El secreto que me unía a mi hermana mayor
Hay cosas que uno aprende a guardar con tal cuidado que terminan por convertirse en parte de uno mismo. No como una cicatriz que duele cuando cambia el clima, sino como algo más profundo: una presencia constante que moldea todo lo que uno piensa, lo que uno quiere, lo que uno calla.
Mi obsesión con Natalia empezó de a poco, sin un momento preciso en que pudiera señalar y decir «aquí empezó todo». Tenía yo veintitrés años cuando lo admití por primera vez ante mí mismo, aunque llevaba mucho más tiempo sabiéndolo sin quererlo saber. Ella tenía veinticinco y vivíamos los dos bajo el mismo techo, en esa casa grande y silenciosa de nuestros padres a las afueras de la ciudad.
Natalia era hermosa de una manera que no pedía atención pero la recibía de todos modos. Alta, con ese tipo de figura que se forma cuando alguien practica deporte desde chico y lo abandona a tiempo para que el cuerpo guarde lo mejor de ambas etapas. Tenía el cabello castaño oscuro que llevaba casi siempre recogido, y unos ojos claros que te miraban de frente con una franqueza que incomodaba a quienes no estaban acostumbrados a ella. Yo sí lo estaba, y sin embargo me seguía incomodando.
No era solo el físico. Era la forma en que ocupaba el espacio, la manera en que reía cuando algo le parecía genuinamente gracioso —sin el barniz social de la risa fingida—, su tendencia a quedarse callada en las reuniones familiares y después decir una sola frase que resumía todo lo que los demás habían estado dando vueltas durante media hora.
Salí con varias chicas durante esos años. Algunas eran inteligentes, atractivas, interesantes. Ninguna duró. Siempre había un momento en que algo me recordaba a ella —un gesto, una forma de inclinar la cabeza, una frase pronunciada con ese tono particular de quien sabe exactamente lo que quiere— y lo que podría haber sido bueno se volvía de pronto insuficiente.
No estoy orgulloso de eso. Lo cuento como lo que fue: el retrato de alguien que no sabía qué hacer con algo que lo superaba.
***
La cámara la instalé dos años antes de que ocurriera lo que va a ocurrir en este relato. Era pequeña, casi del tamaño de un botón, y la coloqué dentro de la rejilla de ventilación que comunicaba su habitación con el pasillo. Podía encender el receptor desde mi cuarto y ver lo que ocurría en el suyo a través de una pantalla de cuatro pulgadas.
Lo que hacía con esas imágenes era predecible: me la pelaba pensando en ella, apretando la polla con el puño hasta correrme sobre la barriga con la boca abierta y el nombre de mi hermana atragantado en la garganta. Después intentaba convencerme de que sería la última vez, y a los tres días volvía a encender el receptor con la mano ya metida dentro del pantalón. El ritual de alguien atrapado en un hábito que sabe que es malo y que no puede —o no quiere— soltar.
La había visto salir de la ducha envuelta en una toalla que nunca alcanzaba a cubrirle las tetas del todo, con los pezones marcándose contra la felpa. La había visto dormida con una camiseta fina, las piernas abiertas y las bragas hundiéndose entre las nalgas. La había visto vestirse frente al espejo con esa concentración silenciosa de quien no sabe que la observan, tocándose el coño distraída por encima de la tela mientras pensaba en otra cosa. Nunca la había visto así.
Era un jueves a la noche, tarde. Llegué de casa de un compañero de trabajo y entré sin encender luces porque eran casi las doce y el resto ya dormía. Al pasar por su puerta escuché algo: un sonido muy bajo, casi imperceptible a través de la madera. Un gemido apagado, contenido contra la almohada. Me detuve un instante y seguí caminando con la polla ya empezando a hincharse dentro del vaquero.
En mi habitación encendí el receptor casi sin pensarlo.
Natalia estaba tumbada sobre la cama, completamente desnuda. Tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos. Una de sus manos se deslizaba lentamente por su cuerpo, desde los pechos —apretándose los pezones entre el pulgar y el índice hasta ponerlos duros y erectos— hasta el vientre, con una calma que no tenía nada de actuado. La otra sostenía un vibrador pequeño que movía en círculos sobre el clítoris con un ritmo pausado y constante, mordiéndose el labio inferior cada vez que subía la potencia.
Me quedé inmóvil frente a la pantalla, con la mano ya en la bragueta.
No era lo mismo que había visto antes. Esto era diferente en una manera que tardé en procesar: era ella eligiendo su propio placer, completamente sola, sin ningún otro elemento que su propio deseo. Se abrió las piernas del todo, con las rodillas caídas hacia afuera, y me ofreció sin saberlo la vista completa de su coño: los labios hinchados, brillando de humedad, el clítoris asomando entre los dedos. Metió dos dedos dentro mientras seguía trabajándose el vibrador contra el capullo, y el sonido líquido que salía del receptor era tan claro que tuve que bajar el volumen para que nadie lo escuchara desde el pasillo.
Yo estaba ahí, mirándola a través de esa pantalla pequeña, con la polla fuera y la mano moviéndose despacio para durar lo que durara ella. Cada vez que arqueaba la espalda, cada vez que giraba la cadera contra el vibrador, cada gemido ahogado que dejaba escapar, yo apretaba más el puño alrededor de la verga y mordía el aire para no hacer ruido.
Tardó mucho en terminar. Al final aceleró el ritmo, se hundió los dedos más adentro, empujó las caderas contra su propia mano una y otra vez, y cuando se corrió lo hizo con un gemido largo que no logró sofocar del todo, las piernas tensas y los pies clavándose en el colchón. Me corrí con ella, en silencio, sobre mi propia mano, mirando cómo temblaba en la pantalla.
Cuando lo hizo, se quedó quieta un momento con los brazos abiertos y los ojos cerrados, la respiración todavía acelerada, un dedo aún dentro de sí misma como si no quisiera soltar del todo el temblor. Después se giró de costado y se tapó con la sábana. En pocos minutos se quedó dormida.
Yo no dormí en toda la noche. Me la pelé otras dos veces rebobinando la escena, y a la tercera ya no salía casi nada, solo un hilo transparente y un dolor sordo en las pelotas.
***
A las siete de la mañana me duché, me vestí y bajé a la cocina. Natalia ya estaba ahí, preparando café con esa eficiencia silenciosa de quien prefiere no hablar antes de la primera taza. Llevaba el pijama de siempre: pantalón largo de algodón y una camiseta fina con el cuello un poco ancho. Podía verse, a través de la tela delgada, que no llevaba nada debajo. Los pezones se le marcaban con el frío de la mañana, y yo, que había pasado la noche viéndoselos entre los dedos, tuve que agarrarme al respaldo de la silla para no acercarme por detrás.
Me senté a la mesa y la observé moverse por la cocina. Recordaba exactamente lo que había visto unas horas antes —el vibrador brillante de flujo, los dedos entrando y saliendo, el coño contrayéndose alrededor de sus propios nudillos— y el contraste entre esa imagen y esta —ella a plena luz de la mañana, preparando tostadas con normalidad absoluta, completamente ajena a que yo la había estado mirando toda la noche— me producía algo difícil de nombrar. La polla se me estaba poniendo dura otra vez debajo de la mesa.
Nuestros padres ya habían salido. La casa estaba en silencio.
Ella se sentó frente a mí con su taza. Empezó a hablar de algo intrascendente, un problema en el trabajo, una reunión que se había alargado más de lo previsto. Yo asentía, respondía con monosílabos, la miraba hablar.
No sé qué fue exactamente lo que me empujó a hablar. El insomnio, quizás. O el peso de dos años cargando con algo que esa noche se había vuelto demasiado concreto para seguir ignorando. La cuestión es que en algún momento dejé de asentir y dije:
—¿Dormiste bien?
—Más o menos —respondió sin levantar la vista de la taza—. Me costó dormirme.
—Sí —dije—. Lo sé.
Eso sí la hizo mirarme.
—¿Cómo que lo sabes?
No respondí de inmediato. La dejé sostenerme la mirada unos segundos, y después señalé con la cabeza en dirección a nuestras habitaciones.
—La cámara lleva dos años en la rejilla de ventilación —dije—. Lo siento.
No lo sentía en absoluto, pero lo dije de todas formas.
Vi cómo el color se le iba de la cara. Se quedó completamente quieta, con la taza a mitad de camino entre la mesa y su boca. Después la dejó sobre el mantel con un movimiento cuidadoso, como si tuviera que concentrarse en no tirarla.
—Repite eso —dijo con una voz muy baja.
—Grabé lo que hacías anoche. Cómo te la metías con los dedos mientras te frotabas el clítoris con el vibrador. Cómo te corriste con la boca contra la almohada. Y otras noches antes.
Se levantó de golpe. La silla raspó contra el suelo.
—Eres un enfermo —dijo. No lo gritó. Lo dijo con la voz completamente plana, lo cual era peor.
—Probablemente —respondí.
Subió a su habitación. Escuché sus pasos sobre el techo, la puerta cerrándose, el silencio instalándose de nuevo. Me quedé con el café frío delante y esperé.
Tardó veinte minutos en bajar.
***
Se detuvo en el umbral de la cocina con los brazos cruzados sobre el pecho. Se había puesto encima un pantalón y una sudadera. La mandíbula apretada.
—Qué quieres —dijo. Tampoco era una pregunta.
Me levanté despacio y me acerqué a ella. No retrocedió, lo que ya me decía bastante.
—Llevas años siendo lo único que tengo en la cabeza —le dije—. Me la pelo pensando en ti tres veces al día. No elegí esto. No sé si eso te importa, pero es la verdad.
—No me importa —respondió. Pero había algo en la forma en que lo dijo que no era del todo convincente. Los ojos se le habían oscurecido un poco, y la respiración se le había vuelto más corta.
Apoyé las manos en sus hombros con cuidado, sin presionar. La miré a los ojos hasta que ella dejó de esquivar los míos.
—Si en algún momento quieres que pare, lo dices y paro. Eso es todo lo que te pido.
No dijo nada. Tampoco se movió.
La besé.
Al principio fue todo resistencia. Sus labios apretados, el cuerpo tenso bajo mis manos, los brazos cruzados que funcionaban como una barrera que yo no intenté forzar. Solo la besé, despacio, con paciencia, chupándole el labio inferior, pasándole la lengua por la comisura. Hasta que sentí que algo en ella cedía un milímetro. Y después otro.
Cuando respondió fue con una urgencia que me tomó por sorpresa. Me agarró de la camiseta y me acercó ella misma, abrió la boca y me metió la lengua hasta el fondo, y lo que había empezado con cautela se convirtió en otra cosa completamente distinta. Su boca abierta contra la mía, la lengua peleando con la mía, las manos que ya no me alejaban sino que me retenían agarrándome del pelo de la nuca. Bajó una mano y me apretó la polla por encima del pantalón, calibrándome, y soltó un gemido corto al notarme duro contra su palma.
La llevé al sofá del salón. Nos sentamos. Ella me miró un segundo, con esa expresión suya de estar procesando algo, y después se quitó la sudadera de un solo movimiento. Debajo no llevaba nada. Las tetas que había visto en la pantalla durante dos años estaban ahí, a treinta centímetros de mi cara, con los pezones ya duros apuntándome.
La primera vez que la vi así de cerca, sin la distancia de una pantalla, algo se me rompió por dentro de una manera que todavía me cuesta describir. Era real. Estaba ahí frente a mí, y me miraba con una mezcla de nervios y algo que definitivamente no era miedo.
Me lancé sobre ella. Le atrapé un pezón con la boca y se lo chupé fuerte, mordiéndoselo apenas, mientras con la otra mano le amasaba la otra teta. Ella arqueó la espalda y me hundió los dedos en el pelo empujándome contra su pecho.
—Más fuerte —dijo con la voz ronca. Le mordí el pezón hasta que soltó un jadeo que era mitad queja mitad orden de que siguiera.
Le bajé el pantalón del pijama de un tirón. No llevaba bragas. El coño que había mirado en la pantalla la noche anterior estaba ahí, depilado casi entero, los labios hinchados y brillando ya sin haberla tocado apenas. Le abrí las piernas con las rodillas y me tiré al suelo delante del sofá.
—Espera —murmuró, pero no cerró las piernas.
Le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, del perineo al clítoris, en un solo lametón lento. Ella dejó caer la cabeza contra el respaldo con un gemido largo. Le sabía a sal y a algo dulce, y me hundí ahí a chuparle el coño como llevaba dos años imaginándolo: con los labios, con la lengua plana contra el clítoris, con dos dedos entrándole despacio y curvándose hacia arriba hasta que le encontré el punto que la hizo levantar las caderas del sofá.
—Ahí —jadeó—. Ahí, joder, no pares.
No paré. Le chupé el clítoris atrapándoselo entre los labios mientras le follaba con los dedos, y en dos minutos se estaba corriendo en mi boca con la mano cerrada en mi pelo y las piernas temblándole a los lados de mi cabeza. Sentí las contracciones cerrándose alrededor de mis dedos y no la solté hasta que dejó de temblar.
Se incorporó agitada y me tiró del brazo hacia arriba. Me besó con su propio sabor todavía en mi boca, y mientras me besaba me abrió el cinturón, me bajó la bragueta y me sacó la polla. La agarró con la mano y me la apretó fuerte, mirándome a los ojos, midiéndomela.
—Ponte de pie —me ordenó.
Obedecí. Ella se deslizó hasta el borde del sofá, se lamió los labios y se metió mi verga en la boca hasta la mitad de un golpe. Se la sacó, escupió sobre la cabeza, y volvió a tragar, esta vez más adentro, hasta que sentí el fondo de su garganta cerrándose contra el glande. Me miró desde ahí abajo con los ojos llorosos y sonrió alrededor de la polla, y creí que me corría solo con eso.
Le puse una mano detrás de la cabeza y empecé a mover las caderas. Ella soltaba babas por las comisuras y no apartaba los ojos. Me la chupó con esa misma dirección clara que había demostrado al besarme: sabía exactamente cuánto podía tragar, cuándo aflojar la garganta, cuándo pasar la lengua por debajo del frenillo. Cuando notó que estaba a punto de correrme me soltó de golpe y se apartó.
—Todavía no —dijo—. Fóllame primero.
La tumbé de espaldas en el sofá y me arrodillé entre sus piernas. Le levanté las rodillas contra el pecho y me metí en ella de una sola embestida, lenta pero completa, sintiendo cómo se abría, cómo la carne caliente me chupaba hacia dentro milímetro a milímetro. Ella cerró los ojos un momento y después los abrió y me miró directamente. No apartó la mirada en todo el tiempo que duró.
—Muévete —dijo—. Fuerte.
Empecé a follármela sin cuidado, saliendo casi entera y volviendo a hundirme hasta la base, hasta que las pelotas le chocaban contra el culo con cada embestida. El sofá crujía. Ella me clavaba las uñas en la espalda y me gemía en el oído todo lo que llevaba callando durante años.
—Sabía que me mirabas —me dijo con la voz entrecortada por los golpes—. Sabía que estabas ahí.
Casi me corro con eso. Salí de dentro para no acabar y le di la vuelta. La puse a cuatro patas sobre el sofá, con el culo levantado hacia mí, y me metí de nuevo desde atrás. Desde ese ángulo entraba más profundo, y ella empezó a empujar hacia atrás contra mí, marcándome el ritmo, follándome ella tanto como la follaba yo.
Le agarré del pelo y le tiré la cabeza hacia atrás. Con la otra mano le bajé la palma por el vientre hasta encontrarle el clítoris y se lo froté en círculos mientras seguía embistiéndola.
—Así —jadeó—. Así, no pares, no pares.
Se corrió por segunda vez con la cara hundida en el brazo del sofá y el coño apretándose alrededor de mi polla en oleadas. Nunca había sentido nada así. Aguanté como pude, respirando por la boca, hasta que dejó de temblar y pude seguir.
Cambiamos de posición varias veces. La monté encima de mí y la vi cabalgarme mordiéndose el labio y masajeándose las tetas, subiendo y bajando sobre mi verga con las rodillas clavadas a los lados de mis caderas. La follé de costado, con una pierna suya sobre mi hombro. La volví a poner boca arriba y le levanté las piernas contra mi pecho para hundirle la polla lo más adentro posible.
Cuando finalmente no pude más, saqué la polla y le acabé sobre el vientre y las tetas con tres o cuatro chorros gruesos que se le derramaron por el ombligo y le llegaron hasta el cuello. Ella se pasó dos dedos por la barriga, recogió mi semen y se lo llevó a la boca sin dejar de mirarme.
Nos quedamos ahí, jadeando, sin decir nada, durante mucho rato.
Pasamos la mañana entera ahí. La casa en silencio, el sol entrando por las persianas a rayas, el tiempo detenido en una burbuja que los dos sabíamos que terminaría pero que ninguno quería pinchar. Volvimos a follar otra vez sobre la alfombra, más despacio, ella encima de mí frotándose el coño contra mi polla hasta correrse una vez más, y a mí acabándome dentro de ella cuando ya no supimos ni cómo se llamaba lo que estábamos haciendo. Nos dormimos en algún momento, enredados en el sofá demasiado estrecho, con el semen seco entre los muslos, agotados y sin remordimientos todavía.
Cuando desperté, ella ya no estaba. Solo quedó su olor en la tela del sofá y, en el cajón de mi escritorio, la grabación de la noche anterior.
***
Eso fue hace más de veinte años. Natalia tiene casi cincuenta ahora. Vive a media hora de aquí, tiene una familia, una vida que desde afuera parece ordenada y completa. Yo tengo la mía propia, también imperfecta, también real.
Pero dos o tres veces al año, sin que nadie lo planee demasiado, ocurre. Un mensaje que parece inocente hasta que deja de serlo. Una tarde que se abre. Un hotel en el centro al que los dos llegamos por separado y del que ninguno habla después. Ella entra por la puerta de la habitación, cierra con llave, y antes de saludarme ya se está quitando la ropa. Me la chupa arrodillada en la moqueta como si no hubieran pasado veinte años. Se deja follar contra el cristal de la ventana con las tetas aplastadas contra el vidrio y la cara vuelta hacia mí. Se corre con mi polla dentro y con mi nombre en la boca, y después se viste en silencio y se va a su casa.
Todavía no sé cómo llamar a lo que hay entre nosotros. Si es amor o simplemente el peso de un secreto que lleva décadas sin resolverse. Quizás sean la misma cosa y la diferencia no importe tanto como uno imagina cuando es joven y cree que todo tiene que tener un nombre.
Lo que sí sé es que cuando la veo entrar por una puerta, todavía me quedo sin respiración de la misma manera que aquella noche frente al receptor. Y que ella todavía me mira, con la ropa puesta o sin ella, de una manera que no le dedica a nadie más.
Tendrá que ser suficiente.