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Relatos Ardientes

La noche que mi prima cruzó una línea conmigo

Hay relatos que uno guarda durante años sin contárselos a nadie. No porque sean extraordinarios ni porque cambien el rumbo de algo importante, sino porque tienen ese sabor particular de lo prohibido: algo que no debía ocurrir y que, sin embargo, uno recuerda con más nitidez que muchas cosas que sí estaban permitidas.

Este es uno de esos.

Natalia era mi prima. Nos habíamos criado lejos, a casi ocho horas de distancia en autobús: ella en un pueblo pequeño al sur, yo en la ciudad. Nos veíamos quizás dos veces por año cuando éramos chicos, en las reuniones familiares de diciembre o en algún cumpleaños de los abuelos, y desde que fuimos creciendo, esas visitas se fueron espaciando hasta casi desaparecer del todo.

Nunca la había visto de otra manera. Era familia. Era mi prima. Y eso, hasta esa noche, era todo lo que era para mí.

Cuando me enteré de que mi tía vendría con ella a la ciudad para hacer los trámites de inscripción universitaria, lo recibí como la visita de cualquier pariente: con buena disposición y sin ninguna expectativa. Natalia tenía diecinueve años entonces. Yo, veintidós, vivía con mis padres y llevaba unos meses trabajando en una empresa pequeña.

Las fui a buscar a la terminal de buses un jueves por la tarde.

Mi tía apareció primero entre la gente que salía, con esa manera apurada de caminar que tienen algunas personas cuando llegan a la ciudad desde el interior, como si el ritmo diferente del lugar les generara una urgencia que no sabían del todo bien para qué. Y detrás de ella, Natalia.

Había cambiado.

No de forma dramática. No era irreconocible ni nada así. Pero había algo distinto que tardé unos segundos en identificar. Seguía siendo bajita, metro sesenta con suerte, con el cabello lacio oscuro que siempre tuvo y una figura que podría llamarse redonda sin llegar a ser gorda. No era la prima más bonita de la familia —mi tía había tenido cuatro hijas en total— ni la que tenía el cuerpo más llamativo. Pechos pequeños, caderas anchas, cara agradable pero no llamativa. Lo que había cambiado, y lo que tardé en identificar, era la manera en que se movía. Algo más seguro. Más adulto.

—Qué grande estás —me dijo, y se rio.

—Tú tampoco estás igual —respondí, sin terminar de decirle exactamente en qué sentido.

Mi tía nos interrumpió con la logística del equipaje, y eso fue todo el reencuentro por el momento.

***

Esa noche, en casa, la dinámica fue la de siempre en esas visitas familiares. Mi tía y Natalia charlaron con mis padres en el comedor durante un par de horas, comieron, se pusieron al día con las noticias de los parientes que vivían lejos. Yo estuve presente el tiempo necesario, dije los comentarios de rigor, y en algún momento me escabullí al sillón de la sala a ver televisión.

No era falta de cariño. Simplemente, a los veintidós años, una noche escuchando a los mayores hablar de enfermedades y de quién se había casado con quién no era lo más tentador del mundo.

Poco después de las diez, mis padres se retiraron diciendo que al día siguiente madrugaban. Mi tía los siguió casi de inmediato, recordándole a Natalia que el primer turno en la oficina de la universidad era a las nueve.

La puerta del cuarto de huéspedes se cerró.

Yo me quedé solo en la sala, con el televisor en voz baja y esa sensación particular de las noches tranquilas, cuando uno puede quedarse despierto simplemente porque puede. Sin nada urgente. Sin apuro de ningún tipo.

Pasó algo más de media hora.

La puerta del cuarto de huéspedes se volvió a abrir, y Natalia salió en pijama. Pantalón largo a cuadros y una camiseta gris dos tallas grande. El cabello un poco revuelto, como el de alguien que estuvo acostada sin llegar a dormirse. Se detuvo al verme en el sillón.

—Pensé que te habías acostado —dijo.

—No tenía sueño. ¿Tú tampoco?

Negó con la cabeza. Miró el televisor un segundo, luego a mí. Y sin que yo la invitara, se acercó y se sentó en el otro extremo del sillón, doblando las piernas debajo del cuerpo.

—¿Puedo quedarme un rato?

—Claro que sí.

Bajé el volumen del televisor. La sala quedó en ese silencio suave de las casas de noche, con solo el ruido lejano de la calle y la luz tenue que venía del pasillo.

Empezamos a hablar. De cosas sin peso al principio: cómo era el pueblo comparado con la ciudad, qué carrera había elegido ella y por qué, si ya conocía a alguien en la facultad, cómo era la vida en un pueblo chico cuando uno quería más que eso. La conversación fluía con la facilidad que tienen dos personas que comparten algo en común pero que no se ven lo suficiente como para tener historia entre ellas. Sin tensión. Sin los silencios incómodos que hay que llenar.

Fue agradable, genuinamente.

En algún momento, sin que yo pudiera decir exactamente cómo habíamos llegado ahí, tocamos el tema de las parejas.

—¿Y tú tienes novia? —preguntó.

—No, ahora no.

—No te creo.

La miré. Ella sonreía de un modo que no era del todo casual.

—¿Por qué no me creerías?

—No sé. Pareces de los que siempre tienen a alguien esperando.

—Si tuviera novia, estaría con ella ahora en lugar de estar aquí hablando contigo a medianoche.

—Ah. —Hizo una pausa breve—. Entonces es como si yo fuera tu novia esta noche.

Lo dijo con el tono de alguien que hace una broma, pero había algo detrás que no era solo eso. La miré un momento antes de responder.

—Algo así —dije—. Lástima que seamos primos.

Ella soltó una risa corta, casi forzada, y bajó la vista a sus manos.

Hubo un silencio. No incómodo exactamente, pero sí cargado. Del tipo que tiene peso propio, que los dos sienten pero ninguno decide nombrar. Lo dejé estar, porque cortar ese tipo de silencios es perder algo que no siempre vuelve.

Fue ella quien habló.

—Pero si no fuéramos primos tampoco significaría nada, ¿no? O sea, tendría que gustarte.

Ahí estaba.

No era una pregunta casual ni una broma extendida demasiado. Era la clase de pregunta directa, apenas disfrazada, que uno hace cuando ya sabe la respuesta que espera y solo necesita que alguien la pronuncie en voz alta.

Podría haber cortado ahí. Desviar el tema, hacer un comentario que le bajara la temperatura al asunto, levantarme con cualquier pretexto. Era lo sensato. Mis padres dormían a quince metros. Mi tía también. Éramos primos. Había cien razones para dejar la conversación donde estaba.

Pero la noche tiene esa cualidad extraña de ciertos momentos, como si las reglas normales estuvieran suspendidas, y la curiosidad me pudo más que el juicio.

—Eres simpática —dije—. Y no eres fea. A cualquiera le gustarías.

No era del todo verdad, porque honestamente Natalia no era mi tipo en condiciones normales. Pero tampoco era mentira completa. Y en ese punto ya importaba menos la exactitud que hacia dónde iba todo.

Ella no respondió de inmediato. Bajó la vista al suelo, y cuando la levantó, sus ojos tenían algo diferente: más directo, más resuelto, como si hubiera decidido algo mientras miraba las baldosas.

—Desde que llegué me pareces muy lindo —dijo—. No pienses que soy una loca. Solo lo pienso y prefiero decirlo.

Miré sobre mi hombro hacia el pasillo. Todo quieto. Las puertas cerradas.

Me acerqué un poco más en el sillón.

—¿Te puedo besar? —pregunté.

No respondió con palabras. Asintió, apenas, con los ojos fijos en algún punto entre el suelo y mi cara.

Levanté su mentón con dos dedos y la besé. Fue breve, más un contacto de labios que un beso con desarrollo, porque ninguno de los dos quería arriesgar el ruido de algo más. Cuando nos separamos, ella giró la cabeza hacia el costado, como si no supiera qué hacer con la cara en ese momento.

—¿Estuvo bien? —pregunté en voz baja.

—Sí —dijo sin mirarme todavía—. Estuvo muy bien.

Cambiamos el tema sin que ninguno lo propusiera. Fue una de esas transiciones que pasan solas, cuando los dos entienden que hay que dejar las cosas donde están antes de que algo se complique más de lo que ya está. Seguimos hablando de nada en particular durante un buen rato, y cuando ya pasaban las doce y media, nos dimos otro beso. Este más largo, con más intención, con sus manos apoyadas apenas en mis costados y la cabeza inclinada hacia mí de un modo que no tenía nada de inocente.

Luego se levantó del sillón.

—Me voy a dormir —dijo.

Y se fue por el pasillo, cerrando despacio la puerta del cuarto de huéspedes.

Me quedé solo en la sala unos minutos más, con el televisor en silencio y esa sensación extraña de haber cruzado algo, aunque no supiera muy bien qué.

***

Los dos días siguientes fueron de trámites y de familia siempre presente. Mi tía y Natalia salían temprano, volvían a media tarde, y en casa siempre había alguien en la cocina o en el comedor. No hubo manera de repetir la conversación nocturna, y ninguno de los dos la buscó activamente. Natalia era otra persona en presencia de los demás: tranquila, un poco callada, sin el atrevimiento que había tenido en la oscuridad de la sala. Como si ese momento hubiera existido solo en ese contexto específico y fuera de él no tuviera continuación posible.

Antes de que se fueran, intercambiamos números.

Nos escribimos algunas semanas. Mensajes cortos al principio, luego más largos, luego otra vez cortos. Hablamos alguna vez de la posibilidad de vernos si ella venía a estudiar a la ciudad, de lo que podría pasar si estuviéramos solos de verdad, sin paredes compartidas con el resto de la familia. Ella usaba ese lenguaje cauteloso que tienen las personas que quieren decir algo sin terminar de atreverse, y yo le seguía el juego. No porque estuviera enamorado ni porque me atrajera de un modo que me quitara el sueño, sino porque había algo en esa dinámica —el tabú, la distancia, el saber que estábamos jugando con algo prohibido— que resultaba difícil de soltar.

Pero la vida tiene esa forma de resolver ciertas cosas por inercia. Ella empezó las clases, yo me metí de lleno en el trabajo, y los mensajes se fueron espaciando hasta que un día simplemente no hubo un siguiente.

***

Sé que, comparado con otros relatos, un beso con una prima puede parecer poca cosa. Y quizás lo sea, objetivamente. Pero para mí tuvo un efecto distinto: me hizo entender que ciertas cosas que uno cree que existen solo en la imaginación —esas conversaciones que se tienen a los dieciséis años donde alguien menciona a un primo o una prima con una sonrisa cómplice— en realidad están mucho más cerca de lo cotidiano de lo que parece. Solo hace falta que las circunstancias se alineen, que la noche sea larga, que haya silencio suficiente y dos personas dispuestas a dejar que algo suceda.

Me abrió los ojos a cosas que no me había permitido contemplar antes.

Años después, visité a mis tíos otra vez. Natalia ya no vivía en la casa; se había mudado cerca de la facultad y aparecía solo de tanto en tanto. Pero su hermana menor, Sofía, sí estaba.

Con Sofía fue una historia completamente diferente.

Esa la cuento en otro momento.

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Comentarios (5)

Gabo_lector

Tremendo!!! me enganché desde el primer parrafo, muy bien llevado

NachoBaires

necesito la segunda parte ya, como puede terminar asi jaja

SusanaRdz

Me recordo algo parecido de mi adolescencia, esa tensión que describís es muy real. Muy bien escrito

CuriosaSiempre

¿Habrá continuación? porque quedé con muchas ganas de saber que pasó después

viajero_roro

lo que mas me gustó es que no cae en lo burdo, tiene suspenso de verdad

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