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Relatos Ardientes

La novia de mi hijo abrió la puerta a todo

Mi nombre es Ricardo. Tengo cincuenta años recién cumplidos y llevo casado con Marisol más de un cuarto de siglo. Vivimos en una casa de dos plantas a las afueras de Valencia, con un jardín que cuidamos los fines de semana y dos hijos que son nuestro orgullo: Joaquín, de veintitrés, y Lucía, que acaba de cumplir los dieciocho.

Joaquín se fue a Madrid en cuanto encontró su primer empleo en un despacho de abogados. Comparte piso con dos compañeros de carrera y, aunque le va bien, su madre le sigue mandando tuppers cada domingo. Hay costumbres que no se rompen aunque los hijos crezcan.

Una mañana de finales de marzo, mientras desayunábamos, nos llamó por videollamada para anunciarnos que tenía pareja nueva y que ese viernes pensaba traerla a casa.

—Se llama Vanessa, papá. Es de Bilbao. Trabaja conmigo.

—¿Es de tu edad? —preguntó Marisol, ya planeando el menú.

—No exactamente. Tiene veintinueve.

Mi mujer levantó una ceja y dijo lo que yo estaba pensando.

—Bueno, ya hablaremos cuando lleguen.

Suponíamos que sería pasajero. Las diferencias de edad a los veintitrés años suelen ser cuestión de meses. Pero yo me equivoqué nada más verla bajar del coche.

Vanessa era una rubia alta, de ojos grises y piernas tan largas que parecían no acabar nunca. Llevaba un vestido azul marino, corto, ceñido a la cintura, y unas sandalias con tira fina que dejaban a la vista unos pies cuidados, con las uñas pintadas de rojo oscuro. No pude evitar que mi mirada se quedara más tiempo de la cuenta en ellas. Los pies siempre fueron mi debilidad y Marisol lo sabía mejor que nadie.

—Ricardo, encantada —dijo, ofreciéndome la mejilla. Olía a algo cítrico, fresco, caro.

***

La cena se prolongó hasta pasada la medianoche. Vanessa nos habló de su trabajo, del bufete donde Joaquín era su subordinado, y de los planes que tenían juntos. Mi hijo la miraba con devoción. Mi mujer asentía, fascinada. Y Lucía, mi hija, observaba a Vanessa con una mezcla de admiración y rivalidad que no se le notaba mucho a los demás, pero a mí sí.

—Yo también estudio derecho —soltó Lucía cuando el postre estaba sobre la mesa—. Aunque no creo que llegue tan lejos como vosotros.

—Llegarás más lejos —respondió Vanessa sin pestañear—. Tienes cara de no rendirte nunca.

Lucía sonrió de una manera que jamás le había visto. Era la sonrisa de quien acepta un reto que nadie ha lanzado en voz alta.

Después de los cafés, mi hija subió a su cuarto y bajó al rato con un pijama corto, de tirantes, que dejaba muy poco a la imaginación. Marisol la miró con desaprobación, pero no dijo nada. Estábamos delante de la novia de su hermano y discutir en ese momento habría sido peor.

—Estoy más cómoda así —se justificó Lucía, sentándose a mi lado en el sofá.

Vanessa cruzó las piernas y se hundió en el sillón frente a nosotros, con la copa de gin entre los dedos. Sabía exactamente lo que provocaba. Y le gustaba.

A las tres de la mañana, Marisol bostezó por enésima vez.

—Me voy a la cama, cariño. ¿Vienes?

—Termino esta copa y subo.

Se despidió con un beso en la frente y desapareció escaleras arriba. Joaquín se levantó a buscar otra botella de tónica. Por unos minutos me quedé a solas con las dos mujeres.

Lucía aprovechó el momento como una gata aprovecha una puerta abierta. Estiró las piernas sobre el sofá y dejó que sus pies descalzos rozaran mi muslo, mi cadera y, sin disimulo alguno, mi entrepierna.

—Lucía, qué haces… —murmuré, esperando que Vanessa no lo notara.

Pero Vanessa lo había visto todo y no apartaba la mirada. Al contrario, separó un poco las rodillas y dejó que el vestido se le subiera unos centímetros más.

—Cuéntale algo, Ricardo —dijo con voz tranquila—. Cuéntale a tu hija ese secreto que tienes guardado.

—¿Qué secreto?

Joaquín regresó en ese momento con la botella. Vanessa lo miró y mi hijo, sin decir nada, le hizo una seña que yo no entendí en el primer momento.

—Papá —dijo Joaquín sentándose—, Vanessa y yo no funcionamos como una pareja convencional. Lo nuestro es abierto. Vamos juntos a sitios donde la gente comparte.

Sentí cómo el suelo se inclinaba un poco. Me costó tragar.

—No te asustes —añadió Vanessa—. Sabemos que mamá y tú habéis frecuentado clubes liberales desde hace años. Joaquín lo intuyó cuando aún vivía aquí.

—¿Y tu hermana? —pregunté mirando a Lucía.

—Yo también lo sé, papá. Lo sé desde hace mucho. Y lo entiendo. Lo entiendo demasiado bien.

Lucía se incorporó, se sentó sobre mis rodillas con descaro y me besó en la comisura de los labios.

***

Me debería haber levantado. Me debería haber ido a la cama con mi mujer. Pero el gin, la presencia de Vanessa con las piernas abiertas frente a mí y el peso cálido de mi hija sobre mi regazo me dejaron paralizado. No de miedo. De deseo.

Vanessa se levantó del sillón, se acercó descalza y se arrodilló entre mis piernas. Apartó a Lucía con suavidad, mirándome todo el tiempo, y me desabrochó el cinturón sin pedir permiso. Mi hijo no la detuvo. Miraba con una calma extraña, como si llevara semanas imaginando esa escena.

—Tienes el permiso de Joaquín —susurró Vanessa.

—Pero…

—Papá, déjate llevar —dijo mi hijo—. Lo hemos hablado. Esta noche es para ti.

Lucía se deslizó hasta el suelo, se colocó junto a Vanessa y, sin apartar la vista de mí, juntó su boca con la de la novia de su hermano. Se besaron despacio, con la lengua, mientras una de las manos de Vanessa subía por el muslo desnudo de mi hija.

Esa imagen me rompió la última resistencia que me quedaba.

Tomé a Vanessa por la nuca, la atraje hacia mí y la besé como si llevara veinte años sin besar a nadie. Sabía a ginebra, a lima y a algo más, algo que solo tienen las mujeres que saben exactamente lo que quieren. Joaquín, sentado a un metro, se desabrochó el pantalón sin decir nada, y Lucía, mi hija, se inclinó hacia él y le tomó la mano.

—Tranquilo, hermanito —murmuró—. Yo te cuido a ti.

***

Lo que pasó después dejó de tener orden. Pasamos del sofá a la alfombra grande del comedor, y de ahí, sin darnos cuenta, al suelo de madera junto a la chimenea apagada. Vanessa se tendió bocarriba y abrió las piernas para mí. Le besé los pies primero, con calma, mordiendo cada dedo, lamiendo el empeine, mientras ella me miraba con una sonrisa de quien acaba de ganar una partida muy larga. Después subí. Mucho. Y la escuché gemir con un tono ronco que no parecía suyo.

A mi lado, en la alfombra, mi hija y mi hijo habían dejado de fingir hermanos. Lucía abrazaba a Joaquín por la espalda, le besaba el cuello, le susurraba cosas que yo prefería no escuchar. Y Joaquín, lejos de apartarse, respondía con la mano metida bajo el pijama corto de su hermana.

—Míralos —dijo Vanessa, sin aliento—. Hace tiempo que se desean. Lo único que necesitaban era que alguien diera el primer paso.

Cerré los ojos. La penetré por fin, despacio, y sentí cómo me clavaba las uñas en la espalda. No quería pensar en lo que ocurría a dos metros. No quería pensar en mi mujer durmiendo en la planta de arriba. Solo quería terminar, y terminamos los dos a la vez, casi en silencio para no despertar a nadie.

Cuando recuperé el aire, Lucía se había sentado a horcajadas sobre su hermano y le mordía el labio inferior con los ojos cerrados.

***

Subí las escaleras descalzo, con la camisa en la mano. Iba a meterme en la cama con Marisol y olvidar.

Pero Lucía vino detrás de mí.

—Papá, espera.

—Hija, ya basta.

—Solo una cosa, papá. Solo una.

Me arrinconó contra la pared del pasillo. Estaba desnuda, brillante de sudor, y olía a Joaquín. Me besó con una intensidad que no había sentido nunca, ni siquiera con Marisol, ni siquiera con Vanessa hacía media hora.

—Llevo años imaginándolo —susurró—. Desde el verano del lago. Tú no lo sabes, pero yo sí.

—Lucía, no.

—Solo un rato. Mamá no se entera. Vanessa nos cubre.

Me llevó a su cuarto. No me dejó pensar. Me tendió en su cama y me hizo cosas que una hija no debería hacerle a un padre, y yo se las dejé hacer, y respondí, y la besé en la boca con una ternura culpable que jamás voy a poder borrar. Le acaricié los pies, le mordí el tobillo, le hablé al oído como nunca le he hablado a nadie. Cuando terminamos, se quedó dormida sobre mi pecho.

Volví a mi habitación a las cinco y media. Marisol no se movió. Me metí bajo las sábanas y, antes de poder cerrar los ojos, ella deslizó una pierna sobre la mía como cada noche desde hace veinticinco años.

—Es muy guapa, ¿verdad? —murmuró sin abrir los ojos.

—¿Quién?

—Vanessa. Y la cara de tonta que se te ha puesto cuando la has visto.

—Estás soñando.

—Ya hablaremos mañana, cabroncete. Duérmete.

Cerré los ojos. No sé cómo, pero me dormí.

***

A la mañana siguiente, Marisol bajó la primera y nos esperó con un desayuno enorme: tostadas, café, fruta y huevos revueltos. Sonreía con una calma que no me gustó nada. Bajé el último, descalzo, todavía oliendo a la noche.

—Buenos días, familia —dijo mi mujer—. ¿Habéis dormido bien?

Vanessa apareció con un pijama de seda corto. Mi hija, con el mismo pijama transparente del día anterior. Joaquín, en calzoncillos. Y Marisol, mi mujer, con la bata abierta hasta la cintura.

—Habéis estado hablando hasta muy tarde, ¿no? —dijo. Y sonrió—. He oído cosas en la planta de abajo.

Nadie contestó.

—Tranquilos —añadió—. Yo también tenía mis fantasías. Llevo años pensándolo. Vosotros me habéis ahorrado el trabajo de tener que dar el primer paso.

Joaquín fue el primero en reaccionar. Se acercó a su madre, le abrió la bata del todo y la besó como un hombre, no como un hijo. Y Marisol, lejos de apartarlo, le rodeó el cuello con los brazos.

—Vanessa, tú abriste la caja —dijo después—. Ahora hay que cerrarla bien.

Yo me senté en la silla más cercana, con el café temblándome en la mano.

—¿Y yo, mamá? —preguntó Lucía—. ¿Yo qué hago?

—Tú a mí —respondió Marisol sin dejar de mirar a Vanessa—. Tú a mí, cariño. Vamos a estar dentro de un rato muy ocupados todos.

***

Pasamos el fin de semana sin salir de casa. No bajamos las persianas. No contestamos al teléfono. Comimos cuando había hambre, dormimos cuando no podíamos más y el resto del tiempo lo dedicamos a romper, una por una, todas las reglas con las que nos habíamos criado.

El domingo por la noche, cuando Joaquín y Vanessa volvieron a Madrid, Marisol me abrazó en la puerta y me apretó la mano como hacía mucho que no me la apretaba.

—Tenías razón, Ricardo —me dijo al oído—. Hacía falta sangre nueva en esta familia.

Cerré la puerta. Lucía nos miraba desde lo alto de las escaleras, con esa misma sonrisa de quien acaba de ganar una partida muy larga.

Y supe que aquello no había terminado.

Hay una segunda parte. Esa la cuento otro día.

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Comentarios (1)

EdgardoMdQ

tremendo!! de los mejores que lei en este sitio

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