Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi hermana vino de visita y nos descubrieron

Somos mi madre, cuatro hermanas y yo. Nos crió sola desde que éramos chicos, en una casa pequeña donde el espacio nunca sobró pero el cariño tampoco faltó. Con Valeria, la segunda de las cuatro, las cosas empezaron de una manera que no supe ver venir y que luego ya no supe ignorar. Fue hace años, mucho antes de que ella se casara con Sebastián, un ingeniero que pasa largos períodos trabajando en proyectos fuera del país. Viven en una ciudad costera, a cinco horas de aquí en carro. Tienen un hijo de cuatro años. Valeria está más hermosa con cada visita que hace.

Su esposo y yo nos llevamos bien. Sebastián es un tipo tranquilo, generoso, que me incluye en sus planes cuando coincidimos. No sospecha nada. En muchos años nunca ha sospechado nada, y no porque seamos especialmente cuidadosos, sino porque nadie mira a un hermano y a su hermana como algo que pueda tener ese tipo de historia.

Cuando ella tiene oportunidad de venir sola, o cuando yo la visito y él trabaja de noche, sabemos cómo usar el tiempo. Lo nuestro no tiene nombre que le quede bien. Es simplemente lo que es desde hace demasiados años como para cuestionarlo: yo metiéndole la polla a mi propia hermana cada vez que se puede, ella abriéndome las piernas con la misma naturalidad con que me pasa el salero en la mesa.

Este viaje, sin embargo, fue diferente a todos los anteriores.

***

Sebastián salía a un proyecto de tres semanas en el extranjero. No quería dejar a Valeria sola con el niño tanto tiempo, así que le sugirió que viniera a quedarse con mi madre y conmigo mientras él estaba fuera. Valeria me llamó un martes por la tarde y con cuatro palabras me arruinó la concentración para el resto del día.

—Llego el viernes, hermanito. Prepárate.

Tres meses sin verla. Tres meses en los que cada videollamada era una forma de recordarme lo que no podía tener. Pasé los días siguientes con la verga a media asta cada vez que pensaba en ella, meneándomela en la ducha imaginando su coño mojado y su boca abierta, corriéndome contra los azulejos como un adolescente.

El viernes fui solo al aeropuerto. Mi madre había preparado comida en casa y esperaba con el niño desde mediodía. Valeria bajó por la manga de llegadas con una maleta grande y mi sobrino agarrado de la mano derecha. Venía morena del sol costero, con el pelo recogido en una trenza suelta y unos aretes dorados que no le había visto antes. Nos abrazamos como se abrazan un hermano y una hermana en público. Luego, cuando giró la cara del beso en la mejilla, me susurró al oído:

—Vengo sin bragas debajo del jean. Aguantá hasta la noche.

En casa pasamos la tarde sin apuro. Mi madre cocinó, el niño corrió por todos lados, hablamos de cosas sin importancia. A la hora de dormir, mi sobrino eligió quedarse con su abuela como siempre hace cuando viene de visita. Valeria se instaló en mi cuarto. Tenemos dos camas. Esa noche las usamos las dos, pero no de manera separada.

Apenas cerré la puerta, ella ya se estaba sacando la camiseta por la cabeza. Las tetas le cayeron libres, más llenas de lo que las recordaba, con los pezones ya duros apuntándome. Se bajó el jean sin desabrocharlo, moviendo las caderas, y quedó desnuda al lado de mi cama con esa sonrisa que me conoce de memoria. Le puse las manos en la cintura y la tiré sobre las sábanas. Le abrí las piernas y bajé la cabeza directo entre sus muslos. Su coño estaba empapado, hinchado, oliendo a hembra que llevaba meses esperando. Le pasé la lengua de abajo hacia arriba, entera, y ella arqueó la espalda mordiéndose el antebrazo para no gritar.

—Chupámelo, hermanito, chupámelo bien —me pidió en voz muy baja, con la voz rota—, hace meses que nadie me lo hace.

Le clavé la lengua adentro, se la moví, le chupé el clítoris hasta que empezó a temblarle todo el cuerpo. Le metí dos dedos y se los curvé buscándole el punto que le conozco. Se corrió mordiendo la almohada, apretándome la cabeza entre los muslos, con las piernas sacudiéndose. Cuando levanté la cara ella ya me estaba tirando del pelo para que subiera.

—Metémela ya —dijo—. No aguanto más.

Le puse la punta de la verga en la entrada y le entré despacio, hasta el fondo, hasta chocarle el útero. Valeria abrió la boca sin sonido, los ojos en blanco. Empecé a cogérmela con embestidas largas, apretándole las tetas, chupándole los pezones. Ella me clavaba las uñas en la espalda y me pedía al oído que no parara, que se la rompiera, que se la había extrañado. La puse boca abajo, le levanté el culo y volví a metérsela desde atrás, agarrándola de la trenza. Terminé descargándole toda la corrida adentro, empujando hasta la última gota, y me quedé encima de ella jadeando con la verga todavía dura enterrada en su coño.

Nos pasamos a la otra cama para que las sábanas no delataran nada por la mañana. Antes del amanecer volví a montarla dos veces más.

***

El sábado por la noche propuse salir. Valeria llevaba semanas sin hacer nada que no fuera rutina de madre y esposa, y quería bailar. Sebastián la llamó a las nueve para contarle cómo iba el proyecto, una conversación larga y tranquila que ella tuvo sentada en el borde de la cama mientras yo esperaba en el pasillo. Cuando colgó, buscó el vestido negro en la maleta sin que nadie se lo pidiera.

Fuimos a un bar en el centro que pone música caribeña los fines de semana. Nos cruzamos con conocidos míos que habían visto fotos de Valeria pero nunca la habían visto en persona. Para todos éramos lo que somos en papel: hermanos que salen a divertirse mientras ella está de visita. Nadie vio nada raro. No había nada raro que ver, todavía.

Esa noche bebimos más de lo que era sensato. Empezamos con cervezas, seguimos con ron, y cerca de la medianoche alguien del grupo sacó una botella de mezcal que fue pasando de mano en mano. Valeria bailó durante horas. Yo bailé con ella, con las manos en sus caderas y la distancia exacta que se mantiene entre dos personas que se conocen mucho, que podría leerse de distintas maneras según quién mirara. Ella tenía los ojos entrecerrados y una sonrisa que solo me dirigía a mí. En un momento, cuando fuimos al baño por separado, me esperó en el pasillo oscuro, me agarró la mano y se la metió por debajo del vestido. No llevaba nada. Tenía el coño mojado. Me lamí los dedos delante de ella y volvimos a la mesa como si nada.

Cerca de la una de la madrugada nos despedimos del grupo y salimos. El aire de la calle estaba fresco después de tanto tiempo adentro.

—La playa —dijo Valeria, ya en el carro—. Quiero ver el mar antes de volver.

La playa del malecón a esa hora está tranquila, pero más allá del muelle viejo hay una zona donde la gente va de noche sin hacer preguntas ni esperar que se las hagan. No es un secreto para nadie en la ciudad. Yo había ido antes con otras personas. Nunca con Valeria.

Estacioné cerca de las rocas. Salimos. La luna estaba llena y enorme sobre el agua, y el viento venía del mar con olor a sal. Valeria se quitó las sandalias para caminar descalza en la arena. Caminamos hasta que las luces del malecón quedaron lejos detrás de nosotros y el ruido de las olas era lo único que se escuchaba.

Nos besamos ahí, de pie frente al agua, sin que ninguno de los dos dijera nada antes. Despacio al principio, con esa calma que tienen las cosas que ya no necesitan justificarse. Ella me abrió la camisa con los dedos y yo le bajé los tirantes del vestido por los hombros hasta dejarle las tetas al aire bajo la luna. Se las chupé una y otra, mordiéndole los pezones oscuros, mientras ella me buscaba la verga por encima del pantalón y me la apretaba. Le desabroché el cinturón y me lo bajé hasta las rodillas. Ella se agachó ahí mismo, en la arena, y me metió la polla en la boca hasta la garganta. Me la chupó despacio, mirándome desde abajo, ensalivándomela entera, sacándola para lamer los huevos y volviendo a tragársela. La levanté antes de correrme, le subí el vestido hasta la cintura y la apoyé contra el capó del carro. Le entré por detrás de un solo empujón. El carro quedaba a pocos metros. Nos apoyamos en él y empecé a cogérmela ahí mismo, con el mar de fondo y sus gemidos ahogados contra el metal.

No escuchamos llegar a nadie.

***

Fueron Rodrigo y Matías. Rodrigo es alguien con quien crecí en el barrio, nos conocemos desde la infancia. Matías es su primo, vive cerca del muelle y trabaja en uno de los restaurantes de la costa. Los dos habían estado en el mismo bar esa noche y habían salido un rato después que nosotros. Reconocieron mi carro estacionado y se acercaron pensando que estábamos sentados afuera a hablar.

Cuando nos dimos cuenta de que estaban ahí, ya era tarde. Yo tenía la verga metida en el coño de mi hermana hasta la raíz, con la mano en su tetas y la otra sujetándole la cadera. Valeria estaba doblada sobre el capó, con el vestido enrollado en la cintura, el culo al aire y la boca abierta. Ella intentó cubrirse. Yo me interpuse, pero no había nada que tapar a esa altura. Los dos sabían exactamente lo que habían visto.

Nos separamos con la ropa mal puesta, mi polla todavía brillante y erecta apuntándoles antes de que consiguiera subirme el pantalón. Rodrigo tenía la expresión de alguien que está procesando algo inesperado. Matías, en cambio, sonreía de una manera que me puso en guardia de inmediato, con los ojos clavados en las tetas de Valeria antes de que ella lograra taparse.

—No me esperaba esto —dijo Rodrigo, después de un silencio que se hizo largo—. Es tu hermana, güevón.

Intenté decir algo. Las palabras no salían ordenadas.

—Tranquilos —dijo Matías—. No somos de hablar. Pero algo así no se deja pasar sin algún arreglo, ¿no?

Valeria me apretó el brazo. Les ofrecí dinero. Matías se rió de una manera que me dejó claro que no era eso lo que quería.

—No es dinero —dijo, mirando a Valeria directamente, deteniendo la vista en el escote que se le había vuelto a soltar—. Es ella. Una noche. Los dos. La cogemos como te la estábamos viendo coger a vos. O esto llega a oídos que no deben escucharlo.

Rodrigo no habló. No negó ni confirmó lo que decía su primo. Solo esperó, con el bulto crecido bajo el jean que hablaba por él.

Valeria me soltó el brazo y caminó unos pasos hacia el agua. Se quedó de espaldas durante un rato que me pareció muy largo. Cuando se giró tenía la mandíbula apretada y los ojos brillantes, pero la voz le salió firme, sin temblores.

—Está bien —dijo—. Pero después de esta noche no existe. Para los cuatro.

Le dije en voz baja que no tenía que hacerlo. Me respondió que ya había decidido. No discutí más.

***

Matías se acercó a ella primero. Le puso una mano en la cintura y Valeria no se apartó. La besó y ella correspondió, despacio, cerrando los ojos, dejando que él le metiera la lengua en la boca mientras las manos de él le bajaban por la espalda hasta agarrarle el culo por debajo del vestido. Rodrigo esperó hasta que Valeria se giró y lo buscó ella misma, con una determinación que ya no tenía nada de resignación. Le puso una mano en la nuca y lo besó a él también, comparándolos, probándolos como quien prueba dos vinos distintos.

Yo me quedé a un lado, con el cuerpo en tensión y la cabeza procesando una mezcla de cosas que no encajaban del todo bien juntas. La verga, en cambio, tenía las cosas más claras que yo: seguía dura contra la tela del pantalón, dolorosamente dura, mirando a mi hermana entre dos hombres.

Vi cuando Matías se arrodilló frente a ella y le subió el vestido con las manos hasta dejárselo enrollado en la cintura. Vi cuando le separó los muslos con los hombros y le clavó la lengua en el coño sin preámbulo, chupándoselo con hambre, sonoro, haciéndola gemir en voz alta. Valeria le apoyó los dedos en el pelo y echó la cabeza hacia atrás, con la luna detrás de ella y el sonido del mar tapando todo lo demás. Le agarró la cabeza y le restregó el coño en la cara, sin pudor, sin fingir que la estaban obligando a nada.

Rodrigo la rodeó por detrás. Le desabrochó el vestido del todo y lo dejó caer en la arena. Valeria quedó desnuda y de pie entre los dos hombres, y en ese momento lo que empezó como una situación forzada empezó a transformarse en otra cosa. Rodrigo le puso las manos en las tetas por detrás, se las amasó, le pellizcó los pezones hasta arrancarle un jadeo largo. Sus manos ya no estaban quietas. Su postura cambió. La Valeria que había estado al borde del llanto diez minutos antes había desaparecido, y en su lugar había una mujer que se pasaba la lengua por los labios mirando la verga que Matías se había sacado del pantalón.

—A ver qué tienen —dijo ella, con una voz que no le había escuchado nunca.

Se arrodilló en la arena y los tomó uno con cada mano. Empezó por Matías, tragándoselo entero, con esa manera de mamar que se aprende con los años y que a mí me tenía consentido desde adolescente. Le lamió los huevos, se la sacó de la boca y la abofeteó contra la lengua, se la volvió a meter hasta la garganta hasta hacerse arcadas. Después pasó a Rodrigo. La verga de él era más gruesa, más corta, y a Valeria le costaba abrir la boca lo suficiente. Se aplicó igual, ensalivándosela, jugando con la punta con la lengua, mientras la mano libre seguía cascándole la polla a Matías para que no se enfriara.

Matías la giró hacia el capó del carro y ella apoyó las palmas sobre el metal. Rodrigo rodeó el carro y se colocó frente a ella. Valeria lo tomó con la mano primero, luego con la boca, con ese conocimiento que tiene para estas cosas y que sigue siendo imposible de describir sin quedar corto. Matías le tomó las caderas, se escupió en la mano, se lubricó la verga y la penetró por detrás, despacio al principio; ella apretó los puños sobre el metal y no pidió que parara. Al contrario: empujó el culo hacia atrás para meterlo hasta el fondo, gimiendo alrededor de la polla de Rodrigo.

Yo aguanté un rato mirando, con la verga en la mano por encima del pantalón, con la boca seca. Los veía cogerse a mi hermana. Escuchaba el sonido húmedo de la verga de Matías entrando y saliendo del coño de Valeria, el chapoteo mojado de la boca de ella tragándose a Rodrigo, sus gemidos ahogados. Luego no aguanté más y me acerqué. Rodrigo se hizo a un lado y le tomé el lugar. Valeria me miró por encima del hombro con esa expresión que lleva años diciéndome cosas que no tienen nombre, se pasó la lengua por los labios manchados de saliva y baba, y abrió la boca para tragarme.

Me chupó con más ganas de las que me había chupado nunca. Como si mi verga fuera distinta ahora que otras dos la acompañaban. Matías seguía cogiéndola por detrás, cada embestida suya la hacía tragarme más profundo. Rodrigo, sin verga en la boca de nadie, se acercó por el costado y le pasó los dedos por el clítoris mientras el primo se la clavaba. Valeria se corrió así, con mi polla en la boca, la de Matías en el coño y los dedos de Rodrigo trabajándole el clítoris. Le sentí el temblor recorrerle el cuerpo entero, el gemido vibrarle en la garganta alrededor de mí.

Cambiamos de posición sin hablarlo. La acostamos boca arriba sobre el capó, con las piernas abiertas colgando del borde. Matías, que estaba a punto de correrse, se la sacó del coño y le acabó encima de las tetas y el cuello, chorros gruesos y blancos que le cayeron hasta la barbilla. Valeria se pasó los dedos por la corrida y se la llevó a la boca sin dejar de mirarlo. Rodrigo la agarró por el tobillo, le abrió la pierna hacia afuera y le entró él. Le llenó el coño de golpe, hasta el fondo, y empezó a cogérsela con un ritmo más lento pero más brutal, chocándole contra el hueso, haciendo temblar el carro.

Yo me subí al capó por el otro lado y le presenté la verga en la boca desde arriba. Ella la agarró con las dos manos y se la metió, chupándome mientras Rodrigo la partía por debajo. Le veía la cara del revés, la garganta estirada, la corrida de Matías secándose sobre las tetas que rebotaban con cada embestida.

En algún momento de esa noche, Valeria estaba entre los tres. Yo por delante, Matías por detrás recuperado ya, Rodrigo ocupando su boca. Se la cogíamos entre los tres, coordinándonos sin palabras, moviéndonos según ella nos pedía con las caderas. Ella lo pedía. No con palabras al principio, sino con el cuerpo, moviéndose con una claridad sobre lo que quería que ninguno de los tres anticipó al principio de esa noche. Después sí, con palabras también.

—Más fuerte —gemía—. Rómpanme. Cójanme a la vez, los tres.

La pusimos de rodillas. Yo me acosté debajo de ella y me la ensarté en la verga con el coño. Matías se le puso detrás y le pidió el culo. Valeria se escupió en la mano, le agarró la polla y se la lubricó ella misma, y luego se abrió la nalga con una mano invitándolo. Matías le entró por atrás despacio, milímetro a milímetro, y Valeria gimió con la boca abierta contra mi cuello mientras se le acomodaban las dos vergas a la vez, adentro. Rodrigo se le puso delante y le metió la suya en la boca. Gritó sin esconderse cuando empezamos a movernos, con el viento llevando el sonido hacia el mar abierto. Los tres a la vez, entrando y saliendo, chocándonos entre nosotros dentro de ella, sintiendo la verga del otro a través de la fina pared que separa el coño del culo.

En algún momento me miró a los ojos, con la boca todavía llena de la verga de Rodrigo, y lo que vi en esa mirada era algo que no reconocí del todo pero que no me asustó. Era simplemente Valeria llevada a un límite que nunca habíamos cruzado juntos y que ella cruzó sola, a su manera, eligiendo cada paso. Se corrió otra vez, apretándome la polla desde dentro con una fuerza que me hizo acabar a mí también, descargándole todo el semen en el coño mientras Matías le llenaba el culo con la suya y Rodrigo le vaciaba la boca de una tercera corrida que ella se tragó entera.

Antes de que amaneciera descansamos un rato en la arena, los cuatro sentados sin hablar mucho, con Valeria desnuda entre los tres, la corrida escurriéndole por los muslos y secándose en la piel bajo la luna. Luego Valeria se levantó, se sacudió la arena del pelo, y dijo que quería repetir antes de irnos.

Repetimos. Esta vez ella eligió cómo, dónde y en qué orden. Repartió las vergas con una autoridad que no admitía discusión, y los tres acabamos vacíos.

***

Los quince días que siguieron fueron distintos a cualquier otra visita anterior. Rodrigo o Matías, a veces los dos juntos, aparecían por las tardes o al caer la noche. Valeria siempre abría la puerta. Mi madre no sabía nada. Mi sobrino dormía. La rutina de la casa de día se mantenía perfectamente normal.

Lo nuestro tampoco paró. Eso no cambió. Si acaso, lo que pasó esa primera noche en la playa le quitó a lo nuestro algún peso que llevábamos cargando sin darnos cuenta, y las noches que Valeria y yo estuvimos solos esos días fueron más directas que antes, más libres, sin el cuidado excesivo que a veces nos imponíamos cuando éramos solo nosotros dos. Me la cogía como si no fuera mi hermana y ella me montaba como si no fuera mi hermana, y esa liberación tuvo un sabor nuevo que no habíamos probado en años.

Un par de días antes de que se fuera, los cuatro fuimos a casa de Rodrigo. Pasamos la tarde ahí, con las persianas bajas y el ventilador encendido, cogiéndonosla en la cama grande del cuarto principal, turnándonos, dejándola descansar y volviendo a empezar. Ella recibió tres corridas más esa tarde, dos en el coño y una en la boca, y se durmió un rato desnuda entre nosotros antes de pedir la cuarta. Nadie dijo nada de lo que habría pasado si aquella primera noche hubiera sido diferente. Nadie necesitó decirlo.

El día de la partida, fui al aeropuerto con ella y el niño. Mi madre se despidió en casa. El trayecto fue tranquilo. Valeria miraba por la ventana y no hablaba mucho.

—¿Estás bien? —le pregunté en un semáforo.

—Sí —dijo—. Estoy pensando.

—¿En qué?

Se giró a mirarme. Tenía una expresión que no supe descifrar del todo.

—En que cuando llegue a casa va a ser raro. No porque algo haya cambiado afuera. Sino porque yo cambié.

No respondí. Llegamos al aeropuerto, bajamos las maletas del maletero, le di un beso en la mejilla delante de la gente que pasaba, le acaricié la cabeza a mi sobrino, y los vi alejarse por el pasillo de salidas hasta que doblaron la esquina y desaparecieron.

Esa tarde Sebastián le escribió un mensaje diciéndole que llegaba en cuatro días. Valeria me lo reenvió sin ningún comentario.

Yo tampoco supe qué contestar. Le puse un punto y lo dejé así.

Ver todos los relatos de Incesto y Amor Filial

Valora este relato

Comentarios(8)

CarlosNoc_89

tremendo relato, me dejo sin palabras!!

Mauro_baires

Por favor seguí con esto, el final me dejó con ganas de saber mas

Dario_mk

los testigos en la playa... jajaja ese giro no me lo esperaba para nada. Tremendo

RoxanaLeC

Hace tiempo que no leia algo que se sintiera tan autentico, muy bien narrado

Seba_Norte

¿y como reaccionaron los testigos? me muero de curiosidad, necesito la continuacion

Malu_cba

increible!!! seguí escribiendo por favor

TomasLector

Me recordo algo que me paso en unas vacaciones hace años, aunque sin llegar a tanto jajaja. Muy bien escrito, se nota que le ponés ganas al relato

Nico_Bs

el titulo ya te lo dice y uno igual se sorprende leyendo. Bien ahi!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.