Cuando mi madre leyó lo que jamás debió leer
Desde los quince años, me masturbaba pensando en mi madre.
No sé cuándo empezó exactamente. Fue algo gradual, como una marea que sube sin que te des cuenta hasta que el agua ya te llega al cuello. Un día la vi salir de la ducha envuelta en una toalla demasiado pequeña y algo se instaló en mi cabeza que nunca más se fue. Después venían la culpa y el placer mezclados, y los dos se alimentaban el uno del otro.
La había imaginado en todas las posiciones posibles durante años. Le había dado todos los guiones que podía inventar un chico de veinte años. Pero entre el mundo de la imaginación y el mundo real había un muro que parecía infranqueable, así que nunca había hecho nada. Solo los abrazos y besos de siempre al entrar y salir de casa, que eran costumbre desde pequeño y que yo prolongaba un segundo más de lo necesario.
***
Mi madre se llamaba Gloria. Cuarenta y dos años cuando ocurrió lo que voy a contar, aunque nadie le echaba esa edad. Era morena, de ojos oscuros, con el pelo liso que le caía hasta los hombros. Medía poco más de metro sesenta, con una figura que los años no habían tratado mal: caderas anchas, pecho generoso para su tamaño, un culo que yo trataba de no mirar y que siempre terminaba mirando.
Mi padre tenía un año más que ella. Los dos trabajaban como operarios en una planta de logística en las afueras, con turnos rotativos que a veces los ponían en horarios completamente distintos. Había semanas en que mi padre hacía el turno de noche y mi madre el de mañana, y prácticamente no se veían más que unos minutos al cruzarse en el pasillo. Esas semanas el piso tenía una dinámica distinta. Más silencio. Más espacio.
Yo había salido a mi padre: metro ochenta y pico, ancho de hombros. Al lado de mi madre siempre parecía que la fuera a romper con solo abrazarla. Ella lo decía a veces, riéndose: «Pareces el hermano mayor, no el hijo». Yo me reía también, aunque por razones que no podía contarle.
***
Era agosto, una de esas noches en que el calor no cede aunque caiga el sol. Mi padre llevaba cuatro días de turno nocturno: salía de casa cerca de las once y volvía al día siguiente pasadas las nueve. Mi madre empezaba a las seis de la mañana, así que durante esas semanas ni siquiera se cruzaban al despertar.
Esa noche en concreto era sábado. Yo había salido con unos amigos por la tarde y volví pasadas las doce. Me di una ducha larga porque hacía un calor insoportable, me comí algo de lo que quedaba en la nevera y me tumbé en la cama. Solo en bóxer, como siempre en verano.
Tardé poco en quedarme dormido.
El trueno me despertó. Uno de esos truenos secos y cortos que te arrancan del sueño de golpe. Fuera, una tormenta de las de agosto descargaba con rayos que iluminaban la persiana cada pocos segundos. Sonó otro y las ventanas vibraron ligeramente.
Y entonces se abrió la puerta de mi cuarto.
***
—Ay, qué susto... —escuché su voz antes de verla.
Solo duró un instante: un rayo iluminó el cuarto y la vi en el umbral. El pelo suelto, los brazos ligeramente cruzados sobre el pecho. No llevaba nada encima. Antes de que mi cerebro procesara del todo lo que veían mis ojos, todo volvió a estar oscuro.
—Me meto contigo hasta que pase —dijo, y su voz tenía ese temblor genuino que yo le había conocido siempre cuando había tormenta—. No te importa, ¿verdad?
—Claro que no —conseguí decir.
Se metió en la cama sin encender ninguna luz. Supuse que iría en bragas al menos. El calor de agosto justificaba dormir sin camiseta. Me hice a un lado para hacerle sitio y ella se acurrucó contra mí, de espaldas, buscando la postura de cucharilla.
—Abrázame —pidió.
La abracé. Y al pasar el brazo por encima de su cuerpo, mi mano encontró la curva de su pecho.
Desnudo. Sin nada.
Me quedé quieto un momento, procesando esa información. Sentía el calor de su piel, la suavidad bajo mi palma. Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza: una erección inmediata que empujó contra el elástico del bóxer. Tranquilo, me dije. Es normal. Solo está asustada.
Pero entonces bajé la mano casi sin querer, en un gesto que quería convencerme de que buscaba cubrirla, protegerla. Y comprobé lo que en el fondo ya sospechaba.
No llevaba bragas.
Mi madre estaba completamente desnuda en mi cama.
***
Fuera, la tormenta seguía. Los truenos llegaban cada dos minutos y ella se apretaba contra mí en cada uno. Sentía su espalda pegada a mi pecho, su cuerpo cálido encajado contra el mío, y mi erección ya era imposible de disimular. El elástico del bóxer cedió y la cabeza quedó libre, a centímetros de donde no debería haber estado.
Yo debería haberme apartado. Debería haber dicho algo, haber puesto distancia. Pero no lo hice.
La tormenta lanzó uno de esos truenos que hacen vibrar los marcos de las ventanas. Mi madre dio un respingo hacia atrás, un movimiento instintivo, y de pronto sentí su calor envolviéndome.
Los dos nos quedamos inmóviles.
Ella no dijo nada. No se movió. Yo tampoco, durante unos segundos que se hicieron largos. Y entonces empujé despacio, con cuidado, hasta entrar del todo dentro de ella.
Un sonido suave escapó de su garganta. Ni protesta ni queja. Algo intermedio, contenido, que no supe interpretar del todo en ese momento. Me detuve un instante, esperando. Nada. Solo su respiración, un poco más agitada.
Empecé a moverme.
***
Al principio fui despacio, esperando que en cualquier momento dijera para y yo tuviera que parar aunque me costara la vida. Pero ella no dijo nada. Empujó el culo ligeramente hacia atrás, un movimiento tan pequeño que podía no haber sido intencionado.
Pero lo era. Yo lo sabía.
Puse la mano libre en su cadera y dejé de ser cuidadoso.
Sus gemidos empezaron suaves, ahogados, como si intentara contenerlos. Yo le acariciaba los pechos mientras la follaba y sentía sus pezones endurecerse bajo mis dedos. El olor de su pelo, el calor de su cuerpo, el sonido que hacía cada vez que yo empujaba: todo era demasiado real para lo mucho que lo había imaginado. En un momento dado ella tomó mi mano y la apretó contra su pecho, guiándome. Eso lo hizo diferente a cualquier fantasía que hubiera tenido nunca.
Cuando se corrió, lo hizo apretando mis muslos con los suyos y dejando escapar un gemido largo que yo sentí recorrerme la espalda. Las contracciones de su interior me empujaron al límite y me vine dentro de ella sin poder evitarlo, vaciándome con la cara enterrada en su pelo.
Nos quedamos quietos un buen rato. La tormenta seguía, pero más lejos ya. Ninguno de los dos habló durante un tiempo.
Fui yo el que rompió el silencio, con la boca cerca de su oído:
—Lo siento, mamá.
Ella tardó un momento en responder.
—No te disculpes —dijo. Y su voz era tranquila, no la de alguien que acaba de ser arrastrado a algo. La de alguien que acaba de llegar adonde quería llegar—. La culpa es mía por meterme desnuda en tu cama.
***
Me separé de ella para que pudiera darse la vuelta. La tormenta había aflojado y los truenos llegaban ya apagados, lejanos. Ahora podíamos vernos aunque fuera en la penumbra.
—¿Cómo sabías? —pregunté.
Ella sonrió. Una sonrisa de alguien que lleva tiempo con un secreto y por fin puede soltarlo.
—Tu cuaderno —dijo.
Me quedé helado.
—¿Qué cuaderno?
—El que guardas en el cajón de la mesilla, debajo de las otras cosas. Lo encontré hace un par de semanas cuando busqué unas fotos antiguas que creía que tenías guardadas ahí.
El cuaderno. Llevaba dos años escribiendo en él. Fantasías, escenas, cosas que imaginaba. Todo sobre ella. Todo sobre mi madre. Páginas y páginas que nunca había pensado que nadie leería.
—Lo leí entero —añadió, como si supiera lo que estaba pensando.
—Todo —repetí, más para mí que para ella.
—Todo.
Silencio.
—¿Y entonces...? —empecé.
—Entonces pensé mucho. Días. Me dije que debía ignorarlo, que era una locura, que nunca podría pasar. —Hizo una pausa breve—. Pero seguía pensando en ello. Y un día me di cuenta de que no era solo por ti. Era por mí también.
—¿Por ti?
—Cariño —dijo, y sonrió de nuevo—, cuando sonaron los primeros truenos esta noche no me fui a tu cuarto por miedo. Bueno, sí, algo de miedo tenía. Pero principalmente me fui porque hacía días que estaba esperando una excusa así.
***
Lo que siguió esa noche fue diferente. Sin prisa, sin tormenta que sirviera de pretexto, sin la sombra de lo accidental. Mi madre se subió encima de mí y tomó el control con una calma que me dejó sin palabras. Era otra persona. O quizás era la misma persona que siempre había sido, pero que por fin podía serlo delante de mí.
Me dijo cosas al oído que yo había escrito en ese cuaderno creyendo que nunca saldrían de ahí. Me pidió cosas que pertenecían a mis fantasías y que ella había leído en mis propias palabras. Había algo perturbador y completamente excitante en eso: que ella supiera exactamente qué quería yo antes de que yo lo dijera.
Follamos dos veces más esa noche. La última vez, ella apoyó las manos en mi pecho y me miró fijamente mientras se movía encima de mí, con esa mezcla de placer y algo parecido al asombro en la cara, como si ella misma no terminara de creer del todo lo que estaba haciendo.
Cuando terminamos, eran casi las cuatro de la mañana.
—Duerme un poco —me dijo, acomodándose a mi lado—. Tengo que levantarme a las cinco y media.
—¿Y mañana? —pregunté.
—Mañana es mañana.
Pero en la forma en que lo dijo supe que ya no volvería a ser como antes.
***
A la mañana siguiente, cuando me levanté cerca del mediodía, mi padre roncaba en su cuarto y mi madre ya se había ido al trabajo. Todo en la casa estaba igual que siempre. La cocina ordenada, el correo en la entrada, la nevera con las mismas cosas de siempre.
Como si nada hubiera pasado. Como si hubiera pasado todo.
***
En las semanas que siguieron aprendimos a movernos dentro del espacio que nos habíamos dado. Éramos cuidadosos. Calculábamos los horarios, los días en que el piso quedaba vacío, las horas muertas de la tarde. Nunca fue descuidado. Nunca fue irreflexivo.
Había algo en la forma en que ella me miraba cuando estábamos los tres en la mesa que yo habría tardado en descifrar si no supiera lo que sabía. Una mirada larga, media sonrisa, un roce sin querer al cruzarse en la cocina. El lenguaje privado de dos personas que comparten algo que no puede nombrarse delante de nadie.
Mi madre era inteligente. Mucho más de lo que yo había dado por supuesto. Sabía exactamente cuánto espacio ocupar y cuándo retirarse. Nunca dio pie a sospechas. Ante mi padre, ante el mundo, era la misma Gloria de siempre.
Solo conmigo era otra cosa.
***
El cuaderno lo tiré al mes de aquella noche. Ya no lo necesitaba. Lo que había escrito ahí durante dos años había dejado de ser fantasía.
A veces me preguntaba si debería sentirme culpable. Y a veces lo sentía, claro que lo sentía. Pero había algo más fuerte que la culpa: la certeza de que lo que había entre nosotros era real. No un accidente. No un desliz sin consecuencias. Una elección que los dos habíamos hecho con los ojos abiertos.
Mi madre lo había elegido antes que yo. Solo había esperado la tormenta que le diera la excusa para empezar.
Y así continuamos durante más de dos años. Con todo el cuidado del mundo. Con toda la intensidad que caben en un secreto que solo pertenece a dos personas.