Le metí mano a mi vecina dentro del ascensor
A los veinticuatro años ya me follaba casi a diario a Remedios, mi vecina del cuarto. El olor de su perfume barato mezclado con sudor, el roce de sus pechos pesados contra el mío, el jadeo húmedo cuando le metía los dedos hasta el fondo mientras subíamos pisos en aquel cacharro de ascensor. Aquello me volvía loco y ya no sabía dejarlo.
Una noche me reencontré con Ramiro en un garito del barrio, uno de esos sitios cutres donde los jóvenes íbamos a intentar pillar con maduras y sacarles unas copas. Una discoteca de mala muerte para divorciadas y viudas, con olor a cerveza rancia y a sudor viejo. Música de los ochenta retumbando en los oídos y la barra pegajosa de alcohol derramado.
Ramiro estaba repantigado en un sofá con un whisky en la mano, el vaho del hielo subiendo despacio. Miraba fijo a un grupo de mujeres maduras que bailaban en la pista: caderas anchas, vestidos ceñidos, el sudor brillando en los escotes. Nos vimos, nos dimos un abrazo fuerte. Le olía el aliento a colonia barata y cerveza.
Hablamos del viejo barrio, de Pura, la costurera del colegio, y de cómo nos ponía cachondos de críos cuando nos cosía los botones en aquel cuartito. El roce de sus dedos gruesos, el calor de su aliento cerca del cuello. Palmadas en la espalda, risas roncas, dos tíos recordando lo mismo sin decirlo del todo.
Entonces llegaron ellas: Herminia y Casilda.
Dos señoras de cincuenta y pico, entradas en carnes, voluptuosas, elegantes a su manera. Pelo corto, maquillaje discreto, pero labios rojos brillantes y vestidos que marcaban tetas grandes y culos redondos. Olían a perfume floral y a sudor fresco. Se acercaron a la barra, los tacones resonando en el suelo pegajoso, y nos miraron de arriba abajo.
—¿Qué hacéis aquí tan solos, guapos? —soltó Herminia, con voz ronca y una sonrisa pícara.
Ramiro fue directo, sin medias tintas.
—Pues hemos venido a que nos invitéis a una copa… y a echarnos un buen polvo.
Hubo un segundo de silencio, el aire cargado de tabaco y alcohol. Luego rieron las dos con la garganta y pidieron una ronda. Bailaron pegadas a nosotros. Herminia conmigo: los senos enormes aplastados contra mi pecho, los pezones duros marcándose a través de la tela, el culo moviéndose contra mi polla tiesa. Un calor húmedo subía entre sus piernas.
Casilda hacía lo mismo con Ramiro, las manos de él ya metiéndose por debajo de la ropa. El alcohol les soltó la lengua a ellas y a nosotros la vergüenza. En plena pista les subíamos las faldas, les sobábamos el sexo caliente por encima de las bragas, oliendo su excitación mezclada con la bebida.
—Venga, vamos a sentarnos en los reservados del fondo —propuso Casilda, la voz pastosa por las copas—, que tenemos los abrigos allí.
Mesas pegajosas, olor a cerveza derramada. Ellas dos a un lado, nosotros enfrente, la conversación subiendo de tono con cada trago.
—A ver, besaos entre vosotras —las retamos.
Aceptaron sin hacerse mucho de rogar. Se morrearon allí mismo: lenguas enredadas, saliva brillando en los labios rojos, las manos de una buscando los pechos de la otra. Gemidos ahogados por la música alta. Subimos la apuesta y les pedimos más. Herminia metió la mano bajo la falda de Casilda y le hizo una paja rápida. Casilda le devolvió el favor. Gemidos bajitos, el olor de sus coños calientes subiendo desde debajo de la mesa.
Terminamos en casa de Casilda, los cuatro en la misma cama, las sábanas oliendo a sudor viejo y perfume. Herminia me montó primero: las tetas pesadas golpeándome la cara, los pezones duros en la boca, el coño húmedo y caliente tragándose mi polla entera, los gemidos roncos llenando el cuarto. Ramiro se follaba a la otra, el sonido de la carne chocando contra la carne, jadeos, olor a sexo crudo.
Cambiamos. Yo a Casilda por detrás, metiéndosela hasta el fondo, el culo grande rebotando contra mi pelvis mientras ella gritaba que más fuerte. Ramiro a Herminia en la boca. Luego las pusimos una encima de la otra, los pechos aplastados, ambas abiertas y empapadas, las pollas alternando entre las dos. El sudor corría por nuestras espaldas y el olor a sexo y alcohol llenaba la habitación. Insultos guarros, risas, gemidos, respiraciones entrecortadas.
Al día siguiente nos llevaron en coche hasta nuestros portales. El olor a sexo todavía pegado a la piel, las pollas doloridas y una promesa tácita entre Ramiro y yo: íbamos a tirarnos a más maduras del barrio. Y nos las íbamos a pasar el uno al otro. O a la vez.
Herminia y Casilda fueron solo las primeras. Después vinieron otras: la del segundo, que siempre iba con leggings ceñidos y olía a vainilla; la del quinto, con unas tetas que se le salían del escote; la del bajo, que se ponía minifalda para bajar la basura y se agachaba más de lo necesario. Las invitábamos a copas, las llevábamos a pisos vacíos o a coches aparcados, y nos las pasábamos sin remilgos. Yo con una, Ramiro con la otra, o las dos a la vez.
***
Pero la que de verdad me obsesionaba seguía siendo Remedios. Y un día se me presentó la ocasión que llevaba meses fantaseando.
Ella iba con su marido y ni se enteró de que yo subía detrás. Anselmo, el marido, moreno y curtido, con esa cara de mala hostia permanente, olía a tabaco y a vino de la tarde. Soltó un «vamos» seco y se pegó a la puerta del ascensor mirando el móvil con los ojos entrecerrados, una lata de cerveza en la otra mano. A esas horas ya estaba borracho casi siempre. Remedios quedó en medio, de espaldas a mí, y yo justo detrás de ella.
El ascensor era viejo y estrecho, con ese olor a metal y humedad típico de los edificios antiguos de Zaragoza. Ella pulsó el cuarto; yo, el séptimo. Las puertas se cerraron lentas y se hizo el silencio.
Sin pensármelo dos veces, deslicé la mano derecha por detrás y rocé primero el borde de su falda. Subí despacio por el muslo grueso y cálido. Ella se tensó como un resorte, dio un pequeño respingo, la bolsa se le movió y giró un cuarto la cabeza hacia mí con los ojos muy abiertos.
—¿Qué…? —susurró apenas, la voz ahogada por la incredulidad de que le metiera mano delante de su marido.
Intentó dar un pasito de lado para apartarse, pero el ascensor era tan pequeño que solo consiguió pegarse más a mí. Su culo voluptuoso me rozó la entrepierna. Yo seguí subiendo por el interior del muslo hasta llegar a las bragas de algodón, ya un poco húmedas, quizá del calor o de algo que ella no admitía ni para sus adentros. Aparté la tela a un lado con dos dedos y la toqué directamente. El sexo carnoso, los labios calientes, el clítoris ya algo hinchado.
Remedios soltó un jadeo corto, casi un «ay», que disfrazó de tos. Apretó los muslos para cerrarse, pero metí la rodilla entre ellos con suavidad para mantener el acceso. Con la otra mano se agarró al pasamanos como si fuera a caerse. Miró de reojo a Anselmo —que seguía absorto en el móvil, dando sorbos a la cerveza, sin inmutarse— y luego a mí, con cara de pánico mezclado con algo más oscuro.
—No… Bruno… por Dios… —murmuró bajísimo, la voz temblorosa.
Pero no dijo «para». No dijo «no». Solo «por favor», como rogando que el deseo no la traicionara. Metí un dedo despacio y la encontré empapada por dentro a pesar de todo. Se contraía alrededor, caliente y resbaladiza. Apretó los labios hasta ponerlos blancos, respiró fuerte por la nariz e intentó girar el cuerpo para escapar, pero solo logró que mi dedo entrara más hondo. Con el pulgar le rocé el clítoris en círculos lentos.
—Joder… no… no deberíamos… —masculló entre dientes.
Y sin embargo su cadera se movió apenas un milímetro hacia atrás, empujando contra mis dedos. Intentó apartarme la muñeca con la mano libre, pero el agarre era flojo, casi simbólico, y terminó soltándose para taparse la boca y ahogar un gemido.
El ascensor pasó el segundo piso, el tercero, lento y eterno. Anselmo tosió y cambió de canción en el móvil. Remedios temblaba entera: las piernas flojas, la cara roja, los ojos vidriosos. Sentí cómo se le cerraba el coño con fuerza alrededor de mi mano y un líquido caliente me mojó los dedos. Se corrió en silencio absoluto, mordiéndose la muñeca, un escalofrío recorriéndole la espalda, los pechos subiendo y bajando con la respiración acelerada. Justo cuando el ascensor llegó al cuarto y las puertas se abrieron.
Anselmo salió primero, murmurando un «venga ya». Remedios se tambaleó al intentar salir, porque yo todavía tenía los dedos dentro de ella. Estiró la mano con disimulo y me dio un toque rápido y firme en la polla, justo por encima de la cremallera, pero con tanta fuerza que me hizo trastabillar contra la pared del ascensor. Casi me tira al suelo del dolor. Aprovechó para salir, aún temblando por el orgasmo que acababa de arrancarle, la ropa un poco arrugada y un brillo sospechoso en los muslos.
Soltó una risita baja, ronca, de esas que suenan a mujer que lleva años sin reírse así, y se giró deprisa hacia su puerta como si nada. Se quedó un segundo en el umbral y me miró por encima del hombro: los ojos llenos de vergüenza, confusión y culpa, y un brillo de deseo que no podía esconder. No dijo nada.
Anselmo echó la vista atrás mientras esperaba a que ella abriera, y con voz pastosa soltó:
—Hasta luego, chaval.
Dio dos pasos torpes por el pasillo, se paró en seco, se dio la vuelta y me señaló con el dedo como si acabara de recordar algo importante.
—Tú no eras electricista, ¿verdad?
Yo, con la polla aún palpitando por el toque de Remedios, contesté con toda la calma del mundo.
—Sí, sí que lo soy.
—Mira, Remedios, ¡nos puede poner el chaval los enchufes! Que el del salón parpadea y el de la cocina salta cada dos por tres.
Ella se quedó petrificada en la puerta, la llave en la mano, la cara pálida de golpe. Muerta de miedo, los ojos muy abiertos, pensando en lo que acababa de pasar en el ascensor: cómo casi no había podido resistirse, cómo se había corrido en silencio con mis dedos dentro mientras su marido estaba a un metro.
Imagínate solos en su casa, con Anselmo fuera comprando cerveza.
Balbuceó deprisa, la voz temblorosa.
—No, no, Anselmo… no molestes al chico… que estará ocupado…
Yo, oliendo la oportunidad, entré al trapo sin dudar.
—Será un placer, Remedios. Si los tenéis ahora mismo, os los pongo ya. No es nada.
Ella tragó saliva e intentó ganar tiempo.
—Es que… no tengo dinero en casa ahora mismo…
—Somos vecinos, mujer —sonreí con calma—. Con una birra me vale. No hace falta más.
Remedios, desesperada, buscaba excusas a la carrera.
—Tampoco… quedan cervezas en casa…
Anselmo soltó una carcajada ronca, dio un trago largo a la lata y se animó.
—Pues no podemos estar sin cerveza, coño. Voy a por ellas al chino de abajo, a ver si está abierto.
Se dio la vuelta sin esperar respuesta y bajó las escaleras arrastrando los pies, murmurando algo sobre el puto ascensor lento. El eco de sus pasos se fue perdiendo hacia abajo, y Remedios y yo nos quedamos mirándonos en el rellano, solos, con la puerta entreabierta.