Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El fin de semana que cambió todo con mi madre

Tenía veinticuatro años cuando ocurrió. Mi madre tenía cuarenta y seis, era alta, de pelo oscuro con algunas canas que nunca quiso teñir, y llevaba ese aire de mujer que ha vivido lo suficiente como para saber lo que quiere. Llevaban tres años separada de mi padre, y vivíamos los tres juntos: ella, mi hermana Luciana, que tenía veintiún años, y yo.

Nunca la había visto de otra manera. Era mi madre. Podía reconocer que era hermosa de la misma forma en que uno reconoce que el mar es grande, como un hecho objetivo que no te involucra.

Todo cambió un martes de mayo.

Volví de la facultad y la encontré en la cocina con los ojos rojos, pretendiendo que no había pasado nada. Le pregunté. Primero negó, después se derrumbó un poco y me contó.

Había un docente en la escuela secundaria donde ella daba clases, un tipo llamado Rodrigo. Casado, con hijos, y empeñado en que entre ellos había algo. Al principio ella había sido amable, quizás demasiado, y él lo interpretó como una invitación. Desde entonces la acosaba entre clases, le dejaba mensajes, inventaba excusas para cruzársela en los pasillos. Ella le había dicho que no de diez maneras distintas, pero Rodrigo no escuchaba.

La semana anterior, desesperada, le había dicho que tenía un amante. Que ese fin de semana se iba con él a un hotel de la costa. Rodrigo se rió y le dijo que no le creía. Y ella, sin pensar, le dijo el nombre del hotel.

—¿Y ahora? —le pregunté.

—Ahora él dice que va a ir a buscarme. Para comprobar que miento.

Esa noche, los tres en la mesa, Luciana escuchó el problema entero y soltó la solución como si fuera la cosa más natural del mundo:

—Llevate a Marcos. Él finge ser tu novio y listo.

Me miraron. Yo miré a mi madre. Hubo un silencio de tres segundos que duró bastante más en mi cabeza.

—No es mala idea —dijo mamá finalmente, con una sonrisa incómoda.

No era mala idea. Era una idea completamente absurda. Pero la seguimos igual.

***

Salimos el viernes por la tarde en el auto, para llegar antes que Rodrigo y tener tiempo de acomodarnos. Cuando entramos al hotel y el empleado de recepción nos miró con esa discreción entrenada de quien ya lo ha visto todo, sentí el peso de la situación. Mi madre dio su nombre. Yo no di el mío. Nos llevaron a la habitación: cama matrimonial, ventana al mar, una sola llave.

Acomodamos las cosas en silencio. Ella del lado de la ventana, yo del lado de la puerta. Ninguno hizo comentarios sobre la cama.

—Gracias por venir —dijo ella, sin mirarme, mientras colgaba algo en el armario.

—No hay nada que agradecer —respondí. Y era verdad. Pero algo en el ambiente de esa habitación hacía que todo sonara distinto.

***

Al día siguiente bajamos a la playa privada del hotel. Hacía sol y el agua estaba fría. Mi madre salió del vestidor con una malla enteriza negra que, de alguna manera, dejaba menos a la imaginación que una bikini. Me sorprendí mirándola. No como se mira a una madre. Me reprendí en silencio y aparté los ojos.

Caminamos hacia el agua. En algún momento empezamos a hablar de otras cosas, de la facultad, de Luciana, de nada importante. El sol calentaba. Nos reímos. Por un momento fue completamente normal.

Entonces nos sentamos en la orilla, donde el agua llegaba hasta la cintura. Ella se acomodó frente al mar y, sin pensarlo demasiado, yo me senté detrás. Ella apoyó la espalda contra mi pecho como si lo hubiera hecho mil veces.

Era una mala idea. Era una pésima idea.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Me quedé quieto, esperando que ella se diera cuenta y se moviera. No se movió. El agua nos cubría hasta el pecho y nadie podía vernos nada. Mis manos estaban en la arena, detrás de mí, pero después ya no estaban en la arena.

—Como los novios de verdad —murmuró ella, sin girarse—. Para que la gente no sospeche.

Era una excusa. Los dos lo sabíamos. Pero la usamos igual.

Me ofreció la mejilla primero. Después giró la cabeza. Nuestros labios se encontraron y lo que empezó como algo suave se fue transformando sólo en el momento en que ella abrió la boca. No dije nada. Ella tampoco. Mis manos encontraron sus costados bajo el agua y la sostuve. El ruido del mar tapaba cualquier cosa que pudiéramos decir o no decir.

Cuando salimos caminamos juntos sin hablar, su brazo en el mío, como si fuera lo más natural del mundo y al mismo tiempo la cosa más rara que habíamos hecho en nuestra vida.

***

Durante el almuerzo hubo un silencio largo. Ella lo rompió sin mirarme a los ojos:

—Lo de esta mañana... no fue como esperaba.

—No —dije yo.

—Pero tendremos que repetirlo mañana, cuando llegue ese hombre.

—Sí —dije yo.

Ninguno dijo nada más. Pedimos el postre.

Esa noche fuimos a bailar a un bar del balneario, tranquilo, con música que invitaba a quedarse cerca. Mamá se había puesto un vestido azul que no había visto nunca. Se movía bien cuando bailaba. Demasiado bien.

Empezamos con algo de distancia. Esa distancia fue desapareciendo a medida que la música cambiaba y el salón se llenaba de gente. En un momento ella me dio la espalda y apoyó la cabeza en mi hombro, como en el agua esa mañana. Bailamos así, pegados, su cuerpo contra el mío.

Todo lo que me habían enseñado sobre lo que estaba bien y lo que estaba mal se iba volviendo ruido.

—Marcos —dijo en voz baja.

—¿Qué?

No respondió. Giró la cabeza hacia mí y la besé. Fue un beso largo, sin excusas esta vez, sin la playa ni los bañistas alrededor como pretexto. Solo los dos, de pie en el medio de una pista, besándonos como lo que éramos: dos personas que querían hacerlo.

Volvimos a la habitación tarde y en silencio. Ella se metió al baño. Yo me senté en el borde de la cama y pensé en dormir en el sofá. Cuando salió con el camisón puesto me miró:

—No seas tonto. La cama es grande.

—Sí —dije yo, y me quedé donde estaba.

No dormimos en los extremos. No sé en qué momento nos acercamos, pero en algún punto nuestros cuerpos se encontraron en el medio y nuestras bocas también. Fue así: lento, inevitable, sin que ninguno pusiera nombre a lo que estábamos haciendo. Nos quedamos dormidos entrelazados, sin ir más lejos. Pero más lejos ya habíamos ido, de todas maneras.

***

El domingo al mediodía sonó el teléfono de la habitación. Recepción avisaba que había llegado un hombre preguntando por ella.

Mamá se puso rígida. Después se quitó la bata y se quedó sólo con la ropa interior. Me miró con los ojos muy abiertos, la voz baja y apremiante:

—Acuéstate encima de mí. Que parezca que estamos.

Me tendí encima. Ella separó las piernas y me acomodé entre ellas. Mi cuerpo entendió antes que yo lo que estaba pasando. Nos quedamos quietos, escuchando pasos en el pasillo.

La puerta se abrió. Rodrigo entró dos pasos, nos vio, dijo algo que no llegué a entender entre el escándalo y la vergüenza, y se fue. El portazo resonó en la habitación vacía.

Ninguno se movió.

Yo seguía encima de ella. Su respiración era rápida y entrecortada. La mía también. Nuestras bocas estaban a pocos centímetros. Y en ese momento, sin que mediara ninguna excusa, sin Rodrigo ni la playa ni el baile como pretexto, ella cerró los ojos.

Fue despacio. Le pregunté sin palabras y ella respondió de la misma manera. Cuando entré en ella soltó un sonido largo y suave que sentí en toda la columna. No fue brusco ni fue una locura. Fue exactamente lo contrario: fue como si algo que había estado tensándose toda la semana encontrara finalmente dónde ir.

Nos movimos juntos durante mucho tiempo. Ella me sostuvo fuerte, los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás. Cuando terminamos nos quedamos quietos, sin separarnos, escuchando cómo volvía el silencio a la habitación.

—¿Qué hemos hecho? —murmuró después de un rato.

—Lo que queríamos hacer —respondí.

Me miró. No dijo que estaba mal. No dijo que no volvería a pasar.

***

A la mañana siguiente nos despertamos tarde, enredados, con la luz del mediodía entrando por la ventana. Ella abrió los ojos, me vio, y en su cara pasaron varias cosas a la vez.

—Soy tu madre —dijo.

—Lo sé.

—Esto no puede...

No la dejé terminar. Me moví hacia ella y la besé. Después de un momento, ella me devolvió el beso.

No hablamos más de lo que no podía ser. Hicimos el amor otra vez, despacio, con la misma mezcla de vergüenza y deseo que ya no sabíamos separar. Después ella se quedó apoyada en mi pecho, pensando en voz alta:

—No sé qué somos ahora.

—No tenemos que saberlo hoy —dije.

Ella asintió. Después sonrió, apenas.

Hicimos las valijas sin prisa. Cuando bajamos a la recepción ella tomó mi mano en el hall, a la vista de todos, y no la soltó hasta que llegamos al auto.

***

Paramos a mitad de camino en un motel de ruta que aparecía en las señales desde hacía veinte kilómetros. No hicieron falta palabras. Entramos, cerramos la puerta, y esa noche fue todavía más larga que la anterior.

Llegamos a casa el lunes al mediodía. Luciana nos miró cuando entramos, con esa manera que tiene de leer una situación sin que le cuenten nada.

—¿Funcionó? —preguntó.

—Sí —dijo mamá, y fue directamente a su cuarto.

Esa tarde, cuando estuve a solas con Luciana, le conté. No todo, pero suficiente. Se quedó callada un momento y después preguntó:

—¿Y ahora qué?

—No lo sé —respondí.

Era la verdad. No lo sabíamos. Lo que sí sabíamos era que algo había cambiado de manera irreversible, y que ninguno de los dos se arrepentía. Mamá empezó a mirarse diferente en el espejo, más suelta, más liviana. Yo empecé a entender que querer a alguien no siempre cabe en las categorías que te enseñaron.

Nueve meses después nació Sofía.

Valora este relato

Comentarios (5)

DiegoM_Tucuman

De los mejores que lei ultimamente. Impresionante.

Noelia_cba

No puede terminar ahi!!! Por favor la segunda parte, me quede con muchisimas ganas de mas

FernandoK81

Lo que me gusto es que no es burdo ni apurado. Lo fuiste construyendo de a poco y eso se nota. Muy buen trabajo.

CarlosR_BA

Increible, me atrapó de punta a punta sin parar. Gracias por compartirlo

TucumanLee

Tremendo relato, de los que te dejan pensando despues. Mas asi!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.