Lo que pasó con mi hija después de correr esa mañana
Me casé a los veinte. Mi mujer, Renata, tenía dieciocho cuando empezamos a vivir juntos, y ya cargaba con una nena chiquita de su primer noviazgo. La crié como si fuera mía desde el día en que nos mudamos. Renata se mató en un choque sobre la ruta provincial cuando Catalina apenas había soplado seis velitas. Desde entonces somos ella y yo, padre e hija, sin la palabra «adoptada» de por medio.
Hoy tengo cuarenta y tres. Los años me trataron bien, supongo. Voy al gimnasio tres mañanas a la semana y salgo a correr otras tantas por la rambla. Desde hace unos meses, Catalina, que cumplió veinte en marzo, decidió acompañarme. Dice que necesita despejar la cabeza antes de empezar la facultad, pero yo creo que le gusta más ver cómo me cuesta seguirle el ritmo.
Mido un metro ochenta y tres, piel blanca, pelo todavía bastante negro a pesar de las primeras canas en las sienes. No soy un atleta, pero la altura ayuda. Mi princesa, en cambio, sacó todo lo lindo de su madre. Un metro sesenta y dos, ojos verdes como dos vidrios al sol, pelo castaño claro hasta los hombros y una piel tan pálida que se le pone rosada apenas el aire la toca. Heredó también el cuerpo de Renata. Hago lo posible por no pensar en eso.
Esa mañana de domingo me pasé de la hora. Le había avisado a Cata a las siete y eran las siete y veinte, así que fui hasta el cuarto a apurarla. La puerta estaba cerrada. Golpeé con los nudillos.
—Cata, amor, ¿estás despierta?
Escuché algo caer adentro, un golpe seco contra la madera, y enseguida su voz.
—Papi, pasa. Estoy terminando de ponerme las zapatillas.
Abrí. Estaba sentada al borde de la cama, atándose los cordones, con unos leggings blancos y un top deportivo del mismo color. La tela era finita, demasiado finita. Cuando se paró, los pezones se le marcaron por debajo del top como si no llevara nada. Los leggings eran tan ajustados que se le dibujaba todo: los labios, la cadera, los muslos. Yo me quedé mirando un segundo de más antes de apartar la vista.
No mires. Es tu hija.
—¿Vamos? —dijo ella, agarrando la botella de agua del escritorio.
Al darse vuelta para alcanzarla, vi cómo la tela se le ajustaba en el culo. Redondo, parado, sin un solo defecto. Aparté la mirada otra vez, fingí buscar las llaves en el bolsillo y bajé delante de ella para que no me viera la cara.
***
Salimos a trote suave por la vereda. Yo iba atrás, dejándola adelante con la excusa de cuidarla del tráfico, pero la verdad era que no podía dejar de mirar cómo se movía. El culo le subía y bajaba en un ritmo hipnótico, y cada paso me parecía una invitación que ella no estaba ofreciendo. Llevaba la cola castaña recogida en una colita alta que se balanceaba al revés. Las gotas de sudor empezaron a aparecer en su espalda y a transparentar la tela.
Me dolía la entrepierna. Tuve que acomodar la erección dos o tres veces antes de aceptar que no se me iba a bajar mientras siguiera detrás de ella. Cata, ajena, me hablaba sobre las clases de manejo que quería empezar, sobre un viaje con sus amigas a la costa, sobre el verano. Yo asentía como un autómata.
—Papi, ¿estás cansado?
—Un poco —mentí—. Hace mucho calor. ¿Damos la vuelta?
—Sí, también quiero bañarme.
Al girar para volver, la miré de frente por primera vez en media hora. El top se le había puesto translúcido por el sudor. Se le veían los pezones, chiquitos y muy rosados, parados por el roce del aire mientras corríamos. Bajé la vista por instinto y vi también el contorno del sexo, marcado contra la tela húmeda. Hice fuerza para que la entrepierna no me delatara y agarré el ruedo de mi camiseta para estirarlo hacia abajo.
—Cata, espera. Se te transparentó todo. Ponte mi camiseta para volver.
—Ay, papi, qué exagerado —se rio, pero se la pasó por encima sin protestar.
Caminamos las cinco cuadras de vuelta en silencio. Yo iba pegado a ella, escudándola del lado de la calle, intentando pensar en cualquier cosa menos en lo que llevaba debajo de mi camiseta.
***
Apenas entramos a casa, ella corrió al baño. Tiró la ropa al canasto y abrió la canilla. Yo me quedé en la cocina, tomando agua del pico de la botella, intentando que la sangre volviera al lugar correcto. No lo conseguí. Tres minutos después escuché su voz desde el baño.
—Papi, no encuentro la esponja. ¿Me ayudas a buscarla?
Tragué saliva.
—No la compré, princesa. Mañana paso por el supermercado.
—Entonces ven, ayúdame a bañarme como cuando era chiquita.
Me quedé inmóvil con el vaso a medio camino de la boca. «Como cuando era chiquita». La voz le salía mimosa, pero ya no era una nena. Hacía años que no entraba al baño con ella. La última vez tendría diez u once. Ahora tenía veinte.
Dile que no. Dile que se las arregle sola.
—Voy.
Me saqué la camiseta empapada en la cocina. Caminé hasta el baño en short y bóxer, golpeé dos veces antes de empujar la puerta. Cata estaba en la bañera con el agua hasta la cintura, la cabeza echada hacia atrás, los brazos a los costados. Las puntas del pelo flotaban sobre la superficie.
—Pasa, no te quedes ahí —dijo, sin abrir los ojos.
Cerré la puerta. Me bajé el short. Quedé en bóxer y abrí la mampara de vidrio. La vi desde arriba: el cuerpo blanco escondido apenas debajo del agua tibia, las tetas asomándose con cada respiración, los pezones rosados endurecidos por el contacto con el aire. No se cubrió. Yo tampoco hice el comentario que tenía que hacer.
—Ven encima de mí —pedí, con la voz más baja de lo que pretendía—. Así te llego mejor a la espalda.
Se puso de pie en la bañera. El agua le chorreó por todo el cuerpo en líneas finas. Yo recorrí cada centímetro con la vista, descarado, sin esconderme más. Los pechos redondos, el ombligo, el vello rubio y escaso que dejaba ver perfectamente el rosado debajo. Después se sentó encima de mí, apoyando todo el peso, y su sexo quedó pegado contra mi bóxer con la verga dura empujando desde abajo. Sentí su calor a través de la tela mojada.
Me quedé inmóvil un segundo, conteniendo el aire. Ella se acomodó moviendo apenas las caderas, como buscando una posición cómoda. Una vez. Dos veces. El roce me electrificó la espalda.
—Pásame el jabón —dije, por hacer algo.
Lo froté entre mis manos y empecé por sus hombros. Bajé por los brazos, lento, hasta las muñecas. Volví por la espalda, subiendo y bajando, dándole vueltas con la palma. Ella apoyó la cara contra mi cuello, todavía húmeda, y soltó un suspiro pequeño que me erizó la piel. Sentí la lengua. Apenas. La punta de su lengua tocándome la garganta, después un beso suave, después una succión chiquita que me hizo apretar los dientes.
Mis manos dejaron la espalda y bajaron a las nalgas. Las apreté. Cata pegó las caderas contra las mías y un quejido suave le salió contra mi cuello. Volví a apretarlas, abriéndolas un poco. Pasé los dedos por el medio, recorriendo desde abajo hacia arriba, primero la entrada del sexo, después el otro pliegue. Estaba todo deslizándose por el jabón y el agua. Ella se mordió el labio sobre mi piel.
—Princesa —murmuré.
—Papi —contestó.
***
Saqué el tapón de la bañera con el pie. El agua empezó a irse en remolinos lentos. Empujé suavemente sus hombros hacia atrás.
—Acuéstate. Te voy a limpiar como te mereces.
Se acostó sobre el fondo de la bañera, todavía mojada. Le levanté las piernas, le pedí que se las sostuviera ella misma, bien abiertas. Obedeció. Me arrodillé en el borde y bajé la cara hasta el sexo rosado, pequeño, brillante de agua y de algo más que no era agua. Apoyé la lengua plana sobre toda la vulva y la pasé despacio, de abajo hacia arriba, terminando con un círculo sobre el clítoris.
El primer gemido se le escapó completo. No tuvo tiempo de morderse el labio. Fue un sonido agudo, sin filtro, que me dolió más que cualquier insulto.
—Papi, no pares —pidió, los talones apretándose contra el aire.
No paré. Succioné el clítoris entre los labios, lo solté, volví a tomarlo, alterné con lengüetazos largos. Cada vez que ella levantaba las caderas, yo bajaba más, hasta meter la lengua adentro y moverla rápido. Cuando volví al clítoris, lo encontré tan hinchado que apenas necesitaba tocarlo para que ella se estremeciera.
—Cata, mírame.
Bajó la cabeza hasta encontrar mis ojos. Tenía las mejillas encendidas, la boca abierta, un mechón pegado a la frente. Sostuve la mirada mientras le metía dos dedos. Despacio, primero uno, después el segundo. La sentí cerrarse alrededor.
—¿Quieres que siga? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Quiero todo.
Bajé la lengua hasta el pliegue inferior. La pasé en círculos, despacio al principio, después con presión. Ella largó un gemido distinto, más profundo, más sucio. Subí los dedos para acariciarle el clítoris mientras la lengua le exploraba abajo.
—Papi, soy tuya —jadeó—. Lo que quieras.
—Princesa, dímelo otra vez. Dime que eres mía.
—Soy tuya. Toda tuya. Siempre fui tuya.
***
El orgasmo le llegó sin aviso. Se arqueó entera sobre el fondo de la bañera, con las piernas temblando, y un chorro tibio me empapó la barbilla. Yo lo recibí con la boca, sin retirar la lengua, hasta que ella se desplomó respirando con la boca abierta.
Después me levanté. Me bajé el bóxer. Mi verga estaba tan dura que dolía. No la toqué; bastó con el contacto de su lengua, apenas un par de pasadas curiosas, para que yo también explotara. Le di la leche entera en la boca, en las mejillas, en el cuello. Ella la repartió con los dedos sobre la piel, lentamente, como si fuera un perfume.
—Lávame ahora —pidió, sonriendo de costado.
Me agaché otra vez. Abrí la canilla. La envolví entera con la mano enjabonada, sin prisa, como si no hubiera pasado nada y al mismo tiempo como si fuéramos a hacerlo de nuevo.
Cuando salí del baño, todavía con el cuerpo mojado y la cabeza vacía, supe que no iba a haber vuelta atrás. Y supe, mirándola enroscada en la toalla blanca con esa sonrisa que ya no era de princesa, que ella tampoco lo quería.