La vecina trans que me empujó hacia mi madre
Diego estaba boca arriba en la cama, masturbándose en silencio con los ojos cerrados. Apenas habían pasado tres horas desde la fiesta de fin de curso y todavía le ardía en la cabeza la imagen de Camila arrodillada en el baño del pub, tragándose su polla con un descaro que no había visto nunca. Su vecina trans, la del cuarto de enfrente, la que llevaba meses mirándole desde su ventana como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Subía y bajaba la mano por el tallo, recordando los labios carnosos cerrándose alrededor del glande, cuando oyó pasos en el pasillo. Apenas le dio tiempo a taparse con la sábana.
—¿Diego? —llamó su madre antes de empujar la puerta.
Marisol cruzó la habitación sin encender la luz y se sentó en el borde de la cama. Llevaba un camisón de gasa fina que ya le había visto otras veces, pero esa noche, con la única claridad de la lámpara del pasillo, le pareció verla por primera vez. La tela transparentaba los pechos, las areolas oscurecían dos manchas en el camisón, los pezones se marcaban duros bajo el algodón.
—Cuéntame, cariño. ¿Qué tal la fiesta?
—Bien —respondió él, esforzándose por que la voz le saliera natural.
—¿Solo bien? —insistió ella, jugando con un mechón de su pelo.
—Bien, mamá. De verdad.
La erección seguía firme bajo la sábana, levantando el tejido en un bulto que cualquiera habría notado a la primera. Diego se concentró en no mover ni un milímetro mientras Marisol le sonreía con esa ternura habitual, ajena al estado en que estaba su hijo. No podía dejar de mirarle los pezones.
Lo que dijo Camila no puede ser verdad. Mi madre no es así.
Esa tarde, antes de mamársela en el baño del pub, su vecina le había soltado entre risas que a Marisol la había visto entrar al portal de madrugada más de una vez, siempre con hombres distintos. Que tenía pinta de mujer muy necesitada. Que un día iba a saltar sobre alguien, y por qué no su propio hijo. Él se había reído sin reírse, dispuesto a olvidarlo en cuanto saliera del baño. Pero ahora, con su madre tan cerca y el camisón sin esconder nada, las palabras volvían en bucle.
Sin pensarlo del todo, la mano libre rozó la cadera de Marisol. Ella no la apartó. Diego la deslizó un poco más, fingiendo que era un gesto inconsciente, y encontró la nalga firme, prieta. La apretó muy levemente, esperando una reprimenda que no llegó.
—Deberías salir más con chicas, Diego. Ya tienes edad —murmuró ella, y al chico le pareció notar que se acomodaba un milímetro para dejarle más espacio en la mano.
—Sí, mamá.
La polla le dio un tirón bajo la sábana. Marisol bajó la vista un segundo —apenas un parpadeo— y la apartó enseguida hacia la ventana, fingiendo no haber visto nada. Pero se había sobresaltado. Ahora le acariciaba el pelo con un ritmo distinto, más rápido.
—Me voy ya, que mañana entro pronto —dijo de pronto.
Le dio un beso en la mejilla, se levantó y salió hacia el baño con prisa. Diego oyó el grifo abierto, oyó el agua corriendo demasiado tiempo, oyó luego un suspiro largo. Sonrió a oscuras. Tal vez Camila no estaba tan equivocada.
***
El ruido de una persiana en el patio le sacó de la cama. Se asomó con cuidado y vio a Camila en su cuarto, justo enfrente. Había encendido la lámpara del escritorio y se desabrochaba la blusa frente al espejo, despacio, sabiendo perfectamente que él estaría mirando. Se la deslizó por los brazos, la dejó caer al suelo y se quedó delante del cristal con las tetas al aire, amasándoselas con las dos manos.
Sus tetas no eran las de una mujer cualquiera. Eran redondas, llenas, con unas areolas pequeñas y oscuras. Los tratamientos hormonales le habían dado todo lo que ella había pedido. Y debajo, escondida bajo la falda, conservaba lo que él había chupado sin querer aquella tarde.
Levantó la vista, le buscó en la ventana de enfrente y le hizo el gesto inequívoco con la mano.
—Mañana a las cinco —dijo en voz baja, exagerando los labios para que él leyera—. Si no vienes, hablo con tu madre.
—No —musitó Diego, aunque ella no podía oírle.
Camila entendió de todas formas que estaba dudando. Endureció la cara y dibujó con los labios la frase que más le aterraba: «Le digo lo del baño». Después bajó la persiana de golpe y le dejó a oscuras.
Diego no durmió. Pasó la noche dando vueltas, buscando una excusa para no aparecer al día siguiente, sin éxito. Estaba de vacaciones, su madre se iba a trabajar a las ocho y volvía a las cuatro y media. No había forma de esconderse.
***
Marisol llegó del trabajo a la hora de siempre. Diego estaba en el sofá fingiendo ver la televisión cuando ella cruzó el salón. Llevaba un vestido azul oscuro que le marcaba todo el cuerpo. Hasta entonces, él no había prestado atención a la silueta de su madre; ahora, después de la noche anterior y de lo que Camila le había metido en la cabeza, no podía mirar otra cosa.
El escote dejaba ver un canalillo que juraría no haber visto nunca. Las caderas anchas, el vientre plano, un culo respingón que se balanceaba al caminar. Diego apartó la vista cuando ella se volvió y subió corriendo a su cuarto antes de que la erección se le notara.
—¡Diego! —le llamó desde el baño minutos después—. ¿Me alcanzas una toalla del armario?
Cogió una y entró con los ojos casi cerrados, sujetando el bulto del pantalón con la mano libre. Marisol estaba bajo la ducha, con la cortina corrida hasta la mitad. Le tendió la toalla sin mirar.
—Bobo —se rió ella—. Abre los ojos o vas a chocarte.
Los abrió por reflejo. La cortina seguía protegiendo casi todo el cuerpo, pero al darse la vuelta para salir, el espejo de la puerta le devolvió la imagen entera: las tetas blancas con las areolas grandes, el vientre, un triángulo de vello castaño que descendía hacia el sexo. Marisol no le veía. Diego salió muy despacio, sin perder detalle, y cerró la puerta procurando que el chasquido fuera lo más silencioso posible.
Llegó a su habitación con la polla golpeando la cremallera. Iba a empezar a masturbarse pensando en su madre cuando sonó el timbre. Se la colocó como pudo y bajó.
—Hola, vecino —dijo Camila desde el rellano, en voz alta para que Marisol la oyera desde el pasillo—. Necesito que me eches una mano con una lámpara. ¿Tienes un rato?
Marisol apareció enseguida, sonriendo con esa amabilidad de barrio que reservaba para los vecinos. Las dos se saludaron con dos besos. Diego vio cómo la mirada de su madre bajaba al escote de Camila, breve pero descarada, antes de volver a la cara.
—Vaya madre más guapa tienes, Diego —dijo Camila con una sonrisa de oreja a oreja—. Y qué bien educada está.
—Gracias, qué amable —contestó Marisol—. Si quieres, vienes a cenar con nosotros cuando acabéis con la lámpara. He hecho de más.
—Encantada.
Cerraron la puerta y bajaron las escaleras. Diego notaba la mirada de Camila clavada en él. Sabía perfectamente para qué le había hecho subir.
***
En cuanto entraron en su piso, Camila echó la llave por dentro y le empujó contra la pared del recibidor. Le besó con un descaro absoluto, metiéndole la lengua y mordiéndole el labio inferior.
—Ya has oído a tu madre —susurró—. «Échale una mano a tu amiga en todo lo que necesite».
—Yo… yo no quiero —intentó él.
—Yo, yo, yo —se burló ella—. Calla la boca, putito.
Le desabrochó el pantalón y se lo bajó hasta media pierna. La polla saltó hacia fuera, ya dura. Camila se arrodilló sin dejar de mirarle y empezó a sacudírsela con los dedos, despacio, mientras le hablaba con la voz fija en sus ojos.
—¿Alguna vez te la ha comido tu madre?
—No —respondió Diego, como si la pregunta misma fuera una blasfemia.
—Pues lo está deseando. ¿No has visto cómo te miraba ahora mismo en la puerta? Esa mujer tiene el coño hirviendo desde hace años.
—No digas eso.
—Ya viste cómo me miró el escote a mí. ¿Y si su gusto no es lo que tú crees? ¿Y si lo que la pone es lo que tienes tú entre las piernas, y no algún viejo del trabajo?
Diego cerró los ojos. La imagen de Marisol bajo la ducha le había quedado clavada. Las tetas blancas, el vello del pubis, los pezones grandes. Imaginárselas envolviéndole la polla le aceleró la respiración.
Camila lo notó. Le pasó la lengua por el glande, recogió una gota de líquido preseminal y se la enseñó antes de tragársela.
—Esta noche, cuando vuelvas a casa, tienes que comprobarlo —dijo—. Cuando estéis solos, métele la mano por debajo del camisón. Si te aparta, te aparta. Pero te apuesto lo que quieras a que esa puta abre las piernas en cuanto la toques.
—Cállate —pidió él sin convicción.
—Dime cómo te la imaginas chupándotela.
—Como tú esta tarde.
—Pero mejor, putito. Mejor, porque es tu madre y ha tenido años para aprender. —Le metió la polla entera en la boca, hasta la garganta, y la mantuvo allí unos segundos—. Cuando te corras en su boca, te acuerdas de mí.
Mamó con tanta saña que Diego apenas pudo aguantar dos minutos. Le clavó las manos en el pelo y se vació hasta la última gota. Camila tragó todo sin separarse, lamió el glande dos veces más y se incorporó con la barbilla brillante.
—Y ahora te toca a ti.
—No.
—Sí. —Le empujó por los hombros hasta que él quedó de rodillas—. Lo has hecho conmigo, lo vas a hacer otra vez. Y vas a aprender, porque cuanto mejor lo hagas, mejor sabrás lo que tienes que pedirle a tu madre.
Diego tenía la polla de Camila a un palmo de la cara. Era oscura, más larga que la suya, con un glande grande y húmedo. La olió sin querer, y el olor le mareó. No me gustan las pollas. No me gustan los hombres. Ella no es un hombre. ¿Esto qué es?
Camila le sujetó la cara y le empujó suavemente hacia delante. El glande le rozó los labios, dejándole una hilera de humedad. Diego sacó la lengua de manera refleja, recogió el sabor salado y, sin saber bien por qué, abrió la boca.
—Eso es, zorrita. Despacio, que te dé tiempo a saborearla.
La metió todo lo que aguantó. Le subieron las arcadas y se retiró. Camila le acarició la nuca con una paciencia que sorprendía después de la prisa con la que le había arrancado los pantalones.
—Otra vez. Y respira por la nariz.
Diego obedeció. Mientras chupaba, ella seguía hablándole sin parar, susurrando frases que se le clavaban en la cabeza.
—Imagínate a tu madre haciéndote esto. Su boquita en tu polla. Su lengua subiendo y bajando. Imagínatela mirándote desde abajo como te miro yo ahora.
El chico cerró los ojos e imaginó a Marisol arrodillada en el suelo del recibidor de su piso, los pechos colgando del camisón abierto, la boca llena de su verga. La polla le tembló otra vez dentro de la boca de Camila.
—¿Qué le vas a decir esta noche cuando entre a darte las buenas noches? —preguntó ella sacándosela de la boca un instante.
—Que…
—Dilo, putito. Suéltalo.
—Que me la chupe. Como hace con los del trabajo.
—Eso. Otra vez.
—Que me la chupe, que es una puta, que se la mete en la boca y se traga toda mi leche.
Camila gimió como si lo que él decía le hiciera más efecto que la mamada. Le metió otra vez la polla en la boca y empezó a follársela despacio, sin saltarse el ritmo. Diego se rindió. Notaba la suya más dura que nunca, restregada contra la baldosa, y la imagen de su madre con la boca abierta sustituyendo a Camila cada dos embestidas.
—Ahora me corro —avisó ella apretándole el pelo—. Te vas a tragar hasta la última gota, y mañana cuando veas a tu madre te vas a acordar de a qué sabe.
Diego no pudo apartarse aunque hubiera querido. Sintió el primer chorro caliente contra el paladar, después otro, después dos más. Tragó como pudo, ahogándose, mientras Camila le sostenía la cabeza con las dos manos. Cuando le soltó, una hebra de semen le caía por la barbilla hasta el cuello.
***
Se levantó en silencio y se metió en el baño. Se miró al espejo y se vio. Los labios húmedos, el cuello manchado, los ojos rojos. Se le revolvió el estómago. Vomitó un poco en el lavabo, abrió el grifo y se enjabonó la boca tres veces seguidas. No me vas a volver a llamar. No me vas a volver a tocar. Eso era lo que iba a decirle en cuanto saliera.
Pero antes de abrir la puerta del baño, sonó el timbre del piso. Diego se quedó paralizado. Oyó la voz de Camila al otro lado, alegre y normal, abriéndole a su madre.
—Hola, Marisol. Tu hijo es un campeón. Si no llega a ser por él, no acabo hoy.
—Cuánto me alegro —contestó su madre desde el rellano, encantada—. Venid a casa, que la cena ya está.
Diego cerró el grifo. Se secó la cara. Se miró por última vez al espejo y descubrió, con un escalofrío que no supo si era miedo o ganas, que tenía la polla otra vez dura debajo del pantalón.