Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que vi por la puerta entreabierta esa madrugada

Me llamo Bruno y tengo diecinueve años. Soy castaño, más bien flaco, y arrastro desde hace tiempo una fijación por el sexo que raya en lo obsesivo. Me gusta todo de las mujeres, desde el pelo hasta la forma en que se atan los zapatos. Cuando alguna me llama la atención por la calle intento grabarme cada detalle, porque después, a solas en mi cuarto, esos detalles trabajan por mí: la curva de un culo debajo del vaquero, la sombra de un pezón marcándose en la tela, el hueco entre los muslos cuando se sientan. Con esos flashes me la casco por las noches como si me fuera la vida.

No es que tenga mucha experiencia. La timidez me come vivo a la hora de acercarme, así que mi vida sexual ha sido sobre todo una cosa de imaginación y de mano. Pero la imaginación, cuando uno la alimenta bien, puede ser más intensa que cualquier polvo real. Al menos eso me repetía yo antes de aquella noche.

En casa somos cuatro. Mis padres, que andan por los cincuenta, mi hermana Marina, que me lleva dos años, y yo. Con Marina tengo una confianza rara, de esas en las que nos contamos casi todo. Sé más de su vida amorosa que de la mía propia, porque ella sí ha tenido aventuras y, cuando vuelve de alguna, baja la voz y me da detalles que la encienden a ella mientras me los cuenta. Me ha llegado a contar cómo se la follaron contra la pared del baño de una discoteca, o cómo se le corrió uno en la boca la primera vez que se la chupó. Es rubia, delgada, con un culo del que está claramente orgullosa: usa pantalones que se lo marcan hasta la raja y faldas que se balancean al caminar. Me he fijado, claro. Es imposible no fijarse. Pero nunca había cruzado esa línea con el pensamiento.

De mis padres había poco que contar hasta esa noche. Mi padre es de los que llega del trabajo, habla un rato, lee y se duerme delante de la tele. Mi madre es otra cosa: cuida lo que come, va al gimnasio tres veces por semana y, a pesar de la edad, tiene una presencia que no pasa desapercibida. El pelo negro siempre brillante, las piernas firmes de tanto entrenar y unas tetas grandes, de las que tensan la ropa sin que ella se lo proponga. Lo escribo y me cuesta, pero es la verdad: mi madre está buena, muy buena, y esa noche aprendí lo que eso podía significar.

***

Me cuesta dormir. Soy de los que se quedan dando vueltas a los exámenes, a las cosas pendientes, a tonterías. En esas horas de duermevela la casa se vuelve un mapa de sonidos: el motor de un coche en la calle, una cañería, el clic del termostato. Y, casi siempre, los pasos de mi madre por el pasillo. Hace una ronda silenciosa antes de acostarse, se detiene un segundo en mi puerta para comprobar si sigo despierto y después en la de Marina. Luego vuelve el silencio y, tarde o temprano, me duermo.

Aquella noche no había manera. Mi madre hizo su ronda de siempre, oí cómo se alejaba hacia su cuarto, y cuando ya esperaba el silencio llegó otro ruido. Un siseo bajo, rítmico, que no supe identificar de inmediato. Venía del fondo del pasillo. Era parecido al roce de las sábanas cuando uno se gira en la cama, pero más constante, más intencionado. Me quedé quieto, conteniendo la respiración, intentando descifrarlo.

No tardé mucho. Mi cabeza calenturienta ató los cabos antes que mi sentido común. Están follando. El pensamiento me golpeó con una mezcla de incomodidad y curiosidad que no supe medir. La polla se me empezó a hinchar dentro del pantalón del pijama solo con la idea. Aparté la sábana despacio y puse los pies en el suelo frío.

***

Salí al pasillo con el sigilo de quien sabe que no debería estar haciendo lo que hace. El cuarto de mis padres estaba a pocos metros, y su puerta, como casi siempre, quedaba entreabierta. La luz de una farola de la calle se filtraba por la rendija de la persiana y dibujaba siluetas en la penumbra.

Asomé la cabeza con el corazón golpeándome las costillas. Y allí estaba la escena. Mi madre montada sobre mi padre, en pelotas, con las tetas colgando pesadas y los pezones oscuros duros como piedras. Se movía sobre él con una lentitud deliberada, deslizándose adelante y atrás, meciendo la cadera para restregarse el coño contra la polla enterrada dentro de ella. No sé si acababan de empezar o si iban despacio para no hacer ruido, pero el balanceo de su cuerpo recortado contra la poca luz era una de las imágenes más perturbadoras que había visto nunca. En cada vaivén se le oía un chapoteo húmedo, apenas audible, que dejaba clarísimo lo mojada que la tenía.

Poco a poco cambió el movimiento. Acomodó las rodillas a los lados del colchón y empezó a subir y bajar, también sin prisa. En cada ascenso alcanzaba a intuir la verga de mi padre, gorda y erecta, brillante de flujos, saliendo entera del coño de mi madre y volviendo a desaparecer dentro de un empujón lento. Mi madre apoyaba los brazos en la cama y dejaba escapar unos sonidos lejanos, más respiraciones hondas que gemidos, como si tuviera todo el cuidado del mundo en no despertar la casa. De vez en cuando aceleraba, se dejaba caer de golpe hasta el fondo, y de su garganta se escapaba un «ah» sordo que se apuraba a tragarse.

Sentí el cosquilleo de siempre, el aviso de que mi cuerpo había decidido por su cuenta. En segundos estaba duro, tenso contra la tela del pantalón, con la punta ya humedeciendo el algodón.

Mi padre subió las manos por la espalda de ella, le pellizcó los pezones —le arrancó un suspiro que casi no pudo contener— y volvió a bajarlas hasta el culo. Le agarró una nalga con cada mano, se las abrió como si estuviera enseñando un regalo, y se detuvo ahí, jugando, hasta que llevó un dedo al centro y trató de empujar contra el ojete. Mi madre, sin cortar su vaivén, le retiró la mano con suavidad, se llevó los dedos a la boca, los chupó bien mojados y fue ella misma quien lo hizo. Vi con una claridad absurda cómo se ayudaba con saliva y se metía el dedo por el culo despacio, con pequeños círculos, mientras la polla de mi padre le seguía entrando por el coño. Doblemente rellena, mi madre soltó por fin un jadeo más largo, dejó caer la cabeza entre los hombros y empezó a apretar los dientes para no gritar. Mi padre seguía mudo, acompañando solo con el pecho que subía y bajaba, con las manos ahora en las caderas de ella, ayudándola a subir y bajar más rápido.

***

Y entonces mi mente se desbocó. Apoyado en el marco de la puerta, en la oscuridad, empecé a imaginar lo que jamás me atrevería a hacer. ¿Y si entrara ahora mismo? ¿Y si me sumara a ellos? La idea era una locura, lo sabía, pero una vez que apareció no hubo forma de espantarla.

En mi cabeza me metía en el cuarto con la polla ya fuera del pantalón, apuntando al culo de mi madre. Ella se sorprendía al sentirme detrás, giraba la cara a medias y decía mi nombre con un hilo de voz —«Bruno… Bruno, no, hijo, ¿qué…?»—, y yo no contestaba, solo le sacaba el dedo del culo y lo reemplazaba de un empujón con mi verga. El primer reproche se le deshacía en un gemido largo, sucio, ese gemido de puta que ninguna madre debería soltar delante de su hijo, mientras notaba cómo la penetraba por detrás mientras mi padre la seguía follando por delante. Los dos la partíamos por la mitad, la polla de mi padre y la mía frotándose a través de la finísima pared que las separaba dentro de ella. Mi padre, lejos de detenerse, sonreía al ver a su mujer atrapada entre los dos, arqueada, la boca abierta, la baba cayéndole hasta el pecho. «Pero hijo, qué… qué haces…», y la frase se le rompía en mitad de cada embate, y en la frase siguiente ya estaba pidiendo: «más, más fuerte, dádmela los dos». Yo la agarraba de las caderas y la embestía hasta el fondo, mirando cómo ese culo rebotaba contra mi pelvis, mientras ella se agarraba las tetas con las dos manos, se las estrujaba y se pellizcaba los pezones, y pedía más, siempre más, hasta que se corría con las dos pollas dentro y nos empapaba a los dos.

Era una fantasía sucia, imposible, de una mente tan retorcida como la mía esa madrugada. Pero la viví entera detrás de aquella puerta, y mi cuerpo respondió a la fantasía como si fuera real. Sin pensarlo me había bajado la cintura del pantalón hasta los muslos y me tenía la polla en la mano, dura como una piedra, la punta ya perlada de líquido pidiendo movimiento. Empecé despacio, subiendo y bajando el prepucio, apretando bajo el glande donde más me gusta, en una postura que no era cómoda pero que no pensaba abandonar por nada del mundo.

***

Fue entonces cuando, al otro extremo del pasillo, apareció Marina.

Giré la cabeza de golpe. Ella me miraba con los ojos como platos, los brazos abiertos en un gesto mudo de «¿qué demonios haces?». Se había quedado clavada en el sitio, en camiseta y bragas, con las tetas pequeñas marcándose bajo la tela fina. Yo, en lugar de huir, le hice una seña con la barbilla: ven a ver esto. Marina ató cabos enseguida —mi postura, la polla en mi mano, la dirección de mi mirada, el siseo que salía del cuarto— y entendió qué estaba pasando dentro.

Se acercó de puntillas, con una mezcla de curiosidad y vergüenza pintada en la cara, y se asomó con muchísimo cuidado por encima de mi hombro. Apenas vio la escena retiró la cabeza, se tapó la boca con la mano y me miró como si yo estuviera completamente loco. Se llevó dos dedos a la sien y los giró, su forma de decirme que se me había ido la cabeza. Yo respondí con un gesto que solo quería decir una cosa: esto es increíble. Y bajé la vista hacia mi mano para que viera que no pensaba parar.

Pudo más la curiosidad que el reparo. Marina volvió a asomarse, y esta vez se quedó. Sentí su respiración caliente contra mi hombro, el roce de sus tetas pequeñas contra mi espalda cuando se acercó demasiado para ver mejor.

***

Dentro, mi madre seguía cabalgando a mi padre, con el dedo metido en su propio culo hasta los nudillos, ajena por completo a que dos sombras la espiaban desde el pasillo. La polla de mi padre entraba y salía brillante, y ahora se oía claramente el chapoteo del coño empapado tragándosela una y otra vez. Yo, como si mi hermana no estuviera a un palmo de mí, volví a cerrar la mano sobre mi verga y retomé lo mío, subiendo y bajando el puño, apretando cada vez que el culo de mi madre bajaba a fondo sobre la polla de mi padre.

Por el rabillo del ojo noté que Marina llevaba la mano al elástico de sus bragas. Primero fueron roces torpes por encima de la tela, restregándose el coño con la palma de la mano abierta, después pequeños círculos cada vez más concentrados sobre el clítoris. Levanté la vista hacia ella y comprobé que ya no me prestaba atención: tenía los ojos fijos en la cama, mordiéndose el labio. Su mano se detuvo un instante, buscó el borde elástico y se coló dentro. Vi el bulto de sus dedos moverse bajo el algodón, buscando el sitio, y cuando lo encontró soltó por la nariz un aire caliente que le rozó la clavícula.

En ese momento me miró. Negó despacio con la cabeza dos veces, como diciendo no puedo aguantarlo, me estoy poniendo demasiado, y siguió, ya con dos dedos claramente metidos dentro de sí misma bajo la tela, marcando círculos que la hacían respirar por la boca. Me di cuenta de que se estaba follando con los dedos a un metro escaso de mi polla al aire, y estuve a punto de correrme ahí mismo.

Desde la habitación llegó la voz contenida de mi madre.

—Me falta poco —susurró—. Métemela toda, hasta el fondo. Métela todo lo profundo que puedas.

Y bajó del todo, quedándose quieta, empujando hacia abajo como si quisiera que su marido la atravesara. Después, en un eco extraño de lo que yo había imaginado un minuto antes, se llevó las manos al pecho y se lo apretó, se pellizcó los pezones, tirando de ellos hacia afuera.

—Así, así, déjala ahí, quieta, dentro del todo —dijo, con la voz temblando—. Que la sienta… ah… que me llene…

Le vi arquear la espalda, apretar los muslos contra las caderas de mi padre, y contraer todo el cuerpo mientras se corría en silencio con la polla clavada hasta el fondo del coño. Le tembló el culo, le temblaron las tetas, y de la garganta se le escapó un gemido bajo que enseguida ahogó mordiéndose el dorso de la mano.

***

Aceleré el ritmo de mi mano, y creo que Marina hizo lo mismo. En algún punto dejó de mirar la escena y se apoyó de espaldas en la pared del pasillo, buscando una postura más cómoda. Se bajó las bragas por debajo de las nalgas de un tirón, sin pudor ninguno, y separó un poco los pies. A la escasa luz alcancé a ver el brillo de la mano entre sus muslos, los dedos entrando y saliendo del coño ya empapado, alternando los círculos sobre el clítoris con movimientos más profundos que la abrían por dentro. Tenía la cabeza echada hacia atrás contra la pared y los labios apretados. Con la otra mano se coló bajo la camiseta y se estrujaba una teta pequeña, se pellizcaba el pezón entre el pulgar y el índice.

De pronto se llevó la mano libre a la boca, casi con violencia, mordió la base del pulgar y cerró los ojos. Estaba a punto. Pero antes de llegar volvió a abrirlos, y en lugar de mirar a nuestros padres me miró a mí, a mi polla, a mi puño moviéndose sobre ella. Los volvió a cerrar enseguida, y un temblor le recorrió el cuerpo de arriba abajo; se deslizó un poco contra la pared, contrayéndose en pequeños espasmos que apenas conseguía sofocar con la palma sobre la boca. Los dedos, dentro del coño, se le quedaron enterrados, apretados por las contracciones. Se corrió así, mordiéndose la mano y mirándome, y creo que fue la imagen más obscena y más hermosa que le he visto nunca.

Cuando terminó se quedó un momento mirando el suelo, recuperando el aire, con los dedos aún dentro de sí misma. Después los sacó despacio, brillantes, y —esto no lo voy a olvidar nunca— se los llevó a la boca y los chupó uno por uno mirándome. Después alzó la vista, me buscó una última vez y me hizo un gesto hacia su cuarto: yo me voy. Asentí. Se subió las bragas, se alejó por el pasillo con pasos cortos y silenciosos, y me dejó solo con la escena.

***

Yo estaba a mil. La polla me palpitaba en la mano, tan hinchada que las venas se me marcaban en el dorso. Volví a concentrarme en la habitación, en mi madre que se había echado hacia atrás y seguía empalada, meciéndose lento con las manos en las tetas y la cabeza colgando. Mi padre por fin había empezado a moverse, la agarraba de las caderas y la clavaba desde abajo, más rápido, en embestidas cortas y secas que la sacudían entera. Sentí ese calor que sube desde los huevos y avisa de que ya no hay vuelta atrás. Puse la mano izquierda por delante para recoger todo, aceleré el puño hasta que me temblaron los muslos, y me corrí con la boca abierta y sin aliento, un chorro caliente y espeso tras otro contra la palma. Terminé en silencio, con los ojos clavados en la rendija de la puerta, en la imagen de mi madre estrujándose las tetas mientras mi padre le vaciaba la polla dentro, una imagen que a esas alturas se me había vuelto borrosa y febril.

Regresé a mi cuarto con el mismo sigilo con el que había salido, sobre todo para limpiarme la semen de las manos y para dejar que mis padres acabaran tranquilos. No me habían descubierto y no pensaba tentar a la suerte. Mientras me secaba los dedos oí, lejano, un «aaah» grave de mi padre, ese gruñido que se le escapa a un tío cuando por fin descarga. Había terminado. Mi madre, supuse, también, corrida por segunda vez con la polla de su marido bien clavada.

Me metí en la cama y entonces sí, caí dormido casi enseguida, con la polla aún blanda y pegajosa contra el muslo, y una sonrisa estúpida en la cara.

***

A la mañana siguiente mis padres desayunaban como cualquier otro día, repasando la agenda, comentando el tiempo, ajenos por completo a que la noche anterior habían tenido público. Marina y yo nos cruzábamos miradas por encima de las tazas y nos reíamos por lo bajo, cómplices de un secreto que solo nosotros conocíamos. Ella se pasó la lengua por el labio superior, despacio, sin dejar de mirarme, y yo tuve que bajar la vista al café porque se me volvió a poner dura debajo de la mesa.

Pero algo me quedó dando vueltas el resto del día, y todavía me lo pregunto. ¿Habría querido Marina hacer algo conmigo esa noche? Porque, si soy honesto, yo me la habría follado ahí mismo, en el pasillo, contra la pared, con nuestros padres corriéndose a tres metros. Y creo, por cómo me chupó los dedos, que ella también.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios(8)

NocheRL

tremendo!!! me mantuvo pegado a la pantalla hasta el final

Sombra_nocturna

Por favor publicá la segunda parte, quedé justo en lo mejor y no puedo creer que haya terminado ahí

RodrigoC83

Lo que mas me gustó es esa sensacion de tension que fuiste armando de a poco. Se nota que sabes narrar, no es facil mantener ese nivel de suspenso.

LeonNoche

buenisimo, hay continuacion??

pablito_87

jajaja el giro final no me lo esperaba para nada. Muy buen toque!

Marisol_BCN

Me encanto como lo contaste, muy bien escrito y te va jalando de a poco sin apurarse. Lo recomiendo

IvanNacht

excelente relato, de los mejores que lei en mucho tiempo. Seguí así!!!

NachoCba33

Se me hizo corto, queria mas. Escribis muy bien

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.