La Nochevieja en que mi cuñada dejó de disimular
A veces las cosas que uno descarta por imposibles vuelven años después y golpean la puerta sin avisar. Hoy tengo cuarenta y siete años y llevo veintidós casado con la mejor mujer que me pudo tocar en suerte. No es una frase hecha: Lucía es paciente cuando yo no lo soy, ordenada cuando yo me desbarranco, y aguanta mis cambios de humor con una calma que todavía hoy me sorprende. La quiero, y conviene aclararlo desde el principio para que entiendan que lo que voy a contar no es un capricho ni un descuido. Es algo que llevaba demasiado tiempo guardado, esperando una rendija.
Lucía es la mayor de tres hermanas. La del medio se llama Mariana, y ella es el motivo por el que escribo esto. La menor, Camila, no tiene nada que ver con la historia más allá de haber estado esa noche un par de horas antes de irse con su marido a saludar parientes. Las tres se parecen, sobre todo en los ojos, pero Mariana siempre fue distinta: más alta, más callada, con esa forma de mirar de costado que te hacía sentir que estaba pensando algo que no iba a decir.
Nosotros nos casamos jóvenes. Alquilamos primero un departamento minúsculo cerca del centro, después una casa con patio cuando se sumaron los perros, y al final una más grande en un barrio tranquilo, a diez cuadras de donde vivía mi suegra. Con casi toda la familia me llevaba bien. La excepción era ella, mi suegra, una mujer que se sentaba a la cabecera como si fuera coronela y que jamás me perdonó haberle sacado a la hija mayor. Falleció hace siete años, y aunque suene feo, sentí algo parecido al alivio.
Vuelvo a Mariana. Hace mucho, cuando todavía éramos recién casados, ella se peleó con su novio del momento, un tipo insoportable que se llamaba Bruno y que trataba mal a los mozos, a las cajeras y a cualquiera que estuviera detrás de un mostrador. Mariana le aguantó más de la cuenta y un día le dijo basta. Vino a casa con dos valijas y la cara hinchada. Le dijimos que se quedara el tiempo que necesitara.
—Es por unas semanas, en serio —repitió en la puerta.
Se quedó casi seis meses.
Durante esos meses pasaron muchas cosas y, sobre todo, no pasó la que tenía que no pasar. Mariana tenía la costumbre de quedarse despierta hasta tarde leyendo en el sillón del living, con una remera larga que apenas le tapaba las piernas. Yo me la cruzaba cuando bajaba a tomar agua. Hablábamos en voz baja para no despertar a Lucía. A veces se le escapaban cosas: que yo había elegido a la hermana equivocada, que ella siempre se había arrepentido de no haber dado el paso primero, que con su novio nunca se había sentido así. Yo me hacía el sonso, le decía que el cansancio le confundía las ideas, y subía rápido a la pieza. Estaba enamorado de Lucía. Lo estoy todavía. Pero sería mentira decir que no me quedaba pensando, y más de una noche terminé cascándomela en el baño con la imagen de la cuñada tirada en el sillón con la remera trepándole hasta la cintura.
Mariana se reconcilió con el famoso Bruno y se fue. Pasaron muchos años. Se casó con otro, ya no con él, sino con un hombre paciente y bastante gris llamado Damián. Tuvo dos hijos. Adelgazó. Cambió de trabajo. Yo seguí con mi vida. Mi suegra se murió. Las cuñadas empezaron a tratarme con la naturalidad que antes les daba culpa. Y la cosa parecía cerrada para siempre.
Hasta el último treinta y uno de diciembre.
***
Habíamos organizado el Año Nuevo en casa. Lucía estuvo dos días cocinando: vitel toné, un lechón al horno, ensaladas que se pasaba de probar. Yo me encargué de la mesa larga del patio, las luces, el vino, el equipo de música. Llegaron mis cuñadas con sus maridos pasadas las nueve. Camila y Sergio se quedaron solo hasta poco después de las doce porque tenían que pasar por la casa de los padres de él. Damián, el marido de Mariana, llegó con una botella de fernet bajo el brazo y la idea fija de terminarla.
Comimos, brindamos, bailamos. Lucía hizo el ridículo intentando reggaetón conmigo y nos reímos como en los primeros años. Mariana se mantenía cerca pero no encima. La sorprendí dos veces mirándome cuando creía que yo no me daba cuenta, y otras dos cuando yo era el que la miraba. Llevaba un vestido negro, corto, con la espalda al aire. Estaba más flaca que cuando vivió en casa. Las tetas grandes que recordaba ya no estaban, ni el culo enorme de antes, pero tenía algo nuevo, algo más afilado, que me costaba dejar de registrar. En una de esas, cuando se agachó a levantar una servilleta, el vestido se le pegó al culo y se le marcó la raja perfecta, sin bombacha visible, y tuve que darme vuelta para que no se me notara la calentura contra el pantalón.
Después de la una, Camila y Sergio se despidieron. A las dos y media, Damián ya no podía hilar dos palabras. Estaba desplomado en uno de los sillones del living, con la boca abierta y un vaso de fernet inclinado en la mano. Mariana se lo sacó sin que él se diera cuenta. Mi mujer se sentó al lado mío, me apoyó la cabeza en el hombro y me dijo bajito que no daba más.
—Andá a dormir —le dije—. Yo cierro acá.
—¿Seguro?
—Seguro. Mariana me ayuda.
La acompañé hasta la habitación, la ayudé a sacarse los zapatos y le di un beso en la frente. Cuando bajé, Damián seguía clavado en el sillón y Mariana estaba en la cocina enjuagando las copas. No había prendido la luz grande; solo la del extractor sobre la hornalla.
—Las hago yo —le dije.
—Dejá. Si me siento, me duermo.
Me serví medio dedo de vino y me apoyé contra la mesada. Ella siguió con las copas. Hablamos de nada durante un rato: del lechón, del fernet, de lo gracioso que era Damián cuando se quedaba dormido con la boca abierta. En algún momento se quedó callada, secándose las manos con el repasador, y me miró sin sonreír.
—Te acordás de cuando viví acá —dijo. No era pregunta.
—Me acuerdo.
—Hay cosas que no se borran, ¿no?
—Pasó mucho tiempo, Mariana.
—Pasó. Pero algunas cosas no caducan. Es bueno saber que algo todavía está intacto.
—¿Qué cosa intacta? —pregunté, y supe en el mismo momento que era una pregunta peligrosa.
Ella no contestó. Dejó el repasador, se acercó dos pasos, me agarró la cara con las dos manos y me besó en la boca. No fue un roce: fue un beso buscado, con la boca entreabierta, la lengua adentro desde el primer segundo, con hambre acumulada de veinte años. Y yo respondí. No me detuve a pensar. Le devolví el beso con la misma decisión con que ella lo había dado, le agarré el culo por encima del vestido y la apreté contra mí para que sintiera cómo se me había puesto la pija dura contra la panza.
—Sentís, ¿no? —le dije contra la boca—. Sentís cómo la tengo por vos.
—La siento —murmuró, y bajó la mano para agarrármela por encima del pantalón—. Hace veinte años que quiero tenerla en la mano. Acá no —agregó enseguida, casi asustada de su propia voz.
—¿Dónde?
Le agarré la mano y la llevé al baño de visitas, al fondo del pasillo, lejos de la pieza donde dormía Lucía y del living donde Damián seguía roncando. Cerré la puerta con llave. El cuarto era chico, con un olor a jazmín del difusor que mi mujer cambiaba cada quince días.
—Hace veinte años que tengo esto guardado —murmuró Mariana mientras me empezaba a desabrochar el cinturón con dedos apurados—. Veinte años pensando en la pija de mi cuñado. Veinte años bancándome pajas en la ducha con tu cara. ¿Sabías?
—No sabía —le dije, aunque en el fondo lo sabía—. Yo también, Mariana. Yo también.
Terminó de abrirme el pantalón y me bajó el bóxer de un tirón. La pija saltó afuera, dura, apuntándole a la cara. Ella se quedó un segundo mirándola en silencio, como si necesitara comprobar que era real, y después soltó una risita ronca.
—Dios mío. Es más linda de lo que me la había imaginado.
Se arrodilló sin teatro. Me la agarró con la mano izquierda por la base, la sostuvo firme, y me pasó la lengua por debajo, lento, desde los huevos hasta la punta. Me hizo temblar las piernas. Después abrió la boca y me la metió entera de una, hasta que sentí la punta pegándole contra el fondo de la garganta. La sacó con un hilo de saliva y volvió a metérsela. La chupaba con los ojos cerrados, con la mano apretada en la base, sin apuro, marcando el ritmo ella. Cada tanto la sacaba para lamerme los huevos, uno y después el otro, metiéndoselos en la boca con cuidado.
—Mirame —le dije.
Levantó los ojos sin sacarse la pija de la boca. La imagen era para guardarla: mi cuñada, la hermana de mi mujer, arrodillada en el baño de mi casa el uno de enero a las tres de la mañana, con mi verga hasta la garganta y los ojos negros clavados en mí. Me la sacó despacio, dejando un hilo de saliva del labio a la punta, y sonrió.
—Llevaba años imaginando esto —susurró—. La tengo igualita a como me la había armado en la cabeza. Si me frenás ahora, te juro que me muero.
—No te freno.
Volvió a metérsela. Esta vez más profundo, arcando apenas, aguantándose las lágrimas para no toser. Me agarró los huevos con una mano y con la otra empezó a masturbarse abajo del vestido. La escuché gemir con la boca llena. La calentura de verla hacerse un dedo mientras me la mamaba me hizo darme cuenta de que si seguía así, iba a terminar en tres minutos.
—Parate —le dije—. Parate que quiero cogerte.
La agarré de los brazos y la levanté. La di vuelta contra el lavatorio y le subí el vestido por encima de las caderas de un tirón. No tenía bombacha. La había sacado en algún momento, quizás durante la cena, quizás recién al entrar al baño. Le besé el cuello, le mordí el hombro, le pasé la mano por delante y la encontré empapada, la concha chorreando hasta la parte de adentro del muslo. Le metí dos dedos de una y ella se mordió el labio para no gritar.
—Mirá cómo estás —le dije al oído, moviéndole los dedos adentro—. Mirá cómo te chorrea la concha, hija de puta. Toda la noche estuviste así, ¿no?
—Toda la noche —jadeó—. Desde que llegué. Desde que te vi con el vino en la mano. No aguantaba más.
Le bajé el escote del vestido para sacarle las tetas. Eran chicas, firmes, distintas a las de antes pero más sensibles: bastó con pellizcarle un pezón para que se le aflojaran las rodillas y se dejara caer un poco hacia atrás contra mi pecho. Le mordí el cuello mientras le seguía haciendo un dedo, tres ahora, entrando y saliendo con ruido de agua.
—Date vuelta otra vez —le dije.
La senté sobre la mesada del lavatorio, le abrí las piernas y me arrodillé. Tenía la concha depilada, expuesta, brillante, con el clítoris hinchado asomando entre los labios. Le pasé la lengua sin avisar, de abajo hacia arriba, con toda la palma de la lengua, y ella se tapó la boca con las dos manos para no gritar. La chupé despacio al principio, dando vueltas alrededor del clítoris, chupándole los labios de a uno, metiéndole la lengua adentro tan hondo como podía. Después con más insistencia, mordiéndole apenas la parte interna de los muslos cuando quería que esperara, plantándole chupones que le iban a quedar marcados al día siguiente.
—Comeme —me susurraba—. Comeme toda. Chupame el clítoris, dale, así, no pares, no pares.
Le metí dos dedos y le curvé la yema buscándole el punto de adentro mientras le presionaba el clítoris con la lengua. Le agarré una teta con la mano libre y le apreté el pezón. Le duró treinta segundos. Se le escaparon dos espasmos seguidos, se le venció la cabeza hacia atrás contra el espejo, y sentí en la boca el chorro caliente de una acabada larga. Me quedé chupándole hasta que se retorció y me empujó la cabeza con la mano.
—Basta, basta —jadeó—. No aguanto más. Cogeme. Cogeme ya.
La bajé al piso, la di vuelta y le apoyé las manos contra el cristal. Me coloqué detrás. Le rocé la entrada con la punta, de arriba abajo, mojándome bien con lo que le chorreaba. Le pasé la punta por el clítoris un par de veces para que se desesperara. Ella empujaba el culo hacia atrás buscándome.
—Metémela —me pidió—. Metémela de una vez, hijo de puta, no me hagas rogarte.
Entré de un solo empujón, hasta los huevos. Estaba tan mojada que no hubo resistencia. La concha se le cerró alrededor de la pija como si me hubiera estado esperando veinte años, y quizás sí. Apreté los dientes para no hacer ruido. Ella se tapó la boca otra vez, con el dorso de la mano, y empezó a empujar contra mí, sacudiéndose el culo, moviendo la cadera en círculos.
—Más fuerte —me susurró—. Rompeme. Rompeme la concha como te dé la gana. No me importa nada.
La cogí con todo. Le agarré la cadera con las dos manos y la empecé a empalar de atrás con embestidas secas, hasta el fondo, escuchando el ruido de mis huevos golpeándole el clítoris, el chapoteo de la concha empapada, su respiración entrecortada contra el espejo. En algún momento volvió a temblar entera, se apretó adentro como un puño, y dejó las baldosas mojadas debajo de los dos. Yo no paré. Le tomé el pelo como una cola con la mano izquierda y le tiré apenas la cabeza hacia atrás, no para lastimarla, para que me mirara por el espejo. Nos miramos así durante varias embestidas. Tenía la cara colorada, la boca abierta, un hilo de saliva colgándole del mentón, y me miraba con una cara de perra en celo que me iba a acordar toda la vida.
—¿A que Damián no te coge así? —le dije, empujando fuerte.
—No —jadeó—. No. Hace años que nadie me coge así. Hace años. Seguí, seguí, no pares.
La saqué un segundo. Le pasé la punta por el otro lado, por el ojete, en círculos, apretando apenas. No le pregunté. Ella tampoco me dijo nada, pero llevó una mano atrás como si quisiera frenarme y, al mismo tiempo, se abrió más las piernas. Le escupí en la entrada, después escupí sobre la pija empapada de concha, y empujé despacio. La cabeza le costó. Mariana arqueó la espalda y dejó escapar un quejido bajo, contenido, mordiéndose el nudillo. Esperé un segundo, dejé que se acostumbrara, y entré la mitad. Otro segundo. La otra mitad.
—Suave —pidió con la voz apretada—. Suave que hace mucho que no me lo hacen ahí.
—Suave —repetí—. Tranquila. Tranquila, mi amor, respirá.
Empecé despacio, casi sin moverme, dejándola sentir la pija adentro sin castigarla. La estrechez era distinta a todo lo que recordaba: el culo apretándome de una forma que la concha no aprieta, caliente, cerrado. Ella, después de los primeros movimientos, dejó de quejarse y empezó a respirar fuerte por la nariz, apoyando la frente contra el espejo empañado. Empujaba ella para atrás, buscándome, marcándome el ritmo que quería.
—Más —murmuró—. Ya está. Más.
Aceleré. Le pasé la mano por delante y le acaricié la concha mientras la cogía por atrás. La yema del dedo mayor le circulaba el clítoris y la palma le tapaba la entrada; sentía mi propia pija moviéndose adentro del culo a través de la pared de la concha. Se puso a temblar antes de lo que esperaba. Me apretó todavía más, se le venció la cabeza contra el espejo, y se le escapó un gemido bajo, largo, que le duró la acabada entera. Se le aflojaron las piernas y tuve que sostenerla de la cadera para que no se cayera al piso.
—Estoy por terminar —le dije al oído, sin dejar de moverme—. Estoy por acabar, Mariana.
—Adentro no —jadeó, todavía temblando—. Salí. Salí que quiero mamártela.
Se la saqué. Se dio vuelta, se dejó caer de rodillas en las baldosas mojadas, y me agarró la pija con las dos manos. Se la sobó pegada a la boca, mirándome desde abajo con esa cara de perra que me había vuelto loco antes, sacando la lengua para lamerme la punta cada dos o tres movimientos.
—Acabá acá —me dijo—. En la boca. Quiero tragar todo. Dale, no aguantes más, mirame.
No aguanté. La acabada me arrancó desde los huevos. El primer chorro le pegó en la lengua y ella cerró los ojos un segundo pero no cerró la boca. El segundo le cayó en los labios y en el mentón. Los últimos me los sacó ella con la mano, apretándome la pija de la base hasta la punta como quien exprime la última gota, dejando caer lo que quedaba adentro de la boca abierta. Después tragó, tragó fuerte, e hizo un ruido con la garganta que me hizo temblar las rodillas. Con el dedo recogió lo que se le había escapado al mentón y se lo llevó adentro otra vez, chupándoselo hasta el nudillo. Me sonrió, todavía arrodillada, con los labios brillantes y un hilo blanco escurriéndole por la comisura, como si acabara de cerrar un negocio que había estado postergando demasiado tiempo.
—Otra vez —dijo, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Pero en una cama. Y con tiempo. Te quiero adentro un par de horas, no un par de minutos.
—Cuando quieras.
Se levantó, se acomodó el vestido, se mojó la cara, se enjuagó la boca con agua del grifo, se peinó con los dedos frente al espejo. Salió del baño primero. Le di tres minutos. Cuando salí, Damián seguía durmiendo con la boca abierta exactamente en la misma posición. Mariana estaba sentada a su lado, con la mano apoyada sobre la pierna de él, como una esposa preocupada. Me miró y se sonrió apenas.
—Te faltó algo —dijo bajito cuando pasé al lado del sillón.
—¿Qué?
Se levantó la parte de arriba del vestido, me mostró una teta durante un segundo, con el pezón todavía duro y un chupón violeta al costado, y se cubrió otra vez.
—La próxima —le dije.
***
Eso fue en Año Nuevo. Hace cinco meses. Desde entonces nos hemos visto varias veces más, casi siempre en hoteles del centro, dos veces en su casa cuando Damián viaja por trabajo, una vez en un departamento que me presta un amigo. Ella cumple cada cosa que le pido y yo cumplo cada cosa que ella me pide. Lucía no sospecha nada, y eso es lo único que me importa cuidar. Lo demás —el lugar, la culpa, lo que pueda pasar mañana— ya veremos.
Pero esa primera vez, la del baño, la de la madrugada del uno de enero, esa no la olvido. Si quieren les cuento más adelante alguna de las que vinieron después. Por ahora con esta me alcanza.