La copa con mi cuñada que cruzó todos los límites
Conozco a Renata desde el día que mi mujer me la presentó en una reunión familiar, hace ya más de diez años. En ese entonces ella estaba en segundo año de arquitectura y todavía tenía ese gesto medio infantil de morderse el meñique cuando se quedaba sin palabras. Yo la traté siempre como a una hermana menor, con la prudencia automática que uno aprende cuando se casa: la cuñada es territorio neutral, terreno que no se pisa.
El tiempo la transformó en alguien más complicado. Renata se recibió, abrió un estudio pequeño con dos compañeras, ganó un par de premios y se compró un departamento en el centro. A los treinta y cuatro era una mujer delgada, de pelo corto, voz baja y una manera de mirar que ponía nerviosos a los hombres en las reuniones. Solo que con los hombres no le iba bien. Le tocó un novio casado, después un colega que la usó de paso, después un arquitecto suizo que se volvió a Europa sin avisar.
Como vivía sola y no se llevaba con su madre, pasaba mucho tiempo en mi casa. Venía los domingos a mediodía con una torta de la panadería italiana de la esquina y se quedaba hasta que se hacía de noche, jugando con mis hijos en el patio, escuchando a mi mujer Daniela quejarse de la empresa donde trabajaba. Yo me sumaba a la sobremesa, le servía café, le hacía bromas. Era el clima familiar de siempre, sin trampa.
Hasta que un día, sin que pasara nada en particular, empecé a mirarla distinto. Empezó como un detalle tonto: una tarde me fijé en cómo tenía la manga de la blusa apoyada sobre la mesa, en el pliegue exacto de la tela contra su muñeca, y se me secó la boca un segundo. Después fueron otras cosas. La risa floja cuando contaba alguna anécdota del estudio. El gesto de pasarse la mano por la nuca cuando se cansaba. La manera en que cruzaba las piernas en el sillón.
Es la cuñada. Para.
Paraba, pero al domingo siguiente volvía a empezar.
***
La noche que rompió todo fue un jueves de agosto, lluvioso, frío. Daniela había viajado al sur con los niños a pasar el fin de semana largo con sus padres. Yo me había quedado por una entrega de trabajo, encerrado en el escritorio con dos pantallas y un café que se enfriaba. A eso de las nueve sonó el timbre.
—Tu mujer me dejó esto el martes y se me olvidó devolvértelo —dijo Renata desde la calle, con un sobre debajo del brazo y el pelo mojado—. Son unas facturas para tu contador. Las necesitabas para mañana, me dijo ella.
—Pasa. Está helando.
Entró sacudiéndose el agua del impermeable. Abajo llevaba un vestido oscuro que se le ceñía a la cintura, medias negras y zapatos de tacón. Venía de una presentación, me explicó. Yo estaba en pijama, una camiseta vieja gris y un pantalón de algodón. Me acordé apenas la vi, pero ya era tarde para subir a cambiarme.
—¿Tomas algo? Tengo un malbec abierto.
—Una copita. Después me voy.
Nos sentamos en la sala, ella en el sofá largo, yo en el sillón de enfrente. Hablamos del trabajo de Daniela, del colegio nuevo del más chico, de un proyecto de remodelación que estaba presupuestando. La segunda copa llegó sin que ninguno la pidiera. La tercera ya fue otra conversación.
—¿Y tú? ¿Saliendo con alguien? —le pregunté.
Bajó los ojos. Movió el pie. Negó con la cabeza.
—Estoy un poco cansada de probar, la verdad.
—Renata, eres hermosa. Eres inteligente. No puede ser que no aparezca el hombre.
—El problema no es que no aparezcan. Es que los que aparecen son siempre los mismos. Casados, mentirosos o cobardes. A veces las tres cosas juntas.
Se rio sin ganas. Algo en esa risa me dolió, una mezcla de ternura y rabia, y me levanté del sillón y me senté a su lado en el sofá. Le pasé el brazo por los hombros, como cuando mis hijos lloran por una tontería y necesitan un cuerpo cerca. Ella se dejó caer contra mi pecho. Olía a perfume de cítricos y a lluvia.
No sé cuánto tiempo pasó. Cinco minutos, diez. Sentí su respiración contra mi clavícula, el peso liviano de su cabeza, los dedos de su mano izquierda apoyados en mi rodilla. Y sentí también, con una claridad brutal, que mi cuerpo había empezado a responder a la cercanía. Al principio fue un calor sordo. Después una tensión imposible de disimular bajo la tela fina del pantalón.
Renata se enderezó despacio. Bajó la mirada. La levantó. Me miró a los ojos.
—Discúlpame —le dije.
—No me digas nada.
—No quise…
—Que no me digas nada.
Hubo un segundo en el que ninguno de los dos respiró. Después me incliné y la besé. Fue un beso corto, casi un roce, una pregunta más que una afirmación. Ella se separó un centímetro, me miró otra vez con los ojos muy abiertos y dijo, en voz baja:
—¿Te das cuenta de lo que estás haciendo?
—Me doy cuenta.
—Es la mujer de tu vida. Es mi hermana.
—Lo sé.
—¿Y entonces?
La besé de nuevo, más largo esta vez. Le sostuve la cara con las dos manos. Sentí que primero tensó la boca, después la abrió, después me devolvió el beso con una intensidad que me agarró desprevenido. Una de sus manos me apretó la nuca. La otra me empujaba el pecho como si quisiera detenerme y al mismo tiempo no.
—Esto está mal —murmuró contra mi boca.
—Está mal —le contesté.
Y seguimos.
***
Le bajé el cierre del vestido por la espalda. Lo hice despacio, escuchando cada diente del cierre, esperando que cualquiera de los dos dijera basta. No lo dijimos. El vestido cayó por sus hombros y quedó plegado en su cintura. Llevaba un sostén negro de encaje, finito, casi transparente. Le besé el cuello, el lóbulo de la oreja, la línea de la mandíbula. Ella echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo del sofá y soltó un suspiro que me erizó la espalda.
Tenía el pecho pequeño, firme, con los pezones oscuros y muy duros debajo de la tela. Le bajé el sostén con un dedo. Pasé la lengua por encima, despacio, primero uno, después el otro. La mordí apenas. Renata levantó la pelvis contra mi pierna sin darse cuenta, buscándome.
—Espera —dijo de pronto, y se separó.
Pensé que iba a frenar todo. Pero se puso de pie, se sacó el vestido del todo, se quitó las medias con un movimiento lento, sin apartarme los ojos de encima. Quedó en el sostén negro y un tanga del mismo encaje. Estaba delgada, casi sin caderas, con un tatuaje pequeño en el costado izquierdo que yo nunca había visto.
—Si vamos a hacer esto, lo hacemos en serio —dijo.
Me sacó la camiseta. Me bajó el pantalón hasta los tobillos. Me empujó contra el sofá con la palma abierta sobre mi pecho. Se arrodilló entre mis piernas y me miró desde abajo, con los ojos entrecerrados, antes de bajar la cabeza. Lo que hizo después no lo voy a olvidar. Tenía la lengua tibia, los labios suaves, una paciencia que no esperaba. La sostuve del pelo corto, con cuidado, para apartárselo de la cara y poder mirarla.
—Renata —le dije, y no terminé la frase.
Ella se enderezó. Se sentó a horcajadas sobre mí. Le quité el sostén. Le corrí el tanga hacia un costado con dos dedos y la sentí, mojada, abriéndose contra mi mano. La acaricié despacio, dibujando círculos lentos, y ella se mordió el labio inferior y movió las caderas en un ritmo que era una súplica.
—Ven —me dijo.
—No tengo nada aquí.
—Yo me cuido.
Me tomó con una mano y se guio. Bajó despacio, centímetro por centímetro, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Sentí cómo se apretaba, cómo se acomodaba, cómo respiraba hondo. Y después empezó a moverse. Apoyó las palmas en el respaldo del sofá, detrás de mis hombros, y bajó la cara hasta mi cuello. Yo la sostenía de las caderas, sintiendo el calor por todo el cuerpo, sin poder pensar en nada que no fuera ese movimiento.
—No tan rápido —le pedí—. No puedo.
—Yo tampoco —murmuró.
Rodamos al piso, sobre la alfombra. La puse de espaldas y me apoyé encima. Ella me cruzó las piernas en la cintura y me clavó los talones. La besé en la boca, en el cuello, en el hombro. Le susurré cosas que no recuerdo. Ella decía mi nombre como si fuera una palabra prohibida que estaba aprendiendo a pronunciar.
Cuando sentí que estaba por terminar, me detuve un segundo.
—Voy a acabar.
—Adentro —dijo, sin abrir los ojos—. Adentro, por favor.
Esa palabra, dicha así, me terminó de romper. Me dejé ir contra ella. Renata se arqueó debajo de mí, me apretó con todo el cuerpo, gimió contra mi hombro y mordió la tela de la camiseta que se le había quedado enredada en el codo. Sentí cómo se tensaba, cómo se aflojaba, cómo se quedaba quieta. Nos quedamos así, pegados, respirando contra el cuello del otro, mucho rato.
***
Después vino el silencio. El que uno teme.
Renata se levantó del piso, juntó la ropa con una calma que me sorprendió, y se fue al baño. Volvió a los diez minutos con el pelo peinado, el sostén puesto y la cara lavada. Yo seguía sentado en el sofá, en pijama otra vez, mirando una mancha de vino en la alfombra que no se iba a salir nunca.
—Esto no puede volver a pasar —dijo, parada frente a mí.
—No va a volver a pasar —respondí.
—Júramelo.
—Te lo juro.
Me besó en la frente, como una hermana. Recogió el sobre con las facturas que había dejado en la mesa hacía un siglo. Se puso el impermeable. Antes de abrir la puerta se dio vuelta.
—Borra esta noche.
—Ya está borrada —mentí.
Cerró la puerta despacio. Escuché el ascensor bajar.
La verdad es que no pasaron tres semanas hasta que volvió a pasar. Esta vez fue en su departamento, un sábado a la tarde, con la excusa de ayudarla a colgar unos cuadros. Después pasó en un hotel cerca de su estudio, un mediodía cualquiera. Después en mi casa otra vez, con Daniela en el dormitorio durmiendo la siesta. Cada vez nos prometemos que es la última. Cada vez es mentira.
Hay algo en esto que no sé nombrar. No es solo deseo. Es la sensación de estar haciendo algo que arruina todo lo bueno que tengo, y aun así no poder parar. Renata sigue buscando a su hombre, sigue contándole a Daniela los desencantos del último, sigue viniendo los domingos con la torta italiana. Y yo sigo poniendo la mesa, sirviendo el café, fingiendo que la miro como siempre. Hasta que ella levanta la vista, dos segundos más de lo necesario, y los dos sabemos exactamente cuándo va a ser la próxima.