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Relatos Ardientes

El mes que tuve que cuidar a mi madre cambió todo

No quiero alargar el cuento, así que voy directo al punto. Tenía veintidós años, había terminado la facultad y todavía vivía con mis padres. Pasaba la mayor parte del día encerrado en mi habitación, frente a la computadora, intentando no oír las peleas que venían del living.

Mis padres llevaban años discutiendo. Mi padre, Esteban, era un hombre violento y enfermo de celos. Mi madre, Marina, había sido modelo en su juventud y, aunque ya no se dedicaba a eso, conservaba el cuerpo y la cara que la hicieron famosa en su momento. Cualquier persona que se cruzara con ella en la calle se daba vuelta. Eso a mi padre lo enloquecía. La acusaba de cosas que no eran ciertas, le revisaba el celular, le contaba los minutos cuando salía a hacer las compras.

Las cosas empeoraron cuando empezó a decir, en plena pelea, que yo no era hijo suyo. Mi madre lloraba en la cocina y yo me metía en mi cuarto con los auriculares puestos. A veces mi padre se iba de casa por días. Volvía más oscuro que antes, con olor a alcohol y a perfume ajeno. Yo sospechaba que tenía a otra mujer. Mi madre también, aunque jamás lo dijo en voz alta delante de mí.

Con ella la relación era distinta. Marina me había tenido a los dieciocho, así que la diferencia de edad entre nosotros era poca. Mirábamos las mismas series, escuchábamos parecida música, nos reíamos de los mismos chistes. Cuando mi padre estallaba, ella se metía en el medio para que la cosa no terminara conmigo. Le tenía un agradecimiento que rozaba la devoción.

Una tarde, después de una pelea más fuerte de lo habitual, mi padre se fue dando un portazo. Marina se quedó callada un rato y después me dijo que necesitaba aire. Llamó a Carmen, una amiga del colegio que vivía a unas horas de casa, y arreglaron para subir un cerro al día siguiente. Carmen llegó a primera hora con dos bicicletas atadas al techo del auto. Era una mujer alegre, muy distinta de mi madre, que sabía cómo hacerla reír. Yo me alegré. Hacía meses que no veía a Marina con esa cara.

—Cuidate, Diego —me dijo mi madre antes de salir—. Si vuelve tu padre, no le contestes nada. Andá a tu cuarto y listo.

—Pásenla bien.

Se fueron riéndose, con las bicis en el techo y la radio fuerte. El día estaba soleado, aunque el sendero, después de la lluvia de la noche anterior, debía estar con barro. Eso fue clave en lo que pasó.

Seis horas después, mientras yo cocinaba algo para almorzar, sonó el teléfono. Era Carmen, con la voz quebrada. Marina se había caído en una bajada complicada, había aterrizado mal sobre las piedras del río y se había quebrado las dos muñecas. Estaba en el hospital del pueblo, despierta y consciente, pero con dolor. Le pedí los datos y le avisé a mi padre, que respondió como siempre: insultando a Carmen, insultando a mi madre, diciendo que él no iba a ir a buscar «a esa idiota». Cortó sin saludar.

***

Llegaron a casa al final del día. Marina entró con las dos manos enyesadas hasta los codos, los brazos colgando como si no fueran suyos. Estaba pálida, con la piel todavía sucia de tierra y unas marcas rojas en la cara. Detrás de ella, Carmen cargaba el bolso. Mi padre apareció una hora más tarde, justo para gritar lo que tenía guardado.

—Es culpa tuya, Carmen. Vos sos la responsable. Yo no le voy a limpiar el culo, te aviso. Te toca a vos.

—No la insultes —saltó mi madre—. Esta es mi casa también, y te vas. Ahora.

—Me voy de esta familia de mierda. Y con suerte no vuelvo.

—Con tal de no verte más —dijo Carmen, que era de pocas pulgas—, yo me hago cargo de lo que haga falta.

Mi padre agarró un bolso, lo cargó con dos puñados de ropa y se fue antes de que terminara la frase. La puerta sonó como un disparo. Marina se quedó parada en el medio del living, temblando, sin poder ni siquiera taparse la cara con las manos. Carmen la abrazó. Yo me quedé en el umbral, sin saber qué hacer con mis veintidós años recién cumplidos.

Esa noche Carmen se ocupó de todo. La bañó, la cambió, le dio de cenar a la boca como si fuera una nena. Marina se reía bajito de la situación, agradecida. Yo intentaba no mirar más de la cuenta. La casa estaba cargada de algo distinto, una intimidad rara que nunca había circulado entre esas paredes.

***

Carmen tenía que volver a su ciudad al día siguiente. No podía faltar al trabajo. Pasó la noche llamando a hospitales y agencias para conseguir a alguien que viniera a cuidar a mi madre durante los veinte días de yeso. Nadie tenía disponibilidad inmediata. Lo único que consiguió fue un enfermero que tal vez podía pasar dos horas por día, a partir de la semana siguiente.

Yo escuchaba todo desde el pasillo. Cuando Carmen colgó la última llamada, me acerqué.

—Yo la puedo cuidar —dije—. Sé cocinar. La puedo ayudar con lo que sea.

Carmen me miró un segundo más largo de lo necesario. Después sonrió.

—Sos un buen hijo, Diego. Pero no es solo cocinar. Es todo. Bañarla, vestirla, peinarla, llevarla al baño. Es mucho.

—Igual lo hago.

—Hablalo con tu mamá.

A la mañana siguiente, antes de que Carmen se fuera, las dos hablaron en voz baja en la cocina. Yo no llegué a oír qué se dijeron, pero cuando salí, las dos sonreían. Carmen me palmeó el hombro al despedirse.

—Cuidá a tu mamá. Ahora sos vos el hombre de la casa.

Lo dijo con un tono raro, una sonrisa de costado. Después se fue.

***

Marina se sentó en el sillón con las piernas recogidas. Le acerqué un vaso de agua y se lo sostuve para que tomara. Tenía los labios secos.

—¿Cómo estás? —le pregunté.

—Mejor que ayer. Me duelen menos. Pero no puedo hacer nada, Diego. Nada. Ni atarme el pelo. Ni rascarme la nariz.

—Yo me ocupo.

—Iba a llamar al enfermero. Pero antes te quería preguntar a vos si te animás. Va a haber cosas que… no son agradables. Prefiero que las hagas vos a que entre a esta casa un desconocido.

Me quedé en silencio unos segundos. No porque dudara, sino porque sabía que si abría la boca demasiado rápido se me iba a notar la voz. Tomé aire.

—No hay problema. ¿Cómo me voy a negar?

—Tenía miedo de que dijeras que no. —Sonrió con la mitad de la cara, todavía dolorida—. Carmen tenía razón.

—¿En qué?

—Nada, en nada. Cosa nuestra.

Esa fue la primera vez que me miró distinto. Como si me viera, no como hijo, sino como alguien. Yo sentí que se me cerraba la garganta y que algo, en el medio del pecho, se ponía a latir donde no debía.

***

Las primeras semanas fueron una lección de paciencia y de pequeños cruces que cambiaban de temperatura sin que yo supiera bien por qué. La ayudaba a vestirse cada mañana. Le acercaba la ropa, ella levantaba los brazos y yo se la pasaba por la cabeza, despacio, con cuidado de no rozar el yeso. La primera vez que tuve que abrocharle el corpiño por detrás me temblaron los dedos. Marina se reía con los ojos cerrados.

—Tranquilo, no muerdo.

—No me ayudás.

—Ya sé.

La bañaba con una esponja, sentada en un banquito en la ducha, las manos envueltas en bolsas de plástico para que no se mojara el yeso. Al principio yo miraba al techo, miraba al suelo, miraba la pared de azulejos. Después dejé de mirar a otro lado. Ella se daba cuenta y no decía nada. Cuando le pasaba el jabón por los hombros, por la espalda, por la cintura, sentía cómo se le erizaba la piel. No era frío. Lo sé porque a mí me pasaba lo mismo.

—Sos cuidadoso —me dijo una tarde, con los ojos cerrados, mientras le enjuagaba el pelo—. Con lo torpe que eras de chico, no lo hubiera dicho.

—Tuve buena maestra.

Le sostenía la cuchara para comer. Le sostenía el celular para que pudiera leer mensajes. Le sostenía el vaso para que tomara agua. Le sostenía el cigarrillo cuando, alguna noche, se permitía uno en la ventana del living. Cada gesto era una mínima excusa para acercarme: el pelo en la cara, una migaja en el labio, una gota en el mentón. Yo se lo limpiaba con el pulgar y ella, sin querer o queriendo, me lo apretaba apenas con la boca.

***

La noche en que ocurrió todo, llovía. Habíamos cenado los dos en el sillón, viendo una película vieja que ninguno seguía. Marina se quedó dormida apoyada en mi hombro y yo no me animé a moverme. Le miraba el costado de la cara, las pestañas, el lunar que tenía pegado al ojo izquierdo. Me había pasado todo el día pensando en cosas que no debía pensar.

Se despertó cerca de la una, despacio. Se enderezó, me miró y sonrió como si supiera exactamente qué había pasado en mi cabeza durante esas dos horas.

—Llevame a la cama —me dijo en voz baja—. Y quedate.

—¿Quedarme?

—Quedate.

La levanté del sillón, le pasé un brazo por la espalda y la guie por el pasillo. La habitación olía a su crema y a la lluvia que entraba por la ventana entreabierta. La senté en el borde de la cama. Se la veía calmada, decidida, como si llevara días esperando ese momento.

—Sacame la ropa —me pidió—. Hoy no me la pongo de nuevo.

Le levanté la remera con las dos manos. Salió por la cabeza con un movimiento limpio. Después, las calzas. La dejé sentada en el borde, desnuda, con las dos manos enyesadas apoyadas en las rodillas, mirándome desde abajo. Yo seguía vestido.

—Vos también —dijo.

Me saqué la remera, los pantalones, todo. Cuando me arrodillé delante de ella, con las manos a cada lado de su cintura, sentí el calor de su piel y supe que ya no había forma de volver atrás. Le besé la rodilla. La parte interna del muslo. Subí despacio, con la boca, mientras ella echaba la cabeza atrás y dejaba escapar algo que no era una palabra ni un suspiro, sino las dos cosas a la vez.

—Diego —dijo, y mi nombre, en su boca, sonó nuevo.

La acosté en la cama. Le abrí las piernas con las dos manos y me hundí en ella sin apuro, mirándola a los ojos. Marina no podía abrazarme con las manos, así que me abrazó con todo lo demás: las piernas, la espalda arqueada, los dientes apretados en mi hombro cuando empecé a moverme. Su impotencia para sujetarme, su entrega obligada, hacían que cada empuje pareciera un permiso que ella tenía que volver a darme. Y me lo daba. En los oídos, en la garganta, en el cuello. Me lo daba todo el tiempo.

—Más despacio —me pidió en algún momento—. No quiero que se acabe.

Le hice caso. La tuve así, suspendida entre dos respiraciones, durante lo que me pareció una hora. Cuando finalmente acabó, no gritó. Cerró los ojos, se mordió el labio inferior y apretó las piernas alrededor de mi cintura como si pudiera, con eso, dejarme adentro para siempre. Yo me vine después, con la cara hundida en su cuello.

***

Pasaron tres semanas hasta que le sacaron el yeso. Tres semanas en las que no salimos de la casa más que para lo imprescindible. Marina dormía en mi cuarto. Comíamos juntos. Nos bañábamos juntos. Ella, indefensa, sumisa por necesidad, había descubierto que esa entrega forzada le gustaba más de lo que pensaba.

—Cuando me saquen el yeso —me dijo una noche, tumbada bocabajo, con la cabeza girada hacia mí—, no quiero que cambie nada. Pero me vas a tener que atar las manos vos, así me sigo sintiendo así.

Le dije que sí. Le habría dicho que sí a cualquier cosa.

De mi padre nunca volvimos a saber. Y es la primera vez, en mucho tiempo, que esta casa está en silencio y que ese silencio no me pesa.

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Comentarios (7)

leetodo

increible!! me atrapó desde la primera linea, no lo pude dejar de leer.

Curiosa22

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de mas

DiegoSur88

Empece sin esperar nada y terminé completamente enganchado. Muy bueno

SilvanaMC

Me recordó a algo que pase yo hace años... esa sensacion de ver a alguien cercano con otros ojos de repente. Lo contaste perfecto.

Martin_BA

Sigue escribiendo!!! que relato

CarlosNoc_89

De los mejores que lei aca en mucho tiempo. Sin dudas.

Nocturna_33

La manera de narrarlo es muy particular, se siente real y cercano. Esperando el proximo relato.

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