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Relatos Ardientes

Mi hermanito necesitaba olvidar y yo fui la solución

Me llamo Lucía y tengo veinte años. Estudio segundo año de Derecho. No tengo pareja, pero sí un amigo con el que me veo cada tanto, sin compromisos ni preguntas. Antes tuve dos novios y disfruté el sexo con los dos; lo único que les exigía era discreción y fidelidad mientras durara.

Mateo es mi hermano menor. Le saco tres años. Para él siempre fui la modelo a seguir, la hermana mayor a la que le contaba todo, la que le revisaba las tareas y le daba consejos sobre chicas. Una especie de segunda madre, suelo decir. Lo quiero como pocas cosas en el mundo.

Mateo es alto, delgado, de ojos celestes preciosos y una timidez que enternece. Yo soy rubia, pecosa, también delgada, con los mismos ojos. Suelo hacerme trencitas y no soy muy alta; mi hermanito me sacaba unos quince centímetros antes de cumplir los dieciocho.

Mis padres tienen un hotel boutique en las afueras de la ciudad. Eso los obliga a estar fuera de casa de ocho de la mañana a ocho de la noche. Mateo y yo pasábamos las tardes solos, sin más compañía que Teresa, la mujer que viene tres veces por semana a limpiar. El escenario, ahora que lo miro en perspectiva, estaba servido.

Todo empezó cuando Mateo conoció a una chica dos años mayor. Perdió la virginidad con ella, se enamoró perdidamente y pasó tres meses caminando en las nubes. Cuando ella lo dejó —al parecer mi hermano había sido para ella un pasatiempo de verano— se vino abajo. Dejó de comer, dejó de salir, abandonó el taekwondo, ni siquiera sus dos mejores amigos lograban arrancarlo de la cama.

Mis consejos clásicos de hermana mayor no servían. «Vas a conocer a muchas chicas», «ella no era para ti», «esto pasa». Nada. Mateo se hundía en un silencio cada vez más espeso. Pasaron dos semanas así.

Un martes a media tarde volví de la universidad y, al pasar por su puerta entreabierta, escuché un sollozo apagado. Bajé a la cocina, me serví un yogur y me senté a pensar.

Mi hermano necesita olvidar a esa chica. Necesita que alguien lo seduzca, que se lo lleve a la cama, que le devuelva las ganas. Alguien que no le haga daño.

Y en mitad de ese razonamiento apareció, sin pedirlo, otra idea: alguien como yo.

Me quedé inmóvil. Helada. Traté de ordenarlo: Mateo necesitaba olvidar; para olvidar, necesitaba acostarse con otra mujer; esa mujer no debía lastimarlo. La conclusión era obvia y monstruosa al mismo tiempo. Y la pregunta dejó de ser cómo lo haría: pasó a ser si quería hacerlo.

¿Me calentaba mi hermano? No, no en abstracto. Lo que me calentaba era la situación. Lo prohibido. El incesto. El hecho de que nadie en el mundo lo supiera nunca. Pensar en desnudarnos como hermanos y follar como amantes me humedecía en mi propia silla de la cocina.

***

Ese fin de semana me vi tres veces con mi amigo. Las tres veces acabé pensando en Mateo. Cuando terminó el último encuentro, el lunes ya tenía decidida la fecha: martes a la tarde, después de mis parciales.

El lunes a la hora de la cena Mateo seguía igual de roto. Mi padre, en voz baja en el pasillo, me confesó que estaba pensando en contratarle una escort.

—Ni se te ocurra, papá. Eso lo va a hundir más.

—No te prometo nada, Lucía.

Y se metió en su cuarto. Por una fracción de segundo lo miré caminar. Mi padre tenía cuarenta y un años, era más grueso que Mateo, muy musculoso, atractivo de una forma incómoda. De adolescente había tenido demasiadas fantasías con él. Una vez le mandé un mensaje atrevido y me respondió con una sola frase: «Todavía no estás preparada». Eso fue todo. Lo dejé pasar.

Esa noche, mientras ordenábamos la cocina, mi madre me soltó una broma.

—Qué lástima que Teresa sea tan mayor, si no esto estaría resuelto. A lo mejor para curarle la cabeza a tu hermano vas a tener que acostarte con él tú o yo —y se rió.

—Mamá, no digas esas cosas —contesté, disimulando el escalofrío.

Si ella hubiera sabido que su hijo, a menos de veinte horas, iba a follar con su hija bajo ese mismo techo, no se habría reído así.

***

El martes me volví temprano de la universidad. A las doce y media ya estaba en casa. Le inventé a Teresa que venía una persona a hablar con Mateo y la despaché por el día. Me duché. Me puse una minifalda de jean y un top negro. Debajo, conjunto rojo, tanga. Dejé el almuerzo listo para los dos, algo liviano: no era cuestión de acostarme con el estómago pesado.

Mateo llegó a las dos. Cuando me vio bajar las escaleras se quedó mudo. Apenas levantaba la vista.

—Hoy almorzamos juntos. Tenemos algo que celebrar.

—¿Qué cosa?

—Una nueva vida.

Empezó a comer en silencio, sin tocar la ensalada. Avancé.

—Mateo, ¿no te gustaría volver a hacer el amor?

—Sí —murmuró.

—¿Con alguien con un poco más de experiencia que tú? ¿Mayor?

—Sí, sí —repetía, sin entender adónde apuntaba.

—Mateo, mírame.

Me puse de pie. Frente a su mirada atónita dejé caer la falda. Sus ojos se clavaron en el triángulo rojo de mi tanga. Solté el corpiño. Cayó el top. Mis pechos pequeños, firmes, coronados por dos pezones rosados y duros, quedaron a la altura de su boca. Me senté sobre él, en la silla del comedor. Lo besé suave, lento, esperando que reaccionara.

—No podemos, Lucía. No podemos.

—Shhh. Deja que tu hermana te lo haga.

Intentó pararse. Le tiré del pelo y, mirándolo a los ojos, le dije lo único que en ese momento se me ocurrió.

—Si no me follas, le digo a papá que intentaste violarme. Y me va a creer.

Sé que no fue delicado. Pero entendí que esa era la única manera de romperle la resistencia.

—Sí, sí —susurró, y bajó los hombros.

Le bajé los pantalones hasta las rodillas. Empecé a chupársela despacio, acariciando todo lo demás. Tardó treinta segundos en endurecerse, dos minutos en empezar a empujar mi cabeza, tres en acabar. Era un caudal de semen contenido por meses. No pude tragarlo todo.

Lo besé con los restos en la boca, sentada sobre él, en la misma silla en la que cenaba toda mi familia.

—¿Te gustó, hermanito?

—Sí, sí…

—Ahora vas a venir a mi cuarto y vas a hacer acabar a tu hermana.

Se le quebró la voz.

—Lo voy a hacer, Lucía. Pero nos vamos a arrepentir.

Lo dije con tanta seguridad como pude.

—No después de cómo te voy a coger.

***

Me tiré en la cama. Mateo se sacó el resto de la ropa y se quedó parado, mirándome. Le señalé el centro de mi cuerpo con un dedo.

—Chúpame. Hazme acabar.

Se ubicó entre mis piernas y empezó. Lo guiaba con las caderas, le decía dónde, cuánto, cómo. Le pedí que me metiera la lengua en el culo. Dudó. Le repetí que lo hiciera. Lo hizo. Lo giré, me monté sobre su cara, y dejé que mi cuerpo se moviera solo. No tardé en venirme con un grito ahogado contra mi propia mano.

Después se montó. La tenía dura, erecta, intacta. Lo guié con la mano y, cuando entró, sentí ese pequeño escalofrío de lo prohibido. Era mi hermano. Era Mateo. Y estaba dentro de mí. Lo hacíamos al ritmo de un péndulo. Yo le chupaba los pezones, él me clavaba un dedo en el culo. Acabé primero, contra su pecho. Él acabó dos minutos después, con la misma intensidad que en la cocina.

Quedamos abrazados en silencio. Eran las seis. A las ocho llegaban nuestros padres.

—Prométeme que lo vamos a volver a hacer —le pedí.

—Sí. Pero sigo pensando que es un error.

Le cambió la cara. Eso me bastó.

Esa noche, durante la cena, Mateo volvió a ser el de antes. Reímos, charlamos los cuatro. Mi padre, ajeno, comentó en el camino al cuarto.

—Seguro se acostó con alguna profesora suya.

—Capaz —dije, sonriendo.

***

Esa semana lo hicimos todos los días. A veces dos veces por tarde. Mateo era tierno, atento, y se soltaba un poco más en cada encuentro. El jueves probamos por atrás. Era la primera vez para los dos. Usamos crema humectante de mi madre para que dilatara. Cuando entró entero le pedí que se quedara quieto. Después de unos segundos mi cuerpo cedió y la cogida fue brutal. Yo me masturbaba mientras él me empalaba. Cuando sentí su semen dentro me vine con un grito que tuve que ahogar contra la almohada.

Esa noche estábamos en la cama, cada uno en su cuarto, cuando me llegó un mensaje al celular. Era de mi padre.

«No te dije que instalamos cámaras en la cocina».

Y debajo, una foto. Yo, de rodillas, entre las piernas de Mateo. Nuestra primera vez.

Quedé muda. Empecé a llorar sin hacer ruido. Un segundo mensaje.

«Mañana, 22:30. Aquí». Y un enlace a la dirección de un hotel del centro.

Apenas atiné a contestar «Sí, papá». No dormí.

***

Al día siguiente esperé a que se fueran todos. Bajé a desayunar. Me bañé largo, me maquillé hasta tapar las ojeras, me puse un jean blanco y una camisa con el escote en V. Salí aterrada a encontrarme con mi padre. No entendía por qué me había citado en un hotel ajeno y no en el suyo. Lo entendí después: por lo delicado de la situación, no quería empleados que reconocieran a su propia hija.

Era un boutique pequeño, muy cuidado, con una cafetería en la planta baja. Mi padre estaba en la mesa más apartada. Me senté en silencio, con los anteojos de sol puestos.

—Lucía, en los dormitorios no instalamos cámaras, por si te consuela —y agregó—: me gustaría escucharte.

Antes de que pudiera responder sacó el celular. Salió mi voz: «Si no me follas le voy a decir a papá que me violaste».

Rompí a llorar. Mi padre pidió la cuenta. Yo creí que íbamos a salir del hotel. En cambio me metió al ascensor. Después, a un cuarto. Me sentó al borde de la cama, se sentó frente a mí, tomó mis dos manos.

—¿Sabes lo que va a pasar ahora, Lucía?

No respondí. Mi padre sobó mis pechos por encima de la camisa. No tuve dudas: iba a follar con mi padre.

Y, curiosamente, sentí algo parecido al alivio.

—Dame un minuto, papá. Necesito ir al baño.

Me lavé la cara, me retoqué el maquillaje, respiré. En el espejo me volvió la belleza. Y, debajo, el deseo viejo, el de los quince años, el que había escondido durante un lustro.

Cuando salí, mi padre ya estaba sentado en la cama, sin camisa. El torso ancho, peludo, el abdomen marcado. Me llamó con un dedo.

—Quiero verte, Lucía.

Le sostuve la mirada y dejé caer el jean. Me quedé con la tanga color carne. Solté la camisa. Giré despacio. Sentí sus ojos devorándome la espalda. Me solté el corpiño y volví a girar.

—Todo, Lucía. Quiero ver dentro de qué voy a estar.

Me bajé la tanga. Por primera vez estaba desnuda delante de mi padre. Como mujer. Caliente. Dispuesta.

Se bajó los pantalones. Cuando vi su erección se me escapó un «no». Era enorme. Muchísimo más grande que lo que me había metido Mateo. Se me aflojaron las rodillas. Mi padre me sostuvo y me depositó en la cama.

—¿Te asusta papá? Ahora entendés por qué te dije lo que te dije hace unos años.

Su lengua recorrió mi boca, mi cuello, las orejas. Un dedo grueso me entró sin avisar. Me arqueé. Me arrodillé entre sus piernas y empecé a chupársela. Era tan grande que apenas me cabía. Sus testículos me golpeaban el mentón. El primer orgasmo me vino con la verga en la boca, sin tocarme.

Él me dio vuelta. Me sentó sobre sus rodillas y me la metió. Sentí que algo dentro chocaba. Grité. Empujó con las caderas y la enterró entera. Me quedé inmóvil unos segundos. Después empezamos a movernos. Suave, fuerte, suave. Un dedo en el culo manejándome como un títere. Cada orgasmo me sacaba otro. Le rogué que parara. Él pareció encenderse más.

Me cargó con la verga adentro, me apoyó contra la pared y me embistió de pie. Mis piernas le abrazaban la cintura. La vagina me ardía. Acabé otra vez, llorando.

—Papito, papito, no más.

Pareció apiadarse. Me bajó. Me dejó respirar. Caí en la cama sin fuerzas. Le acaricié la cara y empecé a llorar de nuevo.

—No acabaste. No me vas a querer más.

—Shhh, mi amor. Papito va a acabar dentro de ti. Descansa.

Me dormí un rato. Lo escuché hablar por teléfono. Cuando giré vi sobre la mesita un blíster de pastillas azules. Una sola seguía intacta. No voy a poder con él, pensé. Y me mojé otra vez.

Lo escuché decirle a alguien que apagaba el celular por dos horas.

***

Fueron ocho horas en total. Probó todo lo que un cuerpo puede aguantar. Me chupó el culo, me dio vuelta, me ahogó la garganta. Me cogió por atrás y, cuando acabé contra el colchón llorando, sentí que esa tarde no se iba a borrar nunca. Acabó dos veces. Yo perdí la cuenta de los orgasmos. A las ocho de la noche me dejó tirada en la cama, sin habla, hinchada, exhausta.

—Quedate a dormir acá. Inventale algo a tu madre. Mañana a las nueve estoy de vuelta.

Se repitió. Muchas veces. Me convertí en su amante en la sombra. Dejé de acostarme con Mateo. Cuando le pregunté qué iba a pasar con él, mi padre me contestó, sin mirarme, que de mi hermano se ocuparía mi madre.

Tardé en entender. Ella también había visto el video. Y, lejos de denunciar, había tomado mi relevo. La muy perra.

***

A los dos meses mis padres se divorciaron. Vendieron el hotel. Yo me fui con mi padre a una isla del Adriático, donde compró un pequeño hotel boutique. Vivimos como pareja desde entonces. Pasó lo inevitable: a fuerza de hacerlo a diario quedé embarazada de él. Hoy nuestros hijos tienen cuatro y dos años.

Soy feliz. Lo amo. Lo admiro. Estoy orgullosa de la valentía que tuvimos para reconstruir la vida en secreto, lejos de todos.

La intensidad sexual no bajó. El incesto le sigue agregando a nuestras noches una capa de morbo y de prohibición que no creo que se gaste nunca. Seguimos en contacto con mi madre y Mateo. Ella sigue acostándose con él, no tiene ninguna duda de que mi padre se acuesta conmigo, y al parecer ese fue el pacto silencioso con el que rehicieron sus vidas también.

Nadie en el mundo, fuera de los cuatro, sabe nada.

Y así va a quedar.

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Comentarios (1)

Sandra_lectora

Me quede sin palabras... que relato!!! necesito la segunda parte ya

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