Mi madre apareció en mi piso para cobrar la deuda
La gente repite que la venganza es un veneno que se traga quien la cobra. Yo nunca estuve tan seguro. Lo que viví aquella noche en mi piso de estudiante todavía me persigue, y no exactamente como un castigo. Me persigue como un recuerdo del que no consigo desprenderme, aunque hayan pasado años.
Tenía veinte años cuando Roxana apareció sin avisar en la puerta de mi departamento. Llevaba dos años fuera del pueblo, viviendo en la ciudad, intentando convertirme en ingeniero a base de turnos partidos en una pizzería del centro y noches enteras frente a los apuntes. La universidad pública me había aceptado con una beca corta y yo me aferraba a ella como a un salvavidas.
Mi madre nunca aprobó del todo que me marchara. Decía que la ciudad iba a tragarme, que las mujeres de allí no servían para cuidar a un hombre, que volvería con el rabo entre las piernas antes de Navidad. Yo respondía con monosílabos por teléfono y, poco a poco, fui dejando de llamar.
Esa tarde subí los cuatro pisos cargado con la mochila y la encontré en el rellano, apoyada contra la pared, con dos bolsas de supermercado a los pies y una sonrisa que no era la sonrisa de cualquier madre.
—Mira lo que me trajo el destino —dijo, soltando las bolsas para abrir los brazos.
Roxana acababa de cumplir cuarenta. Tenía la piel tostada de quien pasa las tardes en el patio, el pelo negrísimo cortado al estilo paje y un cuerpo que en el pueblo era una pequeña leyenda. Los pechos nunca habían sido lo suyo, pero la cintura se le estrechaba como en una caricatura y las caderas le explotaban en unos muslos firmes y en un trasero del que la gente hablaba en voz baja.
—Mamá, ¿qué haces aquí?
—¿Qué clase de pregunta es esa? —respondió, agarrándome del cuello con las dos manos para plantarme un beso largo en la frente—. Vine a ver a mi hijo, vine a cocinarle, vine a recordarle que tiene madre.
La hice pasar. El piso era apenas un salón con cocina americana, un baño minúsculo y un dormitorio sin ventana. Ella miró todo con los brazos cruzados, asintió como quien evalúa un terreno que va a comprar, y se metió en la cocina.
—Te voy a hacer pastel de carne. Tu favorito.
—No tengo hambre, mamá.
—Tendrás hambre cuando lo huelas.
Diez minutos después se palpó los bolsillos con cara de fastidio.
—Olvidé los tomates. ¿Hay un súper cerca? Yo no me oriento en estas calles.
Bajé sin pensarlo. Tardé veinte minutos en volver con los tomates y dos cervezas que ella no me había pedido. Cuando entré, mi madre estaba acomodando un pequeño florero de cerámica sobre la repisa del televisor, ajustándolo de tal manera que apuntara directamente al sofá.
—Quedaba muy soso el salón —dijo sin girarse—. Lo traje del pueblo, para que tengas algo de casa.
Cenamos en la mesita baja porque la otra estaba cubierta de carpetas. Roxana sirvió dos platos enormes, descorchó una botella de vino tinto que también traía en la bolsa, y me llenó la copa antes de que yo pudiera negarme.
—Está buenísimo —dije, y era verdad.
—Si tan rico te parecía, ¿por qué no fuiste ni una sola vez al pueblo en dos años?
Levanté la vista. Su tono había cambiado.
—Mamá, te lo expliqué mil veces. Trabajo y estudio. No me alcanza el sueldo para el bus. Te llamo cuando puedo.
—Cuando puedes —repitió, y dejó el cubierto en el plato—. ¿Sabes cuántas veces me llamaste el último año? Cuatro. Cuatro llamadas. Tres de menos de un minuto. La última fue para pedirme la receta del arroz con leche.
—Mamá…
—No, déjame terminar. Tu padre se fue cuando tenías once años. ¿Te acuerdas de eso? Yo me partí la espalda para que tú pudieras estudiar. Y tú, en cuanto pudiste, hiciste exactamente lo mismo que él. Te fuiste y no miraste atrás.
Eso no era cierto del todo, pero tampoco era una mentira.
—Vine porque te extrañaba —dijo más bajo—. Pero también vine a cobrarme algo, Damián. No te voy a mentir.
—No entiendo de qué hablas.
—Lo vas a entender.
Se levantó, se inclinó por encima de la mesita y me agarró la nuca con los dedos abiertos, como quien sujeta una jarra. Su boca cayó sobre la mía antes de que yo pudiera apartarme. No fue un beso de madre. Fue un beso largo, húmedo, con la lengua entrando hasta donde no debía entrar, buscándome los dientes, la mía, el fondo del paladar, y duró lo suficiente para que se me cortara la respiración. Me chupó el labio de abajo, me lo mordió con calma, y volvió a meterme la lengua hasta que sentí su saliva escurriéndoseme por la comisura.
Cuando me soltó, el plato se había caído al suelo y yo tenía una erección absurda tensándome los vaqueros, tan marcada que ella la miró sin esconderlo, se relamió, y me pasó un dedo por encima de la tela.
—Mírala —dijo bajito—. La polla dura de mi hijito. No te dio vergüenza ponértela así por tu madre, ¿verdad?
—¿Qué carajo te pasa? —conseguí decir.
—Llevo meses pensando cómo hacerte pagar por dejarme sola, hijo. Y se me ocurrió que la mejor manera de que no te olvides nunca de mí es darte algo que no puedas contarle a nadie.
—Estás loca.
—Puede ser.
Se quitó los pantalones de un solo movimiento, sin urgencia, como quien se descalza al volver a casa. Debajo no llevaba ropa interior. Las nalgas le cayeron pesadas al aire del salón, redondas, marcadas, con la raya profunda y el coño oscuro y ya brillante entre los muslos. Yo retrocedí hasta el sofá.
—Mamá, no.
—Calladito.
Intenté levantarme y echar a correr hacia la puerta. Ella fue más rápida. Me alcanzó por las muñecas, me tiró sobre el sofá con una fuerza que no le conocía, y me trabó la cabeza entre los muslos antes de que yo pudiera estirar las piernas. Sentí la presión cerrarse alrededor de mi cuello como una tenaza tibia. Su perfume —a coco y a algo más oscuro, más de hembra— me llenó la nariz junto con el olor limpio y ácido de su coño mojado a dos dedos de mi boca.
—Mamá, suéltame —jadeé—. No puedo respirar.
—¿Te das cuenta? —dijo, apretando un poco más—. Así me sentía yo cuando pasaban los meses sin saber nada de ti. Como si me faltara el aire.
—Por favor.
—Te suelto si dices algo por mí. Repítelo: «soy de mamá».
—No.
Apretó. La habitación empezó a oscurecerse en los bordes. Le golpeé el muslo con la palma abierta y ella ni se movió.
—Soy de mamá —escupí.
—Otra vez.
—¡Soy de mamá!
Aflojó. Yo tomé aire en grandes bocanadas, la cabeza todavía atrapada entre sus piernas, las mejillas mojadas sin haberme dado cuenta. Cuando me incorporé un poco, ella ya me estaba empujando hacia abajo. Su mano me agarró del pelo y me hundió la cara contra su coño abierto, sin transición, sin permiso.
—Saca la lengua —ordenó.
—Mamá…
—Ni una palabra más. Chúpame. Chúpale el coño a tu madre, hijito, que para eso te parí.
Obedecí. Saqué la lengua y la hundí entre los labios hinchados de mi madre, notando el flujo espeso, tibio, salado, entrándome en la boca. Ella soltó un gruñido corto, casi de sorpresa, y me apretó la cara con las dos manos, restregándose de arriba abajo hasta que su clítoris quedó atrapado contra mi lengua. Ahí paró.
—Ahí, mi amor. Justo ahí. Chupa despacio, sin dientes, como si te estuvieras tomando un caramelo.
Chupé despacio. Le mamé el clítoris como me lo pidió, con la punta de la lengua primero y después con toda la boca, tirándole suave, dejando que se le hinchara entre mis labios. Sentí cómo se le encogía el vientre contra mi frente, cómo se le tensaban los muslos alrededor de mis orejas. Cada tanto me daba un tirón leve del pelo y susurraba que las putitas obedecen, que las putitas no piensan, que las putitas saben para qué tienen lengua. Me hizo bajar hasta la entrada del coño y meter la lengua adentro, follándosela con la boca, hasta que ella misma se cabalgaba contra mi cara sin ningún pudor.
—Métemela más adentro. Más. Así. Cómete todo lo que sale, no te atrevas a escupir nada.
Yo no escupí nada. Me tragué todo lo que ella soltaba, con la nariz aplastada contra su pubis y el sabor de su sudor entrando en mi boca. Roxana se mecía cada vez más rápido, agarrándome la cabeza con las dos manos, suspirando como si por fin estuviera respirando bien. Cuando el primer orgasmo la agarró, me apretó la cara con tanta fuerza que pensé que iba a asfixiarme entre sus muslos, y me llenó la boca de un líquido más denso, más caliente, que me chorreó por el mentón y me manchó el cuello de la remera.
—Trágatelo. Trágate a tu madre entera.
Tragué. Tragué con arcadas y con los ojos llorosos, pero tragué. Ella se quedó unos segundos quieta encima de mi cara, respirando, y me pasó los dedos por el pelo con una ternura absurda, como si acabara de peinarme para ir al colegio.
Yo sentía la cabeza pesada y la polla tirante dentro de los vaqueros, hasta el punto de dolerme. Algo en mí se había roto sin permiso.
—Date la vuelta —dijo, jadeando.
***
Lo que vino después lo recuerdo a saltos, como si hubiera sido otro el que estuvo allí.
Roxana se sentó sobre mi cara con todo su peso, acomodándome contra el respaldo, y me dejó respirar entre cada subida. Me hizo besarle el trasero entero, despacio, marcando cada beso con la lengua, desde el hoyuelo bajo de la espalda hasta la parte más gorda de las nalgas. Después me abrió el culo con las dos manos y me obligó a lamerle el ojete.
—Ahí también, hijo. Métemela ahí adentro. Sin asco. Que le cuentes a tu madre por dentro cómo la extrañabas.
Le hundí la lengua en el culo. Le di vueltas, se lo abrí, se lo dejé bien mojado hasta que ella se retorció encima de mí y me llamó marrano con una voz ronca que no le conocía. Cuando terminó de restregarse, me volvió a sentar de un empujón y me bajó los vaqueros con la misma calma con la que se había quitado los suyos. La polla me saltó dura, roja, con una gota gruesa colgándome de la punta. Ella la miró, chasqueó la lengua, y se agachó sin previo aviso a metérsela hasta el fondo de la garganta.
—Mierda, mamá —gemí sin querer.
Roxana no contestó. Me la chupó entera, con los ojos clavados en los míos, dejando hilos gruesos de saliva colgándole del mentón. Me sacaba la polla de la boca, escupía encima, la volvía a tragar, me hacía chocar los huevos contra su barbilla. Cuando le pareció que ya estaba lo bastante mojada, se irguió, me miró con una calma que daba miedo, y se subió encima a horcajadas.
—Sin condón —dijo cuando vio que yo iba a hablar—. A las putitas se las coge sin condón. Y a los hijos también.
Se guio con la mano, apoyó la punta de mi polla contra su coño abierto y bajó de un solo golpe. Yo grité. Ella se rio con la boca abierta, echó la cabeza hacia atrás y empezó a moverse encima con violencia, agarrándome la cara, dándome bofetadas suaves entre beso y beso, llamándome cosas que en otra vida me habrían hecho llorar de rabia y que aquella noche, no sé por qué, me hacían apretar los dientes y pedir más.
—Mírame, Damián. Mírame a los ojos. Esta es tu madre y te está cogiendo. ¿Me oyes? Tu madre. La que te bañaba, la que te limpiaba el culo. Ahora te lo está cogiendo con su coño. Repítelo.
—Me estás cogiendo, mamá.
—Más fuerte.
—¡Me estás cogiendo con tu coño, mamá!
—Así, mi vida. Así.
La oía perfectamente. Perfectamente sentía también cómo su coño me apretaba la polla de arriba abajo, cómo el líquido caliente le chorreaba por dentro de los muslos hasta mancharme el pubis, cómo cada bajada de su culo contra mis huevos hacía un chasquido húmedo que llenaba el salón entero.
El coño de mamá es más apretado que cualquier otro que probé en la ciudad, pensé, y enseguida me odié por haberlo pensado. Y sin embargo se lo dije en voz alta, porque ella me tiró del pelo y me obligó a decirlo.
—Dime cómo lo tengo. Dime cómo tiene el coño tu madre.
—Apretado. Lo tienes apretado, mamá. Mejor que cualquiera.
—Mejor que las putitas de la ciudad, ¿verdad?
—Mejor.
—Buen hijo.
Me escupió en la boca y siguió cabalgándome. Cada vez que sentía que yo estaba por venirme, disminuía el ritmo, me agarraba los huevos con la mano y me los apretaba justo hasta el borde del dolor, obligándome a aguantar. Me tuvo así minutos enteros, subiendo y bajando, sacándose mi polla del coño para pegarse cachetadas con ella contra el clítoris, volviéndola a meter cuando le daba la gana.
Después se dio vuelta, quedando de espaldas a mí, se inclinó hacia adelante apoyando las manos entre mis rodillas y me guio la polla contra su ojete todavía brillante de saliva. Se sentó de un solo golpe, como quien se sienta en una silla conocida. Yo grité. Ella también, pero por otro motivo.
—Aguanta, hijito —dijo entre dientes—. No se te ocurra acabar antes que yo. Si lo haces, te juro que te arrepientes.
Aguantar fue casi imposible. Su culo tragaba con un ritmo que parecía ensayado, apretándome la verga con un anillo de carne caliente que me nublaba la vista. Cada vez que yo sentía que iba a romperme, ella se detenía, respiraba dos veces despacio, se llevaba dos dedos a la boca, se los mojaba y se los metía en el coño para masturbarse mientras yo seguía enterrado en su culo. Después volvía a moverse, subiendo la cadera hasta dejarme la punta apenas dentro, y bajando de golpe hasta la raíz.
—Escúchame bien —jadeó, mirándome por encima del hombro—. Cuando yo te avise, te vienes adentro. Adentro del culo de tu madre. Nada de sacarla, nada de tirarla afuera. Que me llegue hasta las tripas. ¿Me oíste?
—Sí, mamá.
—Sí, ¿qué?
—Sí, mamá, me vengo donde me digas.
—Buen chico.
Cuando finalmente ella se corrió, lo hizo con un grito ronco que debió oír el vecino, apretándose el coño con los dedos y clavándome las uñas de la otra mano en el muslo. Su culo se cerró alrededor de mi polla con una fuerza que no me dejó opción. Me dejé ir un instante después, vaciándome dentro del culo de mi propia madre con una claridad de cabeza que me asustó más que todo lo anterior. Sentí cada chorro saliendo de mí y llenándola por dentro, largo, espeso, uno detrás de otro, mientras ella se reía por lo bajo y se meneaba encima para no perderse ni una gota.
Cuando terminó de exprimirme, se levantó despacio. Un hilo blanco le chorreó del culo por la parte de atrás de un muslo. Se pasó dos dedos por ahí, se los llevó a la boca y los chupó mirándome fijo.
—Rico. Mi hijo sabe rico.
Se desplomó a mi lado, sudando, riéndose por lo bajo.
—Dicen que la venganza te deja vacío. A mí me dejó llena. Llena de mi hijo, encima.
Yo no podía hablar. Miraba el techo y trataba de entender qué acababa de pasar.
—Eso fue… —empecé, sin terminar.
—Eso fue el principio —dijo ella, y se levantó del sofá como si nada—. Todavía me debes mucho, Damián.
***
Mientras se vestía, fue hasta la repisa y agarró el florero de cerámica. Lo giró con cuidado en sus manos. Solo entonces vi la lente diminuta entre las flores secas.
—¿Lo grabaste? —pregunté con un hilo de voz.
—Cada minuto. Sonríe a la cámara, mi amor.
—Mamá, no puedes…
—Sí puedo. Y voy a poder. Desde ahora vas a venir al pueblo todos los domingos. Vas a dormir en tu cuarto. Vamos a cenar juntos, vamos a ver la novela, y después de la novela vas a hacer todo lo que yo te pida. Si faltas a un solo domingo, si me pones una cara fea, si me hablas con desgana, este video aparece en internet con tu nombre y tu apellido. ¿Me estás escuchando bien?
Asentí. No me salía la voz.
—Bueno —dijo, terminando de abrocharse los pantalones—. Me voy al hotel. Mañana tengo bus a las siete. Pórtate bien con tus apuntes, hijo.
Se inclinó, me besó en la frente con la misma ternura con la que me había besado al llegar, y salió del piso cerrando despacio la puerta detrás de ella.
Me quedé en el sofá un rato largo, desnudo de cintura para abajo, con la polla todavía brillante y el semen ajeno secándoseme en el vientre, mirando el florero como si fuera un animal a punto de saltar. Después me levanté, me metí en la ducha y dejé que el agua corriera sin enjabonarme. Tenía la nuca tibia y un sabor extraño en la boca.
Esa noche no dormí. No supe si lo que había vivido era un castigo o un premio, una humillación o una bienvenida. Lo único que tenía claro, mientras la madrugada empezaba a colarse por el respiradero del baño, era que el domingo siguiente iba a tomar el primer bus al pueblo.
Y que Roxana lo sabía.