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Relatos Ardientes

Mi cuñada en la disco: lo que nadie debía saber

Mi cuñada Sandra cumplía veinticuatro años ese verano. Yo llevaba exactamente dos años notando todo lo que no debería notar: la forma en que se recogía el cabello con ambas manos antes de hablar, el movimiento de sus caderas cuando cruzaba una habitación, la risa que se le escapaba cuando tomaba una copa de más. Mi mujer, su hermana mayor, nunca lo supo. O si lo supo, eligió no verlo.

Sandra era el tipo de mujer que no necesita hacer nada especial para llamar la atención. Su cuerpo era generoso, firme, con unas curvas que desafiaban cualquier intención de ignorarla. Tetas grandes, culo redondo, muslos que se marcaban debajo de cualquier tela. Pero lo que realmente me ponía nervioso no era eso. Era la mirada. Esa que tenía cuando me pillaba observándola y, en lugar de apartar los ojos, los mantenía durante un segundo más de lo estrictamente necesario. Como si supiera perfectamente que se me ponía dura con solo verla cruzar el salón.

Llevábamos un año y medio en ese juego sin nombre.

***

El viaje a la playa fue idea de mis suegros. Una semana en un hotel frente al mar, habitaciones contiguas, días de sol y cenas largas con demasiado vino. Mi mujer aceptó encantada. Yo acepté sabiendo perfectamente por qué lo hacía.

Los primeros días transcurrieron con la normalidad de siempre: playa por la mañana, piscina por la tarde, cenas en las que Sandra aparecía con algún vestido que dejaba demasiado a la imaginación. Mis suegros se retiraban temprano. Nosotros nos quedábamos un poco más, los cuatro, hablando de nada importante.

Había algo en ese ambiente que bajaba las defensas de todos. El calor, el mar, el alcohol. Las conversaciones se volvían más largas y los silencios más cargados. En más de una ocasión, la mirada de Sandra y la mía se encontraron sobre la mesa y ninguno de los dos la retiró a tiempo.

***

Una noche, hacia el final de la semana, los cuatro quedamos en bajar a la discoteca del hotel. Sandra bajó antes que nosotros al lobby. Cuando la vi, tardé un momento en reaccionar.

Llevaba un vestido negro, corto, con la espalda al aire. Unas sandalias de tacón que la hacían caminar despacio y con cuidado, como si cada paso fuera una decisión. El pelo recogido dejaba su cuello expuesto. Se había puesto perfume, algo más intenso que el de costumbre. El vestido se le pegaba al culo de una forma que dejaba clarísimo que no llevaba nada debajo.

—Cuñada —fue todo lo que logré decir.

Ella sonrió, consciente del efecto, y se puso al otro lado de mi mujer para que yo quedara más lejos.

***

La discoteca estaba en el sótano del hotel. Música alta, luces bajas, una barra larga contra la pared del fondo y mesas de cuero oscuro alrededor de la pista. Pedimos una botella y empezamos la noche.

Mis suegros aguantaron hasta la una. Después subieron a dormir y nos dejaron solos. El alcohol hacía lo suyo y la música era cada vez más intensa. Mi mujer bailaba con Sandra y yo las observaba desde la mesa, diciéndome que tenía que dejar de mirar de esa manera, que era su hermana, que había líneas que existían por alguna razón.

Me serví otra copa.

Sandra bailaba sin inhibiciones. Había algo diferente en ella esa noche, una soltura que iba más allá del alcohol. Varios hombres se acercaron a la pista cuando ella estaba. Ella los dejaba bailar un rato y luego los despachaba con una sonrisa educada. Excepto uno, con quien estuvo más tiempo del habitual, y con quien intercambió el número de teléfono antes de volver a la mesa.

Los celos me llegaron de una forma que no supo a celos. Supo a algo más incómodo. Algo más honesto. Se me estaba poniendo dura debajo de la mesa de solo imaginarme a ese tipo metiéndole la mano por debajo del vestido.

***

Alrededor de las dos y media, Sandra se levantó hacia los baños. La vi alejarse entre la gente y perderse en el pasillo.

Pasaron diez minutos. Quince. Mi mujer no parecía preocupada, pero yo sí empecé a estarlo, aunque no exactamente por las razones que debería.

—¿No tardó mucho Sandra? —le dije.

Mi mujer se encogió de hombros.

—Ve a buscarla si quieres.

Fui hacia el pasillo de los baños. Un camarero me cortó el paso con la mirada.

—¿Busca a alguien?

—A una chica. Vestido negro, pelo recogido.

El camarero pensó un momento.

—La vi salir hacia el privado con el señor que organiza los eventos del hotel. Hace un buen rato.

Me quedé ahí parado, procesando esa información, con el ruido de la música golpeándome desde adentro. El hombre que organiza los eventos del hotel. Mi mente empezó a fabricar imágenes que no pedí. Sandra de rodillas. Sandra con la boca abierta. Sandra tragándose la polla de un desconocido en un cuarto que yo no había visto.

Esperé cerca de la entrada del pasillo privado. Fue un hombre quien salió primero: cuarenta y tantos años, camisa de lino desabotonada hasta el pecho, el cabello peinado hacia atrás con ese descuido calculado de quien lleva dinero encima. Me miró de pasada y siguió caminando sin prisa. Se pasó la mano por la bragueta antes de doblar la esquina, un gesto pequeño pero inequívoco.

Después, unos minutos más tarde, salió Sandra.

Me vio en cuanto dobló la esquina. No se asustó. Sonrió de esa manera suya, la que nunca supe cómo interpretar del todo. Se pasó la lengua por la comisura del labio como si estuviera limpiándose algo.

—Cuñado —dijo, como si todo fuera perfectamente normal.

—¿Qué hacías ahí adentro?

—Tranquilízate. No pasó nada importante.

—Sandra.

Se acercó un paso. Olí su perfume mezclado con algo diferente que tardé un segundo en identificar. Olía a semen. A semen y a saliva.

—No llegamos a más —dijo en voz baja—. Bueno. Yo hice mi parte. Él no pudo hacer mucho más.

Abrí la boca sin encontrar las palabras adecuadas.

—¿Tu parte?

—Eso dije. Se la chupé hasta que se corrió. Ni siquiera me quitó el vestido. Ni me tocó apenas. Se descargó en mi boca en tres minutos y se quedó tirado como un imbécil pidiendo más. Y a mí ya se me habían pasado las ganas de él.

Se me secó la boca. La imagen entró tan rápido en mi cabeza que me tuve que apoyar contra la pared. Sandra arrodillada frente a ese tipo, con el vestido negro apretándole las tetas, la boca llena de una polla ajena, tragando cada gota mientras se le corría en la garganta.

***

Volvimos a la pista. Mi mujer estaba bailando con alguien a quien no reconocí. Sandra me tomó de la mano.

—Baila conmigo.

No pude decir que no. No quise.

Bailamos durante un rato que no supe cuánto duró. La música lenta que pusieron facilitó las cosas que ninguno de los dos estábamos diciendo en voz alta. Su cadera rozó la mía, quizás sin querer, quizás no. Sentí su pubis pegado a mi pierna, restregándose con una lentitud calculada. La tenía tan dura que era imposible que ella no la sintiera contra su vientre. De hecho me sonrió cuando la notó. Su mano se posó en mi hombro con una familiaridad que no tenía nada de familiar, y bajó despacio hasta rozarme la bragueta con el dorso de los dedos.

En algún momento se acercó a mi oído para hablar por encima del ruido.

—Quieres saber qué pasó ahí adentro, ¿verdad?

—No —mentí.

—Sí quieres. Quieres saber cómo se la chupé. Si me la metí entera. Si se corrió en mi boca o en mi cara.

Me separé ligeramente para mirarla.

—¿Qué quieres que te diga, Sandra?

—Nada —respondió—. Solo quiero saber si prefieres que te lo cuente o que te lo muestre.

El volumen de la música subió un instante. O quizás fui yo el que dejó de escucharla durante unos segundos.

***

El camarero se llamaba Rodrigo. Sandra lo conocía de las noches anteriores. Se acercó a él en la barra y lo llamó por el nombre.

—¿Nos dejas pasar un momento?

Rodrigo me miró. Después la miró a ella. Asintió con esa discreción de quien lleva años viendo cosas peores.

Bajamos por una escalera estrecha hacia un pasillo con varios cuartos pequeños. Sofás de cuero oscuro, mesas de madera, luces muy tenues. Cerramos la puerta del último.

Sandra se sentó. Cruzó las piernas. El vestido se le subió lo suficiente como para que confirmara lo que ya sospechaba: nada debajo. Un coño depilado, brillante, con los labios hinchados. Me miró con esa expresión que había visto mil veces en los últimos dos años y que siempre había ignorado, o intentado ignorar.

—Siéntate.

—Estoy bien de pie.

—Como quieras.

Hubo un silencio breve en el que los dos supimos exactamente adónde iba esto.

—¿Qué fue lo que hiciste con él? —pregunté, aunque no debería haberlo preguntado.

—Lo que más me apetecía en ese momento.

—Sandra.

—Le abrí el pantalón —dijo sin rodeos—, me arrodillé, le saqué la polla y me la metí en la boca hasta el fondo. Se la chupé mirándolo a los ojos. Cuando estuvo a punto se la saqué, se la trabajé con la mano y le dije que se corriera en mi cara. Y se corrió. Después le pasé la punta por los labios, se la limpié con la lengua y me levanté. Él quería follarme y yo ya había terminado.

La imagen se instaló en mi cabeza con una claridad que no pedí. Su boca abierta, la lengua estirada, un chorro caliente cayéndole por la mejilla y el mentón. Se me puso tan dura que dolía.

—¿Y por qué me lo cuentas?

Se levantó del sofá. Dio dos pasos hacia mí. Me puso la mano encima del bulto y apretó.

—Porque llevamos dos años haciendo como que esto no existe —dijo—. Y esta noche no me apetece seguir haciéndolo. Esta noche quiero que me folles hasta que no pueda caminar mañana.

***

No sé quién se movió primero. Creo que los dos al mismo tiempo.

El beso fue exactamente como imaginé que sería: urgente, sin cuidado, sin los protocolos de la primera vez, porque en realidad llevábamos dos años preparándonos para esto. Su lengua entró en mi boca con una hambre que no admitía discusión. Mis manos recorrieron su espalda desnuda, bajaron hasta el culo y lo apreté con las dos manos por encima del vestido. Ella soltó un gemido corto contra mi boca.

—Rómpelo si quieres —susurró—. Total, ya cumplió su función.

No lo rompí, pero se lo bajé de un tirón por los hombros hasta que le cayó a la cintura. Las tetas quedaron al aire, más grandes de lo que se adivinaban vestidas, con los pezones oscuros ya duros, apuntando hacia arriba. Me lancé sobre ellas. Le mamé un pezón mientras le apretaba el otro entre los dedos, y ella me clavó las uñas en la nuca.

—Así, cuñado. Así, muérdemelas.

Le mordí. No suave. Ella arqueó la espalda y se le escapó un gemido que no intentó disimular. Le terminé de bajar el vestido hasta que quedó desnuda del todo, solo con las sandalias de tacón puestas. El coño le brillaba, empapado.

—Mira cómo estoy —dijo, agarrándose la entrepierna con la mano y mostrándome los dedos ensopados—. Llevo así toda la noche. Desde antes de bajar. Salí del ascensor ya empapada pensando en ti.

La empujé de vuelta al sofá. Le abrí las piernas de una vez y me tiré al suelo entre ellas. El olor me golpeó de lleno. Le lamí el coño de abajo hacia arriba, una sola pasada larga, y ella gritó de una manera que en cualquier otro contexto me hubiera hecho parar por miedo a que la oyeran. Aquí no. Aquí lo que quería era que gritara más.

Le chupé el clítoris con avidez, le metí dos dedos, tres, y los curvé buscándole el punto por dentro. Sandra empujaba la cadera contra mi cara, agarrándome del pelo con las dos manos, dirigiéndome sin pudor.

—Más rápido. Más. Más. Ahí. Ahí, joder, no pares.

Se corrió contra mi boca con un espasmo largo, las piernas temblándole, los muslos apretándome la cabeza. Le seguí lamiendo hasta que me apartó porque no aguantaba más.

—Ven aquí, ven, ven.

Me arrastró hacia arriba y me arrancó la camisa. Me desabrochó el pantalón con dedos torpes por la urgencia. Cuando me sacó la polla, se le escapó un jadeo que era mitad hambre mitad sorpresa.

—Joder. Ya me imaginaba yo. Ya sabía yo que la tenías así.

Se inclinó y me la metió en la boca sin más preámbulo. Igual que lo había hecho hacía media hora con otro. Y me daba igual. O peor: precisamente por eso me ponía más. La boca que acababa de comerse a un desconocido ahora estaba tragándome a mí, entera, hasta la garganta. Sandra mamaba con técnica, con hambre, mirándome desde abajo con esos ojos que llevaban dos años prometiéndome exactamente esto.

—Basta —le dije cuando sentí que no iba a aguantar—. Levántate.

La levanté del sofá y la giré. La empujé hacia adelante hasta que quedó apoyada en el respaldo, con el culo hacia mí, las piernas abiertas, los tacones marcándole las pantorrillas. Le agarré la nuca con una mano y con la otra me acomodé la polla contra la entrada del coño. La froté ahí, empapándomela, sin metérsela todavía.

—Métemela ya —jadeó—. Ya. Fóllame ya.

La penetré de una sola embestida, hasta el fondo. Sandra soltó el aire con un sonido que no era exactamente un gemido sino algo más honesto: alivio, sorpresa, reconocimiento. Me quedé quieto un segundo, sintiendo cómo se apretaba alrededor de mí.

—¿Bien?

—No pares. No pares, no pares, no pares.

Empecé a follármela despacio, sacándola casi entera y metiéndola de vuelta hasta el fondo, viendo cómo se le abría el coño cada vez, cómo la polla salía brillante de sus jugos. Ella empujaba el culo hacia atrás para encontrarme.

—Más fuerte. Cuñado, más fuerte. Como si me odiaras.

La agarré de la cadera con las dos manos y empecé a embestirla de verdad. El sonido de mis muslos contra su culo llenó el cuarto. Las tetas le rebotaban contra el respaldo del sofá. Ella gemía cada vez más alto, sin filtro, diciendo guarradas que llevaba dos años guardándose.

—Así, sí, así me gusta, rómpeme el coño, para eso lo tengo, para que me lo destroces...

***

Fue en ese momento cuando escuché la voz del cuarto de al lado.

La reconocí de inmediato. Mi mujer. Escuché su voz, inconfundible, más alta de lo que debería, con esa urgencia que yo conocía bien y que esa noche estaba dedicada a alguien que no era yo. Gemía. Pedía más. Le decía a alguien que se la metiera hasta el fondo.

No me detuve. Sandra tampoco lo pidió. Los sonidos del cuarto contiguo se mezclaron con los nuestros de una manera absurda y surrealista que en otro contexto hubiera detenido el mundo. Pero esa noche no. Escuchar a mi mujer gemir para otro me puso más duro todavía. Le clavé los dedos en las caderas y empecé a follármela con una rabia que no sabía que tenía.

Sandra me miró desde abajo por encima del hombro con una expresión que no era culpa.

—Parece que esta noche decidimos lo mismo las dos partes —dijo en voz baja, entre jadeos—. La estarán follando bien. Igual que a mí.

No respondí. No era el momento para hablar de eso. Le agarré el pelo, tiré, y le pegué las embestidas más fuertes de la noche.

Lo que vino después duró lo suficiente. La saqué, la giré, la tumbé de espaldas en el sofá y le puse las piernas sobre mis hombros. Volví a metérsela y le follé viéndole la cara, viéndole cómo se le desencajaban los rasgos con cada embestida, cómo se mordía los labios para no gritar y después se olvidaba de morderlos y gritaba igual. Le chupé el pulgar, se lo mojé y se lo puse en el clítoris para que se lo tocara ella mientras yo la embestía.

—Me corro otra vez —jadeó—. Cuñado, me estoy corriendo otra vez, no pares, no pares...

Se corrió con todo el cuerpo, arqueándose, apretándome la polla por dentro con unas contracciones que casi me hicieron acabar a mí. La rabia y los celos y el deseo se mezclaban en algo que no tenía nombre pero que funcionaba perfectamente. La hice llegar otra vez, la tercera, con su espalda contra mí, sentada encima, cabalgándome despacio, con sus manos aferradas a mis rodillas para no perder el equilibrio, diciéndome en susurros todo lo que yo llevaba dos años queriendo escuchar.

—Sabía que ibas a follarme así... Todas las cenas familiares pensando en esto... Todas las veces que te miraba... Ya está, ya está, otra vez, otra vez me corro, joder...

Después se dio vuelta y me pidió lo que me estaba pidiendo sin palabras desde hacía rato. Se puso de rodillas en el sofá, apoyó la cara contra el cuero y separó las nalgas con las dos manos, ofreciéndome el culo. Me tomé mi tiempo. Le escupí, le pasé la polla arriba y abajo untándose de todo, y empujé despacio. Sandra apretó los dientes pero no se quejó. Lo contrario.

—Entero. Métemela entera. Quiero sentirla toda.

Se la metí hasta el fondo. Ella soltó un gemido gutural, ronco, distinto a todos los anteriores. La follé por el culo con calma primero, después con ganas. Sandra se tocaba el coño mientras yo la embestía por atrás, y no tardó en correrse otra vez, apretándome de una forma que ya no pude aguantar.

—Córrete —me dijo, girando la cabeza—. Córrete donde quieras. Adentro, encima, en la cara, donde te dé la gana.

La saqué a tiempo, la giré, la puse de rodillas en el suelo. Me la trabajé con la mano dos, tres veces frente a su cara. Sandra abrió la boca y sacó la lengua, con los ojos cerrados, con la misma pose exacta en la que se habría puesto media hora antes para el otro. Me corrí a chorros. Le llené la boca, la lengua, la mejilla, la barbilla. Un hilo le cayó hasta las tetas. Ella se tragó lo que tenía dentro, se pasó los dedos por la cara recogiendo el resto y se los chupó uno por uno, mirándome fijo.

Cuando terminamos, nos quedamos en silencio unos minutos. Ella se vistió primero. Yo la observé abrocharse el vestido con esa calma de quien sabe exactamente lo que acaba de hacer y no se arrepiente de nada. Se limpió la comisura de la boca con el dorso del dedo y se acomodó el pelo frente al pequeño espejo de la pared.

—Esta noche no se repite —dijo, sin crueldad. Casi como si fuera un hecho.

—Lo sé.

—Bien.

***

Subimos por separado. Mi mujer ya estaba en la mesa cuando llegué, con las mejillas encendidas y un vaso de agua en la mano. No me preguntó dónde había estado. Yo no le pregunté nada a ella.

Pedimos agua y esperamos a que fueran las cinco de la mañana para subir a la habitación como si nada hubiera pasado.

***

De vuelta en casa, al día siguiente, Sandra se despidió en la puerta. Me dio dos besos, como siempre. El segundo duró un instante más de lo habitual.

—Cuídate, cuñado.

—Tú también.

Me miró de esa manera que ya conocía de memoria, la del segundo de más. Después bajó las escaleras sin mirar atrás.

No hubo mensajes después. No hubo miradas cargadas de culpa ni de complicidad exagerada en las reuniones de familia que siguieron. Solo aquella semana en la playa, aquella noche, aquel cuarto en el sótano de la discoteca del hotel.

Y Sandra, que sigue apareciendo en las cenas familiares con ese vestido o con otro, siempre con esa sonrisa que los demás no saben leer.

Yo sí sé leerla. Y sé perfectamente lo que significa.

Qué cuñada.

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Valora este relato

Comentarios(8)

SantiagoMG

Dios mío... de los mejores que lei acá en mucho tiempo. Excelente.

Valentina_22

Necesito la segunda parte YA!!! que tension tan bien llevada, me dejaste con ganas de mas

ChecoBA

me recordó a una situación similar que viví en un casamiento, aunque nunca llegó a tanto jajaja. Muy bueno el relato

Fran_cba

Hubo continuacion o fue solo esa noche? pregunto porque quedó muy abierto el final

LectorMdp

increible como fuiste construyendo la tension desde el principio. Se nota que sabe escribir, no es el tipico relato apresurado

PaolaSC

Uffff!!! tremendo

NightReader_ARG

Lo leí dos veces. La parte de la disco está muy bien descrita, te mete ahí adentro. Ojalá haya continuacion porque quedó cortado justo donde se pone bueno.

DelilahRR

el titulo me enganchó al instante y el relato cumplió con creces. Saludos!

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