Mi tía me pidió ayuda con unas cajas en el altillo
Esa tarde, mientras Lucía terminaba de maquillarse frente al espejo del dormitorio, repasaba mentalmente cada paso del plan. Treinta y ocho años, divorciada desde hacía dos, y un tipo que había conocido en una aplicación le iba a tocar el timbre en menos de una hora. Sebastián, cuarenta y uno, fotos que prometían lo justo: brazos marcados, una sonrisa torcida y un mensaje claro: «no perdamos tiempo con preliminares».
Se ajustó el vestido negro corto, sin nada debajo, y se miró el culo de costado. Esta noche me van a romper, pensó, y sonrió para sí misma.
El timbre sonó puntual, pero no era Sebastián todavía. Era Carolina, su hermana menor, veintinueve años recién cumplidos, más bajita pero con un cuerpo firme que nunca pasaba desapercibido.
—Listo, hermanita —dijo Carolina entrando con una sonrisa pícara—. Yo me llevo a Tomás. Le pedí que me ayude a mover unas cajas en el altillo, le conté que estoy hecha un desastre desde la mudanza. Él se lo creyó.
Lucía soltó una risita baja.
—Perfecto. Confío en vos. Hacelo bien, que el pibe está caliente últimamente. Lo vi mirándome las tetas el otro día cuando salí de la ducha. Si te lo cogés, contame todo después.
Carolina se mordió el labio inferior, sintiendo ya un cosquilleo entre las piernas.
—Tranquila. Le acomodo la pija y la concha al mismo tiempo. Vos preparate para que te den duro. Mañana en el desayuno nos contamos todo.
Las dos hermanas se abrazaron rápido, como si sellaran un pacto sucio. Lucía abrió la puerta y Carolina llamó a Tomás, que bajó las escaleras con una remera ajustada y un short de gimnasia que marcaba el bulto.
—Tomi, vení. Necesito que me ayudes con unas cajas pesadas. Después te invito una cerveza.
Tomás, veintiún años, alto, morocho, cuerpo trabajado de tanto fútbol, sonrió sin sospechar nada.
—Dale, tía.
Subieron al auto de Carolina. En quince minutos estaban en su casa, una construcción de dos pisos en un barrio tranquilo. Cerró la puerta con llave detrás de ella y subió primero por la escalera angosta del altillo, sabiendo perfectamente que su sobrino le miraba el culo bajo la pollera corta.
El altillo estaba realmente lleno de cajas, pero eso era lo de menos. Carolina se agachó a propósito para levantar una, dejando que la pollera se le subiera y mostrara el tanga rojo que se le metía entre las nalgas. Tomás tragó saliva.
—Tía… ¿estás segura de que querés mover todo esto hoy?
Carolina se dio vuelta despacio. Se acercó y le puso la mano en el pecho. Le latía fuerte.
—Tomi… no te traje solo para mover cajas —susurró con voz ronca—. Tu mamá ahora mismo está en casa abriendo las piernas para un tipo que conoció por internet. Y yo… hace rato que tengo ganas de probar esta pija que tenés.
Le bajó la mano hasta el short y le apretó el bulto duro.
—Mirá cómo se te paró… qué verga caliente.
Tomás tragó saliva, sorprendido pero con la pija palpitando bajo la tela.
—Tía Carolina… esto es…
—Shhh —lo cortó ella, poniéndole un dedo en los labios—. Estoy más segura que nunca. Quiero que me cojas. Sacate el short.
Tomás obedeció. En cuanto se bajó la ropa, la pija saltó libre: gruesa, venosa, con la cabeza ya brillando. Carolina soltó un gemido bajo.
—Ay, mirá qué pija tenés, hijo de puta. Es más grande de lo que imaginaba.
Se arrodilló sobre el piso polvoriento del altillo, sin importarle nada. Agarró la verga con las dos manos y le dio un beso largo en la cabeza. Sacó la lengua y lamió el líquido que goteaba.
—Qué rico sabor.
Abrió la boca y se la metió despacio, solo la punta al principio, chupando con fuerza mientras movía la lengua alrededor. Tomás soltó un gemido ronco y le puso la mano en la cabeza.
—Mierda, tía… qué boca tenés…
Carolina sacó la verga un segundo, la miró brillante de saliva y escupió encima.
—Te voy a mamar hasta que llores, Tomi.
Volvió a metérsela, esta vez más profundo, hasta que la cabeza le tocó la garganta. Empezó a chupar con ritmo. La baba le caía por la barbilla y le mojaba las tetas por dentro de la blusa. De vez en cuando sacaba la pija, se la golpeaba contra la lengua y volvía a tragársela entera.
—Así… mamame la pija, tía… sos una puta increíble —jadeaba Tomás, empezando a mover las caderas.
Carolina gemía alrededor de la verga, vibrando con la garganta. La sacó un momento para respirar y le dijo, con la voz entrecortada:
—Decime sucio… decime que soy tu tía puta. Decime que me vas a romper la concha después de la mamada.
Tomás le agarró el pelo con más fuerza de la que él mismo se esperaba.
—Sos mi tía puta… la hermana de mi vieja… y te voy a coger hasta que no puedas caminar.
Carolina soltó un gemido de placer y se la metió otra vez hasta el fondo, ahogándose un poco, con los ojos llorosos pero sin parar.
***
A treinta cuadras, en casa de Lucía, la cosa ya estaba que ardía.
Apenas abrió la puerta, Sebastián la empujó contra la pared del pasillo sin decir una palabra. Era más grande de lo que parecía en las fotos: brazos fuertes, pecho ancho y una verga que ya le marcaba el jean como una barra de hierro.
—Te dije que no quería vueltas —gruñó él, bajándole el vestido de un tirón.
Las tetas de Lucía saltaron libres y él se las agarró con las dos manos, apretándoselas fuerte mientras le metía la lengua en la boca.
—Cogeme ya, hijo de puta… —jadeó ella.
Sebastián se arrodilló, le abrió las piernas y hundió la cara entre sus muslos. Le lamió la concha entera, chupándole los labios y clavándole después la punta de la lengua en el clítoris hinchado. Lucía gritó, agarrándole la cabeza con las dos manos.
—¡Sí, comeme la concha! Así, meteme la lengua adentro…
Él se puso de pie, se bajó el pantalón y se la metió de un empujón. Lucía abrió la boca en un grito ahogado.
—¡Qué gruesa! Me estás abriendo toda… cogeme fuerte.
Sebastián le levantó una pierna, la apoyó contra la pared y empezó a bombear como un toro: metidas largas, profundas, haciendo que las bolas le golpearan el culo con cada estocada. Le agarró las tetas y se las apretó mientras le mordía el cuello.
—Gritá, puta… quiero que grites mientras te rompo la concha.
—¡Más duro! Quiero que me dejes la concha hinchada, no pares…
La cogió contra la pared y después la tiró boca abajo en el sofá del living, en cuatro patas, agarrándola del pelo como riendas. Le daba palmadas fuertes en el culo que resonaban en toda la casa.
***
De vuelta en el altillo, Carolina ya no soportaba más la mamada. Se sacó la pollera y el top de un tirón y quedó completamente desnuda. Las tetas firmes con los pezones duros como piedras. Se dio vuelta, apoyó las manos sobre una pila de cajas y abrió las piernas, ofreciéndole el culo y la concha.
—Mirá cómo estoy… —dijo, separando los labios con dos dedos—. La concha me chorrea sola de chuparte la pija. Metémela ya, Tomi.
Tomás se escupió la palma de la mano, se untó la pija y apoyó la cabeza contra la entrada de la concha de su tía. Empujó despacio al principio, sintiendo cómo los labios se abrían para dejarlo entrar.
—Metela toda… —pidió ella—. Quiero sentirte hasta el fondo.
Tomás empujó de una sola vez y la verga desapareció completa dentro de la concha caliente y mojada. Carolina soltó un alarido.
—¡La puta madre! Qué gruesa… cogeme fuerte, sobrino, cogeme como un macho.
Él empezó a moverse con embestidas largas y profundas. El sonido húmedo de la concha tragándose la pija llenaba el altillo.
—Tu concha me aprieta tanto… está chorreando —gruñía él, agarrándola de las caderas.
Carolina empujaba el culo hacia atrás, encontrándose con cada metida.
—Más duro… rompeme la concha… quiero que me des como si me odiaras.
Tomás le dio una palmada fuerte en el culo que resonó en el silencio del altillo. Carolina gritó de gusto.
—¡Otra! Dame más palmadas mientras me cogés.
Él le dio varias, dejando las nalgas rojas, mientras seguía bombeando. Carolina se corrió de repente: la concha se le apretó alrededor de la pija, tembló entera y soltó un chorro de jugo.
—Me corro… me corro en tu pija, sobrino. No saques.
Tomás no paró. Siguió dándole con fuerza, sintiendo cómo la concha palpitaba alrededor de su verga.
—Sos una puta increíble, tía. Me estás ordeñando la pija.
Carolina, todavía temblando, giró la cabeza y le dijo con voz entrecortada:
—Ahora sacala y metémela en el orto. Quiero que me cojas los dos agujeros esta misma noche.
Tomás obedeció. Sacó la verga brillante, le escupió en el agujero arrugado y empujó. La cabeza forzó el orificio apretado. Carolina soltó un gemido agudo, pero apretó los dientes y empujó hacia atrás. Centímetro a centímetro, la pija fue desapareciendo dentro del esfínter hasta que las bolas le tocaron la concha. Lloraba de placer y dolor mezclado, las lágrimas le corrían por las mejillas, pero al mismo tiempo le pedía más.
—Me estás partiendo, Tomi… pero no pares, cogeme el orto, soy tu tía puta…
Él la cogió con fuerza dominante durante varios minutos. Le tiró del pelo, le dio palmadas, le dijo cosas que jamás se había imaginado capaz de decir. Cuando ya no aguantó, empujó hasta el fondo y se descargó adentro con un gruñido largo. Chorros calientes inundaron el orto de su tía. Carolina lloraba y gemía al mismo tiempo, temblando con el último orgasmo.
***
A la mañana siguiente, pasadas las once, Carolina llegó a la casa de su hermana con cara de recién levantada y una sonrisa pícara. Lucía la esperaba en la cocina con el mate listo, todavía en bata, con marcas rojas en el cuello y en los pechos.
—Contame todo —dijo Lucía sirviendo el primer mate—. Quiero detalles. No me ahorres nada.
Carolina se mordió el labio.
—Ay, hermana, fue una locura. Al principio le mamé la pija como una desesperada en el altillo. Es gruesa, con una cabeza enorme que me llenaba toda la boca. Después me puso en cuatro contra las cajas y me cogió la concha. Me corrí dos veces solo con la pija adentro.
—¿Y después?
Carolina bajó la voz, aunque estaban solas.
—Después le pedí que me cogiera el orto. Y ahí se transformó, Lucía. Se puso dominante como un macho de verdad. Me metió la pija de una sola vez, sin casi prepararme. Lloré como una nena. Le rogaba más. Me tiró del pelo, me dio palmadas y me llenó adentro de leche caliente. Me sentí una puta total… y me encantó.
Lucía se removió en la silla, sintiendo que se le mojaba la concha otra vez. Le contó con detalle cómo Sebastián la había roto contra la pared y en el sofá, alternando concha y orto, hasta dejarla destrozada y feliz.
Las dos hermanas se quedaron un rato en silencio, mirándose. El aire entre ellas estaba cargado de morbo.
Carolina fue la primera en hablar claro:
—Lucía… creo que ya no podemos parar. Tomi me rompió el orto anoche y yo quiero más. ¿No te gustaría probarlo también?
Lucía se mordió el labio.
—Obvio que sí. Anoche, mientras Sebastián me cogía, yo me imaginaba a Tomi metiéndomela. Es mi hijo, pero la pija que tiene… y ahora que sé que puede ser tan dominante, me calienta el doble. Imaginate las dos juntas con él.
Carolina sonrió, sucia y cómplice.
—Una chupándole la pija, la otra ofreciéndole las tetas. Después en cuatro las dos sobre la misma mesa, y él alternando agujeros como se le antoje. Quiero probar el sabor de mi sobrino mezclado con tu concha.
Las hermanas se acercaron más, casi susurrando, planeando todo. Decidieron que esa misma semana, un viernes a la noche, iban a llevarlo al límite.
***
El viernes, Lucía preparó una cena especial. Luz baja, velas aromáticas, una botella de vino tinto. Tomás llegó cerca de las nueve. En el living, Carolina ya esperaba con una pollera de jean cortísima y una blusa escotada que apenas contenía las tetas firmes.
—Vení, hijo, sentate entre nosotras —dijo Lucía con voz cariñosa pero cargada de intención.
Los tres comieron y charlaron de cosas normales: la facultad, el trabajo, el último partido. Pero al segundo vaso de vino, Lucía empezó a contarle a su hermana, en voz alta para que él escuchara, anécdotas de cuando tenían veinte y pico y salían cada fin de semana. Carolina respondió con la suya: dos pibes a la vez en un departamento, los dos agujeros llenos al mismo tiempo, gritando que no pararan.
Tomás dejó de masticar.
Lucía siguió, mirándolo directo, contándole con detalle cómo Sebastián la había hecho gritar y caminar raro al día siguiente. Carolina remató contándole, mientras le miraba el bulto que crecía debajo del pantalón, cómo él mismo le había roto el culo en el altillo apenas una semana atrás.
Lucía se inclinó hacia adelante, dejando el escote bien abierto.
—Tu tía y yo hablamos bastante estos días, hijo. Las dos coincidimos: nos encanta cómo cogés. Queremos que nos cojas a las dos. Juntas. Que nos uses como a tus putas personales. Que nos tires del pelo, que nos hagas rogar.
Carolina se levantó, rodeó la mesa y se paró detrás de Tomás. Le pasó las manos por el pecho y le susurró al oído:
—Imaginate, sobrino: las dos desnudas para vos. Una chupándote la pija mientras la otra te ofrece las tetas. Después en cuatro sobre esta misma mesa, alternando concha y orto. Somos tus putas ahora. Decinos qué querés hacernos.
Lucía se abrió la bata y quedó solo con el corpiño negro y un tanga mínimo. Se pasó dos dedos por la concha por encima de la tela, mostrando la mancha oscura de humedad.
—Cogenos, Tomi. Mostranos qué macho sos.
Tomás se levantó de golpe. La pija marcándose enorme bajo el pantalón. Agarró a Carolina del pelo con fuerza, la atrajo y la besó con lengua. Después miró a su mamá con ojos oscuros.
—Las dos son unas degeneradas. Y hoy les voy a demostrar quién es el macho de esta casa.
Empujó a Lucía contra la mesa, le bajó el tanga de un tirón y le metió dos dedos en la concha mientras le apretaba las tetas con la otra mano. Estaba empapada.
—Cogeme, hijo —gimió ella.
Sin más, le abrió las piernas y se la metió entera. Lucía soltó un grito.
—¡Llename toda, Tomi!
Mientras él bombeaba a su mamá, Carolina se arrodilló al lado y le chupaba las bolas, lamiendo el lugar donde la pija entraba y salía.
—Mirá cómo te come la verga tu mamá… qué puta es.
Tomás la sacó, empujó a Carolina contra la mesa al lado de su hermana, le levantó la pollera y le metió la pija de un empujón.
—Ahora vos, tía puta.
Las fue alternando sin parar: metidas en la concha de su tía, después en la de su mamá. Las dos hermanas gemían y se besaban entre ellas, tocándose las tetas. Las puso a las dos en cuatro, culos juntos sobre la mesa. Primero le escupió en el orto a Carolina y se la metió despacio. Después cambió y se la metió a Lucía.
—¡Me estás partiendo el orto, hijo! —gritaba ella.
Las cogía como un macho dominante, alternando agujeros, tirándoles del pelo, dándoles palmadas que dejaban las nalgas rojas. Cuando ya no aguantó más, las hizo arrodillarse frente a él, las dos al lado, bocas abiertas y lenguas afuera. Se corrió con un gruñido largo: chorros espesos les cayeron en la cara, en la lengua, en las tetas. Las hermanas se lamieron entre ellas, pasándose la leche de boca en boca.
Cuando terminaron, los tres quedaron jadeando, sudados.
Lucía miró a su hijo con una sonrisa sucia.
—Esto recién empieza, Tomi. Tenés dos putas en casa ahora. Podés cogernos cuando se te dé la gana.
Carolina se limpió un resto de semen de la mejilla.
—Y la próxima vez queremos que nos rompas a las dos al mismo tiempo. Sin piedad.
Tomás, todavía con la pija semi dura, sonrió con orgullo.
—Las voy a coger todos los días. Son mías ahora.
Los tres se rieron bajito, cómplices y calientes. La cena familiar había terminado convertida en una orgía prohibida, y todos sabían que esa noche marcaba el comienzo de una nueva rutina: el macho dominante y sus dos putas, listas y ansiosas por ser usadas cuando él lo decidiera.