El cumpleaños de Valeria: sumisión total
El último capítulo había terminado así: Rebeca de rodillas, avanzando a cuatro patas sin apartar la mirada de la mía, la espalda arqueada y una sonrisa que intentaba disimular.
Valeria lo vio desde la cama y soltó un sonido grave, entre aprobación y deseo.
—Ella es tuya hoy —le dije—. Como todas.
—¿Todas, Amo? —Valeria arqueó una ceja.
—Tú decides.
Lo que siguió fue breve y sin preámbulos. Valeria cogió a Rebeca del pelo, la encaró y le explicó con calma lo que esperaba de ella: empezaría el día comiendo su coño, de rodillas, sin prisa y sin permiso para moverse hasta que se lo dijera. Rebeca obedeció sin decir nada. Era su manera de dar las gracias.
Me quedé mirando unos segundos. La imagen era buena: Valeria recostada, con Rebeca entre sus piernas, las dos sin apartar los ojos. Cuando comprendí que no me necesitaban, me levanté, me até el cinturón del albornoz y seguí el pasillo hasta la cocina.
Era el cumpleaños de Valeria. Iba a ser un día largo.
***
La cocina olía a café y a colonia mezclada. El clan al completo había dormido en la casa, que era lo que solía pasar cuando se juntaban así, y nadie había dormido demasiado. Elena, la esclava, iba de un extremo al otro con la bandeja del desayuno, sirviendo café y tostadas con una eficiencia que contrastaba con el uniforme que llevaba: delantal negro, medias hasta el muslo, sin nada más debajo. Le había dicho que ese era su atuendo de trabajo y lo llevaba sin rechistar desde el primer día.
—Elena.
—Buenos días, Amo. —Soltó la bandeja de inmediato y se volvió hacia mí.
—Termina con ellas primero. Luego ya me atiendes.
Asintió y siguió sirviendo. A mi izquierda, Sandra observaba la escena con esa tensión de mandíbula que significaba que tenía algo que decir y no sabía cómo empezar.
—¿Qué ocurre?
—Anoche usé a Mónica sin su permiso —dijo finalmente—. Quería que lo supiera antes de que lo oyera de otro lado.
—Lo sé. Y sé también que lo necesitabas.
Le di permiso antes de que terminara de respirar. Lo que ocurrió fue rápido: Sandra agarró a Mónica del brazo, la colocó de espaldas a la encimera con las manos apoyadas en el mármol y le azotó el trasero con una fuerza que llevaba acumulada desde hacía horas. Mónica se corrió antes de que Sandra terminara el quinto golpe. Eso siempre la ponía más furiosa.
Tomé mi café mientras Elena se colocaba bajo la mesa y me hacía una mamada con esa precisión que tenía para las cosas prácticas. El espectáculo de Sandra y Mónica era entretenido de ver. Era la forma que tenía Sandra de procesar la culpa y el deseo al mismo tiempo.
—Llevad a esas dos al patio —dije cuando terminé—. Que se limpien y se arreglen. Y vosotras tres —señalé a Daniela, Irene y Pablo—, quedaos aquí hasta que volvamos.
Carmen se encargó de conducirlas afuera. Era mayor que el resto del clan, con una eficiencia silenciosa que muchas veces superaba a personas treinta años más jóvenes.
***
Faltaban dos horas para recoger a Rosa en la estación. Lo había decidido antes: esas dos horas no iban a desperdiciarse.
—Carmen, llama a tu amiga. La que lleva meses pidiendo que la presentes.
Me miró con cara de saber exactamente lo que eso significaba. Los pezones se le marcaron a través de la blusa sin que pudiera evitarlo.
—Ahora mismo. No sé si podrá escaparse del trabajo a esta hora...
—Estará.
Le envió un mensaje de texto. Salimos los tres en coche: Carmen al volante, Pablo y yo atrás. El teléfono sonó antes de llegar al final de la calle.
—Solo dice «sí» —dijo Pablo, y se rió entre dientes.
Natalia nos esperaba frente al mercado cubierto, exactamente donde habíamos acordado. La reconocí antes de que Carmen la señalara: cuarenta y pocos años, vestido oscuro ajustado, gabardina doblada en el brazo, tacones que no cuadraban con la hora. Una mujer que sabía exactamente a qué venía.
Le abrí la puerta y le hice un gesto para que subiera.
—Sire —dijo al sentarse—. Sé quién es usted. Valeria no dejaba de hablarme de usted. Siempre para bien.
—¿Y qué te decía?
—Que no había encontrado a nadie igual. —Hizo una pausa breve—. Estoy libre hasta las ocho de la tarde.
Cogí la gabardina que tenía en el regazo y la tiré al asiento de atrás. Luego la sujeté del pelo con la mano izquierda y con la derecha le rasgué la blusa por los botones del centro. Tres cayeron al suelo del coche.
—Por favor —dijo con la voz ligeramente rota—. Llevo meses esperando algo así.
No era actuación. Lo noté en el temblor.
Pasé el trayecto entero manejándola. Le hundía la cabeza en mi regazo, la levantaba, la dejaba respirar, la volvía a bajar. Aprendía rápido, mucho más que la mayoría. Cuando Carmen anunció que estábamos llegando al lugar que había elegido, Natalia tenía el rímel corrido, los labios hinchados y la respiración entrecortada de quien lleva demasiado tiempo conteniendo algo.
El lugar era perfecto: una alameda entre pinos a diez minutos de la ciudad, lejos de cualquier carretera. Carmen aparcó a la sombra sin que nadie se lo pidiera. Sabía lo que vendría.
—Es tuya —le dije a Carmen—. Ya sabes lo que quiero.
Carmen abrió la puerta del copiloto con una velocidad que desmentía su edad. Cogió a Natalia del pelo y la arrastró hacia la hierba. Natalia cayó de rodillas con un golpe seco y levantó la vista hacia ella.
—¿Querías conocerme, querida? —Carmen le subió la falda con un solo gesto y apartó las bragas a un lado—. Pues empieza por aquí.
Natalia llevó la lengua al coño de Carmen. Me coloqué detrás de Natalia y la penetré despacio al principio, lo suficiente para que lo sintiera bien, y luego con fuerza. Se corrió antes de que yo terminara de entrar. Era de esas personas para las que el deseo acumulado explota al menor contacto real.
—Aguanta —le dije.
—Sire... no puedo más...
—Sí puedes.
Carmen se corrió primero, con un gemido largo que resonó entre los pinos. Luego Pablo, que llevaba un buen rato sujetando. Natalia aguantó hasta que le di permiso con una sola palabra. Lo que siguió me empapó los pantalones de arriba abajo.
—Bien —dije.
No hacía falta más.
***
La dejamos en la puerta de su tienda, con la ropa más o menos en orden y la promesa concreta de que la semana siguiente vendría a pasar el fin de semana en la casa. Sonrió con los ojos brillantes, no de tristeza. Antes de cerrar la puerta del coche, se inclinó hacia mí.
—Gracias —dijo—. De verdad.
Lástima que su situación personal la tuviera tan atada. Habría encajado bien en el clan de manera permanente. El tiempo lo diría.
***
Rosa nos esperaba en la estación con una blusa blanca que dejaba entrever el sujetador de encaje negro y una falda que se subió en cuanto se sentó en el asiento trasero. Era así desde siempre. Carmen arrancó sin decir nada.
Le metí tres dedos sin previo aviso.
—Dios mío —exhaló—. Lo necesitaba.
—Como te corras antes de llegar a casa, estarás al servicio de todas durante el resto del día.
Vi el miedo cruzarle la cara. Y la sonrisa de Carmen en el retrovisor. Rosa se aferró al asiento con las dos manos y pasó los veinte minutos del trayecto con los dientes apretados y los nudillos blancos. No se corrió. Por muy poco.
***
La casa olía a perfume mezclado y a algo más intenso cuando entramos. Los gemidos llegaban del salón.
Me asomé al umbral y me quedé quieto. Valeria había montado algo que nadie le había pedido y que nadie habría diseñado mejor: Sandra, Mónica, Irene y Elena estaban en cuatro patas siendo penetradas con arneses por Rebeca, Daniela, Valeria y una cuarta que rotaba. La que más se esmeraba era Elena, que había cogido a su madre del pelo con una mano y le azotaba el trasero con la otra sin dejar de embestirla. La cara que tenía era la misma que ponía cuando le daban una tarea difícil y decidía hacerla perfecta.
Le hice una señal al resto para que guardaran silencio. Nos sentamos cerca, sin interrumpir.
Carmen fue directamente al coño de Rosa, que cerró los ojos sin hacer ruido.
Valeria fue la primera en percatarse de mi presencia. Se detuvo un segundo, nos miró, y volvió a lo suyo con más fuerza que antes. No iba a frenar por nadie. Era su cumpleaños.
—Podéis correros, perras —dijo cuando le pareció bien.
Fue casi al unísono. Todas, las que daban y las que recibían, con sonidos distintos. Sandra soltó un alarido que cubrió al resto. Irene se derramó sobre la espalda de Mónica y siguió embistiéndola sin importarle.
Elena fue la primera en arrodillarse frente a mí en cuanto terminó. Se quitó el arnés con rapidez y lo tiró hacia su madre.
—Límpialo —le dijo con una naturalidad que costaba ignorar—. Solo obedecía las órdenes del ama Valeria, Amo.
—Lo sé. Y lo hiciste bien.
***
Valeria se sentó en mis rodillas, me rodeó el cuello con los brazos y me besó despacio. Era su cumpleaños y lo sabía aprovechar sin que se le notara demasiado.
—Gracias —dijo—. Es el mejor día de mi vida.
—Todavía falta la tarta.
Se rió. Una risa real, sin cálculo. Me gustaba cuando se le escapaba.
Las cuatro que habían ido a buscarla volvieron con la tarta encendida y tres botellas de cava. El clan al completo se reunió alrededor de la mesa: Valeria, Rebeca, Rosa, Carmen, Pablo, Daniela, Irene, Elena, Sandra, Mónica y yo. Las que no eran amas se arrodillaron alrededor de la mesa sin que nadie tuviera que decírselo. Ya lo tenían asumido desde hacía tiempo.
Valeria sopló las velas. Nadie cantó. No hacía falta.
***
Mientras tomábamos la tarta decidí lo que vendría en los próximos días.
—El lunes, Sandra, Mónica y Elena vuelven a sus ciudades. Retoman sus vidas normales, pero obedecen a Rosa en todo mientras estén allá.
Las tres asintieron sin levantar la mirada del suelo.
—Irene se queda aquí como parte del servicio permanente. Duerme con Pablo.
Pablo no dijo nada, pero la sonrisa le duró un buen rato. Irene se mordió el labio para no decir nada que no le hubieran pedido.
—Y tú —le dije a Daniela, que había estado casi callada todo el día—, ya sabes lo que significa estar en esta casa de manera permanente.
—Lo sé, Amo.
—¿Lo quieres?
—Sí. Más que nada.
Se arrastró hasta mis pies y empezó a besarlos. Nadie lo comentó ni se rió. En este clan, eso era simplemente otra manera de hablar.
Valeria me miró desde el otro extremo de la mesa con esa expresión que ponía cuando quería decir algo y no encontraba las palabras. Era su cumpleaños y todo el mundo que importaba estaba ahí. Eso era todo lo que hacía falta saber.
—Mañana son todos tuyos —le dije—. Pero esta noche solo hay una ama aquí.
Sonrió. No era la sonrisa de la sumisa. Era otra.