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Relatos Ardientes

Esa noche dormí en la cama de mi madre

El segundero del reloj que Sara me había regalado por mi cumpleaños me martilleaba las sienes. Estuve a punto de descolgarlo y lanzarlo por la ventana, pero acabé respirando hondo y volviendo la vista a los libros que se apilaban sobre el escritorio. Mi trabajo en el laboratorio era exigente, sí, pero soportable. El verdadero dolor de cabeza venía del piso de abajo, donde Lucía llevaba media hora llorando.

Escuchaba a Sara intentando calmarla. Sabía que no debía sentirme así por oír a mi hija llorar, pero me era imposible. Ese primer año había pasado como una década entera.

Cada día de paternidad equivale a un año, me dije mientras pensaba en mi padre, Rodrigo. Llevaba meses fuera por el circuito internacional de artes marciales. Nunca fue un buen ejemplo: el dojo siempre le importó más que cualquier otra cosa. Quien me había criado de verdad había sido mi madre, Helena, allá en la casa del monte donde aún vivía sola.

Otro chillido de Lucía me hizo cerrar los ojos. Cogí el teléfono y, antes de avisar siquiera a Sara, marqué el número de Helena.

—¡Adrián, cariño! ¡Qué alegría que llames!

—¿Qué tal todo por allí? ¿Mateo está estudiando?

—Esta semana entera la pasa en casa de Marta, con el hijo de ella. Estoy sola.

—Mamá... ¿podría ir a verte el fin de semana?

—¿Aquí? —Helena se echó a reír—. Pero si solo vas a encontrarte con la aburrida de tu madre.

—Más que suficiente —dije, y los dos rompimos en una risa nasal que me supo a infancia—. Mi madre, la casa y un poco de paz. Es lo único que necesito.

—Te espero, cielo.

***

Sara fue más comprensiva de lo que esperaba. Llevaba semanas a punto de pedirme que me tomara un descanso. Hice una mochila pequeña, le di a mi hija el beso más largo que pude y salí al amanecer.

Conduje cuatro horas con la radio apagada. Cuando aparqué frente al porche, el verde del prado y el olor del río me devolvieron de golpe a los nueve años. Helena ya estaba en la puerta. Tenía el pelo recogido en una coleta larga y llevaba un delantal cubierto de harina.

—¡Adrián! —vino corriendo con la agilidad de la artista marcial que fue en su juventud.

Nos abrazamos con fuerza. Cuando nos separamos, retrocedió un paso para mirarme.

—Estás muy delgado y tienes ojeras. Tienes que cuidarte más.

—Mamá, acabo de bajar del coche. Dame un respiro.

—¡No descuides a la familia por el trabajo, eh!

—¿No eras tú la que me decía que estudiara para conseguir un buen empleo?

—¡No le repliques a tu madre!

Estallamos en una carcajada que rebotó por el valle. Me arrastró hacia la cocina. Sobre la mesa había carne guisada, croquetas, empanada y un bizcocho enfriándose en la encimera.

—Te has pasado, mamá.

—Venga, cena y luego te tumbas a descansar.

Comí mientras ella me observaba. Hablamos de Lucía, del trabajo, de las tonterías de Mateo. Las risas amenizaron la cocina, pero en algún momento empecé a notar algo distinto en su mirada. Su boca sonreía, sí, pero detrás de las pestañas había una tristeza que se asomaba sin permiso.

Cuando se levantó a buscar otro plato del armario, pensé en ella. Mi padre cruzando océanos, mi hermano cada vez más independiente. Pronto Mateo también se irá, me dije.

—Mamá, ¿tú también estás un poco agobiada, verdad?

Helena se quedó muy quieta.

—¿Yo?

—Lo veo en tus ojos. Papá está siempre fuera, y yo también.

—Adrián...

Apretó la fuente contra el delantal y respiró hondo. Por primera vez en mucho tiempo, alguien de su familia priorizaba sus sentimientos por encima de cualquier otra cosa.

—Es mi deber —dijo sin convicción—. A veces, el silencio es muy pesado. Se escucha más que un grito.

Me levanté, rodeé la mesa y le di un abrazo por la espalda que la dejó sin aire. Ella levantó las manos para enredar sus dedos con los míos.

—Gracias —suspiró.

Le acaricié los hombros, todavía duros por todos los años de entrenamiento. Y entonces se me ocurrió.

—Mamá, una tontería. ¿Te apetece pelear?

—¿Cómo? —no sonó enfadada, pero estuvo a punto.

—Entrenar siempre fue tu manera de liberar el estrés. Podríamos desfogarnos los dos. ¿Tan mala idea es?

Le brotó una sonrisa enorme y los ojos se le iluminaron.

—Estoy oxidada. Y tú eres más fuerte —se cruzó de brazos bajo el pecho—. Espero que te controles. Si lo haces, acepto. Te espero fuera en cinco minutos. Te pienso ganar.

***

Cuando bajé al patio, ya estaba allí, vestida con el viejo dōbok azul de su época de competidora. El fajín le marcaba la cintura, las muñequeras rojas le ajustaban como si nunca se las hubiera quitado y la coleta le caía hasta media espalda. El cielo estrellado iluminaba el prado como un escenario.

—Mamá... te has puesto el traje de competición.

—Aún me queda bien.

Le quedaba mejor que bien. Esbelta, con esa postura recta, parecía diez años más joven.

—Estás increíble.

Le brotó una sonrisa tonta, como si ese halago fuera el primero en años. Se puso en guardia.

—Sé bueno con tu madre. Y... ¡pruébame!

Se lanzó al ataque más rápido de lo que esperaba. Apenas alcancé a cubrir el primer puño y a esquivar la patada baja. Salté hacia atrás para tomar distancia, pero ella la cortó antes de que pudiera reaccionar.

El aire vibraba con cada golpe. Sus ataques eran certeros, dirigidos al punto exacto donde mi defensa flojeaba. Estuvimos así diez minutos hasta que el cansancio empezó a hacerle mella. Aprovechó un hueco para acercarse más de la cuenta, fingió un puño y me atrapó el brazo en una llave que aprendió hace décadas.

—Te tengo.

Usando su propio peso, me levantó los pies del suelo y me lanzó por encima del hombro. Caí de espaldas sobre la hierba con un golpe seco. Cuando abrí los ojos, encontré su cara del revés sobre la mía, con la mirada bañada en alegría y un jadeo frenético que la hacía salvajemente bella.

—Me has ganado —confesé con la voz rota.

Me ofreció la mano. Me limpié el polvo del pantalón mientras ella me observaba como si fuera la primera vez que me veía.

—Fue magnífico —dijo casi sin creérselo—. Sigues sin ser rival para mí.

—Si entrenase de verdad...

—Te ganaría igualmente.

—No lo creo.

Helena estaba eufórica y me atrapó el antebrazo con una velocidad pasmosa. Tropecé con su pierna y caí sentado en la hierba. Antes de que pudiera levantarme, se sentó encima de mi cadera y me sujetó las muñecas.

—¿Decías?

—Suerte.

—Seguro.

Soltó una carcajada y se acomodó con fuerza sobre mis caderas. Yo la observé desde esa posición tan comprometida y, sin querer, mis ojos la vieron de otra manera. Parecía joven, radiante, la chica de la que mi padre se enamoró. Una belleza salvaje dispuesta a todo.

Entonces lo noté. Un sentimiento que no era maternal me cruzó el bajo vientre y, justo donde ella estaba sentada, mi cuerpo reaccionó. El golpe fue leve, casi imperceptible, pero suficiente para que una mujer lo sintiera.

Helena volvió la vista hacia mí. Lo había notado. Aunque no se lo creía, su cuerpo le dijo que era real. Se levantó en cuanto pudo, sin querer mirar esa parte de mí que se acababa de despertar bajo ella.

—¿Entramos y nos duchamos? —dijo intentando disimular.

Asentí en silencio.

***

Después de la ducha, me metí en la cama y llamé a Sara. Lucía ya dormía, todo iba bien. Al colgar, la familia que me esperaba se disolvió en mi mente.

En el centro de mi cabeza apareció el combate. La imagen de Helena encima de mí, salvaje, victoriosa, con la respiración acelerada. Un flash me asaltó: estábamos en la cama y ella se balanceaba sobre mi pelvis con una expresión casi lasciva.

No, me ordené, intentando borrar la imagen.

Apreté los dientes e intenté poner a Sara en aquella posición. No hubo manera. Helena no se iba. Lo peor era que mi imaginación parecía mejorar la escena segundo a segundo.

Una mano se me fue sola hasta la entrepierna. Bajo el calzoncillo había algo durísimo. La aprieté con la palma y un latigazo de placer me recorrió la columna. Me había empalmado pensando en mi madre.

Al otro lado de la casa, Helena estaba bajo el agua caliente. El jabón le limpiaba cada poro mientras su mente cavilaba. Volvió al combate, a mi cuerpo bajo el suyo, vibrante de adrenalina. Mi reacción la había rozado más adentro de lo que debía admitir. Tembló bajo el chorro y apoyó la frente en los azulejos.

Antes de darse cuenta, sus dedos resbalaban por un vientre todavía duro y plano. Es la soledad, nada más, se dijo sin detener la mano.

Los dedos llegaron a un clítoris ya hinchado. La otra mano se ocupó de un pecho turgente que parecía haber esperado años aquella atención. Apretó el pezón como un botón y una pasión olvidada se derramó por cada poro.

Volvió a la hierba, al final del combate, a mi cuerpo atrapado entre sus piernas. Esta vez ninguno de los dos llevaba la parte de debajo del traje. Los dedos se hundieron más profundo y las piernas le temblaron como si contuvieran un terremoto.

—No me lo creo... —jadeó.

El orgasmo le sorprendió sin aviso. La mano libre voló a la boca para frenar un grito. El nombre que pronunció contra los azulejos fue el mío.

Salió del baño con el pelo húmedo y la piel humeante. En vez de ir a su cuarto, en vez de vestirse, salió con la toalla anudada al pecho. Sus pies la llevaron por el pasillo dejando huellas húmedas. La luz de mi cuarto seguía encendida.

***

—¿Mamá? —dije sorprendido cuando sus ojos se cruzaron con los míos.

No me la esperaba así, mojada, en toalla, espectacular.

—¿Ya vas a dormir, cariño?

—Sí. La paliza que me has dado me ha dejado hecho polvo.

—Antes quería pedirte algo.

Caminó hasta la alfombra junto a mi cama. Acabó sentada al borde, ofreciéndome la espalda y sabiendo perfectamente que yo se la estaba mirando.

—Es una tontería, pero esta noche... ¿podríamos dormir juntos? Paso mucho tiempo sola.

La miré sin saber qué responder. El calor entre las piernas seguía ahí. Rechazarla era una opción que no barajaba. Antes de contestar, ya la imaginé metida en mi cama, abrazada a mi pecho. El bulto recobró el ímpetu.

—Bueno... —se me quebró la voz—. No me importa.

—¿De verdad?

Asentí. Helena se levantó, meditando un instante. Cuando subió una pierna a la cama, se lo dije.

—¿Vas a entrar con la toalla? Mojarás todo.

—Es cierto...

Se sentó de espaldas y se quitó la toalla en un solo gesto. La dejó caer al suelo. Estaba desnuda. Sus hombros, su espalda, la curva de la cintura. Mi cuerpo respondió tan rápido que apenas tuve tiempo de pensar.

—Ma... mamá...

No me hizo caso. Metió la primera pierna bajo el edredón y se giró hacia mí. La mitad de los senos asomaba sobre la sábana.

—Apaga la luz —musitó.

La oscuridad nos envolvió. Las estrellas iluminaron la habitación a través de la ventana. Yo estaba nervioso, casi atacado, porque esos sentimientos volvían con más fuerza al tenerla a centímetros.

Su mano se alzó en la penumbra y cayó sobre mi pecho. Su dedo se deslizó hasta encontrar una cicatriz.

—¿Quién te la hizo?

—Un mal accidente en el gimnasio.

Bajó la mano. Encontró otra en la zona abdominal.

—¿Y esta?

—Una caída entrenando con papá.

Sus dedos se posaron sobre la goma del calzoncillo.

—¿Y esta?

Me miró a los ojos. No vio al niño que había criado, sino al hombre que tenía delante. Tragó saliva y dejó que sus dedos resbalaran por encima del bulto.

—¿Y esto qué es?

—¡Mamá...!

No me dejó decir más. Apretó los cinco dedos sobre la erección. Me estremecí. Helena bajó la mano lentamente, haciendo que la piel se desplazara por el tronco.

—¿Qué haces?

—Relajarte. Darte lo que te mereces.

La mano cogió ritmo. Yo solo podía tensarme. El propio movimiento de su brazo hizo que la sábana se le bajara hasta la cintura. Sus pechos salieron a la luz de la luna. Era la primera vez que se los veía. Dos senos turgentes, redondos, con los pezones marcados.

—¡Aaahhh, acabo, acabo!

—Eso es. Relájate —pidió con la voz incendiada.

Sentí que el universo colapsaba en mi entrepierna. El chorro empapó la prenda. Helena no detuvo el movimiento hasta que se aseguró de que había exprimido la última gota.

—Mamá... gracias.

Sin mediar palabra, llevó la mano a la goma del calzoncillo y me lo retiró. La prenda voló por el cuarto. Helena se quedó de rodillas, observando lo que tenía delante. Aún seguía duro. Se llevó las manos a los pechos, apretándolos, y se acomodó a horcajadas sobre mí.

—Ahora me toca relajarme a mí —susurró, y cayó sobre la erección hundiéndomela entera de un solo movimiento—. ¡Aaahhh!

—¿Qué hac...?

Comenzó a mecerse con la misma destreza con la que combatía. Yo la sujeté por la cintura. Los pechos botaban pesados sobre su torso. Las gotas que aún caían de su pelo salpicaban el colchón.

Un minuto después la sentí tensarse. Apretó los dientes y miró al techo.

—Yo también me corro.

—¡Hazlo!

La acerqué a mí. Sus senos quedaron a la altura de mi boca y empecé a chupar el pezón más cercano. Helena alzó el trasero y separó las piernas. Tomé el mando. Imprimí una velocidad de vértigo a las embestidas.

—¡Eso es! Un poco más, cariño, solo un poco más.

Cinco segundos enteros de penetraciones sin pausa y todo en ella se tensó. Años de frustración se derramaron en un orgasmo que la dejó con los pelos de punta.

—¡Sí! ¡Hijo, sí!

Su cuerpo se resbaló sobre el mío, unidos todavía por los sexos. Fue a decir algo, pero yo la giré con un solo movimiento. Ahora estaba contra la cama, mirando al techo, conmigo encima.

—¿Qué vas a hacer?

—Voy a seguir desahogándome.

—Desahógame todo el tiempo que quieras.

El coito continuó con ganas. La cogí de las muñecas y se las puse contra la cama, devolviéndole la llave que ella misma me había hecho. Helena alzó las piernas tanto como pudo.

—Métemela más. ¡Vas a hacer que mamá se corra otra vez!

Apreté el ritmo. Vi su rostro contraerse, las venas del cuello hinchándose, los senos meciéndose alocados por el golpeteo.

—¡Otra vez, otra vez! ¡Eres el mejor, mi amor!

—¡Te amo!

—¡Aaahhh!

El orgasmo recorrió la habitación entera. La saqué cuando empezó a sacudirse. Pero Helena no se quedó ahí. Apenas abrió los ojos, agarró el tronco con una mano y se llevó la punta a los labios.

—Qué sucia la tienes —ronroneó—. ¿No te decía siempre que estuvieras bien limpio?

—Deberías ser buena anfitriona y limpiármela.

—Tienes toda la razón.

Separó los labios y la polla desapareció en su boca. Mamó con ganas, jugueteando con la lengua. A cada succión parecía engordar más. Aguanté apenas dos minutos. Tiré de ella, la coloqué de espaldas con el culo en alto.

Se la metí de cuatro patas, sin avisar.

—¡Aaahhh, qué grande la tienes! ¡Fóllame con esa polla!

Con Sara hacíamos un sexo pausado. Con Helena lo que el cuerpo me pedía era darle sin descanso.

—Dame con más ganas. Con todo lo que tengas.

Aceleré el ritmo todo lo que pude.

—¡Sí, sí, sí! ¡Móntame, amor! ¡Dámelo todo!

Una última embestida y Helena sintió que mi polla se agrandaba dentro de ella.

—¡Me corro! ¡Dale a mamá lo que se merece! ¡Joder, sí!

La corrida fue larga. Saqué el sexo y le quedó encima del culo, cruzándole entre las nalgas. Ella creía que el alma le abandonaba el cuerpo, con un sexo que echaba humo y que no podría volver a usar en una semana.

—Ven aquí.

Cuando se giró, me encontró arrodillado, todavía duro. La sujeté del pelo, formando una coleta improvisada. Le puse la punta entre los labios. La empecé a follar por la boca.

—¡Así! ¡Hazme lo que no me hace mi mujer!

Estaba poseído. Tras varios golpes en su garganta, sentí la corrida llegar.

—¡Me corro!

El chorro salió disparado. La golpeé sin parar. Helena cerró los ojos y sintió el calor sobre el rostro, la boca y los pechos. Caí sentado en la cama.

—Qué malo eres —sonrió, cubierta de semen desde la barbilla hasta el vientre—. Has conseguido que tu madre vuelva a ducharse.

Asentí sin poder hablar. Ella cogió la toalla y se levantó. Se detuvo en la puerta, dándose la vuelta para ofrecerme una última estampa.

—Le he dejado bien relajado y... —rio bajito— y él a mí.

***

Amaneció soleada. Cuando atravesó el pasillo, Helena me encontró haciendo la mochila.

—¿Te vas? ¿Pasa algo?

—Me ha llamado Sara. Lucía ha pasado mala noche y tiene fiebre. La llevo al médico.

—Es una pena que te vayas. Ayer lo pasamos tan bien. Espero que no tardes en volver.

—¿Tardar?

Me reí, la cogí de la cintura y la besé en los labios. Largo. Con lengua. Cuando rompimos el beso, estaba colorada y yo sonreía como si me hubiera tocado la lotería.

—Vendré a verte todos los fines de semana, mamá. Si puedes, manda a Mateo a casa de Marta. Así estaremos solos.

—Así... —sus dedos resbalaron por mi pantalón hasta apretar el bulto—. También nos podremos relajar, ¿verdad?

—Eso es. Nos relajaremos juntos.

—Mmmm... No sabes cuánto deseo que pasen los días.

—Te amo, mamá.

—Y yo. Vete ya, que tu hija te espera.

Salí al coche. Ella se quedó mirándome desde el porche con una sonrisa que no se le borraría en toda la semana. Sabía que su hijo volvería.

—Tengo que comprarme algo nuevo para sorprenderle —se dijo, mientras canturreaba una canción y empezaba con las tareas del hogar.

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Comentarios (5)

MatiasCordoba

que arranque!! quede enganchado desde la primera linea

NocheSinFin88

Muy bueno, espero que haya continuacion porque se corto justo en lo mejor

Pelusa_BA

Me encanto como esta escrito, se siente real sin ser burdo. Muy bien!

Rulo_Baires

Me recordo a algo que me paso de adolescente, esas cosas que te marcan para siempre jajaja. Buen relato.

MarcoGZ

¿van a seguir con esto? porque si hay segunda parte soy todo ojos

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