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Relatos Ardientes

Mi madre fue el centro de la orgía en Formentera

Soy Mateo, tengo treinta y dos años y vivo en Valencia con mi madre. Para el resto del mundo, ella es una mujer divorciada que se mudó conmigo después de que mi padre la dejara por una colega del banco. Para mí, desde hace casi tres años, es algo más complicado: madre durante el día, amante durante la noche.

No fue planeado. Una madrugada de enero, después de una fiesta en la que ambos bebimos demasiado, ella se sentó a llorar en el borde de mi cama y yo la abracé sin pensar. Lo que vino después no tiene un nombre limpio, pero tampoco necesito ponérselo. Vivimos así desde entonces y ninguno de los dos quiere volver atrás.

Llamarlo «complejo de Edipo» suena a manual de psicología barata. Yo lo llamo, simplemente, costumbre. Una costumbre que se ha vuelto tan necesaria como el café por la mañana.

Me gusta acostarme con mi madre, no lo voy a negar. También me gusta acostarme con otras mujeres y, cuando se da, con algún hombre. Pero con ella es distinto. Con ella el sexo no es solo sexo: es traspasar una barrera que nadie debería traspasar, y precisamente por eso la pasión tiene otra temperatura.

Hace unos meses se me metió una idea entre ceja y ceja. Quería verla disfrutar delante de otra gente. Quería que alguien supiera quiénes éramos. Quería convertir nuestro secreto en un espectáculo, aunque fuera una sola vez, aunque fuera con desconocidos que nunca volveríamos a ver.

La oportunidad se presentó una noche de marzo, cuando un reportaje en la televisión hablaba de las playas nudistas de Formentera. Mostraban arenas blancas, un mar que parecía pintado y, sobre todo, una promesa: allí nadie pregunta nada, allí cada cuerpo es un asunto privado que se exhibe en público.

Al día siguiente reservé los billetes y una villa pequeña con piscina, a quince minutos andando de Cala del Sol, una de las calas nudistas más conocidas de la isla. Mi madre aceptó sin hacer preguntas. A esas alturas, ya no las hacía.

***

Llegamos un jueves de fuera de temporada. La cala estaba a medias: una pareja con perro, dos chicas leyendo, un hombre solo con sombrero de paja y, repartidos por la arena, varios mirones reconocibles a leguas, esos que pasean al borde del agua mirando hacia las hamacas como si buscaran algo concreto.

Mi madre se desnudó sin teatralidad. Se quitó el vestido por la cabeza, dobló las bragas con cuidado y las metió dentro del bolso. Luego se tumbó de espaldas, con las piernas ligeramente abiertas, y cerró los ojos.

Tiene cincuenta y un años, pero podría tener menos. El pecho operado hace una década le sigue pareciendo de niña tonta cuando se mira al espejo, y a mí me sigue pareciendo el mejor pecho que he visto. Las caderas son anchas, redondas, sin grasa de más. Y entre las piernas, esa mata de vello oscuro que nunca quiso depilarse del todo, esa franja espesa que en una playa de chochos rasurados parece de otro siglo.

Tardaron menos de diez minutos en aparecer.

Dos chicos de unos veinticinco años, alemanes a juzgar por el acento que les escuché entre ellos, se acomodaron en las hamacas que estaban a mi izquierda. Hicieron la pantomima de leer. Uno sacó una novela y la sostuvo bocabajo. El otro la miró sin disimular, con esa avidez torpe que tienen los hombres jóvenes cuando descubren que pueden mirar sin que nadie los detenga.

Casi al mismo tiempo, una pareja de unos cincuenta años pasó arrastrando un par de bolsas grandes. Ella lo vio antes que él. Vio a mi madre tumbada, vio el vello entre las piernas, y soltó las bolsas como si le quemaran. Le dijo algo a su marido al oído, algo que no llegué a escuchar, y se sentó en la hamaca de mi derecha sin pedir permiso.

Mi madre, que es muchas cosas pero no tonta, supo leer la situación al segundo. Estiró las piernas, las separó un poco más de lo necesario y cambió de postura como si buscara una sombra que ya no existía. La mata de vello quedó a la vista de todos. La señora de la derecha tragó saliva. El alemán de la izquierda dejó caer la novela.

—¿Eres de la zona? —preguntó la señora, fingiendo conversación de playa.

—No. Soy de Valencia. Vine con mi hijo unos días.

El alemán latino —porque uno de ellos era de origen latino, ahora me daba cuenta— le tradujo la frase a su amigo. Los dos asintieron a la vez, como aprobando una buena noticia.

—Pues con lo guapo que es su hijo, fijo que aquí encuentra alguna chica —soltó la señora, con una sonrisa que no era inocente.

—Mi hijo no anda buscando chica. Mi hijo viene conmigo.

Lo dijo así, sin matices, mirándola a los ojos. La señora se quedó un instante en silencio. Su marido, que hasta ese momento había estado fingiendo dormir, abrió un ojo. El alemán latino le tradujo de nuevo a su amigo. Pude ver cómo a este último se le contraía el músculo de la mandíbula.

—¿Cómo que viene contigo? —preguntó la señora, bajando la voz.

—Como suena. Vivimos juntos desde hace tres años. Somos pareja.

El silencio que siguió fue corto pero denso. Yo me había quedado quieto, mirando el mar como si aquello no fuera conmigo, esperando a ver hacia dónde se inclinaba la balanza.

Se inclinó hacia donde tenía que inclinarse.

—Qué envidia —dijo la señora al fin, apoyando la mano en el muslo de mi madre con una naturalidad ensayada—. Yo nunca me he atrevido a nada parecido.

***

Cuando propuse que viniéramos a comer todos a la villa, nadie fingió sorpresa. La señora —se llamaba Patricia— recogió las bolsas con una velocidad que delataba ganas. Su marido —Esteban— la siguió como un hombre que ya ha asumido que esa tarde no va a decidir nada. Los dos alemanes —Tobías y Diego, el segundo de madre venezolana— se miraron, se rieron y se pusieron las camisetas sin contestar.

El paseo hasta la villa duró apenas un cuarto de hora. Nadie habló demasiado. Mi madre iba delante, con un pareo mal anudado a la cintura, y los dos alemanes se turnaban para no perderse la curva de su espalda.

En cuanto cruzamos el portón, antes de que nadie se acomodara, antes incluso de servir un vaso de agua, la senté en el sofá grande del salón, le bajé el pareo de un tirón y me bajé yo el bañador. No hubo preámbulo. Le abrí las piernas, me hundí dentro de ella y la follé delante de los cuatro como si llevara meses esperando ese momento.

Y posiblemente lo había estado esperando.

Tardaron en reaccionar, todos. Patricia se quedó de pie, con la boca entreabierta, las manos colgando a los costados. Esteban se sentó en una butaca y empezó a respirar por la nariz como si hubiera subido escaleras. Tobías se apoyó en la pared. Diego sacó el móvil, lo dejó otra vez sobre la mesa y se rio de su propio gesto.

Mi madre se vino antes de lo habitual. Me dijo al oído algo que no voy a transcribir y me clavó las uñas en la espalda. Cuando me retiré, salí entero, sin terminar dentro. Quería que los demás vieran lo que yo veía cada noche.

Patricia fue la primera en moverse.

Se arrodilló entre las piernas de mi madre con una solemnidad rara, como si entrara en una iglesia. Le besó el muslo, le besó la cadera, y después enterró la cara en aquel vello que la había hipnotizado en la playa. No la besó: la devoró. Hacía un ruido húmedo y constante, sin pausas, sin venir a respirar, como si llevara años con hambre de eso y no se atreviera a confesarlo.

Tobías, el alemán rubio, se acercó por el lado opuesto. Sin pedir permiso, le sacó un pecho del bañador y se lo metió en la boca. Lo chupaba como un crío que descubre algo que le calma.

Diego, el latino, fue directo a Patricia. Le levantó las caderas, le quitó el bañador con dos tirones y, sin mirar atrás, sin pedirle nada a Esteban, le metió la polla por detrás. Patricia gimió contra el sexo de mi madre, y mi madre echó la cabeza hacia atrás y abrió la boca, buscando algo. Diego se inclinó por encima de Patricia y le dio a mi madre lo que pedía: su lengua, larga y caliente, que entró y salió varias veces antes de instalarse del todo.

Esteban, en su butaca, no era capaz de moverse. Se había bajado la cremallera del pantalón corto y se la trabajaba con dos manos, como si necesitara las dos para no perder el ritmo. Le caía la baba por una comisura. Nadie le hacía caso. Nadie tenía por qué hacerle caso.

***

Diego acabó primero, con un grito en alemán que sonó a queja. Soltó la leche encima de la espalda de Patricia y siguió moviéndose unos segundos más, por inercia. Cuando se retiró, Patricia perdió un instante el equilibrio y separó la cara del sexo de mi madre.

Fue su error.

Tobías dejó el pecho que estaba chupando, dio dos pasos, y se montó encima de mi madre con una rapidez que no admitía discusión. Le metió la polla con un solo empujón. Mi madre soltó un sonido que no le había escuchado nunca, ni siquiera conmigo. Un sonido de rendición. Cerró los ojos, se agarró a los hombros de Tobías y se dejó hacer.

Patricia, mientras tanto, se sintió desplazada. Miró a su marido —que seguía en la butaca, ya casi terminando lo suyo— y se le notó el desprecio en la cara. Se levantó del suelo, se subió al sofá, se tumbó al lado de mi madre y se abrió de piernas. Le hizo una señal a Esteban con la barbilla.

—Ven, anda. Aprovecha.

Esteban se levantó torpemente, se acercó al sofá y se acopló a su mujer como pudo. Le duró menos de un minuto. Cerró los ojos, gimió bajito, y se desplomó encima de ella sin gracia. Patricia, que ni siquiera había llegado a calentarse del todo, le acarició el pelo con una paciencia maternal que en aquel contexto resultaba casi obscena.

Tobías seguía dentro de mi madre. La movía, la levantaba, la giraba sobre el sofá como si fuera una muñeca de tamaño real. Mi madre le pedía más con la cabeza, sin palabras. Y cuando él, por fin, se retiró, lo hizo solo para terminar fuera. Lo hizo apuntando hacia arriba, contra el pecho y el cuello de mi madre, y un poco también contra Patricia, que recibió la salpicadura con los ojos cerrados y una sonrisa que parecía de revancha.

***

Cuando todo el mundo se quedó quieto, hubo un silencio de minutos enteros. Solo se oía el aire acondicionado y, fuera, alguna cigarra. Esteban roncaba sobre el pecho de su mujer. Diego se había sentado en el suelo y se bebía un agua a tragos largos. Tobías miraba el techo como si rezara.

Patricia se inclinó sobre mi madre y le besó la boca. Un beso lento, sin prisas, como el de dos amantes que llevaban juntas mucho tiempo. Mi madre se dejó besar y le devolvió el beso con la misma calma. Después se giró hacia mí, me buscó con la mano y entrelazó sus dedos con los míos.

No dijo nada. No hizo falta.

Esa tarde, en la villa de Formentera, conseguí lo que llevaba meses buscando. Ver a mi madre disfrutar delante de gente que conocía nuestro secreto. Ver a una mujer que no nos conocía de nada perder la vergüenza por culpa suya. Ver a un marido aburrido descubrir que su mujer tenía dentro algo que él nunca había sabido sacar.

Y, sobre todo, comprobar que ella, después de aquello, no me miraba distinto. Me miraba igual que aquella primera madrugada de enero, hace tres años, cuando todo empezó sin querer en el borde de mi cama.

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