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Relatos Ardientes

La noche que envié a mi esposa con mi hermano

Mi esposa Camila y yo llevábamos cuatro años casados cuando decidimos que era suficiente con dos hijos. Ella se ligó las trompas después del segundo parto y, desde entonces, nuestra vida sexual cambió por completo. Más tiempo, más libertad, menos preocupaciones. Empezamos a ver películas porno juntos, a experimentar cosas que antes solo habíamos imaginado, y a hablar de fantasías que ninguno de los dos se había atrevido a mencionar en voz alta.

Una noche, después de un par de tragos y una película que nos había dejado a los dos bastante encendidos, comencé a contarle algo que cargaba desde hacía tiempo. Le dije que había notado, casi desde el principio de nuestro matrimonio, que mi hermano Roberto la miraba de una manera diferente. No era una mirada grosera ni obvia. Era esa clase de mirada que uno intenta disimular pero que, si sabes buscarla, está siempre ahí. En las reuniones familiares, él buscaba excusas para estar cerca de ella. Contaba chistes para verla reír. Le ofrecía más vino antes de que terminara la copa.

—Lo sé desde hace años —me dijo Camila, sin apartar los ojos de la pantalla.

Hubo un silencio. Luego me miró.

—A mí también me gusta.

Esa noche fue diferente a todas las anteriores. Cogimos como si tuviéramos dieciséis años otra vez.

La fantasía no tardó en convertirse en algo más concreto. Comenzamos a hablar de cómo podría pasar, qué condiciones harían falta, cómo lo plantearíamos. El problema era que yo no sentía ninguna atracción por la esposa de Roberto, así que cualquier plan que implicara un intercambio de parejas quedaba descartado desde el principio. Lo que teníamos en mente era algo más directo: Camila y Roberto, con mi conocimiento y mi consentimiento pleno.

Roberto tiene treinta y cinco años, seis más que yo. Es el segundo de siete hermanos. Físicamente nos parecemos bastante —misma altura, mismos rasgos, esa nariz que heredamos de nuestro padre— aunque él es más ancho de hombros. Siempre fuimos muy unidos de solteros, pero el matrimonio y los hijos de cada uno fueron distanciando esa cercanía sin que ninguno lo dijera en voz alta.

Camila mide un metro cincuenta y ocho. Tiene las piernas bien formadas, las caderas anchas, y unos pechos grandes y firmes que no perdieron su forma después de los embarazos. Practicó baile durante años y todavía se nota en la manera en que se mueve, en la forma en que sube a caballo sobre uno y usa las caderas sin apuro, como si hubiera nacido para eso.

La oportunidad llegó sin que la forzáramos.

La mujer de Roberto tenía cálculos en la vesícula desde hacía meses. Una tarde nos avisó que la operarían al día siguiente y que estaría internada dos o tres días. Sus hijos se quedarían con los suegros, y ella tampoco estaría sola: su hermana y su madre se turnarían en el hospital. Roberto quedaría solo en el apartamento.

Camila lo llamó esa tarde, supuestamente para preguntar cómo estaban. Lo invitó a cenar con nosotros. Él agradeció pero declinó. Entonces fue al plan alternativo: le ofreció llevarle algo de comer, ya que probablemente no tendría nada preparado en casa. Roberto aceptó.

Nos preparamos con cuidado. Camila sabría encontrar el momento para decirle que yo estaba al tanto de todo, que lo habíamos planeado juntos, que sabíamos desde hacía tiempo que a él le atraía y que la atracción era mutua. Que nosotros mismos habíamos fantaseado con eso durante meses, que había sido la causa de muchas de nuestras mejores noches.

Salió de casa a las siete y media de la tarde. Sin ropa interior. Con una sonrisa que me dejó la boca seca.

Yo me quedé con los niños, los acosté cuando tocaba y me senté en el sofá con un vaso de whisky que no terminé. No podía concentrarme en nada. Me puse a caminar de un lado al otro del salón. Me senté de nuevo. Me levanté. Tenía los pantalones incómodos desde hacía media hora y la cabeza llena de imágenes que yo mismo había puesto en marcha.

Apagué el televisor. Lo encendí de nuevo. Lo volví a apagar. Las imágenes no paraban: Camila abriendo la puerta del apartamento de Roberto, Camila mirándolo de esa manera que yo conozco bien, Roberto entendiendo que aquello era real.

¿Qué estarán haciendo ahora?

¿Ya le habrá dicho algo?

¿Ya habrá pasado?

Poco antes de las diez sonó el teléfono. Era Camila, diciéndome que en ese momento salía hacia casa. Me dije que tres minutos eran manejables. No lo fueron. Me planté en la puerta antes de que ella doblara la esquina.

Venía con el pelo suelto y esa expresión que yo reconozco bien: los pómulos un poco rosados, los ojos brillantes, la comisura de los labios levantada en algo que no llegaba a ser sonrisa pero tampoco otra cosa.

La abracé en la puerta. Me dijo que pasáramos adentro antes de hablar. Me empujó al sofá, me abrió el pantalón y me hizo acabar en su boca antes de decirme una sola palabra. Lo hizo despacio, sin apuro, mirándome. Cuando terminé, se limpió los labios con el dorso de la mano y se sentó a mi lado.

—Bien —dijo—. Ahora te cuento.

Al principio, Roberto no lo creyó. Pensó que era una broma, que yo no sabía nada, que ella estaba confundida o que había bebido más de la cuenta. Camila le dejó claro que no. Le abrió un poco la blusa. Él la miró sin hablar.

—¿Y abajo tampoco llevas nada? —preguntó.

—Compruébalo tú mismo —le dijo ella.

Él metió la mano. Ella buscó el cierre de sus pantalones.

Lo que pasó después se desarrolló en dos tiempos. El primero fue rápido, todavía de pie en el salón, con ropa a medias: ella se lo metió en la boca hasta que él terminó. El segundo fue más lento. Se desnudaron del todo, sin apagar las luces, y se fueron a la cama.

Me dijo que la verga de Roberto era parecida a la mía —yo llevaba pensando en eso desde el principio, no voy a fingir que no—, algo más gruesa, sin la pequeña curvatura que tengo yo, y que le había gustado tanto tenerla en la boca como sentirla adentro.

En la cama, Roberto la recorrió entera. La besó en el cuello, en los pechos, en el vientre. Bajó hasta su entrepierna y estuvo allí un buen rato, lo suficiente para que Camila estuviera al límite cuando llegó el momento. Entonces ella se subió encima de él.

Eso es lo suyo. Su posición, su dominio. Camila sobre un hombre es algo que hay que ver: usa las caderas con una cadencia que no se aprende, que viene de años de baile o de algo más antiguo que eso. Lo llevó a su ritmo hasta que tuvo un orgasmo, siguió, y tuvo otro. Me contó que en ningún momento cerró los ojos, que lo miró todo el tiempo mientras se movía, y que eso fue lo que más lo desconcertó. Luego se quedó quieta, clavada hasta el fondo, y esperó a que él terminara también.

Roberto la abrazó después. Le pidió que me dijera que me agradecía todo lo que yo había hecho posible.

Ella le dejó la comida en la encimera, se despidieron, y me llamó desde el portal.

Yo la escuchaba sin interrumpir, con la mano apoyada en su muslo, notando cómo su voz cambiaba al describir cada parte. Había algo en ese relato —la precisión de los detalles, la manera en que ella los elegía— que me resultaba más excitante que cualquier película que hubiéramos visto juntos.

Cuando entró por la puerta, yo ya estaba otra vez encendido. La llevé al dormitorio y metí la mano entre sus piernas. Estaba húmeda de otra manera, pegajosa, densa.

—No me lavé —dijo, observándome.

Me arrodillé en el suelo.

Me acerqué y la abrí con los dedos. Vi lo que quedaba de Roberto escurriendo por el interior de sus muslos, espeso y blanco bajo la luz de la mesita de noche.

No sé describir bien lo que sentí en ese momento. No era repulsión ni era exactamente excitación, era algo más raro, más primitivo. Le pasé los dedos por dentro y los llevé a mi boca. Ella me tomó de la nuca y me dirigió hacia ella.

Lo saboreé todo. Lo que quedaba de mi hermano, mezclado con Camila, mezclado con lo que yo también empezaba a ser. Me lo tomé con calma, sin apresurarme, hasta que no quedó nada.

Luego la penetré. Ella estaba abierta de una manera diferente, o tal vez yo solo lo imaginaba, pero el primer movimiento fue distinto a todos los anteriores. Lo noté de inmediato.

A ratos sacaba la verga para mirarla, cubierta de una capa blanca que era de los dos. Se la mostraba a Camila. Ella me la metía en la boca un momento y luego la guiaba de vuelta. Así estuvimos hasta que acabé yo también, sumando lo mío a lo que ya quedaba de Roberto en lo más adentro de ella.

***

El resto de la noche lo pasamos despiertos, cogiendo y hablando y durmiendo un rato y volviendo a empezar. Cuando amaneció, los dos estábamos agotados y en paz de una manera que no sabría explicar bien.

Roberto y yo seguimos tan unidos como siempre. Hemos tomado unos tragos un par de veces desde entonces, él y yo solos, y la conversación fluye como siempre: el trabajo, los partidos, los niños. El asunto no se ha mencionado ni una vez entre nosotros. Pero en las reuniones familiares hay un momento —siempre hay uno— en que los tres nos miramos al mismo tiempo. No hace falta decir nada. Los tres sonreímos.

Camila y yo llevamos meses esperando la siguiente oportunidad. Hablamos de ello de vez en cuando, tarde en la noche, después de coger, cuando el cuerpo todavía está encendido y la guardia baja. Esta vez, quizás, estemos los tres en la misma habitación al mismo tiempo. Ya lo hemos planeado una vez. Sabemos que podemos.

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Comentarios (5)

Walter

Tremendo. Uno de los mejores que lei en mucho tiempo.

RobertoC_74

Y bueno, a veces las fantasias se vuelven planes de verdad jajaja. Muy buen relato, seguí así!

Nachito_86

Me dejo pensando en muchas cosas. Muy bien escrito, se nota que hay algo mas que imaginacion detras de esto.

CuriosaSiempre

Espero la continuacion!!! Me quede con ganas de saber como siguio todo despues.

DiegoC88

jajaja el titulo ya lo dice todo. No lo pude dejar de leer hasta el final

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