La nueva sargento de mi compañía era mi hermana
Estaba revisando el expediente del nuevo suboficial cuando el apellido me detuvo en seco. Mendiola. Lo leí dos veces, tres veces, esperando que la mente me hubiera jugado una mala pasada después de tantas horas en el despacho.
Me llamo Hugo Mendiola, capitán de una compañía de paracaidistas en la Brigada. Llevo nueve años de servicio y, según los que me conocen, soy de los oficiales duros pero justos. Nunca pido a mis hombres y mujeres nada que yo mismo no esté dispuesto a hacer primero. Esa tarde, sin embargo, me sentía cualquier cosa menos justo.
Carmen Mendiola. Veintidós años. Recién salida de la academia de suboficiales de Pradilla. Promoción brillante, prácticas en otra unidad y, por algún motivo que el destino había decidido no aclararme, destinada a mi compañía.
Mi hermana pequeña.
Nuestros padres se habían separado cuando yo tenía quince años y ella seis. Mi madre se enredó con un compañero de trabajo, se montó un escándalo y todo voló por los aires. La custodia se la dieron a ella, pero yo me fui con mi padre porque me negué a vivir bajo el mismo techo que aquel hombre. Carmen se quedó. Las dos se mudaron a otra ciudad y, salvo una llamada incómoda en su décimo cumpleaños, no volví a saber de mi hermana. Catorce años sin una foto, sin una carta, sin una voz al otro lado del teléfono.
—¿Da su permiso, mi capitán?
Levanté la cabeza despacio. En el umbral había una mujer joven, con el uniforme impecable y la boina inclinada con esa coquetería discreta que solo dan los desfiles bien aprendidos. No la reconocí. No tenía por qué. La última vez que la había visto tenía coletas y le faltaba un diente.
—Pase —dije, dejando el expediente sobre la mesa.
—Se presenta la sargento Mendiola, mi capitán.
Era guapa. Más que guapa. Tenía el pelo recogido en un moño tirante, los pómulos altos y una cintura estrecha que el uniforme no conseguía disimular. Si me la hubiera cruzado en la calle me habría girado a mirarla. Y ese pensamiento, en mitad de mi despacho, mientras la sargento esperaba en posición de firmes, me dejó un sabor metálico en la boca.
—Descanse, Mendiola. Bienvenida a la compañía. La voy a destinar a la primera sección, con el teniente Ribero. Aquí trabajamos duro. Suboficiales y oficiales van siempre por delante de la tropa. ¿Alguna pregunta?
—Ninguna, mi capitán.
—Retírese.
Se cuadró, dio media vuelta y, a tres pasos de la puerta, se giró otra vez.
—Mi capitán, con su permiso. Quería decírselo yo antes de que se enterara por terceros. Soy su hermana. Soy Carmen.
Sentí que se me caía el aire del pecho. Por supuesto que lo sabía. Lo sabía desde el momento en que había leído el apellido. Pero oírlo en voz alta, dicho por aquella mujer que era una desconocida y al mismo tiempo no podía serlo, me golpeó como un puñetazo bajo el esternón.
—Ya me había percatado del detalle, Mendiola. ¿O me considera idiota?
—¡No, mi capitán!
—Entonces le aviso de una vez. Aquí no va a tener ni un trato distinto ni un solo gramo de favor. Al contrario, va a tener que demostrar el doble que sus compañeros. Si me entero de que anda por la compañía alardeando del parentesco para escaquearse, la empapelo. ¿Está claro?
—Cristalino, mi capitán.
Se le pusieron las orejas rojas, pero no bajó la mirada. Eso me gustó, aunque no lo dije.
***
Pasaron las semanas y Carmen se comportó como había prometido. Madrugaba más que nadie, no se quejaba en las marchas con mochila, sacaba la pistola más rápido que la mitad de los veteranos. El teniente Ribero me decía en privado que era una de las suboficiales más aplicadas que había tenido nunca. Yo asentía y disimulaba el orgullo, igual que disimulaba otras cosas que empezaban a removerse cada vez que la veía cruzar el patio.
Porque era imposible no fijarse. Con el traje de faena, que a casi ninguna chica le sienta bien, ella parecía recortada de un cartel de reclutamiento. Sin maquillaje, sin pretensiones, con esa naturalidad de quien sabe que ya es bastante.
Yo vivía solo en un pisito a cuatro calles del cuartel. Soltero, sin compromisos y con la prudencia suficiente para mantener mi vida amorosa lejos del acuartelamiento. Tardes de cañas con otros oficiales, alguna cita esporádica, ninguna historia seria.
Una tarde, en el bar de siempre, entró un grupo de suboficiales de mi compañía. Entre ellos venía ella. De civil. Vaqueros ajustados, camiseta sin mangas y el pelo suelto cayéndole hasta los omóplatos. Los tenientes Ribero y Castaños, que estaban conmigo, se quedaron mirándola un segundo de más y los dos apartaron la vista a la vez, fingiendo interés en sus cervezas.
—A la orden, mi capitán —saludaron a coro.
—Sigan, sigan.
Nos íbamos a marchar para no aguarles la noche cuando Carmen propuso invitarnos a otra ronda. Eran cinco o seis sargentos, todos varones menos ella, y se notaba que llevaban un par de cervezas encima. Aceptamos.
Carmen no dejó de mirarme en toda la noche. Hablaba con uno y con otro, reía a destiempo, llenaba los silencios. Pero los ojos siempre volvían a buscarme, y yo terminaba apartando la mirada como si me hubieran descubierto en algo.
A los pocos minutos me levanté con la excusa de un madrugón. Me despedí, salí del bar y, dos manzanas más allá, ya en el portal de mi edificio, oí su voz a mi espalda.
—Mi capitán, mi capitán.
Venía corriendo. La esperé con la mano en la cerradura.
—Mi capitán, me gustaría hablar con usted. En privado.
—Pida conducto reglamentario, Mendiola. Ya sabe cómo funciona.
—No, mi capitán. Es algo personal. No tengo por qué pedir conducto reglamentario para eso.
Sabía que no debía dejarla entrar. Sabía que cualquier oficial con dos dedos de frente la habría despachado en el portal. Aun así, abrí la puerta y le hice un gesto para que subiera.
***
En el cuarto de estar serví dos güisquis con hielo. Carmen se descalzó sin pedir permiso, se acurrucó en una esquina del sofá y dio el primer sorbo mirándome por encima del vaso.
—Aquí dentro, Hugo, te tuteo. ¿Vale? Una cosa es el cuartel y otra es esto. No nos vamos a comportar como dos gilipollas.
—Vale —concedí—. Pues empieza tú. ¿Qué cojones haces en mi compañía?
Me contó que mi padre llevaba años hablando con ella en secreto. Conversaciones cortas, llamadas a escondidas, alguna fotografía mía en una entrega de despachos. Me contó que mi madre estaba arrepentida, que cargaba con el peso de aquella decisión desde hacía catorce años y que la única condición que le había puesto cuando decidió hacerse militar fue intentar reunirse conmigo. Me contó que había sudado lo indecible para que el destino le saliera en mi compañía.
—Sabía que eras capitán. Y desde que vi aquella foto, decidí que iba a estar cerca de ti. Aunque tuviera que ponerme un uniforme.
—Catorce años, Carmen. Catorce años. Eso no se arregla con una cerveza.
—No te pido que lo arregles. Te pido que me dejes intentarlo.
Cambiamos de tema. Hablamos de cosas tontas, de la vida en el cuartel, de los compañeros, de las maniobras. La botella de vino blanco que descubrió en mi nevera cayó entera antes de la cena. Improvisó una ensalada y unos filetes con lo que tenía a mano, y yo me senté en un taburete a verla moverse por mi cocina como si llevara meses viviendo allí.
Después de cenar volvimos al sofá. Más güisqui. Más confesiones de menor calado, ya con la lengua suelta. En algún momento dejé de mirarla como mi sargento y, peor todavía, dejé de mirarla como mi hermana.
—Es tarde —dije por fin, levantándome—. Mañana hay que madrugar.
—Tienes razón.
La acompañé a la puerta. Me incliné con torpeza para darle un beso en la mejilla, sin recordar si alguna vez en mi vida había besado a mi hermana. Pero ella giró la cara y el beso aterrizó en la comisura de mis labios. Y luego, sin separarse, sin prisa, en la boca.
Oí, como si fuera de otra persona, el chasquido del pestillo cuando lo accionó con la mano libre.
—Carmen…
—No digas nada. Todavía no.
Mi cabeza, programada después de años de oficial, lanzó tres o cuatro órdenes contradictorias. Mi cuerpo, programado por algo mucho más antiguo y mucho más bestia, ya iba por delante. Me sentí endurecer en cuestión de segundos, contra su muslo, mientras ella seguía besándome.
Me empujó suavemente hacia atrás. Caminamos los dos pasos hasta el sofá sin desencajar las bocas y, cuando las pantorrillas me chocaron contra el cojín, caí sentado. Carmen se quitó la camiseta con un movimiento limpio. Llevaba un sujetador negro, sencillo, sin encajes. Lo soltó por delante. Los pechos se le derramaron en mis manos antes de que yo hubiera decidido si quería tocarlos.
—Carmen, joder, esto no…
—Sí. Sí lo hacemos.
Y se sentó a horcajadas sobre mí, mordiéndome el cuello, deshaciendo los botones de mi camisa con una destreza que no le correspondía a quien me iba a decir lo que iba a decirme un poco más tarde.
***
Hubo un momento, exactamente uno, en el que el cerebro me ganó la batalla. Me incorporé de golpe, casi tirándola al suelo, y me alejé un par de pasos.
—¿Estás loca? ¿Tú sabes lo que estamos a punto de hacer?
—Lo sé perfectamente.
—Eres mi hermana, Carmen. Y eres una sargento bajo mi mando. ¿Te parece poco?
—Convencionalismos —dijo. Y se cruzó de brazos sin taparse, plantada en mitad del salón con esa serenidad insultante—. ¿Te gusto? Yo creo que sí. Y si te gusto y a mí me gustas tú, lo demás es ruido. A no ser que seas un mojigato.
No supe contestar.
—Llevo soñando contigo desde que tengo memoria —añadió, más bajo—. Papá me daba fotos tuyas a escondidas. La de la entrega de despachos, esa con el sable, llevo años con ella en la mesilla. Por esa foto entré en la academia. Por esa foto estoy aquí.
Cualquier defensa que se me hubiera ocurrido se quedó hueca. Volví al sofá. Y bastó eso para que ella se me echara encima otra vez.
Le solté el resto de la ropa con torpeza, ella me ayudó con la mía. Tenía la piel más tersa que recuerdo haber tocado, una piel de las que parecen retocadas con filtro. La olí y me dio la sensación de estar oliendo a alguien por primera vez en años. Le mordisqueé los pezones, primero uno y luego el otro, mientras le sostenía las caderas con las dos manos.
Bajé entre sus piernas y la abrí con la lengua. Su olor era suave, distinto al de cualquier otra mujer con la que hubiera estado, como si todo en ella estuviera diseñado para llevarme al límite. La lamí despacio, jugando con el clítoris, metiéndole un dedo y buscando esa zona rugosa que la hizo arquearse hasta levantar los riñones del cojín. Cuando se corrió, me clavó los talones en los omóplatos y me tiró del pelo con una fuerza que no esperaba de aquellas manos finas.
—Por favor, Hugo —jadeó después, cuando ya volvía a moverse contra mí—. Házmelo ya. No me hagas sufrir.
Me coloqué entre sus piernas y empujé despacio. Carmen apretaba los talones contra mis nalgas para ayudarme, pero algo no encajaba. Estaba estrecha. Demasiado estrecha. Levanté la vista, la miré a la cara y vi la respuesta antes de preguntarla.
—Carmen. No me jodas.
—Sigue. No pares.
—Eres virgen.
—Sí. Y quiero que seas tú. No te pares ahora.
Por un instante volví a separarme. Volvieron todos los argumentos morales, todo lo que el sentido común llevaba media hora intentando recordarme. Y antes de que pudiera incorporarme del todo, ella aprovechó un movimiento de caderas y se ensartó hasta el fondo de un solo golpe seco.
Apretó los ojos. Una lágrima le resbaló por la sien. La besé en los párpados, sin saber si la besaba como amante o como hermano que pide perdón. Carmen aflojó la mandíbula, abrió los ojos y sonrió.
—Ahora sí. Ahora sigue.
Me moví despacio al principio. Cada empuje, una mirada para asegurarme de que no le hacía daño. Cada respuesta de sus caderas, una autorización para subir el ritmo. Cuando se le aceleró la respiración y empezó a gemir contra mi cuello, supe que la sargento Mendiola, la hermana perdida, la mujer que había planeado durante años aterrizar exactamente en aquel salón, estaba a punto de correrse conmigo dentro.
Yo aguanté lo que pude. Quise salirme y no me dejó. Me clavó las uñas en la espalda, me apretó con los muslos y me sujetó hasta dentro. Me vacié con la sensación física de estar perdiendo algo más que semen. Algo de la vida ordenada que llevaba antes de aquella tarde.
***
Esa noche Carmen se quedó a dormir. Y la siguiente. Y la siguiente.
Al cabo de unas semanas, dentro del cuartel ya nadie levantaba una ceja cuando la veía salir conmigo del aparcamiento. Era vox populi que éramos hermanos; nadie tenía por qué imaginar el resto. Y como nunca le di un trato preferente, ni siquiera los más recelosos encontraron grietas por las que meter el dedo.
Dentro de unos meses ascenderé a comandante. Lo más probable es que me destinen lejos del acuartelamiento. Carmen ya me ha dicho que viene conmigo, donde sea, como sea. Y yo, que llevo medio invierno preparándome para decirle que no, que esto no puede seguir, no encuentro la forma de hacerlo cuando me mira como me mira.
Es difícil decir que no a alguien que te quiere así.