La noche que mi madrastra dejó caer su muro
La primera semana en casa de Adriana fue la más larga de mi vida. Me había mudado allí hacía apenas siete días, con dos maletas y la sensación constante de estar invadiendo un terreno que no me correspondía. Ella me recibió con una cortesía afilada, esa amabilidad de cristal que sirve para marcar distancias sin levantar la voz.
Aquella noche, sin embargo, algo se había roto entre los dos. Habíamos pasado la tarde con las niñas, y al volver nos habíamos servido una copa en el salón, los dos en pijama, riéndonos de las tonterías del día. Por primera vez ella no me miraba como a un intruso.
—Reconozco que lo has hecho bien esta semana —dijo, girando el vaso entre los dedos—. Pero no te creas que te estás ganando ningún trato especial.
Sus labios se curvaron en una sonrisa que intentaba levantar un muro que sus ojos ya habían dejado caer. Era como si quisiera convencerse a sí misma, más que a mí, de lo que decía.
—Adriana, tú siempre tan dura por fuera —respondí, abriendo los brazos de par en par con exagerada ironía—. Pero yo sé que por dentro estás muriéndote por un abrazo. ¿A que sí?
Se quedó boquiabierta, paralizada por la oferta. La mujer que se empeñaba en mantener las distancias, de repente, no sabía qué hacer. Sus ojos se abrieron un poco más, reflejando una mezcla de confusión y una chispa de algo que se parecía mucho a la vulnerabilidad.
—Yo no… —su voz fue apenas un susurro.
—Venga, que no te estoy apuntando con una pistola. Solo un abrazo. —Me incliné hacia ella con los brazos todavía abiertos—. Será nuestro segundo secreto.
Se puso colorada sin remedio y sonrió. La mención del «segundo secreto» la divertía y la hacía estremecerse al mismo tiempo. Un parpadeo después, cedió. Se acercó despacio, como si quisiera retractarse a cada paso.
—Está bien, pero solo uno. No te vayas a emocionar demasiado, ¿eh?
Se detuvo justo frente a mí, vacilante, esperando que fuera yo quien diera el último paso. Su cuerpo seguía tenso, listo para escapar. Pero cuando mis manos rozaron su cintura, el contacto suave la hizo dejarse caer. Sus hombros se relajaron y se entregó al abrazo.
La rodeé con firmeza, sin apretar demasiado, temiendo que su cuerpo menudo crujiera entre mis brazos. Olí la única gota de perfume que se había puesto antes de bajar; solo una, porque más habría sido demasiado evidente. Me imaginé lo que se habría dicho a sí misma frente al espejo.
Para ella el abrazo fue más intenso de lo esperado, pero no se apartó. La mujer de hielo y fuego se permitió, aunque solo fuera esta vez, hundirse en él, absorbiendo el calor de mi cuerpo y la seguridad que le ofrecían mis brazos.
Sentí sus tetas presionando contra mi pecho, los pezones ya duros marcándose a través de la fina tela del pijama, su corazón latiendo acelerado bajo mi barbilla. No pude evitar empalmarme con su cercanía, la polla creciéndome contra la cremallera del pantalón, y al mismo tiempo me horrorizó lo que se hinchaba en mi entrepierna. Deshice el abrazo con disimulo, justo a tiempo. Temía que lo notara.
—¿Te sientes mejor? —dije, fingiendo una seguridad que no tenía.
Sus mejillas ardían y su respiración se había acelerado. Estaba claro que ella también lo había sentido. La tensión entre nosotros era palpable, como si hubiéramos cruzado una línea invisible.
—Sí, claro —farfulló para guardar las apariencias, desviando la mirada—. Mucho mejor.
—Bien. Segundo secreto guardado. No se lo dirás a nadie, ¿verdad?
—Claro que confío en ti —respondió rápido, casi sin pensarlo, antes de darse cuenta de lo mucho que revelaba esa simple frase.
Se mordió el labio inferior, como si quisiera retractarse, pero ya era tarde. Ambos jugábamos a un peligroso juego de ironía y sinceridad entremezcladas, disfrazando una cosa de la otra para luego darle la vuelta. Era como una ruleta rusa en la que estaban en juego nuestros sentimientos.
—Ahora mismo hay una lucha dentro de mí —confesé, sin medir las palabras—. Una voz me dice que me acerque más a ti, y otra que no puedo hacerlo. ¿Tú no sientes lo mismo cuando estás conmigo?
Su rostro se cubrió de una máscara de sorpresa. Sus ojos buscaron los míos como si intentaran leerme el pensamiento. La respiración se le cortó un instante.
—Vamos, solo estamos tomando una copa —dijo, tratando de parecer despreocupada.
La miré fijamente desde el otro extremo del sofá, con una pierna flexionada. Me daba cuenta de que aquella mujer que me había intimidado el primer día ahora me fascinaba hasta un punto que no había imaginado.
—El primer día me intimidabas —admití—. Ahora siento algo distinto. Me fascinas.
Ella esquivó mis palabras tomando un sorbo de su bebida. Mis ojos quedaron anclados en el dibujo de sus labios mientras bebía, cautivado por una elegancia que el vino solo había acentuado. Me imaginé esa boca en otro sitio, alrededor de mi polla, esos labios pintados dejando un cerco brillante en la base. Recordé la intimidad del abrazo, ese acercamiento que ninguno de los dos esperaba.
Esa misma lucha interna ocurría dentro de ella; lo veía. El silencio entre nosotros se volvió incómodo, espeso, exasperante. Sus dedos se crisparon sobre la tela del sofá, como si quisiera aferrarse a algo sólido mientras su mundo interior se tambaleaba.
—Tal como yo lo veo, tengo dos opciones —seguí—. La primera es olvidarme de todo esto. La segunda es dejarme llevar y confesarte lo que siento, algo que no esperaba sentir pero que en estos días ha ido creciendo y ya no puedo ignorar.
—Vamos… lo estamos pasando bien —dijo Adriana, mientras un escalofrío le tensaba la espalda y le ponía los cinco sentidos en alerta.
Mis palabras cayeron como losas. Ella se quedó inmóvil, como congelada en el tiempo, los ojos fijos en mí, más brillantes que nunca. Libraba una guerra silenciosa contra sí misma. Su cabeza le gritaba que huyera; su cuerpo la mantenía pegada al sofá, con los muslos apretados como si notara ya la humedad que empezaba a empaparle las bragas.
—¿No dices nada? ¿No sientes nada? ¿Me estoy volviendo loco? —insistí, levantando la voz, sintiendo que me había expuesto demasiado.
—¡Claro que siento! —estalló por fin—. Pero no podemos dejarnos llevar por lo primero que se nos pasa por la cabeza. ¿No lo entiendes?
En sus palabras se había impuesto la razón, el peso de su experiencia, la memoria de antiguas locuras y cicatrices que no estaba dispuesta a repetir. Conocía la vergüenza del rechazo y no quería hacérmela pasar a mí. Aun así, por dentro estaba hecha un lío.
Notaba su duda. No era inmune a mis palabras, igual que su cuerpo no había sido inmune al abrazo. Ninguno de los dos había visto venir aquello. La semana había sido intensa, llena de cambios, de pequeñas complicidades cotidianas que poco a poco habían minado sus defensas.
El café negro sin azúcar que le dejaba preparado por las mañanas. Las mochilas de las niñas listas, el desayuno envuelto en sus tarteras. La cocina recogida por la noche, todo limpio para el día siguiente. Pequeños sobornos a su conciencia que iban disipando sus reticencias y sus miedos ante mi irrupción en su hogar.
Y por encima de todo, le había demostrado que sabía escuchar. Aquellas conversaciones nocturnas en mitad de cenas frugales, donde me hablaba de los entresijos de su trabajo, de su gente, de sus frustraciones. Ya no veía al chaval que había intentado mantener a raya el primer día, sino a un hombre que se había ganado a pulso un lugar, no solo en su casa, sino en su vida.
De repente me arrodillé frente a ella. Le separé las piernas y tiré con suavidad para acercar su pelvis a mi estómago, mis manos bajo sus rodillas flexionadas. Se sintió expuesta, vulnerable, bajo mi dominio. El pantalón fino del pijama se le pegó al coño y pude ver la mancha oscura de humedad que ya la delataba.
—Mateo, no… —jadeó, desconcertada—. ¿Qué estás haciendo?
—Te deseo, Adriana. Llevo días deseándote. Follándote en mi cabeza cada noche.
Le besé el cuello mientras respiraba su perfume y su pelo suelto me hacía cosquillas en la nariz. El roce de mis labios sobre su piel le fundió los circuitos del raciocinio. Sus piernas, normalmente firmes, temblaron mientras mis manos subían por sus muslos hasta cerrarse sobre su cintura, y de ahí a sus tetas, apretándoselas por encima de la camiseta hasta que soltó un gemido bajo.
—No deberíamos… —susurró, pero no me apartó. Sus dedos se enredaron en mi pelo y, en lugar de empujarme, me acercaron más.
Le mordí el lóbulo de la oreja y le hablé pegado a la piel, con la voz ronca.
—Dime que pare y paro. Dime que no quieres que te coma el coño ahora mismo en este sofá y me levanto.
Se le escapó un jadeo que fue una respuesta más clara que cualquier palabra. Le subí la camiseta hasta el cuello y le liberé las tetas, dos pechos pequeños y firmes con los pezones oscuros y erguidos, tensos como si llevaran horas esperándome. Bajé la boca y me metí uno entero, chupando fuerte, tirando con los dientes, mientras con la otra mano le pellizcaba el otro pezón hasta que se le arqueó la espalda del sofá.
—Joder… joder, Mateo —murmuró apretando los dientes, echándose la mano a la boca.
Le bajé el pantalón del pijama junto con las bragas de un tirón, dejándoselo todo a la altura de las rodillas. Su coño quedó al descubierto, depilado salvo una franja fina en el centro, brillante de lo mojada que ya estaba. Le abrí los muslos con las dos manos y me quedé unos segundos mirándolo, respirando su olor.
—Mírate cómo estás. Toda empapada, y todavía me dices que no.
—Cállate y hazlo —siseó, cerrando los ojos, roja hasta las orejas de vergüenza y de deseo.
Le pasé la lengua entera de abajo arriba, plana, muy despacio, sintiendo el sabor salado de su humedad. Ella se estremeció como si le hubieran metido un cable. Volví a hacerlo, esta vez más lento aún, separándole los labios del coño con los pulgares para tener acceso completo. Cuando llegué al clítoris me quedé ahí, dando vueltas con la punta de la lengua, alternando lametones amplios con succiones cortas que la hacían retorcerse en el sofá.
Le metí un dedo, luego dos, y empecé a follármela con la mano al mismo ritmo que le chupaba el clítoris. Su cuerpo se tensó, los muslos empezaron a temblarle contra mis hombros y las caderas se le adelantaron buscando más presión.
—No pares, no pares, por favor no pares —jadeaba, mordiéndose la muñeca para no despertar a las niñas.
Cuando sentí que estaba a punto, le retiré la boca y saqué los dedos. Ella abrió los ojos, desesperada, casi furiosa.
—¿Qué haces? Vuelve, vuelve ahí…
—Arriba —dije, poniéndome de pie y tendiéndole la mano—. Aquí no. Arriba.
***
La razón perdió la batalla en silencio. Cuando la levanté del sofá, sus ojos ya no pedían que parara. La besé en la boca, un beso que llevaba siete días gestándose y que ahora sabía a su propio coño en mi lengua. Ella respondió con una urgencia que desmentía cada uno de sus muros, chupándome la lengua, mordiéndome el labio inferior. Sus manos buscaron mi nuca, mi espalda, mi pecho, mi bulto por encima del pantalón, apretándomelo con descaro, midiéndomela por primera vez con la palma abierta.
—Si subimos las escaleras —murmuró contra mis labios— esto deja de ser un secreto. Se convierte en otra cosa.
—Entonces que sea otra cosa.
La tomé de la mano y la guie por el pasillo, los dos descalzos, ella con el pantalón del pijama todavía a media pierna, conteniendo la respiración cada vez que crujía un escalón. En su habitación, la luz de la calle entraba filtrada por las cortinas y le dibujaba sombras suaves en la cara. Terminé de desnudarla con una lentitud deliberada, descubriendo cada centímetro de su piel, y me quité yo el pantalón y los calzoncillos de un solo movimiento. Mi polla saltó dura, apuntando hacia ella, y vi cómo se le iban los ojos.
—Dios —susurró.
Se arrodilló en el borde de la cama sin que se lo pidiera. Me agarró la polla con las dos manos, examinándola con los ojos entornados, y después se la metió entera en la boca de una sola vez. Sentí el fondo de su garganta y tuve que agarrarla del pelo para no correrme allí mismo. Empezó a chupármela con hambre, cerrando los labios en el glande, hundiéndola hasta atragantarse, jugando con la lengua en el frenillo entre embestida y embestida. Los ojos se le llenaron de lágrimas del esfuerzo y una hilera de saliva le caía por la barbilla hasta las tetas.
—Así, joder, así, mamamela así —le gruñí, empujando yo también contra su boca.
La aparté antes de acabar y la tumbé de espaldas en la cama. Recorrí su cuello con la boca, bajé por la clavícula, por el valle entre sus tetas, atento a cada cambio en su respiración. Cuando mis labios encontraron uno de sus pezones, arqueó la espalda y se mordió la mano para no hacer ruido, consciente de que las niñas dormían al otro lado del pasillo.
—Despacio —pidió, con la voz quebrada—. Hazme sentir que no es un error.
Le aparté la mano de la boca y entrelacé mis dedos con los suyos contra la almohada. Seguí bajando, dejando un rastro húmedo por su vientre, hasta hundir de nuevo la cara entre sus muslos. Volví a comerle el coño, esta vez sin prisa, mirándola a los ojos cada vez que subía la lengua hasta el clítoris. Le metí la lengua entera dentro, la sacaba, se la clavaba en el capullo, la volvía a meter. Ella se retorcía, agarraba las sábanas, se tapaba la boca, arqueaba las caderas contra mi cara pidiendo más.
—Me corro, me corro, Mateo, me voy a correr —jadeó apretando los muslos contra mis orejas.
Le metí dos dedos otra vez y le chupé el clítoris con fuerza mientras se los curvaba hacia arriba, buscando el punto exacto que la hacía temblar. Se corrió en menos de un minuto, ahogando el grito contra la almohada, con el cuerpo entero convulsionando en oleadas, el coño apretándome los dedos como un puño.
Antes de que terminara de bajar, me coloqué sobre ella, piel contra piel, y le puse la punta de la polla en la entrada, resbaladiza y caliente. La miré una última vez buscando una confirmación. Ella asintió, y me clavó los talones en la parte baja de la espalda para que dejara de esperar.
Entré en ella despacio, empujando centímetro a centímetro, y los dos contuvimos el aire en el mismo instante. Estaba estrecha, tanto que noté cómo se abría a mi alrededor, cómo me apretaba. Cuando llegué al fondo me quedé quieto, dejándola acostumbrarse, viendo cómo se le abría la boca en un jadeo mudo.
—Fóllame —susurró contra mi oído—. Fóllame de una vez.
Empecé a moverme, primero lento, saliendo casi entera y volviendo a hundirla hasta el fondo. Ella se movía conmigo, marcaba el ritmo, me mordía el hombro para acallar sus propios sonidos. Le levanté una pierna y me la puse sobre el hombro para entrar más profundo, y su gemido se ahogó contra mi mano cuando le tapé la boca.
—Shhh, las niñas —le recordé al oído sin dejar de embestirla.
La puse a cuatro patas en mitad de la cama, con el culo levantado y la cara contra la almohada. Me hundí en ella por detrás y la agarré de las caderas, follándomela más fuerte, viendo cómo se movían sus tetas colgando al ritmo de mis golpes. Le pasé el pulgar por el ojo del culo, sin llegar a meterlo, solo apretando, y ella soltó un gemido largo contra la tela.
—Guarra —le murmuré—. Toda la semana haciéndote la seria y mira cómo me pides polla.
—Más, más, Mateo, más fuerte, por favor…
Le agarré el pelo con una mano y le tiré de él hacia atrás mientras seguía embistiéndola, obligándola a arquear la espalda. La mujer de hielo se había derretido por completo, gimiendo mi nombre como una letanía, apretándome la polla con el coño cada vez que la tenía dentro.
La volví a poner boca arriba porque quería verle la cara. Le abrí las piernas de par en par, se las sujeté contra el pecho y volví a hundirme hasta el fondo. Ella me clavó las uñas en la espalda, sus tetas subiendo y bajando con cada embestida, la boca abierta buscando aire.
—Me voy a correr otra vez —jadeó—. Contigo. Córrete conmigo, dentro.
Aceleré el ritmo, notando el hormigueo subiendo desde la base de la polla. Ella se aferró a mi espalda, me mordió el hombro para no gritar, y sentí cómo se le contraía el coño entero rodeando mi polla. Me vacié dentro con un gruñido ahogado contra su cuello, tres, cuatro chorros gruesos, sintiendo cómo se mezclaba mi corrida con la suya. La abracé fuerte mientras las últimas contracciones nos sacudían a los dos, jadeando el uno en el oído del otro.
Después nos quedamos quietos, enredados, con mi polla todavía dentro reblandeciéndose poco a poco, escuchando el silencio de la casa y nuestras respiraciones recuperando el ritmo. Sentí cómo el semen empezaba a escapársele por los bordes, tibio contra mis muslos.
—Esto no cambia nada —dijo al fin, en la oscuridad, aunque su mano seguía dibujando círculos perezosos en mi pecho.
—Claro que no —respondí, y sonreí contra su pelo.
Ninguno de los dos se creía la mentira, y por primera vez no nos importó. Afuera empezaba a clarear, y supe que ese tercer secreto era el único que ya no podríamos guardar mucho tiempo.