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Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi madre en la enfermería del club

Vivíamos solos mi madre y yo desde que mi padre se había ido a Buenos Aires por uno de sus negocios. Llevaba dos meses sin aparecer y, por las videollamadas cada quince días, parecía que iba a quedarse al menos otros dos. A mí no me importaba demasiado. A mi madre tampoco, aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta.

Mi nombre es Iván, tengo veintiún años y juego al tenis desde los nueve. Soy moreno, alto, definido sin pasarme. Mis amigos del club me llaman «el percherón» por una broma vieja de vestuario que prefiero no explicar. Solo diré que en el equipo soy el chico de las pelotas grandes, y que esa fama es a la vez una bendición y una condena.

Mi madre se llama Carmen. Cuarenta y seis años, pelo cortito teñido en caoba, ojos marrones y un bronceado que conserva todo el año porque trabaja en la piscina de la urbanización. Mide poco más de metro sesenta y se la nota cada centímetro. Lo digo en serio: las vecinas la saludan apretando los labios y mi mejor amigo evita venir cuando ella anda por casa. Lleva siempre las uñas largas y rojas, y tantas pulseras de oro en la muñeca que cuando habla parece que la acompaña una pandereta.

Yo había vivido toda mi vida con la mirada de mi madre encima. Nunca pasó nada raro. Solo bromas de madre. «Ese vaquero te queda apretado, hijo, vas a quedarte estéril.» «Cómete la merienda que estás perdiendo músculo.» Cosas así. Yo me reía, ella se reía, y luego nos íbamos cada uno a su cuarto.

El verano lo cambió todo, y la culpa la tuvo el torneo de dobles mixtos del club.

***

Cada agosto el club organiza un dobles padre-hija, madre-hijo, novia-novio. Yo solía jugar con mi novia, Lucía, hasta que la encontré besándose con un compañero del equipo de natación dos semanas antes del torneo. La dejé esa misma noche y me quedé sin pareja.

—Yo juego contigo —dijo mi madre desde la cocina, sin levantar la vista del periódico—. No te quedes sin disputar el cuadro por una niña.

—Mamá, juegas como una veterana. Esto es serio.

—Hijo, yo era veterana cuando tú aún meabas en pañales. Apúntame.

La apunté.

El sábado del torneo bajé con la bolsa al coche. Mi madre se hizo esperar veinte minutos. Cuando salió, llevaba un vestido de tenis blanco de una sola pieza, ajustadísimo, con la falda muy por encima de la rodilla y los tirantes finos en los hombros. El blanco contrastaba con sus brazos morenos y con el oro pesado de la gargantilla. No supe qué decir. Le abrí la puerta del coche y me concentré en mirar al volante.

—¿Qué tal estoy? —preguntó cuando arranqué.

—Como siempre.

—Mentiroso.

Llegamos a la pista. Nos había tocado por sorteo una pareja del club rival, dos animales de pelo corto y antebrazos del tamaño de mis muslos. Calenté con ellos mientras esperaba a mi madre, que tardó otros diez minutos en aparecer del vestuario. Cuando salió, hasta el árbitro se quedó callado dos segundos.

En el tercer juego le tocó sacar a ella. Se acercó a la red, se palpó el vestido y se dio cuenta de que no tenía bolsillos.

—Iván, hijo, guárdame tú la pelota del segundo saque. ¿Vale?

—Vale.

Me la metí en el bolsillo izquierdo del pantalón. Ella se preparó, lanzó la primera y la mandó a la red. En lugar de pedirme la pelota desde su lado, vino corriendo hasta mí y, sin avisar, me metió la mano derecha en el bolsillo derecho.

Solo que en ese bolsillo no había ninguna pelota.

Su mano se cerró sobre mí a través de la tela, justo donde no debía. Tardó dos segundos largos en reaccionar. Aún recuerdo el frío de sus anillos contra la tela del pantalón.

—Ay, perdona —dijo entre dientes, retirando la mano y buscando ahora el bolsillo izquierdo—. Me he confundido de pelota.

Me sonrió de una manera que no era la de una madre. Volvió al fondo de la pista moviendo más caderas de lo necesario. Y esa fue la primera grieta.

***

Perdí la concentración. Cómo no perderla. Cada vez que mi madre se agachaba a recoger una pelota, yo miraba a otro lado y fallaba el siguiente golpe. En el cuarto juego, ella estaba en posición de volea cuando uno de los rivales sacó un remate y yo me lancé delante de ella para protegerla. La pelota no impactó en ningún sitio honorable. Me dio de lleno entre las piernas.

Me doblé. Caí. No podía ni respirar.

—¡Iván! ¡Iván, hijo, mírame! ¿Dónde te ha dado?

Yo señalé. No tenía aire para nada más.

—Ay, no, ahí no. Ay, pobre. —Se giró hacia el rival con una mirada que casi le abrió en canal—. Y tú, mamarracho, aprende a controlar la pala antes de salir a pista. Vamos, hijo, al centro médico.

Apoyado en su hombro fuimos andando hasta el módulo de la enfermería. Cuando llegamos, el cartel pegado en la puerta lo decía bien claro: el médico estaba de vacaciones hasta el lunes. La sala estaba vacía: una camilla, un biombo, una estantería con frascos, un espejo grande junto a la pared.

Mi madre cerró la puerta con pestillo.

—Yo empecé enfermería antes de casarme con tu padre —dijo—. Si me dejas, te miro yo.

—Mamá, qué dices.

—Hijo, te he cambiado los pañales mil veces. No me voy a impresionar por ver a mi niño.

Lo dijo con una sonrisa pequeña, traviesa. Yo no contesté. Me senté en el borde de la camilla con las piernas medio abiertas. Ella se arrodilló entre mis rodillas, tan tranquila, y posó las manos sobre mis muslos. Las uñas rojas brillaban contra el blanco del pantalón corto.

—Voy a desabrocharte. ¿Vale?

Asentí.

Bajó la cremallera con dificultad. Al apoyar la palma para empujar abajo el pantalón, se le escapó un «oh» que no parecía de enfermera. Levanté la cadera. Quedé en calzoncillos. Ella tenía los ojos clavados ahí.

—Madre mía, hijo. —Fue lo único que dijo.

Tiró de los calzoncillos hasta los tobillos. Yo me quedé sin aire por segunda vez aquella tarde, pero por motivos distintos. Mi madre se mordió el labio inferior y se quedó así un rato, mirándome.

—Voy a tener que sostenerte para verte los testículos —dijo, y los rodeó con la mano libre—. Esto pesa más que mi raqueta.

Tenía la mano pequeña. Las uñas largas. Los anillos fríos. Lo intentaba todo con seriedad clínica, pero cuando me apartó el muslo para examinar mejor, su pulgar me acarició muy despacio, casi sin querer. Cuando descubrió que solo era un golpecito sin importancia, se inclinó. Bajó la cabeza. Y me dio un beso sobre la piel dolorida.

—Como cuando eras chiquito —susurró.

Se levantó para coger la crema. Se inclinó delante de la estantería más baja, y la falda blanca se le subió hasta la cintura. Llevaba un tanga blanco pequeñísimo entre los cachetes morenos. Nunca pensé que un trozo de algodón pudiera mirarme tanto.

***

Yo me bajé de la camilla. Aún tenía el pantalón en los tobillos. Aún la tenía dura. Me acerqué con una mezcla de vergüenza y descaro que no me reconocía. Apoyé las manos en el estante, encima de las suyas, y mi cuerpo quedó pegado a su espalda. La punta encajó entre sus nalgas como si llevara años buscando ese hueco.

Ella no se apartó. Solo dijo, sin girarse:

—Estás ahí.

—Estoy aquí.

—Iván.

—Mamá.

Silencio. Después, despacio, levantó el culo un poco más contra mí. Subí el vestido hasta su cintura. Aparté el tanga a un lado con dos dedos. Lo que vi me dejó la boca seca: estaba afeitada, se la veía toda, y el ano pequeño y rosado en el centro temblaba cada vez que respiraba.

Me incliné sobre su hombro y le hablé al oído.

—Por aquí no.

—Iván, hijo.

—Por aquí no. Por arriba. Por el otro.

Ella tragó saliva. No dijo que no. Apoyó la frente en el estante. Yo busqué la entrada con la punta. Empujé despacio.

—Ay, despacito, despacito —jadeó—. Ahí soy virgen. No me hagas trampas.

Empujé un poco más. Ella se mordió el labio y miró el espejo. Se cruzaron nuestros ojos en el cristal. Sus pupilas estaban grandes, muy grandes. Su gargantilla de oro temblaba con cada respiración, y las pulseras chocaban contra la balda en un sonido metálico que se mezclaba con su jadeo.

Cuando entré del todo, se quedó quieta un momento, casi sin respirar. Después separó la espalda del estante y empezó a moverse contra mí. Lento al principio. Más rápido después. Con sus uñas rojas clavadas en la madera. Yo le bajé los tirantes del vestido y sus pechos se soltaron contra mis manos. Pesados, calientes, demasiado para mí.

—Despacito, despacito —repetía—. Pero no pares.

***

Lo vi todo en el espejo: yo detrás, ella delante, su cara descompuesta, la boca abierta, los ojos brillantes. Cualquier persona que entrara en esa enfermería habría visto a un hijo y a su madre haciendo lo que ningún hijo hace con su madre. Yo no podía pensar en eso. Solo podía mirarla.

—Mírame —le dije al espejo.

Ella levantó la cabeza. Se buscó en el cristal. Sonrió un poco, con vergüenza, con orgullo, con todo lo que una madre no debería sentir mientras su hijo la sostiene así.

—Tú aprendiste esto solo, ¿verdad? —susurró.

—Aprendí mirándote a ti, mamá.

Cerró los ojos. Fue suficiente. Yo apreté los dientes y terminé dentro de ella, agarrado a sus pechos, con los dos cuerpos chocando contra el estante hasta que algo cayó al suelo. Ella se corrió un segundo después, en un sollozo seco que me dolió en el pecho.

Tardamos un minuto en separarnos. Quizá dos. Quizá una eternidad. Cuando salí de ella, le miré la espalda. Estaba marcada por el filo del estante. Le bajé el vestido con cuidado, le ajusté los tirantes, le besé el hombro.

—Mamá.

—No hables todavía —dijo, con la frente aún apoyada en la madera.

Se giró despacio. Tenía el rímel corrido en una sola raya negra. Me miró con los ojos vidriosos y me apartó el pelo de la frente con los dedos. Las uñas rojas me rascaron el cuero cabelludo.

—Esto no se vuelve a repetir —dijo, sin convicción.

—Vale.

—Lo digo en serio, Iván.

—Vale, mamá.

—Soy tu madre.

—Lo sé.

Me dio un beso en la frente. Largo. Cerró los ojos al hacerlo. Y luego, antes de soltarme, me cogió la mano y se la apoyó un segundo más en su cintura, como si quisiera asegurarse de que existía.

***

El partido lo perdimos por incomparecencia. Volvimos a casa en el coche sin hablar, los dos con los pelos sudados pegados a la frente. Cenamos pizza congelada y vimos una serie tonta de la tele hasta tarde. Cuando me fui a la cama, ella se asomó al pasillo en bata y me miró sin decir nada, mucho rato. Luego cerró su puerta.

Hace tres semanas de aquello. Mi padre sigue en Buenos Aires. Mi madre sigue trabajando en la piscina y poniéndose roja cuando me ve salir del agua. Cada vez que me cruzo con ella en la cocina por las noches, los dos sabemos que en algún momento alguno de los dos cederá otra vez. La regla de no repetirlo se rompió la segunda noche. La tercera fue ella la que vino a mi habitación. La cuarta no la cuento.

Me prohibió decírselo a nadie. Me prohibió pensar en eso fuera de casa. Me prohibió enamorarme de ella. Esa última fue la única regla que ya rompí.

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Comentarios (5)

Mati_2302

increible!!! de los mejores que lei en esta categoria

Jorge_Tucuman

Por favor que haya continuacion, me quede con muchisimas ganas de mas

CarmenRio

Me encanto como esta narrado, se siente real sin pasarse de la raya. Muy buen trabajo

NataliaBsAs

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace tiempo jaja... los nervios de ese momento son unicos. Gran relato

Gonzalo_P77

El detalle de la enfermeria le da un toque muy original, no habia leido algo asi en esta seccion. Sigue asi

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