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Relatos Ardientes

Mi prima me llevó al motel después de la fiesta

Empezó con una solicitud de amistad en Facebook, una de esas que aceptas casi sin mirar. Vi el apellido y supe enseguida que era familia, aunque tardé unos segundos en reconocerla en las fotos. Marisol había cambiado mucho desde la última vez que coincidimos en una reunión, hacía ya más de quince años. Estaba más madura, más rellenita, con ese cuerpo de mujer hecha y derecha que a mí siempre me ha vuelto loco.

Es hija de una prima de mi padre, así que en realidad casi no nos une nada de sangre. Vivíamos en la misma ciudad, pero Bogotá tiene esa cosa cruel de hacer que dos cuadras se conviertan en una hora de trancón. Por eso, después de un par de años hablando por chat, todavía no nos habíamos visto en persona ni siquiera por videollamada.

Lo que comenzó como una conversación familiar de «cómo está la tía» derivó en algo distinto bastante rápido. Marisol no era nada tímida. En menos de un mes ya me había contado que su matrimonio había terminado mal, que tenía dos hijos casi adolescentes y que llevaba años manejando su vida sexual sin ataduras. Que tenía tres parejas al mismo tiempo, me dijo una noche, y que se había puesto la T de cobre justo para no andar contando los días del calendario.

—Soy bastante caliente, primito —me escribió, así, sin disimulo.

Yo le contesté algo parecido, aunque me guardé las historias concretas. No le hablé de mi suegra, ni de aquella amiga del bar, ni de las otras situaciones que de a poco fueron formando una colección que tal vez algún día contaré entera. Pero ella supo leerme. Empezó a llamarme «primito» en cada mensaje, y cada conversación, sin importar de qué empezara, terminaba con ella diciéndome alguna cosa que me dejaba duro frente a la pantalla.

Marisol mide alrededor de un metro sesenta y cinco. Tiene el pelo negro, largo, con unas ondas suaves que le caen sobre los hombros. Tez canela, casi rosada en las mejillas. Senos grandes, caderas anchas, y un trasero que en las fotos de playa se notaba imposible de disimular. Era exactamente, hasta el último detalle, el tipo de mujer que a mí me hacía perder la cabeza.

***

El cumpleaños número noventa de mi tía abuela Eulalia era inevitable. Vivía a dos cuadras de la casa de Marisol, en un barrio del norte donde se estaba reuniendo media familia. Mi mujer no quería ir; tenía dolor de cabeza desde el viernes y prefería quedarse en casa de su madre con los niños.

—Anda tú si quieres —me dijo—. No quiero amargarte el plan.

Le di un beso en la frente y le prometí que no llegaría tarde. No tenía expectativas, juro que no. O eso me decía a mí mismo mientras me miraba en el espejo del baño y elegía la camisa con más cuidado del que reconocía.

Llegué a la casa de la tía Eulalia pasadas las nueve. La sala olía a tamales y a aguardiente. Me crucé con primos que no veía desde la primera comunión, con tíos cuyos nombres ya no recordaba, con una orquesta de cinco músicos contratados para tocar boleros y cumbias. Y entonces apareció Marisol.

Llevaba un vestido negro ajustado, no demasiado escotado pero sí lo suficiente para insinuar todo lo que las fotos prometían. Cuando me vio, vino directo a abrazarme. No fue uno de esos abrazos familiares, distantes. Pegó su cuerpo entero al mío, sus pechos contra mi pecho, su mejilla rozando la mía.

—Por fin, primito —me dijo al oído—. Por fin tengo cara para tu voz.

El aliento le olía a vino tinto. Le contesté algo banal sobre el tráfico, pero la sangre ya se me estaba moviendo a otra parte.

***

La fiesta avanzó como avanzan estas cosas: brindis, abrazos, fotos para subir al grupo de WhatsApp de la familia. Yo me cuidé de tomar despacio. No quería pasar el límite. Ella, en cambio, fue soltándose canción tras canción, y cada vez que la sacaba a bailar se pegaba un poco más.

En la tercera cumbia, mientras girábamos lento, dejé que mi mano resbalara desde su cintura hasta su cadera. No la apartó. Al contrario. Se pegó tanto que sentí, sin lugar a dudas, la presión de su pelvis contra la mía. Yo ya estaba duro, y supe que ella también se había dado cuenta. Levantó la cara, me miró un segundo, y volvió a apoyar la mejilla en mi hombro como si nada.

—Mañana voy a tener que confesarme —murmuró riéndose.

—Yo no creo en eso —le dije.

—Lo sé.

***

A la una de la mañana, la fiesta empezaba a desinflarse. Mis hermanos se habían quedado dormidos en los cuartos del segundo piso. Los sofás estaban ocupados por tías que roncaban con la boca abierta. Yo me había prometido a mí mismo no manejar borracho de regreso a casa, y la verdad es que tampoco quería. Me acerqué a Marisol, que estaba en la cocina sirviéndose un vaso de agua.

—¿Hay algún hospedaje cerca? —le pregunté—. Acá ya no queda dónde caer.

Se giró, apoyó la cadera contra la mesada y me sostuvo la mirada un par de segundos antes de contestar.

—Vente a mi casa, primito. Tengo un sofá en la sala que es bastante decente.

—No, ni hablar. Están tus hijos durmiendo, y yo estoy medio mareado. No vaya a ser que en la madrugada me confunda.

Sonrió de lado.

—¿Que te confundas con qué?

—Con nada, con nada. Mejor muéstrame dónde está el hospedaje.

Me miró, asintió y agarró un saquito de la silla. Yo había visto, llegando a la fiesta, un hotel cualquiera a tres cuadras. Ella, sin embargo, me llevó por una calle distinta, a uno más lejos, casi escondido en una esquina de luces tenues. No comenté nada. La seguí.

***

En la recepción pedí una habitación. Mientras el muchacho buscaba la llave, me jugué la última carta.

—No te vas a regresar sola a esta hora. Quédate, tomamos unas cervezas, y después decides.

Se quedó callada tres segundos. Tres segundos exactos.

—Bueno, primito. Me quedo.

Pedí dos cervezas en recepción y le dije al chico que nos subiera otras cuatro. La habitación era pequeña: una cama de plaza y media, una mesita con dos sillas, un televisor viejo y una ventana que daba a un patio interior. Encendí el televisor a propósito, para que sonara música de fondo y no se hiciera el silencio incómodo. Marisol se sentó en una de las sillas, cruzó las piernas y bebió de su botella con una calma que me desarmó.

—¿Te animas a un juego? —le dije.

—¿Qué juego?

—Verdad o reto. Como no tenemos cartas, vamos turnándonos. Tú decides si te toca verdad o reto, y yo te pregunto o te mando.

—Esto se está poniendo interesante —dijo riéndose—. Empieza tú.

—Verdad.

—¿A qué edad perdiste la virginidad?

—A los dieciocho.

—¿Con quién?

—Eh, eh. Eso ya es otra pregunta. Ahora me toca a mí. Verdad o reto.

—Reto.

—Tómate dos vasos llenos de cerveza, sin parar.

—¿Eso vale?

—Tú pediste reto.

Lo cumplió sin protestar más. Cuando bajó el segundo vaso, los ojos le brillaban distinto. Le tocó a ella otra vez.

—Reto —dije yo.

—Quédate en ropa interior.

—Tranquila. Parece la playa —dije, y me saqué la camisa, los pantalones, los zapatos. Me quedé en bóxer, y supe que la erección estaba a medio camino, pero no traté de disimularla. Ella tragó saliva.

—Te toca, primita.

—Verdad.

—¿Te has acostado con hombres bastante más jóvenes que tú? Diez, quince años menores.

—Todavía no. De treinta para arriba siempre.

—Ahora yo. Verdad.

—¿Has estado con mujeres mayores?

—Varias. De treinta, de cuarenta. Las maduras saben lo que hacen, y eso no se reemplaza con nada.

Vi cómo cambiaba su cara. Una sonrisa apenas, una ceja arqueada. Ya estábamos los dos del mismo lado del río.

—Reto —dijo ella.

—Date la vuelta y quítate todo, menos la ropa interior.

—Hace calor igual —contestó, como excusándose para sí misma.

Se levantó, se giró y empezó a desabotonar el vestido despacio. Lo dejó caer hasta los tobillos. Llevaba un tanga negro, casi un hilo, y un sostén a juego. Su trasero, así, sin la tela mediando, era todavía más generoso de lo que las fotos sugerían. Cuando se dio vuelta para mirarme, vi una mancha húmeda en la entrepierna del calzón. No dijimos nada. Nos miramos. Diez segundos enteros sin que ninguno parpadeara.

—Me toca —dijo ella al final—. Reto.

—Quítame el sostén.

—¿Solo el sostén?

—Lo dejo a tu criterio, primita.

Me acerqué, la abracé por la espalda y le desabroché el broche con una sola mano. No me pude resistir: hundí la nariz en el hueco de su cuello y respiré hondo. Olía a perfume dulce y a sudor. Después me separé, despacio, y volví a mi silla.

***

—Reto —dijo ella, con una mirada que ya no podía esconder lo que pensaba.

—Date la vuelta e inclínate.

Lo hizo. Apoyó las dos manos en el respaldo de la silla y arqueó la espalda, y yo, sin pensarlo, me arrodillé y le bajé el tanga con los dientes. Le pasé la lengua entre las nalgas, despacio, midiendo la reacción. Ella jadeó, pero no se movió. Cuando me levanté, fue ella la que se arrodilló frente a mí. Me bajó el bóxer y me agarró con la boca de inmediato, sin preámbulos. Lamía, mordisqueaba apenas, jugaba con la lengua de una manera que me producía descargas en las piernas.

—Vas a saber lo que es una mujer madura —murmuró.

—Demuéstramelo.

Me empujó a la cama. Se subió encima y empezó a recorrerme entero con la boca: los testículos, la entrepierna, el vientre, el pecho, el cuello. Cuando llegó a mi cara, me besó con una furia que no esperaba. Le agarré las nalgas con las dos manos, las apreté, las separé. Ella se acomodó sola y me metió dentro de un solo movimiento. Estaba ardiendo, completamente mojada, y empezó a moverse con la cadencia de alguien que sabe perfectamente qué quiere.

—Qué rico, primito —decía—. Me voy a comer entero esto que tienes.

Hablaba mientras se movía. Yo nunca había estado con una mujer que hablara tanto en la cama, y descubrí que me prendía de una forma nueva. Cada palabra suya me obligaba a empujar más fuerte.

—Ven por acá más seguido, corazón —decía—. Esto no se desperdicia.

La frené. La giré, la acosté boca arriba, le abrí las piernas. Bajé.

—Ahora me toca a mí.

—¿Qué me vas a hacer? —preguntó, jugando.

—Hacer que grites.

—Para eso me falta poco.

Hundí la cara entre sus piernas. Ella se agarró de mi pelo con las dos manos y empezó a gemir alto, sin importarle si las paredes del hotel eran finas. Cuando levanté la cabeza, tenía la cara descompuesta de placer. Le dije, con la voz tomada, que se pusiera en cuatro patas. Lo hizo. Apenas le di tiempo a acomodarse: la agarré de las caderas y la penetré de un golpe.

El alcohol justo ayudaba, no me dejaba terminar. Ella tuvo el primer orgasmo así, gritando contra la almohada. El segundo vino diez minutos después, sin que yo cambiara casi de ritmo.

—De saber que esto iba a pasar te hubiera sacado antes de la fiesta, tonto —me dijo, riéndose entre jadeos—. Eres tremendo.

—Eres tú la que me está dejando seco.

—Me lo estás metiendo como un desconocido cualquiera.

—Y tú eres una puta acostándose con su primo.

—Ay, qué rico cuando me lo dices así.

***

En algún momento, sin pensarlo demasiado, se lo metí más arriba, en el otro hueco. Esperaba resistencia, pero entró fácil. Su trasero estaba dilatado, listo, como si hubiera estado esperando ese momento exacto. Ella ni siquiera se sorprendió. Soltó un gemido ronco y se apretó contra mi pelvis para que entrara más profundo.

—Ya te habías demorado, primito.

—Eres una calentona. Estabas esperando esto.

—Hoy me lo partes.

El vaivén fue brutal. Ella se llevó la mano al clítoris y se masturbaba mientras yo seguía empujando. Cuando se vino la tercera vez, el cuerpo entero se le sacudió, y esa contracción me terminó de arrancar todo. Aceleré las últimas embestidas y me vacié dentro. Caímos los dos sobre la cama, sudados, sin fuerzas, sin hablar.

Nos dormimos así, desnudos, con las luces todavía encendidas y el televisor en silencio.

***

A las seis de la mañana me despertó tocándome el hombro.

—Hay que salir, primito. No podemos llegar juntos a la casa.

Antes de vestirnos, nos metimos a la ducha. El agua tibia me terminó de despertar, y verla así, mojada, con los pezones todavía duros, me volvió a poner. Esta vez fue rápido. La giré contra los azulejos, le levanté una pierna, y se lo metí otra vez por detrás. Apoyó las dos manos en la pared y movía las caderas para encontrarme. Al terminar, me pidió que me viniera en sus pechos.

—Lo quiero como recuerdo —dijo riéndose.

Después se vistió rápido. Yo me senté en la cama, mirándola maquillarse en el espejo manchado del baño. Antes de salir, me dio un beso en los labios.

—Tenemos que repetirlo, primo.

—Sin duda.

—Tranquilo, total discreción. Mira que hasta el culo te he dado. ¿Te imaginas si fuera a ir contando?

Me reí. Se fue. La habitación se quedó en silencio, con olor a sexo y a cerveza derramada. Me quedé acostado un rato más, mirando el techo, pensando en los meses de mensajes, en el camino que nos había llevado hasta acá, y en lo poco que esperaba de esa noche cuando salí de mi casa.

Qué prima me había encontrado, pensé. Qué prima.

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Comentarios (9)

PalomitoNocturno

Tremendo relato, no pude parar de leerlo hasta el final!!

Julito_cba

Por favor tiene que haber una segunda parte, me quede con ganas de saber como siguio todo despues de esa noche

Ymena87

Me encanto como lo narraste, se siente tan real... esas situaciones que uno nunca espera que pasen pero terminan pasando jaja

TabuFan

Que buen relato! Me recordo una situacion familiar parecida que tuve hace años y nunca olvide. Los relatos de esta categoria son los que mas me enganchan, hay algo en lo prohibido que te atrapa desde la primera linea.

MartinPaz

excelente!!! segui escribiendo

LuciaMar91

Una pregunta, esto fue real o es fantasia? Lo escribis con tanto detalle que se siente autentico

Rodrigo_Santa

Muy bien escrito, se nota que sabes construir la tension antes del momento clave. Espero leer mas relatos tuyos pronto.

Felipe_333

Se me hizo cortisimo, quiero mas jaja. Muy bueno

MarisolNoche

Increible como capturaste ese momento de tension en la reunion familiar antes de todo. Eso es lo que hace grande al relato, la antesala. Felicitaciones!!

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