instante, después de oír el juramento, Mari dejó de pensar y se hundió en el placer. Se sentía rara, excitada, un poco avergonzada de estar tan sudada, pero al mismo tiempo encendida por las ganas con que su sobrina la lamía. Tanto, que quiso hacerle lo mismo. Se puso detrás de ella, le apretó el pecho pequeño y le recorrió la espalda con la boca, saboreando ese sudor que el calor de la mañana les sacaba a las dos.
Valeria empezó a gemir. Se sintió deseada por primera vez, recorrida por primera vez. Pero todavía le faltaba algo. Quería recorrer entera a su tía, sin dejar un solo rincón. La tomó de la mano, la llevó a la cama, la acostó boca arriba y se sentó encima de ella. La besó largo. Después fue bajando: las mejillas, las orejas, que mordía con cuidado; el cuello, los hombros. Lo hacía todo con una paciencia casi de ritual, como si tuviera la mañana entera por delante.
Llegó al pecho. Era el primero que tocaba así. Lo recorrió con los dedos antes de hundir la boca en él, y mientras lo chupaba, Mari gemía como si fuera la primera vez en su vida. Le levantó los brazos, le pasó la lengua por las axilas, y la tía creyó morir; jamás había imaginado que alguien la deseara hasta ese punto.
Bajó por el vientre recogiendo las gotas que le resbalaban, se detuvo en el ombligo, la hizo darse vuelta y le recorrió la columna hasta el culo. Le besó las nalgas, y Mari ya estaba ronca de tanto gemir. Por suerte estaban solas en la casa.
—¡Ahí no, que tengo cosquillas! —protestó la tía cuando Valeria le pasó la lengua por la planta de los pies, retorciéndose entre risas.
—Solo una vez. No me voy a quedar tranquila si no te recorro entera —suplicó la sobrina.
—¡Ahí no, por favor! No soporto que me toquen los pies —insistió Mari.
—Una sola vez y lo hago rápido, lo prometo.
La tía terminó cediendo. Se retorció sin parar, pero aguantó. Y cuando Valeria por fin llegó al sexo, se le hizo otra vez ese vacío en el estómago. Tenía los labios grandes, el clítoris hinchado, todo empapado. Lo miró un segundo antes de pasarle la lengua, despacio, de abajo hacia arriba, hasta el final.
—Méteme los dedos —pidió Mari.
Valeria le metió uno, descubrió lo fácil que entraba y le metió dos.
—Ahora sácalos y mételos con fuerza.
La sobrina obedeció un momento, pero después se sacó los dedos y se los llevó a la nariz, oliéndolos largo rato. Sin dejar de mirarla a los ojos, se los metió en la boca y los chupó. Mari no lo podía creer. Nunca había imaginado que llegarían tan lejos, ni hasta dónde alcanzaba el deseo de su sobrina. Por un segundo quiso parar todo. Pero estaba demasiado encendida, y se dijo que iría tan lejos como Valeria quisiera.
La sobrina se acercó por fin a su sexo. Quería ver su cara cuando le pusiera la lengua encima. Lo recorrió entero, sin dejar una sola gota, poseída por una lujuria que no se reconocía. Mari se retorció igual que cuando le tocó los pies, gimiendo sin parar, abriendo las piernas todo lo que podía para quedar completamente expuesta. Sentía que su cuerpo se movía solo: arqueaba la espalda, apretaba las sábanas, echaba la cabeza atrás.
El clítoris hinchado invitaba a chuparlo. Valeria notó que, cada vez que lo rozaba, los gemidos de su tía se volvían más fuertes, así que se lo metió entero en la boca y empezó a succionar. Mari temblaba, arqueaba la espalda y se quedaba suspendida antes de descargarse. Era la primera vez que la sobrina tenía a alguien rendido entre sus manos, y le encantó esa sensación de poder, más todavía siendo su tía.
No se supo cómo aguantó Mari semejante descarga sin venirse. Quizá fueron las ganas de seguir gozando en la lengua de su sobrina. Hasta que ya no pudo más: le agarró la cabeza con las dos manos, la empujó contra su sexo y se vino en su boca con un orgasmo largo que llevaba demasiado tiempo guardándose. Cuando por fin la soltó, quedó tendida, jadeando, empapada de sudor. Valeria, con la boca llena, sintió el corazón a punto de estallarle. Le había fascinado sentirse dominada en el último momento.
La tía se incorporó, le puso una mano en la nuca, la atrajo y le dio un beso largo sin importarle el sabor.
—Ahora es tu turno —le dijo.
***
Valeria seguía con el corazón desbocado. En sus fantasías siempre era ella la que daba placer; nunca había pensado que su tía se lo devolvería. Pero Mari entendió que ahora le tocaba a ella. Se sentía un poco cohibida, así que pensó en hacerla venir con los dedos. La acostó boca arriba, se tendió a su lado y la besó mientras le acariciaba el pecho pequeño, de pezones grandes y duros como a punto de estallar.
Valeria gimió desde el primer roce. Sus gemidos eran suaves, delicados, nada que ver con los de la tía. Mari le bajó la boca al cuello, lo lamió, lo mordió, y se descubrió saboreando su sudor sin pensarlo, lo que le reavivó el morbo. Le encantó la suavidad de la piel de otra mujer, y más todavía pensar en lo joven que era. Mientras jugaba con su cuello, dejó que los dedos resbalaran sobre los pezones mojados, bajando poco a poco por el vientre, creando un suspenso que hacía suspirar a la sobrina.
Por fin llegó a su sexo. No podía estar más empapado. Siguió con los dedos el rastro de humedad hasta el ano, volvió a subir y acarició el clítoris. Valeria, sintiendo por primera vez ese placer, empezó a mover las caderas despacio, casi por instinto.
—Valeria, ¿habías estado con alguien antes de mí? —preguntó Mari.
La sobrina se quedó callada, colorada, avergonzada de su falta de experiencia.
—No te quedes callada, mi amor. Solo quiero saber, porque me hiciste gozar como nunca —insistió la tía.
—La verdad es que nunca había estado con nadie. Tú eres la primera. Yo solo tengo ojos para ti —respondió Valeria.
Otra cosa más que se sumaba a lo prohibido de la situación: además de todo, le estaba quitando la virginidad. Ese pensamiento desbordó el morbo de la tía, que se prometió hacerlo bien, como Dios manda, y darle la mejor experiencia de su vida. A partir de ahí la tocó con más delicadeza. Le chupó largo rato el pecho mientras los dedos resbalaban sobre el clítoris, y Valeria no paraba de gemir y de mover las caderas con una suavidad hermosa.
A Mari le ganó la curiosidad de imitarla. Hundió la nariz en su pelo, le recogió con la lengua las gotas del cuello, le pasó la boca por las axilas. La acostó boca abajo y le recorrió la espalda: el sudor de Valeria era casi dulce, y la piel de una tersura que nunca había sentido en otra mujer.
Bajó por la columna hasta el culo, firme y redondo, algo que envidiaba. Lo apretó, le separó las piernas y le besó las nalgas mientras le acariciaba el clítoris. Valeria empujaba las caderas, gimiendo. Después la giró, le llevó los pies a la boca y le chupó los dedos, devolviéndole lo que más le había gustado a ella, y la sobrina se apretó el pecho por instinto.
La tía ya no pensaba si estaba bien o mal; se moría por probar ese sexo virgen. Le separó las piernas y lo contempló, empapado. Le besó los muslos, los mordió, y Valeria suspiraba sin parar. Bajó la cabeza y le pasó la lengua de abajo arriba, despacio pero firme, hasta el clítoris. El sabor le pareció exquisito, distinto a todo, y se felicitó por haberse dejado llevar.
La recorrió largo rato, alternando entre el clítoris y la entrada, dejándola descansar para que no se viniera demasiado pronto. Después empezó a chuparle el clítoris mientras le metía los dedos despacio. Cuando entraron un poco por primera vez, Valeria soltó un grito ahogado y tensó todo el cuerpo.
—Valeria, ¿quieres que siga? ¿Estás segura de querer perder tu virginidad conmigo? —preguntó Mari.
—Tía, yo ya no tengo inocencia desde que empecé a desearte. ¿Para qué quieres que te lo repita? No tengo ojos sino para ti. Deja de pensarlo tanto y toma lo que es tuyo —replicó la sobrina, con tal aplomo que Mari, por segunda vez esa mañana, se sintió la menor de las dos.
La tía recuperó la compostura, encendida otra vez por el morbo de ser la primera. Le empujó los dedos hasta el fondo y le recorrió el clítoris con la lengua mientras los movía dentro y fuera. Valeria resoplaba, gimiendo sin descanso, agarrándose el pecho y empujando las caderas contra los dedos de su tía. Mari empezó a chuparle el clítoris con fuerza, y la sobrina se movió cada vez más rápido. La tía supo que ya venía.
No paró hasta que Valeria arqueó la espalda y se quedó suspendida en el aire. Solo se oyó la bocanada que tomó antes de venirse; se le cortó la respiración. No gimió, no gritó: apretó los puños y, como en cámara lenta, fue relajando el cuerpo hasta quedar tendida con una sonrisa. Después se abalanzó sobre su tía y la besó. Mari le metió en la boca los dedos llenos de su humedad, y Valeria los saboreó como lo más natural del mundo, devolviéndole el beso.
Las dos se desplomaron sobre la cama, bañadas en sudor. El calor era insoportable, pero no había sido impedimento para nada. Valeria apoyó la cabeza en el pecho de su tía y jugó con los dedos sobre su vientre. Mari le hundió la mano en el pelo.
—Mari, ¿te gustó? —preguntó Valeria.
—No te imaginas cuánto, mi amor —respondió la tía con toda sinceridad.
—¿No te arrepientes?
—Ya no. Sé que es una locura, pero ahora mismo no me arrepiento de nada. Si pudiera elegir otra vez, lo haría de nuevo.
—Yo solo sé que en este momento soy la mujer más feliz del mundo. Y te voy a confesar algo: no dormía por quedarme mirándote, deseándote en silencio. Por eso ahora me siento así. Porque ya dejó de ser una fantasía que me quemaba por dentro —confesó la sobrina.
Valeria se levantó, la tomó de la mano y se la llevó al baño. La metió bajo la ducha, abrió la llave y se besaron bajo el agua, abrazadas. Se buscaron de nuevo, una con la boca en el pecho de la otra, las manos entre las piernas, riéndose, mordiéndose los labios, mirándose fijo a los ojos. Y así, dándose placer hasta hacerse venir casi a la vez, se convirtieron en amantes y se entregaron, en secreto, a ese amor prohibido.